Hablo moluscos y nubecillas…
Paul Celan
1. ¿Cuál
es tu lugar favorito para leer?
Jamás
diré que la cama. Me es incómodo y ni bien empiezo a leer en ella, me quedo
soberanamente dormido. Creo que tampoco lo es un sillón. Más que un lugar en
casa serían realmente dos lugares: uno es el baño y el otro es mi escritorio.
Pero ambos deben tener una buena iluminación, ya pasaron esas épocas en las que
podía leer casi entre penumbras.
Un
recuerdo viene a mí: cuando niño me iba al Malecón de los Ingleses y me tumbaba
en el pasto, allí me abandonaba a las fascinantes historias de los “chistes”
(hoy los llaman cómic).
2. ¿Qué bebida prefieres para leer?
El café, sin lugar a duda: recién pasado, aromático y
humeante, algo amargo y con esa acidez leve que tanto me gusta. No hay nada, o,
mejor dicho, son muy pocos los placeres que se pueden comparar con el acto de
leer mientras se va degustando lenta, pausadamente el líquido oscuro del
siempre bienvenido café. Detesto el café en lata, el instantáneo, me
parece ofensivo su sabor artificial, su acidez me hace pensar en un limón de
plástico. No sabría explicarlo, pero su inmediatez lo torna sospechoso,
intrascendente, vacío. Preparar una taza de café implica muchas cosas: buen
ánimo, paciencia, gusto, cariño, amor: es todo un rito del que carece ese café
artificial que no me dice nada, nada importante quiero decir.
Debo reconocer que no me atraen el té ni otras bebidas
aromáticas como el anís, la manzanilla, la hierbaluisa.
3. ¿Qué tipo de libros no leerías?
Creo que los libros de autoayuda. No me interesan en lo más
absoluto. Me parece que son libros preparados a propósito para lograr grandes
ventas a costa de gente incauta que necesita leer contenidos supuestamente
sabios, profundos, que le enderecen la vida. En lo más mínimo despiertan mi
atención aquellos libros que tienen respuestas para todo. Esa sabiduría
epidérmica me repele, la quiero lejos de mí. Sé que hay quienes adoran esos
libros de supuesto crecimiento personal, conmigo no van. Si de algo estoy seguro
es que nunca habrá en mi biblioteca un libro de Paulo Coelho codeándose
atrevidamente con Pedro Páramo, Rojo y negro, Los miserables,
Conversación en la Catedral, País de Jauja o Los ríos
profundos, nunca, por lo menos no en mi biblioteca.
4. ¿Qué
frase te inspira o emociona de un libro que hayas leído?
Cuando
adolescente descubrí en Veinte poemas de amor y una canción desesperada,
del torrencial Pablo Neruda, esta antítesis del poema XX: “Es tan corto el
amor, y es tan largo el olvido”. Esos versos y otros convirtieron al chileno,
por entonces, en un dios, luego sería desembarcado por César Vallejo, Fernando
Pessoa, Paul Celan, Wallace Stevens y otros nombres más concentrados y menos
aluviónicos.
Estoy
recordando un par de versos de Escrito a ciegas de Martín Adán: “Si
quieres saber de mi vida, / Vete a mirar al mar” o las primeras líneas del Manifiesto
del Partido Comunista: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del
comunismo…”. En realidad, son varias las citas, pero con estas tres son
suficientes.
5. ¿Hay
alguna lectura de la que te arrepientas?
Creo que
ninguna, todo lo que he leído me ha servido, me ha alimentado, si por ahí hubo
alguna lectura que no me agradó la he saludablemente olvidado. Cervantes decía:
"No hay libro tan malo que no tenga algo bueno". Creo que es
pertinente la cita.
6. ¿Cuál es el personaje de ficción con el que probablemente
hubieras salido?
Difícil la respuesta. Me pongo en el plano de la ficción.
Solo sé que tendría que ser femenino. Pensé en Naná, pero el peligro que se
corre con ella es altísimo, aparte que no sé si yo estaría a la altura de sus
expectativas monetarias. Luego pensé en Natasha Rostov de Guerra y Paz,
hasta en Luisa de El primo Basilio, pero, creo que sería divertido salir
con Nadia, personaje del cuento Una bromita del maese Antón Chéjov.
7. ¿De
qué personaje de ficción te gustaría ser amigo en Facebook u otra red social?
Creo que
de Pierre Bezújov, el protagonista de Guerra y Paz. Sería interesante
leer sus estados.
8. ¿Cuál
es tu mejor defecto?
¿Mejor
defecto? Suena raro. Mencionaré uno, ni mejor ni peor. Otros debo tener, y de
hecho los tengo, pero quiero mencionar a mi ironía que a veces puede resultar
filuda hasta la exageración, tan exagerada que sin desearlo (o deseándolo)
puedo herir. En mi defensa he de decir que esa ironía también me la aplico sin
compasión. Pero eso no me exime de las consecuencias de mis excesos irónicos,
de mis "comentarios irónicos", como suelo llamarlos.
9. ¿Qué
canción deberían poner en tu velorio?
Alguna
vez pensé en eso, barajaba posibilidades, pero caí en la cuenta de mi
ingobernable timidez: soy tan tímido, me dije, que dudo mucho que esté presente
en mi velorio. Suena irónico y medio ingenuo, sin embargo, algo de cierto hay
en lo que digo: soy tímido. Pero si se trata de mencionar alguna canción, creo
que más que canción, preferiría un disco completo: Abbey Road de The
Beatles, The Queen Is Death de The Smiths, por ejemplo, o
alguna pieza musical del músico que más admiro, me refiero a Johannes Brahms,
podría ser el Trío para Clarinete, Violoncelo y Piano en A-Menor, Op. 114,
por mencionar una de sus obras. Tal vez escuchándolas me atreva a regresar (a
mi velorio, digo), confiado y tranquilo, ya que la música siempre ha sido mi
casa.
10. ¿Qué crees que hay después de la muerte?
Supongo que una gran aventura. Me gustaría irme al cielo,
pero como bien dice Augusto Monterroso: “Lo único malo de irse al Cielo es que
allí el cielo no se ve”.
Continuará…
Morada
de Barranco, 26 de setiembre de 2026
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