miércoles, 4 de marzo de 2026

DOCE MAGNÍFICAS PELÍCULAS

 

 

                                                                            pues un niño es un cine

                                                                                     Alberto Hidalgo

 

 


   Este verano es muy particular. Por la presencia del fenómeno de El niño, la temperatura ha aumentado de manera inusual, sin embargo, estamos viviendo varios días de este verano cubiertos por la neblina y con una sensación de frío impensable en una temporada de calor. Puede sonar contradictorio, pero a pesar de ese frío el bochorno no se aleja y se percibe más en los espacios cerrados.





   En lo personal, estos días brumosos son de mi preferencia. Siempre me ha gustado el invierno más que el verano. El calor de este último me agobia, me aturde, se me hace insoportable. No me gusta al sol veraniego que parece inmiscuirse en todo. Para mí, Barranco es un pequeño territorio cuyo espacio cobra su verdadera identidad cuando está cubierto por la neblina que torna fantasmal todo y a todos.





   Ese misterio que crea la neblina nos invade, nos habita. Barranco se torna, entonces, en un territorio de lo indefinido, de la ambigüedad que agudiza la imaginación y la sospecha. En medio de estos días de geografía alucinada y alucinante siempre nos damos tiempo para conversar sobre cine. En esas conversaciones que tengo con Rita, en tanto caminamos por el malecón, surgió una pregunta: “¿Qué películas sugerirías ver?” No me gusta correrme de estas preguntas, lo tomé como un reto. No respondí inmediatamente, me di mi tiempo y preparé una lista de doce películas. 





   Obviamente hay más películas que me gustan y no aparecen en esta lista de sugerencias (no he mencionado ninguna de Alfred Hitchcock, ni de Theo Angelopoulos, ni de Krzysztof Kieślowski, ni de Ingmar Bergman, ni de Woody Allen, entre otros). Pero son las que vinieron a mi memoria. Suelto entonces la lista:





1. Una de las más grandes películas del Oeste de todos los tiempos es Río Bravo, película del magnífico director Howard Hawks, el largometraje fue estrenado en 1959.

La historia se ubica en el pueblo de Río Bravo donde un sheriff debe enfrentar "solo" el peligro, aparentemente solo. Joe Burdette (Claude Akins) mata con sus secuaces a Pat Wheleer (Ward Bond), amigo del sheriff John T. Chance (John Wayne). Este, en cumplimiento de la ley, apresa a Joe, a pesar de que este y sus compinches hicieron lo imposible para que esto no ocurra. Enterado Nathan Burdette (John Russell), hermano mayor de Joe y rico terrateniente de la región, decide rescatar a su hermano, para ello cuenta con los servicios de gente indeseable que rodea la cárcel donde el valiente Chance aguarda la llegada del juez. Pero el sheriff no está solo, cuenta con el apoyo del dipsómano y buen Dude (Dean Martin), el viejo y rengo Stumpy (Walter Brennan) y de Colorado Ryan (Ricky Nelson), una joven estrella del rock and roll de entonces. Los cuatro, unidos y defendiendo causas mayores como el cumplimiento de la justicia enfrentarán el ataque anunciado de los forajidos. Entre tanto, John T. Chance ha conocido a la bella Feathers (Angie Dickinson) quien no solo se enamora y despierta el amor del sheriff, sino que también está dispuesta a ayudarlo.

Un filme con mayúsculas donde Howard Hawks despliega con maestría una historia de amistad y unión en medio del peligro. Un grandioso wéstern cuya visión es impostergable.

2. Uno de los grandes directores de comedia italiana fue Dino Risi. En 1962 estrenó una película titulada La escapada, largometraje que tiene de comedia y drama.
La historia se centra en uno de esos calurosos veranos en una Roma que parece deshabitada (casi toda la gente ha partido a los balnearios). Un personaje llamado Bruno Cortona (Vittorio Gassman), maneja un pequeño convertible descapotado (un Aurelia B24) por calles solitarias y silenciosas en busca de cigarros y de un teléfono. Al no hallar lo que busca, se detiene para beber agua y ve a Roberto Mariani (Jean-Louis Trintignant), un joven estudiante de derecho que pareciera que lo observa desde una ventana (en realidad estaba mirando a la chica de la que anda enamorado). El joven invita a Bruno a subir a su departamento para que desde ahí haga la llamada telefónica. Extrovertido y parlanchín, Cortona luego convence a Roberto que deje de estudiar y que lo acompañe a tomar un aperitivo. Inician entonces un recorrido que supuestamente duraría hasta la tarde de ese mismo día, mas este se prolonga: van a restoranes y a la playa, visitan a unos tíos de Roberto, llegan a la casa de la exesposa (Luciana Angiolillo) y de Lily (Catherine Spaak), la hija de ambos...

La aparente complicidad de los dos personajes en realidad nos muestra a dos seres contrastantes: Roberto es más joven, pero es tímido, cauteloso, apocado y ve en Bruno un modelo quizá a imitar, pues este es locuaz, mujeriego, fanfarrón, vividor, incluso irresponsable e inmaduro. Sin embargo, en el hedonismo chocante de Bruno y en la actitud modélica de Roberto se esconde una angustiosa soledad y a través de las aventuras que vivirán juntos, buscarán un escape a su hastío, a su triste realidad. Un magnífico e imprescindible largometraje. 

3. Roberto Rossellini, maestro del neorrealismo italiano, estrenó en 1948 (a poco tiempo de terminada la Segunda Guerra Mundial) la película Alemania, año cero.

El director italiano filmó la película en una ciudad de Berlín completamente destruida, en medio de gente que desesperada luchaba para sobrevivir, que trabajaba para reconstruir un país que acababa de perder la guerra. La película cuenta la historia de Edmund (Edmund Moeschke), un niño de doce años que se ve obligado a salir para buscar comida o dinero en las calles. En realidad, la historia de Edmund era la de cualquier alemán que había sobrevivido al conflicto bélico. Pero Edmund no está solo, tiene una familia en casa: un hermano mayor escondido por desertor, una hermana acusada de prostitución a cambio de favores, un padre anciano y enfermo (sobreviviente a dos guerras mundiales) que necesita de atención médica y de medicinas. El niño generalmente lleva algún objeto valioso que trata de vender en las calles, luego con ese dinero trata de conseguir comida. En su deambular se encuentra con un personaje siniestro, un antiguo profesor suyo, el señor Enning, sobreviviente nazi, pedófilo que consigue jovencitos para un viejo general también pederasta. Este profesor encarga al niño la venta de algunos objetos de procedencia nazi para que los venda entre las tropas extranjeras que las compran como recuerdos. Los problemas acuciantes en casa, el hambre, la necesidad, más las ideas del profesor Enning llevan a Edmund a tomar una decisión drástica, terrible.
Una película dura, impactante, pero que a pesar de los años transcurridos desde su estreno, más de setenta años, no ha envejecido y se mantiene no solo como una de las grandes películas de Rossellini, sino del cine. 

4. Carta de una desconocida (1948), es una película dirigida por un grande del cine: Max Opühls. El filme está basado en la novela corta del mismo nombre (1922) escrita por el austriaco Stefan Zweig. La historia central ocurre en una maravillosa Viena. Un joven y exitoso músico, Stefan Brand (Louis Jourdan), quien incluso es comparado con Mozart, recibe una carta anónima que empieza de esta manera: "Cuando leas esta carta, puede que haya muerto. Si esta carta llega a tus manos, verás cómo fui tuya sin que tú siquiera supieses que existía". Terrible. La epístola es de Lisa (Joan Fontaine), antigua vecina, quien desde que lo conoció ha vivido enamorada de una manera enfermiza del guapo, galante y mujeriego Brand. La película emplea largos “flashbacks” para ubicarnos en el desarrollo de la pasión amorosa de Lisa, personaje frágil y autodestructivo. La película podría haberse convertido fácilmente en una historia sensiblera y llorona, pero el inteligente Opühls supo mantener un equilibrio clásico, preciso, que le agradecemos. La fotografía, un impecable blanco y negro, no podría estar mejor para esta dolorosa historia de amor sin redención. Un clásico de clásicos. Impagable.

5. El cine mudo no es un cine primitivo, desarrolló sus propios recursos expresivos para contar historias sin casi emplear la palabra. Tuvo la desgracia que en su apogeo apareció el cine sonoro y vino su caída inevitable.
De ese cine desaparecido, en 1923 se estrenó El hombre mosca (Safety Last), película protagonizada por uno de los tres exponentes mayores de la comedia: Harold Lloyd (los otros dos eran: Charles Chaplin y Buster Keaton). La película cuenta una historia del "chico de las gafas" (Harold Lloyd) que, en busca de un mejor futuro, abandona su pueblo y deja en él a su prometida (Mildred Davis). Desde entonces, Harold le escribe cartas a diario donde le hace creer que es un importante hombre de negocios y no un simple vendedor de una gran tienda. La prometida, aconsejada por su madre, decide viajar en busca de Harold y este se verá en serios aprietos para no ser descubierto en su mentira. Con su prometida cerca y en el afán de cambiar su vida, el "chico de las gafas" se atreve a escalar un enorme edificio en medio de acciones cómicas y de suspenso por una probable caída. Esta larga escena, con el paso del tiempo, se ha convertido en uno de los mayores referentes icónicos del cine de todos los tiempos (ha sido aludido en Volver al futuro, La invención de Hugo Cabret...).
El hombre mosca es una joya por redescubrir y Harold Lloyd, definitivamente, un grande a quien injustamente se ha olvidado. 

6. En 1949 se estrenó El retrato de Jennie, película dirigida por William Dieterle. La historia misteriosa que se cuenta en este filme es la de Eben Adams (Joseph Cotten), un pintor que ha perdido la pasión anda desencantado de su labor, sin rumbo. De gran ayuda será su encuentro con la dueña de una galería, una mujer ya mayor, miss Spiney (Ethel Barrymore) quien le comprará un cuadro y le dará algunas sugerencias con respecto a su actitud ante la pintura; sin embargo, el hecho que dará un nuevo sentido a su vida ocurrirá cuando se encuentre con una niña, Jennie Appleton (Jennifer Jones). El conocerse será determinante, sobre todo para la vida del pintor, pues Jennie se volverá algo así como su musa inspiradora. Desde el primer encuentro seremos testigos de una atracción entre ambos, una necesidad por verse. Pero hay algo extraño en el desarrollo de esta historia, algo que rompe toda lógica: en cada encuentro, Jennie tiene más edad, pronto dejará de ser una niña para volverse una bella señorita, es como si ella viviera en un mundo paralelo donde el tiempo es más acelerado. ¿Cómo explicarlo? ¿Será que Eben (y nosotros con él) estamos viendo a un fantasma? ¿Quizá Jennie no sea más que la imagen de la "realidad" de alguien que ha enloquecido? ¿Eben la estará viendo realmente o será solo un sueño al cual nos arrastra también? El retrato de Jennie es una película de una profunda y misteriosa poesía, un filme cuya atmósfera onírica, cargada de ambigüedades, nos engancha, nos cuestiona, nos perturba. Es, realmente, una obra maestra cuya visión debería ser impostergable.

7. La mujer del cuadro es un filme del año 1944, dirigido por un grande como Fritz Lang. La película (cine noir, por cierto) cuenta la historia de Richard Wanley (Edward G. Robinson), un profesor de psicología en una universidad de Nueva York, quien, por asuntos de trabajo, no podrá acompañar a su familia en un viaje de vacaciones. Ya solo, por la noche, acude a un club donde se encontrará con dos amigos, antes de llegar al punto de encuentro, ve en un escaparate un cuadro con el retrato de una bellísima mujer. Queda prendado con la belleza de la retratada. Al salir del club, regresa a ver nuevamente el cuadro y es en ese instante que, cual fantasma, aparece junto a él la bella mujer que sirvió de modelo para el retrato. Es Alice Reed (la siempre bella y esplendorosa Joan Benett). Conversan, acuden al departamento de ella para ver unos bocetos, beben champán hasta que aparece el amante de Alice. Lo que viene a continuación es una historia tensa, propia del cine negro: se suceden asesinatos, chantajes, disparos, suicidios, mujeres fatales que arruinan prestigios...

Una película cuya hermosa y precisa fotografía acude a los grandes contrastes, los claroscuros que crean un ambiente opresivo, angustiante en el que, entre otras cosas, se cuestionan principios básicos de la ética y la moral frente a la práctica cotidiana o los deseos escondidos que se enfrentan a los primeros. El final es realmente inesperado y... Joan Benett, más bella que nunca. Una joya del buen y gran cine norteamericano.

8. Las películas serie B son aquellas que cuentan con bajo presupuesto (varios filmes del western, las de ciencia ficción, las de terror y algunas del cine noir); sin embargo, eso no impide que varias de ellas sean grandes películas, joyas de la cinematografía mundial. Una de ellas es El desvío (1945), dirigida por Edgar G. Ulmer.

Cuesta creer que esta gran película dure apenas 67 minutos para contar con solidez la oscura historia de Al Roberts (Tom Neal), un joven pianista que vive frustrado pues aspira a dar grandes conciertos y no a tocar en bares por sueldos miserables y propinas. Entonces decide abandonar Nueva York y viajar a Los Ángeles en búsqueda de Sue, su novia. Es un viaje largo, de costa a costa, pero está dispuesto a todo para encontrarse con la mujer amada y casarse con ella. Al no tener dinero para hacerlo por avión, se ve obligado a viajar "tirando dedo". El pesimismo del personaje es notorio y dos encuentros en la carretera definirán su vida opaca, gris: Jack Haskell Jr. (Edmund MacDonald), un irresponsable jugador, lo recogerá en la carretera y le promete llevarle hacia Los Ángeles. Su posterior encuentro con la terrible e insoportable Vera (Ann Savage), la típica "femme fatale" del cine noir, será la culminación de una vida que atrae sobre ella la desgracia, la mala suerte, la fatalidad.

Este breve filme es de una calidad única, un tesoro de primer orden de la cinematografía de todos los tiempos y no es exageración. Una joya de joyas y su visión es impostergable. 

9. Luis Buñuel, el director del cortometraje surrealista de 1929 Un perro andaluz, estrena en 1953 el filme Él, considerada por muchos como la mejor película latinoamericana de todos los tiempos. Este largometraje filmado en México cuenta la historia de Francisco Galván de Montemayor (Arturo de Córdova), un hombre de gran fortuna, profundamente católico, soltero, de edad madura y que no ha conocido hasta el momento el amor. Pero el amor llega a su vida: en una iglesia, un jueves santo, descubre a Gloria Milalta (Delia Garcés), una bella joven, enamorada del ingeniero Raúl Conde (Luis Beristáin) con quien se va a casar dentro de poco. Sin embargo, desde que Francisco y Gloria se han conocido, ha nacido entre ellos una atracción incontrolable que lleva a que Gloria rompa su compromiso y se case muy enamorada e ilusionada con el galán maduro. A las pocas horas de casados, esta irá descubriendo la verdadera personalidad de quien ante todos es un hombre virtuoso, un modelo de caballero a imitar: colérico, inseguro, injusto, manipulador, violento, celoso, extremadamente celoso. Lo que pudo ser un bello y ejemplar matrimonio, termina convirtiéndose en un infierno para Gloria quien es permanentemente humillada y violentada, incluso ve que su vida corre peligro a manos de quien se supone la ama desesperadamente, con locura.

Una gran película filmada en blanco y negro con algunas de las escenas más inquietantes y perturbadores del cine, como aquella en que Francisco, enfermo de celos, envuelve con una tela una hoja de afeitar, una aguja de arriero con hilo, algodón y con dos sogas se dirige al dormitorio de su esposa... Imprescindible.

10. En 1957 se estrena Senderos de gloria (también conocida como La patrulla infernal), película de un entonces joven director llamado Stanley Kubrick (el mismo que dirigiría Espartaco, 2001: odisea del espacio, La naranja mecánica, El resplandor...).

La película desarrolla una historia que ocurre en plena Primera Guerra Mundial, en Francia, año 1916. Tanto franceses como alemanes se encuentran en las trincheras. Por presiones del general George Broulard (Adolphe Mejou), el general Paul Mireau (George Macready) ordena al coronel Dax (Kirk Douglas) tomar con sus hombres la Colina del Hormiguero, una posición estratégica que está en manos de los alemanes. El enfrentamiento es sangriento, los franceses atacan, muchos de ellos morirán, pero a pesar del esfuerzo son repelidos, la misión ha sido un fracaso. Ante esta situación desastrosa, el general Mireau busca salvar su prestigio, para ello decide dar cobardemente un escarmiento ejemplar a los valientes soldados: a tres de ellos los hace comparecer ante un Consejo de Guerra pues son acusados de cobardía ante el enemigo. En defensa de sus soldados, surge la valiente figura del coronel Dax quien se enfrentará a la falsa acusación... ¿Logrará el coronel Dax salvar del pelotón de fusilamiento a sus hombres?                                                                                                                       

Senderos de gloria es una película tensa, conmovedora y que sacude nuestras conciencias sobre el horror de la guerra y de las injusticias que se cometen cuando se emplea de mala manera el poder que se detenta. Una obra maestra, una joya del cine de visión impostergable. 

11. El cine mudo cuenta con varias películas entrañables, de esas que se ven cada cierto tiempo con entusiasmo renovado. Una de ellas es El gabinete del doctor Caligari, un filme de 1920 dirigida por el alemán Robert Wiene. Para algunos es la joya mayor de uno de los movimientos vanguardista de inicios del siglo XX, hablamos del Expresionismo que tanta influencia tuvo sobre el cine noir (por ejemplo, una iluminación más compleja donde juega papel muy importante los contrastes de luz y sombra).

La historia que se desarrolla en seis actos es alucinante. El doctor Caligari (Werner Krauss) es un hipnotizador que dirige un espectáculo donde interviene un sonámbulo llamado Cesare (Conrad Veidt), pero el doctor es un personaje trastornado que utiliza al sonámbulo no solo para responder a las preguntas del público, sino para que este cometa una serie de asesinatos que dejan atemorizados y preocupados a los habitantes de Holtenwall. Los amigos Francis (Friedrich Feher) y Alan (Hans Heinrich von Twardowski), que andan enamorados de Jane (Lil Dagover), visitan el espectáculo del sonámbulo en la feria y salen aterrados porque este le ha vaticinado la pronta muerte a Alan. Sorprendentemente, la muerte de Alan ocurre. Francis sospecha del doctor y empieza a investigar sobre la vida del misterioso hipnotizador. Pero la película sufre un giro argumental que dejará sorprendido al espectador: ¿está realmente ocurriendo lo que vemos en pantalla?

Un clásico de todos los tiempos, una prueba contundente de cómo el cine mudo casi no requería de la palabra para contar una buena historia. Sorprenderán el maquillaje recargado, la escenografía llena de ángulos distorsionados, líneas, curvas y espirales muy marcados, contrastes acentuados de luces y sombras, todo ello es parte de la estética expresionista de una película, que luego de más de cien años, no ha envejecido un ápice. Realmente imprescindible.

12. En 1945 se estrenó Perversidad, filme del cine noir dirigido por el gran Fritz Lang. La película cuenta la historia de Christopher Cross (Edward G. Robinson, recordado por su papel de Datán en Los diez mandamientos), un hombre infelizmente casado, cajero de un banco donde es muy apreciado, dedicado a la pintura como una actividad casi a escondidas, pero que en el fondo es lo que más ama hacer.

Una noche, el buen Christopher conoce a Kitty (Joan Bennett) que está siendo maltratada por Johnny (Dan Duryea) y sale en su defensa. De esta acción, aparentemente nace una amistad, aunque Christopher en realidad está muy enamorado de la bellísima Kitty quien, en complicidad con Johnny, se empieza a aprovechar de él, lo explota económicamente. Presionado con astucia por la bella mujer, el ingenuo cajero se atreve a hacer cosas que perjudicarán su dignidad en la esperanza de ser correspondido, como la cruel Kitty le hace creer. Incluso sus cuadros, que estaban guardados en su casa, empiezan a ser comprados y valorados por la crítica especializada, pero él no puede disfrutar de ese éxito pues estos les han sido robados y la autoría se lo atribuyen a otra persona.
El filme cuenta con una fotografía impecable en blanco y negro, desarrolla una historia magníficamente narrada, de atmósfera cruel, perversa (como anuncia su título), es uno de los mayores exponentes del cine negro. Imprescindible.

 

   Continuará…

 

                                         Morada de Barranco, 4 de marzo de 2026



jueves, 5 de febrero de 2026

HABLEMOS DE NOVELAS BREVES

 

  

                                                                    Realidad, incierta realidad o sueño.

                                                                                              Xavier Abril

 

   

   El verano aprieta. Las altas temperaturas, la radiación que torna al Sol en un enemigo peligrosísimo. Pero a pesar del sofocante verano, uno aprovecha estos días y se lanza a la aventura refrescante que nos proporcionan las lecturas y la visión de películas.






   Si de películas hablamos, todas las noches tenemos, Rita y yo, una cita con el cine. Han desfilado ante nuestros ojos, en estas noches incendiarias, películas de Ingmar Bergman (Un verano con Mónica, Detrás de un vidrio oscuro, Juegos de verano), de Agnes Varda (Cleo de 5 a 7, Sin techo ni ley), de William Wyler (La heredera y una película cuya visión nos hace amar más al cine: Los mejores años de nuestra vida), de Ernst Lubitsch (dos joyas del cine: Ser o no ser y El bazar de las sorpresas), de Luis Buñuel (Él, Ensayo de un crimen), de Éric Rohmer (Cuento de invierno, Mi noche con Maud), de Zhang Yimou (Amor bajo el espino blanco, El camino a casa), de Robert Mulligan (Verano del 42), entre otros directores y películas.





   Como se puede ver, clásicos. En algunos casos saldamos cuentas con nosotros mismos; es decir, estamos visionándolas por vez primera. Otras las estamos visionando por segunda o tercera vez. ¿La razón, el porqué? Siempre te dicen algo, siempre descubres una arista antes no percibida. Es, digamos, virtud de los clásicos (ese rango altísimo al que no acceden todos) y cuando hablo de estos, no solo me refiero a películas. También lecturas, libros.





   Por estos días, también ando enfrascado en la lectura de poesía, por ejemplo, estoy leyendo profundamente sorprendido el primer tomo (de tres) de la poesía completa de Emily Dickinson, un obsequio que nunca terminaré de agradecer a mi hermano Arturo. Releo complacido una selección de poemas de Paul Celan, en traducción de J. Francisco Elvira Hernández. Dos libros de poetas peruanos me acompañan en estos días calurosos: El Huso de la Palabra de José Watanabe y Descubrimiento del alba de Xavier Abril. Todos ellos leídos lentamente, sílaba a sílaba, paladeándolos. Lo diré en pocas palabras: ando en muy buena compañía.

    Hace unas semanas comenté que por estos tiempos mis preferencias se están inclinando por la narrativa corta; es decir, las novelas breves, ese “género a caballo entre el cuento y la novela”, según decía de ellas Julio Cortázar. 

   Si tuviera que recomendar algunos títulos, luego de forzar la memoria para hacer una selección general de novelas breves, mi lista sería de veinte obras (no son las únicas, varias quedaron fuera), todas ellas signadas por el gusto personal, en este caso, de la brevedad, intensidad y profundidad. Estas novelas son las siguientes:

 

1. Noches blancas de Fedor Dostoievski.

2. Siempre hay caminos de Ciro Alegría.

3. Novela de ajedrez de Stefan Zweig.

4. Carta de una desconocida de Stefan Zweig.

5. La metamorfosis de Franz Kafka.

6. El túnel de Ernesto Sábato.

7. La sonrisa de la Gioconda de Aldous Huxley.

8. Otra vuelta de tuerca de Henry James.

9. Los papeles de Aspern de Henry James.

10. Pedro Páramo de Juan Rulfo.

11. Seda de Alessandro Baricco.

12. El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez.

13. La muerte en Venecia de Thomas Mann.

14. Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco.

15. El extranjero de Albert Camus.

16. Las tribulaciones del estudiante Törless de Robert Musil.

17. La vegetariana de Han Kang.

18. Bartleby, el escribiente de Herman Melville.

19. El extranjero de Albert Camus.

20. El baile de Irène Némirovsky.


   Un par de preguntas vienen a mí, la primera: ¿Qué novelas breves de la literatura peruana podría mencionar? Me puse a recordar algunos títulos de autores peruanos que un tiempo atrás habían pasado por mis manos y mis ojos para nunca más abandonarme. Concluí que todas las que había leído eran magníficas novelas, todas ellas sólidas en su brevedad: Siempre hay caminos, de Ciro Alegría (que mencioné en la lista anterior); Los cachorros, de Mario Vargas Llosa; Los Ingar, de Carlos Eduardo Zavaleta; La iluminación de Katzuo Nakamatsu, de Augusto Higa Oshiro;  Diamantes y pedernales, de José María Arguedas; La conciencia del límite último, de Carlos Calderón Fajardo; Duque, de José Diez Canseco. Para el que las ha leído, no me dejará mentir, todas son obras maestras.

  Pienso en los títulos mencionados en el párrafo anterior, pero hay algo que me intriga y esta es la segunda pregunta: ¿Por qué razón Julio Ramón Ribeyro no escribió una novela breve? Me intriga y me parece raro que una obra suya no figure en una relación de grandes nouvelles (novelas breves o novelas cortas en francés). La respuesta es sencilla, obvia. Simplemente nunca escribió una. Lo lamento, estoy más que seguro que si la hubiera escrito, esta sería magnífica, pero, en fin, son puras especulaciones y allí lo dejamos.





 

   Continuará…

 

 

                                               Morada de Barranco, 5 de febrero de 2026




viernes, 23 de enero de 2026

UN MAESTRO DE LA BREVEDAD

 

 

                                                                         Únete siempre a los filisteos.

                                                                                  Augusto Monterroso

 

 

 

   Uno de los libros deliciosos que he releído y disfrutado por estos días ha sido  La oveja negra y demás fábulas  de Augusto Monterroso (Editorial Santillana, 1992). Breve libro de textos breves y en algunos casos, diminutos. Sino veamos:

 

EL RAYO QUE CAYÓ DOS VECES EN EL MISMO SITIO

Hubo una vez un Rayo que cayó dos veces en el mismo sitio; pero descubrió que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho.




 

   Fábulas modernas cargadas de un humor sutil, punzante, filudo. Me aventuro a decir que todos los libros de Monterroso (que no llegan ni a diez) son disfrutables, pero de todos ellos, este libro de fábulas va a la cabeza. Juguetón como pocos, juguetón pero crítico: entre ironía e ironía siempre se desliza un garrotazo a la cabeza de la estupidez humana reinante. Uno se siente a gusto con este libro de Augusto. Es lo que se dice, un libro impagable.

 

LOS OTROS SEIS

Dice la tradición que en un lejano país existió hace algunos años un Búho que a fuerza de meditar y quemarse las pestañas estudiando, pensando, traduciendo, dando conferencias, escribiendo poemas, cuentos, biografías, crónicas de cine, discursos, ensayos literarios y algunas cosas más, llegó a saberlo y a tratarlo prácticamente todo en cualquier género de los conocimientos humanos, en forma tan notoria que sus entusiastas contemporáneos pronto lo declararon uno de los Siete Sabios del País, sin que hasta la fecha se haya podido averiguar quiénes eran los otros seis.

 

   Monterroso: digno heredero de algunos caballeros ingleses y de algunas obras inglesas como  Los viajes de Gulliver, del maese en ironías Jonathan Swift (aunque él no era inglés, como bien sabemos) y de esos diálogos chispeantes entre el Quijote y Sancho Panza, por mencionar un par de obras que le dejaron profundas huellas. Siempre he creído que a Monterroso todavía no se le ha dado el sitio que se merece. Fue un escritor de pocos libros. Pocos, pero qué libros, todos ellos de una inteligencia en el empleo del humor, que es una muestra palpable de inteligencia, más si esta se la aplica a uno mismo, reírse de uno, no tomarse tan en serio y abandonar solemnidades y almidones que nos hacen parecer esculturas de palo. Especialidad de Monterroso esto del humor, sino recordamos, estas líneas de un texto titulado  Estatura y Poesía  de su libro  Movimiento perpetuo :

 

   Sin empinarme, mido fácilmente un metro sesenta. Desde pequeño fui pequeño. Ni mi padre ni mi madre fueron altos. Cuando a los quince años me di cuenta de que iba para bajito me puse a hacer cuantos ejercicios me recomendaron, los que no me convirtieron ni en más alto ni en más fuerte, pero me abrió el apetito. Esto sí fue problema, porque en ese tiempo éramos muy pobres. Aunque no recuerdo haber pasado nunca hambre, lo más seguro es que durante mi adolescencia pasé buenas temporadas de desnutrición. Algunas fotografías (que no siempre tienen que ser borrosas) lo demuestran. Digo todo esto porque quizás si en aquel tiempo hubiera comido no más sino mejor, mi estatura sería más presentable. Cuando cumplí veintiún años, ni un día menos, me di por vencido, dejé los ejercicios y fui a votar.

   De todos es conocido que los centroamericanos, salvo molestas excepciones, no han sido generalmente favorecidos por una estatura extremadamente alta. Dígase lo que se diga, no se trata de un problema racial. En América hay indios que aventajan en ese sentido a muchos europeos. La verdad es que la miseria y la consiguiente desnutrición, unidas a otros factores menos espectaculares, son la causa de que mis paisanos y yo estemos todo el tiempo invocando los nombres de Napoleón, Madero, Lenin y Chaplin cuando por cualquier razón necesitamos demostrar que se puede ser bajito sin dejar por eso de ser valiente.

   Con regularidad suelo ser víctima de cambios sobre mi exigua estatura, cosa que casi me divierte y conforta, porque me da la sensación de que sin ningún esfuerzo estoy contribuyendo, por deficiencia, a la pasajera felicidad de mis desolados amigos. Yo mismo, cuando se me ocurre, compongo chistes a mi costa que después llegan a mis oídos como productos de creación ajena. Qué le vamos a hacer. Esto se ha vuelto ya una práctica tan común, que incluso personas de menor estatura que la mía logran sentirse un poco más altas cuando dicen bromas a mi costa. Entre lo mejorcito está llamarme representante de los Países Bajos y, en fin, cosas por el estilo. ¡Cómo veo brillar los ojos de los que creen estarme diciendo eso por primera vez! Después se irán a sus casas y enfrentarán los problemas económicos, artísticos o conyugales que los agobian, sintiéndose como con más ánimo para resolverlos…


 



   Un maestro en la autoironía, sin lugar a dudas. Pero quiero regresar a  La oveja negra y demás fábulas. El último texto del libro, probablemente uno de los que más me gusta, es uno al que ni bien terminé de leerlo por vez primera, ya hace una buena punta de años, lo relacioné con un callado y legendario escritor mexicano. “Tiene que ser él, no puede ser otro que él”, me decía una y otra vez, “el zorro tiene que ser él”.  Nunca he dejado de pensar que este breve texto es un grandioso homenaje al autor de esos dos libros que siempre me acompañarán, que siempre nos acompañarán: la novela Pedro Páramo y el libro de cuentos  El llano en llamas. ¿Equivocado? No, basta con leer esa fábula para caer en la cuenta de que todos los referentes están ligados al gran Juan Rulfo.

 

EL ZORRO ES MÁS SABIO

   Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dicen voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.

   Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.

   El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aún escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro.

   Desde ese momento el Zorro se dio con razón por satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa.

   Pero los demás empezaron a murmurar ya repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraron en los cocteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.

—Pero si ya he publicado dos libros —respondía él con cansancio.

—Y muy buenos—le contestaban—; por eso mismo tiene usted que publicar otro.

   El Zorro no lo decía, pero pensaba: "En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer".

   Y no lo hizo.

 

   Pero quizás la fábula que más me agrada sea esta:

 

EL PARAÍSO IMPERFECTO

—Es cierto -—dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno—; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.

 

   “Lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.” Un capo el maese Augusto Monterroso.

 



 

   Continuará…

 

 

                                             Morada de Barranco, 23 de enero de 2026



sábado, 27 de diciembre de 2025

MIS NOVELAS FAVORITAS POR ESTOS DÍAS

 


                                                                      Ya es tiempo del asombro…

                                                                         Enrique Peña Barrenechea

 

 

   Hace unos días, conversando con un par de amigos surgió la pregunta de cuáles eran nuestras novelas preferidas. En el momento no tuve la respuesta precisa. Uno cambia de gustos constantemente, un día nos gusta un libro, otro día nos gusta más otro, en fin, hablar sobre nuestras preferencias en libros, mejor dicho, en novelas resulta un asunto peliagudo. Sin embargo, puedo decir que tengo mis preferidas, a pesar de todo.





   Son esas listas que uno suele hacer y que no necesariamente las escribe. Ya en casa me tomé mi tiempo y elaboré una lista, en ella se encuentran algunas de las novelas que sé me acompañarán siempre. Tengo para mí que esas obras permanecerán conmigo no porque sean clásicos, sino porque básicamente me gustan, he disfrutado con ellas leyéndolas, releyéndolas (que es la mejor manera de disfrutarlas): esos libros han sido endemoniadamente entretenidos, y cuando digo “entretenidos” involucro muchas cosas más, no solo el banal disfrute que se puede encontrar en cosas menos sustanciales. Leer novelas es en realidad un acto de resistencia y de rechazo al mundo pequeño que nos ha tocado vivir. No es poca cosa.





   En la lista no están todas las novelas que amo, hay algunas más (¡oh, Conde de Montecristo, País de Jauja y En busca del tiempo perdido! (que no lo he terminado de leer), ¡ah, El mundo es ancho y ajeno, Conversación en la Catedral, Alicia en el país de las maravillas y Crimen y castigo!, están ausentes), pero me propuse seleccionar solo quince novelas, ese es el rango de mi lista. Así que menciono a mis quince novelas favoritas por estos días (el orden es producto de cómo iban llegando a mi recuerdo).

 

1. Los ríos profundos de José María Arguedas.

2. Los miserables de Victor Hugo.

3. Al faro de Virginia Woolf.

4. Moby Dick de Herman Melville.

5. Rojo y Negro de Stendhal.

6. Ifigenia de Teresa de la Parra.

7. Guerra y Paz de León Tolstoi.

8. Pedro Páramo de Juan Rulfo.

9. El gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald.

10. Novela de ajedrez de Stefan Zweig.

11. El Gatopardo de Guiseppe Tomasi di Lampedusa.

12. Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift.

13. Claus y Lucas de Agota Kristof.

14. Frankenstein de Mary Shelley.

15. El doctor Zhivago de Borís Pasternak.





 

Nota: cuando publiqué la lista anterior en Facebook, casi inmediatamente recibí un mensaje por interno, era la de una exalumna que me preguntaba, casi con reproche, el porqué de la poca presencia de novelas de escritoras en mi lista. Le respondí. Sin que me sintiera obligado, sino como un ejercicio de selección elaboré otra lista, por si me preguntaran sobre cuáles son mis novelas favoritas escritas por mujeres. Aquí van estas quince novelas, aunque probablemente se me objetará que no haya novelas de Jane Austen, Irene Némirosky, Selma Lagerlof, Edith Wharton, George Eliott o Carson Mccullers, pero no pueden entrar todas, están las que me gustan por estos días.


1. Frankenstein de Mary Shelley.

2. Ifigenia de Teresa de la Parra.

3. Al faro, de Virginia Woolf.

4. Claus y Lucas de Agota Kristof.

5. Ximena de dos caminos de Laura Riesco.

6. La amortajada de María Luisa Bombal.

7. Las hijas de Hanna de Marianne Fredriksson.

8. La voluntad del molle de Karina Pacheco.

9. Cumbres borrascosas de Emily Brontë.

10. Matar un ruiseñor de Harper Lee.

11. Jane Eyre de Charlotte Brontë.

12. La campana de cristal de Silvia Plath.

13. Los recuerdos del porvenir de Elena Garro.

14. La vida de las mujeres de Alice Munro.

15. Balún Canán de Rosario Castellanos.






   Continuará…

 

 

                                          Morada de Barranco, 27 de diciembre de 2025