sábado, 25 de diciembre de 2010

UNA PARTICULAR PROFESORA DE INGLÉS

                                                         He estado cerca de sus ojos.
                                                                             Enrique Peña Barrenechea

   Una tradición que se ha ido perdiendo es el de hacer dibujos en las camisa cuando se está terminando la etapa escolar.  Me refiero a la tradición de hacer dibujos primorosos, obras artísticas, auténticas joyas del arte, sinfonías de color y de trazos espectaculares: las camisas se transformaban en lienzos donde la imaginación, el buen gusto desplegaba sus alas. Hoy sólo observamos remedos: camisas que albergan algún dibujo hecho al vuelo, sin mayor exigencia, casi-casi como para cumplir con el deber de dejar cualquier garabato en la camisa del compañero como recuerdo.

Mi camisa de promoción: se observa el motivo central y a la derecha el dibujito de la "Rochabús"

                A la izquierda y debajo del motivo central, la caricatura de "Salchipapas" y a la derecha, un poco del de la "Rochabús".

   Entonces yo tenía una cierta fama, inmerecida por cierto, como dibujante. Recuerdo que dibujé en casi todas las camisas el motivo central en la espalda: retratos, escudos, caricaturas... y otros pequeños dibujos. ¿A quién no dibujé, por esos años, en su camisa?
   Justamente sobre un dibujo que hice en las camisas de casi todos mis ex compañeros de promoción hay una pequeña historia que quiero contar. A raíz de la huelga magisterial del 79, llegaron al colegio algunos profesores nuevos. Recuerdo que uno de esos profesores era un profesor apellidado Cuzco, bajito, cabello ensortijado, enseñaba Ciencias Narurales: "Salchipapas", ése era su sobrenombre, se hizo cargo del magnífico laboratorio, ante la ausencia del profesor Vásquez que se había ido a la huelga. Este laboratorio, que unos años antes se había inaugurado con bombos y platillos, pues la embajada de Alemania había donado todos los implementos para su funcionamiento, al poco tiempo sufrió las consecuencias del descuido de este profesor: algunos granujas la desmantelaron pues se llevaron todo lo que pudieron: los tubos de ensayo, las pipetas, los morteros, hasta los microscopios fueron pasto del saqueo. 
   En ese entonces, “Salchipapas” paraba en el laboratorio siempre acompañado de su brazo derecho, un alumno de 5to “C”, apellidado Tueros, Jaime Tueros. Recuerdo muy bien que en un recreo, a ambos los hicimos salir despavoridos del laboratorio, me parece que con “Kike” Torres o Luis Bustillos o tal vez con otro, no lo tengo claro, arrojamos un cohetón por una de las ventanas del laboratorio y el estallido retumbó como bomba atómica. La travesura no tuvo consecuencias, salvo el susto de ambos personajes y nuestras risas celebrando el hecho.
   Pero no quiero distraerme recordando más hechos de este tipo, porque de quien quiero hablar es solamente de una profesora, una que llegó como consecuencia de la huelga magisterial de ese año, me refiero a la profesora de Inglés. Carlos Antonio Cuba Aguilar, el popular CACA, la debe recordar, y muy bien. Esta profesora era una mujer gorda, alta, de mirada fuerte, voz dominante, movimientos y maneras contundentes. Recuerdo que hasta el más pintado le temblaba, era realmente una mole a quien llamábamos con el apelativo de “Rochabús”. Su nombre lo he olvidado.
   Pero si algo nos llamó definitivamente la atención sobre su apariencia, aparte de su tamaño y gordura, era su atuendo: se vestía siempre de negro y llevaba zuecos (que parecían dos ataúdes) del mismo color y que tenía un carácter más jodido que el de un sargento. Era una mujer de temer, de esas que se dicen "machas" y parecía que andaba siempre con la mierda revuelta. Renegaba de todo, refunfuñaba por todo, su agrio carácter la hacía impensable que se abandonara alguna vez a una sonrisa, menos a la risa o la carcajada: aún recuerdo cuando se enojaba, te miraba con una fijación tremenda, su miraba parecía tener temperatura porque fácil-fácil con ella te calcinaba, luego su piel blanquísima se tornaba roja por la ira mientras por su cuello aparecían en alto relieve sus hinchadas venas azules cual mangueras jardineras, inmediatamente abría su descomunal boca mostrando unos diente salvajes y emergiendo de una caverna oscura, una prolongación que se movía con una libertad que parecía querer latiguearte: era su lengua. El grito que soltaba era ensordecedor, el miedo que provocaba hacía que tu corazón quisiera salir despavorido para esconderse en alguna carpeta como un perrito asustado. Tal la descripción que puedo hacer, y creo que me quedo corto.
   Ella, si mal no recuerdo, vivía cerca a lo que hoy es Larcomar (en ese entonces ese lugar era conocido como el parque Salazar), en el edificio donde tenía su oficina Gastón Gamio, el notario de Augusto Ferrando.
   Algo que no olvido es que Javier Alvarado logró con ella algo que considerábamos una proeza: se hizo su amigo y... temeridad de temeridades, la visitaba, y según comentaba era una mujer agradable, con mucho humor, y extremadamente delicada en las formas, cosas que sólo él pudo ver porque nosotros siempre veíamos en ella a un gigantesco monstruo enviado al colegio para arrancar nuestras lenguas si no hablábamos bien el inglés. Supongo que esa simpatía entre ambos se reforzó porque Javier hablaba muy bien el inglés desde pequeño.
   Cuando ya nos jugábamos los descuentos en el colegio, mis compañeros me pedían que les dibujara en sus blancas camisas, aparte del motivo central, una caricatura que tuvo muchísimo éxito. Ese dibujito era el de la “Rochabús”, qué manera de hacerse famosa la sencilla caricatura, estaba en casi todas la camisas: sobre todo en las mangas, porque no era muy grande. Recuerdo cómo Cuba se cagaba de la risa con ese dibujo, tenía él (y tiene) una risa contagiosa que el sólo hecho de verlo y oírlo reír provocaba la risa de los que estaban junto a él. Hace algunos años, recordando los viejos tiempos de la escuela, me contó que en una oportunidad la “Rochabús” vio el dibujito en su camisa. Resulta que la gorda gigantesca se puso a revisar los cuadernos y cuando llamó a Carlos Cuba, éste que llevaba puesta su camisa con dibujos, se acerca a ella con su cuaderno. De pronto ella deja de mirar el cuaderno y observa la camisa, con detenimiento y curiosidad posó sus enormes ojos sobre los muchos dibujos que adornaban la camisa de Carlos,  sobre todo en uno de ellos, era el dibujo que la representaba. La profesora le preguntó a boca de jarro si esa caricatura era ella y Carlos le respondió con una vocecita temblorosa de querubín: "Sí". Cuando éste esperaba una reacción violenta, digamos, un manotazo en el esternón, un pisotón salvaje en la cabeza, un mordisco sanguinario en la yugular..., la “Rochabús”, cual ogro escandinavo, soltó una carcajada estridente. Le había gustado el dibujo con toda su irreverencia.

Continuará...

                                   Morada de Barranco, 25 de diciembre de 2010.

viernes, 24 de diciembre de 2010

JUVENTUD, DIVINO TESORO...

                                                                          ¡Alegraos de esta vida, que es mía!
                                                                                   Enrique Peña Barrenechea

   Revisando las pocas fotos que poseo de mi etapa escolar, me encuentro con dos que tienen algo en común: en ambas aparecemos los mismos jóvenes de entonces (Javier Alvarado, Gustavo Salinas y yo), claro que en años diferentes.
   La primera foto es del segundo campamento que hicimos en el año 1979. El primero de la fotografía, desde el lado izquierdo, es Javier, de quien recuerdo su madurez intelectual desde esas lejanas épocas escolares, su facilidad de palabra, ese don que le permitiera ser un activo líder y dirigente escolar. De esas cada vez más lejanas épocas recuerdo en él su amor por Lima, las largas conversaciones que sostuvimos sobre precisamente ese tema: Lima colonial; no olvido tampoco sus intenciones de fundar un partido que el llamaba ASCLA, sus deseos, algún día, de ser presidente. Justamente este año, Javier se lanzó como candidato a la alcaldía de Barranco, no ganó, pero los barranquinos de corazón tenemos la esperanza de que en futuras elecciones ocupe el cargo para el que está preparado como nadie. A continuación yo con quince años, cargando mi pesada mochila y con mi frazada "Tigre" en una mano. El último de la foto es Gustavo, viejo amigo a quien no veo hace muchos años. Él era integrante de la Selección de Atletismo del colegio Arnaez que campeonó varias veces en los Juegos Interescolares de Atletismo en Barranco y en Lima Metropolitana. Era velocista y no olvido sus intervenciones en los 100 metros planos. Compañero mío desde primero de secundaria. Recuerdo de él que era impetuoso,  extremadamente irascible, un fosforito. Hoy es gerente de un importantísimo laboratorio.



   Atrás de nosotros se ve un paisaje que incansablemente se repetiría en una marcha que fue toda una odisea, kilómetros de kilómetros caminando bajo un sol agobiante, sin agua y sin comida preparada para comer en el instante, salvo las manzanas que cogíamos de las chacras que rodeaban algunos sectores del camino, recuerdo que llegué a Huinco con las plantas de los pies desolladas.
   LLegar fue un triunfo, a pesar del martirio, sin embargo, a la distancia lo veo como una de mis experiencias más entrañables.
   Mencioné mi frazada, esa frazada Tigre sí me protegió del inclemente frío. Un año antes había llevado a otro campamento una vieja y delgada frazada que no abrigaba nada, no sé cómo es que no morí congelado, no puedo olvidar como temblaba mi mandíbula por el frío nocturno, la delgada frazada casi mojada y mi cuerpo más helado que un chup o "marciano". Por eso al año siguiente llevé la famosa frazada Tigre que fue bien efectiva. Recuerdo que para ese campamento también llevé un primus dorado, de ésos que ya no se ven, una grabadora antigua que parecía un pianito, pesaba como un yunque, lo recuerdo. ¡Ah!, y mucha alegría y algo de temor, éramos apenas unos mozalbetes liberándose del yugo de nuestros padres.
   La segunda foto es de 1980 y corresponde al tercer campamento. Nos encontramos en la campiña de Huaral. En realidad habíamos salido de Barranco para llegar a las Lomas de Lachay. Lo hicimos, pero no pudimos permanecer allí mucho tiempo, porque esas lomas, por entonces, estaban en trabajos de recuperación. Lo más notorio de la foto es mi melena. En la hamaca se encuentra Gustavo Salinas que sufría en esos momentos de una terrible resaca y con gorro y pelado, Javier Alvarado que acababa de ingresar por partida doble a San Marcos y la Agraria.



   Recuerdo que cuando llegamos a Huaral, recorrimos brevemente el pueblo y salimos de él, preguntamos a unos lugareños por las lomas. Nos dijeron que estaban muy cerca, que siguiéramos por la carretera una media hora y luego dobláramos a la derecha y que camináramos aproximadamente una hora. Todo aparecía como muy sencillo, pero ni cerca estaban las lomas y jamás nos dijeron que la caminata de una hora era en medio de un árido y calcinante desierto. Tener ante nosotros el típico paisaje costeño, nos llevó a pensar, recordando la experiencia de campamentos anteriores, que nuevamente se abría ante nuestros ojos el martirio. Con todo, nos adentramos en el arenal, llevábamos caminando una media hora, cansados más que nunca porque caminar en una superficie donde se te hundían los pies provocaban un agotamiento que te hacía sentir como que tus pulmones estaban hechos de polvo de yeso. Recuerdo que la carretera ya no aparecía ni como un hilo a la distancia, estábamos aparentemente extraviados en medio de dunas y con un sol que sancochaba todo. Y lo peor, no teníamos agua.
   Era mediodía y estábamos completamente extenuados, recuerdo que nos peleábamos por beber unas gotas de un tarrito de leche Gloria, que oportunamente había llevado Gustavo (aunque antes nos habíamos burlado del hecho que a un campamento se llevara leche y encima de ese tamaño). Cuando ya sentíamos que la muerte nos esperaba, a lo lejos y en medio del desierto divisamos un jeep, llamamos su atención, desvió su trayecto y se acercó a nosotros. Iban en él unos jóvenes ingenieros y biólogos que trabajaban en las lomas. Luego de recriminarnos por nuestra actitud que hubiera tenido terribles consecuencias si no hubiera aparecido el carro, nos invitaron a subir en el jeep y nos llevaron hasta las lomas. Una vez allí, nos guiaron muy gentilmente, nos explicaron que a determinadas horas había tal bruma que la gente se podía perder con facilidad, que en ese medio agreste había zorros, pumas, venados y hasta el cóndor se dignaba a visitar las Lomas de Lachay. Nos explicaron que no podíamos quedarnos y en el mismo jeep nos dejaron en Huaral (cosa que agradecimos) y de allí, caminando nos aventuramos por su campiña.
   Acampamos junto a un riachuelo y en medio de chacras de maíz amarillo. Luego de la primera noche donde bebimos alcohol, cantamos hasta quedar afónicos, nos acostamos a la intemperie totalmente cansados y a la mañana siguiente, arrastrando la resaca (sobre todo Gustavo), posamos para la foto.
   ¡Ah!, viejos tiempo en los que éramos jóvenes (más jóvenes, quiero decir) y sentíamos que éramos dueños del mundo, aunque a veces éste nos hiciera sentir que no era tanto así.
   Continuará...
                                        Morada de Barranco, 24 de diciembre de 2010.

jueves, 23 de diciembre de 2010

UN VIAJE DE APRENDIZAJE

                                                  Ahora recuerdo perfectamente mis años inocentes.
                                                                                           Martín Adán 

I.
   Aún no se desataba la fiebre por los Bee Gees y por Travolta, y ocho mozalbetes dispuestos a abandonar la urbe y aventurarse por la sierra de Lima hicimos un campamento, el primero: Jaime Paniccia, Javier Alvarado, Adriano Varona, “Kike” Torres, “Kike” Vaca Camargo, Gustavo Salinas, “Koki” Albán y yo. Estábamos en 4to “B”. Los preparativos y planes se hicieron a las pocas semanas de iniciadas las clases, un día, a la salida del colegio. Nos quedamos solos en nuestro salón (del tercer piso, frente al salón que fue de nosotros en 1ro) para ver cómo y cuándo viajábamos. Incluso se produjo un incidente gracioso conmigo. Estábamos a punto de iniciar la reunión cuando “Koki” me dice: “Ya, fuera, anda a joder a otra parte”, sucedió que como no nos conocíamos bien, pensó que era de un salón de segundo o tercero. Claro que después me pidió disculpas y simplemente nos reímos.
   El campamento se programó para las vacaciones de medio año. Recuerdo que un grupo tuvo que hablar con mi viejo para que me dé el permiso. Es una lástima, pero no hay fotos, ni grabaciones, nada, sólo el recuerdo de esa salida a Marcahuasi, lugar al que no pudimos llegar porque sólo llegamos a Huinco cansados, molidos.  Llegamos al atardecer, quizás 5 ó 6 de la tarde. El camino pedregoso, polvoriento, lleno de curvas interminables y Huinco que no aparecía. Aún recuerdo las plantas de los pies desolladas, el calor agobiante, la falta de agua, el agotamiento de “Kike” Torres y Javier y el martirio de cargar mi mochila. Llegamos con las cabezas y las ropas blancas por el polvo y prácticamente para dormir a orillas del río y cerca al pueblo. En la noche, alrededor de la fogata, Albán comentaba  sobre las “propiedades” del cactus San Pedro, las alucinaciones de “patas” suyos que luego de tomar San Pedro, alucinaban que estaban en Europa; también recuerdo los cuentos de terror de Javier, antes de intentar dormir (inolvidable ese del huaco felino que en las noches se transformaba y asesinaba a la gente), cuentos que nos pusieron muy nerviosos y que llevaron a que ninguno deseara dormir muy alejado del grupo.   
   En esa noche cerrada que daba miedo y el cielo salpicado de tantas estrellas, una cosa increíble, por más que se quisiera no se podía dormir: el frío nos hizo tiritar toda la noche, mi frazada, por ejemplo, amaneció casi mojada y yo estaba literalmente congelado. A la mañana siguiente, me parece verlo, nos lavábamos en el río. Temprano, en la parte de la sombra, un frío que ingresaba como cuchillo y en la parte donde daba el sol, un calor que caía como plomo derretido.  Al medio día no recuerdo bien si “Koki” o Adriano lavaba el arroz (creo que era arroz) cuando de pronto vimos que el río crecía y se nos venía encima con una furia que era de temer, con las justas si pudimos saltar entre las piedras a ambas orillas. Nosotros estábamos acampados para el lado del cerro, los que saltaron al frente tuvieron que cruzar en cadena por las aguas cargadas del río, el peligro de ser arrastrados era grandísimo, aún me parece escuchar los sonidos de las piedras arrastradas por la furia de las aguas. ¿Qué había sucedido con el río?, que más arriba había una represa y cada cierto tiempo soltaban las aguas y éstas se venían con una fuerza que arrastraba todo. Inolvidables las risas, el susto. Y en las noches el ron para combatir el frío y por el puro gusto de tomarlo, las canciones, las luciérnagas volando cerca de nosotros con sus lucecitas, pero sobre todo, el triunfo de sabernos libres.
   Todavía conservo, sin querer queriendo, un número (uno de los primeros números) de Teleguía (revista de espectáculos ya desaparecida) que llevé al campamento y que distrajo a todos, el mismo ejemplar, rotito, desgastado, testigo de esas experiencias. Una lástima que no haya fotos, como sí las hay del segundo y tercer campamentos adonde ya no fueron ni Paniccia ni Albán. El regreso a casa fue más cómodo: en un camión bien cerrado, pero antes de subir al camión caminamos algo y en el camino, de pronto, de entre las rocas salió una enorme tarántula que uno de nosotros mató de un “piedrón”. En esa ocasión escuchamos, varios, por primera vez una jerga graciosa: Paniccia llamó a una lugareña “ñorsa”, recuerdo las risas por la jerga que sonaba ocurrente. En fin, recuerdos de un campamento cuando éramos, parafraseando a García Márquez, jóvenes e indocumentados (más jóvenes, quise decir).
   De muchos no he vuelto a saber: a Javier (que fue candidato ahora último a la alcaldía de Barranco) lo veo muy de vez en cuando, y eso que vivimos cerca, siempre ocupado, yendo de un lugar a otro; a Paniccia le perdí el rastro desde que salimos del colegio (¿qué fue de él?, alguna vez alguien me dijo que era sacerdote o pastor, no sé);  a los dos “Kikes” los dejé de ver hace tiempo ("Kike" Torres es contador de una empresa, "Kike" Vaca vive actualmente en Estados Unidos); del piurano Adriano no sé absolutamente nada; de Gustavo Salinas sé que es gerente en un importante laboratorio; "Koki" Albán (terrible noticia) está pronto a ser operado del cerebro y espero que salga bien librado.  Son los derroteros de la vida, del tiempo inexorable que nos va trabajando.

II.
   Recuerdo  que en ese primer campamento (el de 1978) los mosquitos hicieron de las suyas con nuestras caras, brazos, piernas y torsos (como en los otros campamentos). Luego de la primera noche, a la mañana siguiente, nos descubrimos un sinfín de puntitos rojos en el cuerpo, sólo puntitos, nada de picazón. Recuerdo que conversamos intrigados con lugareños y nos dijeron que esa zona de Huinco era zona de uta, algunos se quedaron en la “calle” con la palabra uta, pero por coincidencia yo había leído en un viejo chiste, unos meses antes del viaje, una antigua leyenda mochica que contaba la historia de un personaje que fue picado por un mosquito en el labio superior y que le transmitió la uta y después empezó a caérsele la cara a pedazos. Cuando conté esta historia, todos estábamos palteados, porque para nuestra ingenuidad e ignorancia de la época, asumimos que la uta era una especie de lepra que en cualquier momento nos iba a mutilar el cuerpo. Se me dibujan en la memoria algunos rostros preocupados: El rostro de "Kike" Torres, todavía lo veo, asustado, nervioso, palteadazo. También recuerdo que a raíz de la uta nos parábamos jodiendo con esa enfermedad: “Que se te va a caer el rostro, o el brazo o la pierna”, cosas de esa laya, incluso después en el colegio. Yo todavía lo tengo claro, veo a Albán jodiéndome en el colegio, cada que me veía y se acordaba de mi historia, me agarraba del brazo y me decía con cara de asustado como para meterme miedo: “Granda, ¡la uta!, ¡la uta!...”. Un mate de risa. Visto a la distancia, un cague de risa, pero entonces, en Huinco, de verdad estábamos palteados.
   Ya en el colegio todos comentábamos lo de los mosquitos y lo de la uta, y como prueba ahí estaban nuestros brazos y piernas (y rostros) hinchados, porque parece que la picadura recién se “activaba” después de algunos días: y entonces teníamos los brazos y piernas calientes, con fiebre y parecía que nos habían metido debajo de la piel varios ollucos en la extremidades… y una picazón insoportable que nos duró varios días. Algo que también recuerdo, es que hicimos como una suerte de pacto de, a partir del campamento, no llamarnos por los apellidos sino por nuestros nombres, yo todavía recuerdo ese pacto, que hoy puede resultar ingenuo, pero ahora que lo pienso era una muestra, por las experiencias compartidas, de hermanarnos, de poner en práctica la libertad para escapar a la mecánica medio militar de llamarnos por los apellidos, o lo que es peor, la infame costumbre de llamarnos por número de orden, en fin, hoy puede resultar cosas de niños, incluso salir de campamento. Pero como dice mi amigo Ricardo Nervi, hoy hasta los niños de diez años hacen campamento, pero en 1978, era, como lo dice él: “Histórico”, y lo hicimos nosotros, unos mozalbetes que realizaban algunas primeras experiencias fuera de casa y lejos de los padres. Por ejemplo, en la tarde del segundo día de campamento, estábamos echados en el pasto y conversaba yo con “Kike” Vaca, y se me vino la nostalgia de la familia, era la primera vez que me separaba de mis padres y hermanos, la primera vez que dormía fuera de casa, para mí eso era algo nuevo y entonces, de pronto, mirando el cielo, percibí unas nubes impresionantes y empecé a ver en cada nube los rostros de mis viejos, y se lo dije a “Kike” Vaca, él sólo escuchaba, en eso siento que se me empañan los ojos y… pues a disimular, pues cuando tienes 15 ó 16 años te pueden decir cualquier cosa,  menos llorón, así que pasé a otro tema. Hoy, con este 2010 que se termina, puede resultar absurdo y quizá tonto ese hecho, pero… como decían nuestros viejos (¿nos estaremos volviendo “tíos”? o ¿ya somos “tíos”?): “¡Eran otras épocas!”.
   Estoy leyendo un libro y encontré esta cita que refleja un poco la situación de esa salida, de esa aventura adolescente: “… el riesgo de estar solo, lejos del calorcillo adormecedor del hogar, 'obliga a madurar'. Quien no ha sentido la angustia del miedo, difícilmente podrá crecer”, creo que estas líneas lo dicen todo, o casi todo. Con nuestros jóvenes años, sin querer, intuitivamente (si quieren) "empezábamos" la partida futura de nuestros hogares, "iniciábamos" simbólicamente la marcha para formar (con las excepciones del caso) nuevas vidas en un nuevo hogar, el nuestro. ¿Entonces ese campamento fue la metáfora del inicio de nuestra madurez? Pienso que de alguna manera sí. ¿Exagerado? Tal vez, pero en la exageración también hay un ápice de verdad. No se trata de hacer una épica, pero creo que ese campamento dejó marcas (y no lo digo por los mosquitos), por lo menos hay una marca (o marcas) en mi vida: y para empezar, nomás, puedo contar a mi hija o a mi esposa la gran aventura de haber salido de campamento a los 15 años, por tres días, con mis compañeros de salón, los patas de mi adolescencia que caminaron a mi lado (o yo al lado de ellos) a la ventura, sin saber qué nos esperaba a la vuelta de cada curva, en esa larga marcha (me parece ver, ahora que escribo, esa caminata como una película lejana) martirizados por el sol, el cansancio, la sed y el desconocido Huinco aparentemente cada vez más lejos, quizá pensando, en esos momentos, que Huinco no existía, quizá con los deseos de que esa “maldita” caminata terminara o no fuera más que un sueño porque considerábamos que el esfuerzo era demasiado para nuestra edad, esa marcha de horas  fue una pequeña odisea que hoy todos nosotros recordamos y llevamos como una pequeña luz en nuestros corazones, una pequeña odisea en la que cada uno de nosotros era un Odiseo o un Ulises buscando esa Ítaca lejana, lejanísima llamada Huinco.
   Tal vez todo lo que escribo ahora no sea más que producto de la nostalgia, tal vez sea así, sólo la nostalgia de un cuarentón que ve a su adolescencia cada vez más lejana pero muy presente en su corazón, y en el de sus amigos…creo. Pero con todo lo que se diga de ese “viaje de aprendizaje”, fue importante, tan así es que todavía lo recordamos vivamente. Por lo menos yo lo veo así, lo recuerdo así, treinta años después.

Continuará...

                                      Morada de Barranco, 23 de diciembre de 2010.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

DE MOTES, CHAPAS O SOBRENOMBRES

                                                                            Se prohíbe estar triste.
                                                                              Carlos Oquendo de Amat


   Es inevitable, siempre donde hay grupo, las chapas son de lo primero que se produce. Antes de la amistad, los sobrenombres; antes de la conversación, los apodos; antes de casi todo, los motes. El peruano es así, el limeño es así. En una oportunidad leí que hubo un compositor criollo que tenía problemas en la cintura y caminaba medio encorvado y las malas lenguas (que eran las de sus propios amigos) lo bautizaron como “A sus marcas”. Hace muchos años tuve una compañera de trabajo ya mayorcita, gustaba maquillarse a veces exageradamente, con típica crueldad limeña fue bautizada (sin que ella se entere) con el apelativo de “Muñeca antigua” (digamos que el más suave o poético, si se quiere) o "Sobaco de elefante" (sobrenombre extremadamente duro, pero efectivo, valgan verdades).
   Igual, en mis épocas de colegio hubo de todo, para todos los gustos.  Recuerdo que la chapa de Marcos Inca era “Gilligan” (el de la serie), y también por su estatura y lo parsimonioso de su juego en el fútbol le decían “Leguía”, pero estos motes quedaron en el olvido cuando descubrimos que su segundo nombre es Policarpio, y de allí nació el ahora famoso “Poli”, y así es conocido por todo el mundo hasta el día de hoy. Carlos Antonio Cuba Aguilar se le llamaba por obvias razones, y él se picaba (siempre fue picón, je, je, je…), “Condorito”, pero casi al terminar el colegio algunos le decían CACA, iniciales de sus nombres y apellidos. Carlos Silvera Reyes tenía un caminar muy particular, la cabeza parecía bailarle sobre el cuello, y viéndolo bien hacía recordar a un reptil, de allí su apelativo: “Lagartija”. Por el rostro alargado, a Luis Bustillos Oyanguren le decíamos “Cabazorro”, "Tiroloco" o simplemente “Caballo”. A Javier Alvarado se le decía “Javicho” o “Macrocéfalo” y en el campamento de 1979 lo bautizamos como “Mami” (porque tuvo dificultades para bajar por el camino entre San Pedro de Casta a Huinco). A Santiago Claus Contreras, el benjamín de la promoción, por el corte de pelo le decíamos “Huevo duro”, en alusión al amigo de Condorito. A Eduardo Lau Choy, de evidente ascendencia china, le decíamos “Care’plato” o sencillamente “Chino”. A mi gran amigo Ricardo Nervi Chacón recuerdo que Gustavo Salinas le decía “Nervioso”, por el apellido Nervi o jugando con su segundo apellido le decíamos Nervi “Chancón”, pero, si mal no recuerdo, le decíamos a nuestro “plumífero” amigo “Buitre”. A Adriano Varona, el piurano, le decíamos “Borracho”, ya no recuerdo por qué. A Héctor Patazca Osnayo, me parece que por sus orejas, le decíamos “Rata” o “Ratini”. Un año, creo 1978, Raúl Jarama se tiñó el cabello de rubio, suficiente, se le bautizó como “Jimmy Carter”. A Miguel Vegas Vaccaro se le decía “Choclón” o “Cholo”, no sé si porque choleaba a todo el mundo o porque cuando hablaba fallaba en la concordancia, pero tengo entendido que también le decían, por obvias razones "Cara de rata". A Víctor Madrid, que al caminar parecía que se sacaba virutas de los muslos, lo bautizó, un profesor de Historia, uno bajito y gordito, creo que se apellidaba Lozano, como “Pitito”. A Jhony Lezama Palma, admirador a muerte de los Bee Gees, le decíamos “Cholo Lezama”. A Jorge Milera que tenía un caminar como de robot se le decía “Maquinita”. Recuerdo a mis amigos “ponjas”: a Jaime Oshiro, si mal no recuerdo el segundo más veloz después de Gustavo Salinas, se le llamaba “Taqui”, y se le llamaba “Cocha” a Juan Carlos Tokumori (aunque esos son sus nombres japoneses y a los dos se les llamaba indistintamente “chinos”). A Ricardo Pacheco Arancibia, que en algunas oportunidades llevaba un tocadiscos con sus respectivos 45’s y los hacía sonar en el salón, se le llamaba “Huevo”. Franklin Sosa tenía como apelativo “Mono” y a su hermano Alfredo, que heredó la chapa con diminutivo, se le llamaba “Monito”, aunque fue una chapa sin mayor éxito. A Sandoval Palma (lo recuerdo leído, hábil, extrovertido) y a Vera Morón (flaco, grandazo y desgarbado, recuerdo que por su porte, Huarachi lo invitó públicamente a la selección de atletismo, pero él tenía dos piernas izquierdas o dos derechas, como se le quiera ver) se les decía indistintamente “Negros”. “Loco pan” era el apelativo de Santos Ríos, obviamente por la panadería de su viejo. Uno de los “puntos” del salón, desde primero, era mi amigo Lisandro Tovar a quien le decían “Cholo”, “Serrano”, “Eleuterio”, “Yamaha” y otras cosas más, cuántas veces tuvo que pelear para no “hacerse pisar el poncho”, como se dice (jajaja...). Recuerdo que a Ángel Zavala, que rengeaba a consecuencia de una poliomelitis, Carlos Cuba lo bautizó como “Cueto” o “Zurdo”, en alusión al “Poeta de la zurda”. A Herrera Baca, “Poli” lo bautizó como “Palero”, porque paraba contando historias un tanto exageradas. A Juan Carlos Coronado no recuerdo una chapa especial, pero nada raro sería que le hubiéramos llamado “Cuatrojos”, debido a los gruesos anteojos que usó desde que lo conocimos en primero. Por la delgadez de “Kike” Vaca Camargo, recuerdo que se le decía “Perro flaco” o “Fantasmagórico”. A Víctor La Rosa se le llamaba así de sencillo: “Chato”. A Jorge Neyra Quispe por su rebelde pelo parado se le llamó: “Clavillazo”, “Trinchudo”… A Wilder Zevallos se le llamaba “Muerto”, y al camarada James Carbajal le decíamos “Átomo”. Ahora bien, por su palidez, a Gustavo Salinas se le llamaba "Rata blanca" aunque bien pudo llamérsele "Fosforito" porque sus reacciones eran de temer. Hubo un grupo de quienes no recuerdo sobrenombres, son los casos de “Kike” Torres (a quien alguna vez puse una chapa que no tuvo pegada: “Ardilla gorda” porque en primero era gordito y dientón), a Mario Alcides Concha (de quien recuerdo que se jugaban con su apellido con cosas como: “¡Concha, qué tal c…!”), a Miguel Sánchez Cueto (mi buen amigo y compañero de carpeta por dos años), a Méndez Lupérdiga, a Ciro Quispe, al pequeño Jaime Paniccia (de quien alguien me comentó que era sacerdote o pastor de una iglesia).

Continuará...

                                           Morada de Barranco, 22 de diciembre de 2010.

martes, 21 de diciembre de 2010

UNA HISTORIA CON MUCHA HISTORIA

                                                          Tenía el padre un parecido grande con la bondad.
                                                                                           Alberto Hidalgo


  Un libro de historia de los incas fue el primer libro que tuve cuando aún no sabía leer. Regalo de mi padre. De este libro del que no recuerdo su título queda apenas algo más que la mitad, la primera parte del libro se ha perdido junto con la pasta (un vago recuerdo conservo de ella: Machu Picchu de fondo y sobre él la imagen de un inca parado con toda su majestad), ¿el autor? Ni idea.
   Si algo me gustaba (y gusta) de este libro, son los dibujos en blanco y negro que poblaron mi imaginación y me ayudaron a recrear ese mundo desaparecido hace más de quinientos años. Me pongo a pensar en esos tiempos de cuando me perdía en esas imágenes y debo reconocer que ese libro y los relatos “históricos”(la evolución del hombre, los egipcios, los griegos y romanos, los propios incas, etc.) que mi padre solía contarnos a mi hermana y a mí nos depararon maravillosos momentos de fantasía y de realidad, a su manera: ese poder embrujador, que mi padre ponía en práctica, cuando contaba sus fascinantes historias recuerdo que me llevaban fuera de mi entorno y como en una pantalla empezaba a ver imágenes completamente fascinado.
   Esas historias nocturnas y en la mesa nos prepararon para en algún momento de nuestras vidas dar el salto y abordar libros (aunque primero fueron los chistes, ¡ah!, inolvidables Batman, Superman, Flash, Linterna Verde, Archie, etc.). Y el salto se dio. Y así empezaron a llegar a casa los libros.
   El primer libro que me compré con mis propinas fue un resumen de los “Comentarios Reales de los Incas” de una editorial que no sé si hoy exista: Editorial Mercurio, que se jactaba de haber publicado los grandes clásicos, “La Divina Comedia”, por ejemplo, traducida directamente del latín, que era la manera como lo anunciaban, obviamente que esta obra jamás se escribió en ese idioma: tamaño disparate lo vine a descubrir unos años después.
   Por exigencias mías, mi padre me compró una Biblia de pasta dura y roja de Nacar Colunga, no porque se despertara en mí irrefrenables ansias místicas, sino porque maravillado con una película (“Los Diez Mandamientos”), quería hurgar más sobre la vida de quien se había convertido en uno de mis mayores ídolos de infancia: Moisés, pero un Moisés que sí o sí tenía que tener el rostro de Charlton Heston. Debo reconocer que, entonces, la Biblia me decepcionó porque no pude o no supe encontrar la riqueza visual y espectacular que la película prodigaba gracias a la imaginación ingenua e hiperbólica de Cecil B. De Mille (aún recuerdo esas colas interminables en el cine Premier para Semana Santa).
   Mi primera novela leída fue “Matalaché”, tenía entonces catorce o quince años, empecé bastante tarde a leerlas: conmigo no hubo enfermedades oportunas que me llevaran a la cama y me permitieran devorar las obras de Verne y Salgari (lo mío fue menos poético y más prosaico). Después vinieron en completo desorden novelas, libros de cuentos y el gran descubrimiento de mi adolescencia, la poesía. Y como todos, o casi todos, empecé por Bécquer, aún conservo el libro de “Rimas y Leyendas” que yo mismo empasté para darle una imagen más elegante a la humildad del producto de Editorial Universo S. A. Su lectura me permitió experimentar lo que años después leyera en un texto de Octavio Paz (cito de memoria): “Todos nos enamoramos, sólo Garcilaso convierte su amor en sonetos”. Efectivamente, cuando leí esos breves poemas, sentí que Bécquer expresaba con sencillez y precisión emociones y sentimientos que venía yo sintiendo por alguna niña y que yo no encontraba la manera ni la forma de expresarlos. Entonces Bécquer fue Dios, en una etapa de mi adolescencia. Luego vendría el descubrimiento de Pablo Neruda y su mil veces citado libro amoroso: “Veinte poemas de amor y una canción desesperada” que logré comprar en una librería que funcionaba en un zaguán de una vieja casona del Parque Universitario, ese ejemplar todavía está en mi biblioteca: una vieja edición de Editorial Losada con "seis ilustraciones de Raúl Soldi" . Y así incursioné y me adentré en la poesía, después vendría “Heraldos negros”, “Trilce” (que me parecía cualquier cosa menos poesía), la poesía de Eguren, Rubén Darío, Heraud, una vieja antología de poesía hispanoamericana, empastada en cuero y que mezclaba a grandes poetas con gente que sólo hacía versos, etc.
   Pero si algo no debo dejar de mencionar, ahora que hablo sobre la lectura, es mi vieja colección de fascículos sobre mitología grecorromana. Más de cuarenta y cinco números que emocionaron mi vida de adolescente con sus historias amorosas, espectacularmente heroicas. Tanto marcaron mi vida y la de mi hermano Arturo, que él es casi un especialista en esa materia y yo, aún recurro a esos ejemplares para tomar algunos mitos que me sirven para iniciar mis clases de literatura clásica, y los alumnos escuchan emocionados las apasionantes historias de dioses, semidioses y héroes que, en mi cada vez más lejana adolescencia, salpicaron mi vida de emoción y heroicidad superlativa.
   Han pasado tantos años, pero en mí está el recuerdo de ese humilde libro de los incas y los viejos relatos de mi padre, ambos abrieron brecha para que yo pudiera transitar por el venturoso camino de la lectura.

Continuará...

                                                Morada de Barranco, 21 de diciembre de 2010.

lunes, 20 de diciembre de 2010

UNA HISTORIA DE PELÍCULA

                                   Pero las losetas del patio tienen todos los colores del baile.
                                                                                                  Xavier Abril

   Recuerdo que hacia 1978, cuando se despertó la fiebre por los Bee Gees, sucedió un hecho que ahora que lo recuerdo sonrío. Aunque en ese momento no fue nada grato que sucediera. Aconteció que la película “Fiebre de sábado por la noche” iba a ser proyectada por primera vez en el cine Raymondi. Yo ya había tenido la oportunidad de ver la película en un cine miraflorino ya desaparecido (si no me equivoco era el cine Alcázar), pero el afán de volver a verla me llevó al recordado cine Raymondi (también desaparecido). Cuando llegué a la boletería encontré una cola inmensa. Qué cantidad de gente, algo pocas veces visto. Un loquerío. De pronto de entre la multitud y el bullicio alguien me llamó, volteé y vi que era Miguel "Cara de rata" Vegas, compañero de salón, que estaba en la cola muy cerca de la boletería (ésta, por cierto, todavía estaba cerrada), él era el décimo, más o menos, y me dijo: “¿Vas a  ver la película?”, le respondí que sí e inmediatamente me dijo: “Entonces cuídame mi sitio porque tengo algo que hacer (no recuerdo qué), ya regreso”, y me quedé en su lugar. Feliz, porque eso suponía que sería uno de los primeros en adquirir mi entrada.
   Pero Miguel se demoraba algo más de lo pensado. Mientras, la cola (que crecía descomunalmente) era algo desesperante, todo el mundo se empujaba y mantener el sitio era difícil. A la menor distracción eras expulsado y era imposible regresar a tu sitio. De pronto, en medio de la bulla y casi trifulca,  aparece el “tío” Guizado (ese era el apellido del empleado del cine que recibía los boletos), y dice: “Carajo, mucho laberinto, todo es un desorden, hagan otra fila acá” y señaló al otro lado de la ventanilla. Si bien yo era uno de los primeros, me dije, mejor me paso al frente y ya no soy el décimo o duodécimo sino el primero o segundo de la fila. El asunto es que me salgo de la cola junto con varios y formamos una nueva, y como lo había previsto ahora era el segundo de la nueva cola. Así estuve un rato, digamos feliz, y Miguel que no regresaba, cuando en eso, la boletería se abre y veo que la señora boletera extrañada asoma su cabeza y al ver dos colas le pide al policía que estaba por allí que la fila nueva desaparezca, puta, no lo podía creer, la nueva fila se desarmó y cuando esa gente (entre los que estaba yo) intentó pasar a la fila antigua desde donde habíamos salido, no nos dejaron entrar, nos empujaban e insultaban. Es allí que Miguel apareció y al verme fuera de la fila, fuera de su sitio, le dio una crisis de nervios inolvidable y no me dejó explicarle y me largó con una voz rotunda, con una cólera que parecía que lo ponía de todos los colores y otros nuevos. Intenté explicarle, intenté decirle qué había pasado, que el culpable era el “tío” Guizado, pero Miguel estaba hecho una fiera, no entendía razones. Sólo alcancé a ver que empujando y alegando no sé qué argumentos recuperó su lugar.
   No tuve otra que regresarme a casa, fastidiado por el malentendido. Nunca más hablamos de esta experiencia, nunca le pude explicar qué pasó esa malhadada noche de hace treinta años, recién ahora toco el punto, y si Miguel está leyéndolo, pues ya sabe qué ocurrió en esa noche ya lejana de fiebre por los Bee Gees.
   Recuerdo que con esa fiebre por los Bee Gees yo había comprado el álbum de la película en el desaparecido “Ficus” (sucursal de Monterrey en Barranco). Pero como se me malogró una de las canciones de uno de los LPs, intenté venderlo. Tengo en la memoria los comentarios de Miguel Sánchez Cueto sobre las canciones de la película, recuerdo que él decía que la mejor canción de la película y de los Bee Gees era "More than a woman", entonces pensé que él era el indicado para comprarme el álbum. Recuerdo que insistí mucho para que me lo comprara. Recuerdo, también, que su hermana se había interesado por dicho álbum hasta que un día por la mucha insistencia que imponía, Miguel me dijo que su hermana ya estaba harta de mi ofrecimiento, que ya no lo quería, que ya estaba bueno de tanta joda. Entonces busqué otro probable comprador… y quien me compró el álbum fue Ricardo Pacheco Arancibia, el popular “Huevo”. En realidad nunca terminó (ja, ja, ja…) de pagarme. Lo que no olvido es que él llevaba su tocadiscos (pic up) al colegio y lo enchufaba en el salón en las horas libres y ponía los LPs de “Fiebre de …”, y la gente pasaba varios minutos vacilándose con esa música. ¿Qué será de la vida de “Huevo”? No lo veo hace más de diez años.
   En el año 1978, había un programa de radio que batía record de sintonía, era Inca Radio (que por entonces no difundía tecnocumbia), que pasaba unos especiales diarios de música de Barry, Robin y Maurice a las 5:00 p. m. y en AM, eran otras épocas donde nos permitíamos escuchar música no importándonos la calidad del sonido.
   Recuerdo que con Johnny Lezama Palma discutíamos sobre quiénes eran los mejores, The Beatles  o los Bee Gees. Él defendía a estos últimos, yo a los primeros. Incluso recuerdo que el finado Espino, que a veces llevaba su guitarra y cantaba algunas canciones de Roberto Carlos, opinó que no había punto de comparación y recuerdo que una tarde dijo: “Me quito el sombrero ante la música de The Beatles”. Pero con Johnny no se podía discutir, era un fanático acérrimo, hasta hoy… y confirmado, dice tener una colección impresionante de los Bee Gees, incluso su esposa y sus hijos son amantes de la música de este trío.
   Una cosa que tampoco olvido es que cuando estábamos en 5to B, en la fila pegada a las ventanas y puerta del salón que daba hacia el patio, nos sentábamos en la primera carpeta “Kike” Torres y Bustillos, en la segunda carpeta Lezama y yo, en la siguiente carpeta Martel con Vallejo (la “Vieja”) o con Gutiérrez, creo…, recuerdo que Lezama se desternillaba de risa al escuchar cómo “Kike” imitaba exageradamente el falsete de Barry Gibb en la canción “Tragedy”, y Lezama le pedía que lo hiciera una y otra vez porque se cagaba de risa, y “Kike” accedía haciendo algo que no sé si todavía ahora lo podrá hacer: era que se levantaba la camisa y mostrando su abdomen y tórax,  escondía de pronto su vientre entre sus costillas, era una cosa impresionante, la primera vez que le vimos hacer nos quedamos boquiabiertos, patidifusos, meditabundos y es que se le hacía literalmente un hueco en la barriga porque todas las vísceras se las subía al pecho, por lo menos esa era la apariencia que te dejaba. Un mate de risa. Todo ello hace treinta años.

Continuará...

                                           Morada de Barranco, 20 de diciembre de 2010.

domingo, 19 de diciembre de 2010

LA NEGRA HISTORIA DEL NEGRO MENDOZA

                                                         Hay nombres que no me sé de memoria.
                                                                                      Xavier Abril
  
   En Primero de secundaria tuve por compañero a un moreno apellidado, si mal no recuerdo, Mendoza. El negro era grandazo, una mole, parecía tener más edad que cualquiera de nosotros y probablemente había repetido el año. Se había convertido casi en deporte oficial el fregarlo con sobrenombres, lo molestaban poniéndole chapas de todo tipo (caníbal, chupete de brea, mono, etc.), y todo se lo decían asolapadamente y con una vocecita aguda y cachacienta, pero lo que más lo enardecía era que le dijeran canillita, no porque lo avergonzara, porque su familia y él vendían periódicos, sino porque se lo decían con desprecio y con esa vocecita aguda que como punta de alfiler jode, entonces el negro, grandazo como era se iba como un bólido sobre cualquiera. Pobre de aquel que cayera en sus manos. Uno de los que más lo fastidiaba era un chato rubio, apellidado Tori a quien también jodían y pegaban los demás "como a entenado" porque era cargoso, una verdadera ladilla. Curiosamente ambos sólo estudiaron ese año con nosotros, porque como les iba mal en todo debieron repetir y los cambiaron de colegio al siguiente año.
   Justamente se me viene a la memoria la vez aquella en que alguien del salón le dijo algo al negro. Éste descubrió al cargoso y lo empujo contra la pared, nervioso como estaba Mendoza, no lo pateó ni le tiró puñetes, se sacó la correa y a correazo limpio iba a escarmentar al fastidioso (cuyo nombre he olvidado), levantó el brazo derecho con la correa a punto de caer sobre su víctima cuando "oportunamente" apareció Tori atrás del negro y le baja el pantalón dejando a vista y paciencia del "amable público" al negro en calzoncillos. Tanta fue la risa que hasta el mismo negro, luego de subirse el pantalón, reventó en una carcajada que disipó su cólera.
   Recuerdo que si hubo un profesor que lo tuvo en la mira a Mendoza porque era flojo, ése fue Hidalgo, “Condorito” Hidalgo, que ese año nos enseñaba Lenguaje. No le aguantaba una al pobre negro que a pesar del tamaño era bastante ingenuo. Con respecto a Hidalgo puedo decir que era un tipo flaco, piernas combadas, pelo negrísimo y lacio, ojos que hacían recordar a los de los perros based hound (los famosos hush puppies), su nariz prominente y ganchuda (de ahí su mote), piel cetrina y algo arrugado, calculo que para esa época ya tenía sus buenos años. También recuerdo a Hidalgo con sus pantalones sin correa y acampanados, camisas setenteras (apretadas, coloridas, de cuellos grandes), parecía un hippie de bastante edad: un hippie viejo que no se resignaba al paso de los años y a como dé lugar se aferraba a una juventud que en él ya había pasado. Hidalgo, como Loyola (el profesor de Historia), era un tipo bastante cachaciento, irónico, jodido. Creo que como muchos, él miraba a los alumnos no como sus pupilos, sino casi-casi como sus enemigos, por no se sabe qué siempre estaba a la defensiva, y antes de cualquier cosa sacaba a relucir su ironía filuda como chaira. Recuerdo que iba al colegio en una carcocha que hacía más bulla que cincuenta locomotoras juntas. Este carrito, del que se notaba que estaba orgulloso, siempre lo dejaba estacionado en la puerta del colegio. Incluso se había vuelto referencia sobre la asistencia o inasistencia del profesor, cuando alguien quería saber si Hidalgo había ido al colegio se asomaba para ver si el carro estaba estacionado o no.
   Hasta que un día sucedió algo que alteraría la aparente tranquilidad de "Condorito" cuando se aprestaba para irse a su casa... Estaba yo cerca a la puerta, no sé por qué razón cuando vi a Hidalgo regresar alterado al colegio, aún me parece verlo: estaba furioso, miraba para todos lados como tratando de encontrar algo, como quien estuviera descifrando la escritura oculta de los incas en las paredes y zócalos, con sus pequeños ojos parecía escarbar hasta el más pequeño rincón. Recuerdo que habló con algunos profesores, luego salía, al rato entraba al colegio, nervioso, sudoroso, al borde de la epilepsia, estaba hecho un pichín.
  ¿Qué había sucedido? Que cuando iba a subir a su carro vio que le habían sacado el aire a las cuatro llantas de su "esplendoroso" auto. Y claro, averiguar el o los culpables era más difícil que ver una pequeña hormiga negra parada en una piedra negra en medio de la noche más oscura. Pero todos o algunos  sabíamos que el culpable había sido el negro Mendoza (creo que en complicidad con Macedo, que como el gringo Tori y el negro Mendoza sólo estudió ese año con nosotros), en venganza por los malos tratos a los que Hidalgo lo tenía sometido (recuerdo la cara de felicidad de Hidalgo cuando le ponía una nota desaprobatoria y cuando el pobre negro cumplía con la tarea, Hidalgo desconocía su esfuerzo y decía injustamente que se había copiado). Supongo que aguantar tantas humillaciones lo llevó a Mendoza a hacer lo que hizo. Pero ¿cómo lo hizo?, ese es un secreto que supongo el negro se llevará a la tumba, porque el portero o su esposa (la "Tía", como le decíamos) siempre estaban alertas.
   Sin embargo, Hidalgo sospechaba, intuía al culpable, y lo dijo en el salón, unos días después con una indirecta que más directa no pudo ser. Recuerdo la cara del negro, asustado, nervioso y  con  los ojos grandes,  tan  grandes  que parecían salir de sus órbitas (un poco más y le salía boquera en la comisura de los ojos), no dijo nada, el silencio fue su respuesta, pero se sintió descubierto. No pasó a mayores en ese momento, pero Hidalgo se la debió de jurar y como era de esperar, el negro que era bastante “vagoneta” (y que muy de vez en cuando hacía las tareas) desaprobó en ese curso a fin de año, y en los otros también. Qué será de su vida, nunca más lo volví a ver.

Continuará...

                                          Morada de Barranco, 19 de diciembre de 2010.