viernes, 23 de enero de 2026

UN MAESTRO DE LA BREVEDAD

 

 

                                                                         Únete siempre a los filisteos.

                                                                                  Augusto Monterroso

 

 

 

   Uno de los libros deliciosos que he releído y disfrutado por estos días ha sido  La oveja negra y demás fábulas  de Augusto Monterroso (Editorial Santillana, 1992). Breve libro de textos breves y en algunos casos, diminutos. Sino veamos:

 

EL RAYO QUE CAYÓ DOS VECES EN EL MISMO SITIO

Hubo una vez un Rayo que cayó dos veces en el mismo sitio; pero descubrió que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho.




 

   Fábulas modernas cargadas de un humor sutil, punzante, filudo. Me aventuro a decir que todos sus libros (que no llegan ni a diez) son disfrutables, pero de todos ellos, este libro de fábulas va a la cabeza. Juguetón como pocos, juguetón pero crítico: entre ironía e ironía siempre se desliza un garrotazo a la cabeza de la estupidez humana reinante. Uno se siente a gusto con este libro de Augusto. Es lo que se dice, un libro impagable.

 

LOS OTROS SEIS

Dice la tradición que en un lejano país existió hace algunos años un Búho que a fuerza de meditar y quemarse las pestañas estudiando, pensando, traduciendo, dando conferencias, escribiendo poemas, cuentos, biografías, crónicas de cine, discursos, ensayos literarios y algunas cosas más, llegó a saberlo ya tratarlo prácticamente todo en cualquier género de los conocimientos humanos, en forma tan notoria que sus entusiastas contemporáneos pronto lo declararon uno de los Siete Sabios del País, sin que hasta la fecha se haya podido averiguar quiénes eran los otros seis.

 

   Monterroso: digno heredero de algunos caballeros ingleses y de algunas obras inglesas como  Los viajes de Gulliver , del maese en ironías Jonathan Swift (aunque él no era inglés, como bien sabemos) y de esos diálogos chispeantes entre el Quijote y Sancho Panza, por mencionar un par de obras que le dejaron profundas huellas. Siempre he creído que a Monterroso todavía no se le da el sitio que se merece. Fue un escritor de pocos libros. Pocos, pero qué libros, todos ellos de una inteligencia en el empleo del humor, que es una muestra palpable de inteligencia, más si esta se la aplica a uno mismo, reírse de uno, no tomarse tan en serio y abandonar solemnidades y almidones que nos hacen parecer esculturas de palo. Especialidad de Monterroso esto del humor, sino recordamos, estas líneas de un texto titulado  Estatura y Poesía  de su libro  Movimiento perpetuo :

 

   Sin empinarme, mido fácilmente un metro sesenta. Desde pequeño fui pequeño. Ni mi padre ni mi madre fueron altos. Cuando a los quince años me di cuenta de que iba para bajito me puse a hacer cuantos ejercicios me recomendaron, los que no me convirtieron ni en más alto ni en más fuerte, pero me abrió el apetito. Esto sí fue problema, porque en ese tiempo éramos muy pobres. Aunque no recuerdo haber pasado nunca hambre, lo más seguro es que durante mi adolescencia pasé buenas temporadas de desnutrición. Algunas fotografías (que no siempre tienen que ser borrosas) lo demuestran. Digo todo esto porque quizás si en aquel tiempo hubiera comido no más sino mejor, mi estatura sería más presentable. Cuando cumplí veintiún años, ni un día menos, me di por vencido, dejé los ejercicios y fui a votar.

   De todos es conocido que los centroamericanos, salvo molestas excepciones, no han sido generalmente favorecidos por una estatura extremadamente alta. Dígase lo que se diga, no se trata de un problema racial. En América hay indios que aventajan en ese sentido a muchos europeos. La verdad es que la miseria y la consiguiente desnutrición, unidas a otros factores menos espectaculares, son la causa de que mis paisanos y yo estemos todo el tiempo invocando los nombres de Napoleón, Madero, Lenin y Chaplin cuando por cualquier razón necesitamos demostrar que se puede ser bajito sin dejar por eso de ser valiente.

   Con regularidad suelo ser víctima de cambios sobre mi exigua estatura, cosa que casi me divierte y conforta, porque me da la sensación de que sin ningún esfuerzo estoy contribuyendo, por deficiencia, a la pasajera felicidad de mis desolados amigos. Yo mismo, cuando se me ocurre, compongo chistes a mi costa que después llegan a mis oídos como productos de creación ajena. Qué le vamos a hacer. Esto se ha vuelto ya una práctica tan común, que incluso personas de menor estatura que la mía logran sentirse un poco más altas cuando dicen bromas a mi costa. Entre lo mejorcito está llamarme representante de los Países Bajos y, en fin, cosas por el estilo. ¡Cómo veo brillar los ojos de los que creen estarme diciendo eso por primera vez! Después se irán a sus casas y enfrentarán los problemas económicos, artísticos o conyugales que los agobian, sintiéndose como con más ánimo para resolverlos…


 



   Un maestro en la auto ironía, sin lugar a duda. Pero quiero regresar a  La oveja negra y demás fábulas. El último texto del libro, probablemente uno de los que más me gusta, es uno al que ni bien terminé de leerlo por vez primera, ya hace una buena punta de años, lo relacioné con un callado y legendario escritor mexicano. “Tiene que ser él, no puede ser otro que él”, me decía una y otra vez, “el zorro tiene que ser él”.  Nunca he dejado de pensar que este breve texto es un grandioso homenaje al autor de esos dos libros que siempre me acompañarán, que siempre nos acompañarán: la novela Pedro Páramo y el libro de cuentos  El llano en llamas. ¿Equivocado? No, basta con leer esa fábula para caer en la cuenta de que todos los referentes están ligados al gran Juan Rulfo.

 

EL ZORRO ES MÁS SABIO

   Un día que el Zorro estaba muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de personas que dicen voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.

   Su primer libro resultó muy bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no muy bien) a los más diversos idiomas.

   El segundo fue todavía mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aún escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro.

   Desde ese momento el Zorro se dio con razón por satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa.

   Pero los demás empezaron a murmurar ya repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraron en los cocteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.

—Pero si ya he publicado dos libros —respondía él con cansancio.

—Y muy buenos—le contestaban—; por eso mismo tiene usted que publicar otro.

   El Zorro no lo decía, pero pensaba: "En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer".

   Y no lo hizo.

 

   Pero quizás la fábula que más me agrada sea esta:

 

EL PARAÍSO IMPERFECTO

—Es cierto -—dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno—; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.

 

   “Lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.” Un capo el maese Augusto Monterroso.

 



 

   Continuará…

 

 

                                             Morada de Barranco, 23 de enero de 2026

sábado, 27 de diciembre de 2025

MIS NOVELAS FAVORITAS POR ESTOS DÍAS

 


                                                                      Ya es tiempo del asombro…

                                                                         Enrique Peña Barrenechea

 

 

   Hace unos días, conversando con un par de amigos surgió la pregunta de cuáles eran nuestras novelas preferidas. En el momento no tuve la respuesta precisa. Uno cambia de gustos constantemente, un día nos gusta un libro, otro día nos gusta más otro, en fin, hablar sobre nuestras preferencias en libros, mejor dicho, en novelas resulta un asunto peliagudo. Sin embargo, puedo decir que tengo mis preferidas, a pesar de todo.





   Son esas listas que uno suele hacer y que no necesariamente las escribe. Ya en casa me tomé mi tiempo y elaboré una lista, en ella se encuentran algunas de las novelas que sé me acompañarán siempre. Tengo para mí que esas obras permanecerán conmigo no porque sean clásicos, sino porque básicamente me gustan, he disfrutado con ellas leyéndolas, releyéndolas (que es la mejor manera de disfrutarlas): esos libros han sido endemoniadamente entretenidos, y cuando digo “entretenidos” involucro muchas cosas más, no solo el banal disfrute que se puede encontrar en cosas menos sustanciales. Leer novelas es en realidad un acto de resistencia y de rechazo al mundo pequeño que nos ha tocado vivir. No es poca cosa.





   En la lista no están todas las novelas que amo, hay algunas más (¡oh, Conde de Montecristo, País de Jauja y En busca del tiempo perdido! (que no lo he terminado de leer), ¡ah, El mundo es ancho y ajeno, Conversación en la Catedral, Alicia en el país de las maravillas y Crimen y castigo!, están ausentes), pero me propuse seleccionar solo quince novelas, ese es el rango de mi lista. Así que menciono a mis quince novelas favoritas por estos días (el orden es producto de cómo iban llegando a mi recuerdo).

 

1. Los ríos profundos de José María Arguedas.

2. Los miserables de Victor Hugo.

3. Al faro de Virginia Woolf.

4. Moby Dick de Herman Melville.

5. Rojo y Negro de Stendhal.

6. Ifigenia de Teresa de la Parra.

7. Guerra y Paz de León Tolstoi.

8. Pedro Páramo de Juan Rulfo.

9. El gran Gatsby de Francis Scott Fitzgerald.

10. Novela de ajedrez de Stefan Zweig.

11. El Gatopardo de Guiseppe Tomasi di Lampedusa.

12. Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift.

13. Claus y Lucas de Agota Kristof.

14. Frankenstein de Mary Shelley.

15. El doctor Zhivago de Borís Pasternak.





 

Nota: cuando publiqué la lista anterior en Facebook, casi inmediatamente recibí un mensaje por interno, era la de una exalumna que me preguntaba, casi con reproche, el porqué de la poca presencia de novelas de escritoras en mi lista. Le respondí. Sin que me sintiera obligado, sino como un ejercicio de selección elaboré otra lista, por si me preguntaran sobre cuáles son mis novelas favoritas escritas por mujeres. Aquí van estas quince novelas, aunque probablemente se me objetará que no haya novelas de Jane Austen, Irene Némirosky, Selma Lagerlof, Edith Wharton, George Eliott o Carson Mccullers, pero no pueden entrar todas, están las que me gustan por estos días.


1. Frankenstein de Mary Shelley.

2. Ifigenia de Teresa de la Parra.

3. Al faro, de Virginia Woolf.

4. Claus y Lucas de Agota Kristof.

5. Ximena de dos caminos de Laura Riesco.

6. La amortajada de María Luisa Bombal.

7. Las hijas de Hanna de Marianne Fredriksson.

8. La voluntad del molle de Karina Pacheco.

9. Cumbres borrascosas de Emily Brontë.

10. Matar un ruiseñor de Harper Lee.

11. Jane Eyre de Charlotte Brontë.

12. La campana de cristal de Silvia Plath.

13. Los recuerdos del porvenir de Elena Garro.

14. La vida de las mujeres de Alice Munro.

15. Balún Canán de Rosario Castellanos.






   Continuará…

 

 

                                          Morada de Barranco, 27 de diciembre de 2025

 

 

 

jueves, 27 de noviembre de 2025

CINE, NO SOLO PELÍCULAS

 


                                                              tú que llevas prendido un cine en la mejilla

                                                                              Carlos Oquendo de Amat

 

 

   Debo reconocer que para mí el cine es una religión como lo es la lectura, la música de The Beatles (y en ciertos casos lo es el fútbol). Muchos de mis primeros recuerdos están relacionados con el llamado séptimo arte. Mi infancia y adolescencia están marcadas más que por libros por películas: me veo niño sentado frente al ecran, con los ojos “perdidos” en la pantalla, sin saber leer todavía y obligado a crear con esas imágenes que ante mis ojos desfilaban mi propia historia, mi propia película, no había otra: la imaginación sobre la imaginación.





   Pasados los años, esa pasión por el cine no ha decaído, se ha acentuado. Una prueba de ello es que Rita y yo visionamos complacidos una película diaria. De lunes a sábado nos abandonamos a las imágenes de múltiples historias que nos transportan plácidamente a mundos paralelos que nos alejan momentáneamente de las preocupaciones cotidianas, como lo suele hacer, salvando las diferencias, la lectura (hablo de novelas, cuentos, por ejemplo); es decir, embarcados en nuestra imaginación abandonamos los avatares de la vida y nos permitimos vivir aquellas vidas que la realidad nos lo impediría: el cine como espacio o territorio de la libertad.






   Si algo disfrutamos en el cine es cuando frecuentamos los clásicos; o sea, aquellas películas a las que los años no hacen mella, esas que siempre nos dicen algo nuevo, aquello que no fue percibido en oportunidades anteriores. Esta es la razón de por qué en estos días ando con la idea de volver a visionar un puñado de películas, largometrajes que me marcaron y viven (vivirán) en mí hasta que deba abandonar el tercer planeta. De ese pequeño universo he seleccionado quince filmes (aunque también en el camino voy sugiriendo otras películas).






   El orden de las películas de esta lista responde a como fueron apareciendo en mi recuerdo. Esta es la relación:

1. Entre muchas de John Ford (pienso en Centauros del desierto, Las viñas de la ira o ¡Qué verde era mi valle!) una en particular: El hombre quieto, imagino ya a mis ojos extraviados entre los verdes de Innisfree y el rojo cabello de la bellísima y temperamental Maureen O’hara. Una película sobre el regreso a los orígenes para alejarse de un pasado inmediato que atormenta.

2. Tres películas de Jean-Luc Godard: Al final de la escapada, El desprecio y Pierre, le fou. Una en blanco y negro (¡ah, esa aparición de Jean Seberg con el cabello corto anunciando al “New York Herald Tribune” en “Champs Elysées”!), las otras en colores destellantes envolviendo las figuras de Brigitte Bardot y de una de las grandes musas de la “nouvelle vague”: Anna Karina, la de los bellos ojos almendrados.

3. El espíritu de la colmena de Víctor Erice, conmovedora película que resulta una maravillosa exploración, dentro de un pueblo desolado en la meseta castellana, de cómo el cine marca a una niña (Ana Torrent) a través de un personaje como el monstruo de Frankenstein en las duras épocas de la posguerra española. La soledad atormentada y contenida que gobierna las vidas de los personajes habla, en realidad, de espacios compartidos pero cargados de fracturas. Diez años después filmaría otra joya: El Sur.

4. Hay dos películas de Eric Rohmer a las que acudo siempre transido de emoción y me gusta visionarlas bajo dos condiciones: al amanecer y en invierno, ¿por qué?, no sabría decirlo con precisión, solo sé que así las disfruto mucho. Las películas a las que me refiero son El rayo verde y Cuento de invierno (por allí cerca, merodeando están Mi noche con Maud, La rodilla de Clara y Cuento de otoño). Estas dos películas (como todas las de Rohmer) siempre me han sorprendido porque son muestra palpable de cómo hacer un magnífico cine, inteligente y con economía de recursos.

5. La mirada de Ulises, bello título de una película de Theo Angelopoulos, las indagaciones y la larga marcha del protagonista, “A” (magnífico Harvey Keitel), por hallar los rollos de una película en un territorio (los Balcanes) dominado por la violencia y la muerte: el cine como metáfora de las eternas búsquedas del hombre habitante de las periferias.

6. En 1950, Luis Buñuel filma una película que muestra el otro rostro de México, no el de charros y canciones, sino el real, el de las grandes desigualdades, el de los adolescentes y niños sobreviviendo en medio de una urbe fragmentada, agresiva, violenta: Los olvidados arranca máscaras y nos muestra aquella faz terrible que la revolución mexicana no había solucionado. ¿Otras de Buñuel?: Él y Ensayo de un crimen.

7. Alfred Hitchcock filmó muchas películas, de todas ellas escojo una, Vértigo (podría agregar cuatro o cinco películas, pienso en La ventana indiscreta, Con la muerte en los talones, Psicosis, Los pájaros, Notorius o La sombra de una duda). Vértigo es una película que ofrece con precisión, el turbador mundo de un policía retirado y obsesivo: John Scottie Ferguson (James Stewart) en su relación con Madeleine (Kim Novak) y su posterior intento de reencarnar en una segunda muchacha al amor perdido. Intensa como pocas, Vértigo es la metáfora de la recuperación del amor de entre los muertos.

8. Krysztof Kieslowski, el gran director polaco, filmó un puñado de películas misteriosas, poéticas como Azul, Blanco, Rojo o El Decálogo, este último un proyecto de diez capítulos basado en los Diez Mandamientos (cada uno de aproximadamente una hora). Pero la película que quisiera ver es La doble vida de Verónica, filme donde la poesía visual de Kieslowski se despliega para contarnos la historia de dos muchachas (Irene Jacob en el doble papel de Weronika en Polonia y Veronique en París) que no solo guardan un físico idéntico sino gustos afines que las acercan a pesar de las distancias.

9. Las alas del deseo o también conocida como Cielo sobre Berlín, del alemán Wim Wenders, es una película donde un ángel rebelde renuncia a su inmortalidad por amor a una trapecista, pero la historia no solo es la de este ángel inconforme sino también aborda temas cuyo espectro es más amplio, los aspectos sociales y políticos sobre el destino trágico de una Alemania fragmentada, separada por un muro.

10. Probablemente el mejor western de todos los tiempos sea Río Bravo de Howard Hawks, este es un filme cuya historia sencilla indaga sobre el poder de la amistad y como esta se robustece para enfrentar el peligro constante: el asedio a la comisaría por parte de una gavilla de delincuentes que quiere liberar al hermano menor del jefe. A diferencia de las películas de John Ford, la historia de Río Bravo se desarrolla en escenarios mínimos (un pequeño pueblo de Texas, una calle, el hotel, la comisaría), suficientes para expresar a este gran western con plenitud.

11. La piel suave de Truffaut, es una de las películas que más he visto y cada vez me gusta más, su sencillez puede resultar engañosa, sin embargo, es de esas películas que expresa con madurez la ingobernabilidad del hombre por algunos anhelos y obsesiones. Jean Desailly y Francoise Dorléac en estado de gracia (sobre toda esta última: inolvidable su mirada cargada de tristeza) construyen con sus personajes (Pierre y Nicole) una historia de amor e infidelidad cuyo final terrible no deja nunca de asombrarnos.

12. Del cine negro escojo Perversidad de Fritz Lang, en esta película Joan Bennett se aprovecha de su belleza y del amor que ha despertado en un empleado honesto y destacado hasta hacerlo delinquir, ella es una de las "femme fatale" más despiadadas del "cine noir", ese cine de imágenes nocturnas en blanco y negro, con marcados contrastes de luz y sombra para crear una atmósfera opresiva, cargada de pesimismo y muchas suspicacias: una latente traición, el miedo paralizante, un amor trágico, una muerte sorpresiva. La fatalidad como destino. ¿Otras sugerencias?: La mujer del cuadro, Los sobornados, Laura, Retorno al pasado, entre otras.

13. Una película entrañable, quizás la mejor del director japonés Yasujiro Ozu: Cuentos de Tokio. La belleza indestructible, la profundidad y sabiduría de un film que nos hace reflexionar sobre el paso del tiempo y el deterioro que provoca en los cuerpos y en las relaciones. Con la cámara, colocada a unos 90 centímetros del suelo, la particular mirada de Ozu nos permite presenciar escenas de la vida diaria que nos involucran como si, a través de nuestros ojos, estuviéramos allí acompañando a esos personajes que nos conmueven (entrañables Sukichi y Tomi, los padres ancianos que son rechazados por sus hijos egoístas e insensibles).

14. Ernst Lubitsch estrenó en febrero de 1942 (en plena guerra) una joya definitiva del cine: Ser o no ser. La película nos muestra una serie de enredos que con inteligencia y un humor sutil, corrosivo, se van desarrollando y solucionando. Este bello largometraje es una comedia completamente alejada de aquellas ligeras y superficiales comedias que buscan la risa fácil del espectador, esta es una película donde el humor inteligente es empleado en los diálogos y situaciones para, a su manera, socavar una ideología, hablamos del humor y la sátira como armas para quitar autoridad a personajes e instituciones como Hitler y la Gestapo... ¿Curiosidades? Un jovencísimo Robert Stack (el de la serie de Los Intocables) intentando conquistar a Carole Lombard, actriz que no pudo gozar del éxito de esta cinta, ella murió trágicamente un mes antes del estreno. Ser o no ser, es de esas películas entrañables que te hacen amar más al cine.

15. Un clásico como ¡Qué bello es vivir! de Frank Capra se impone. Pocas películas como esta que me llevan a decir con absoluta seguridad que cada vez que la veo me gusta más, nos gusta más, la disfrutamos a plenitud: reímos con sus ocurrencias (la escena anterior a la muerte del padre del protagonista o la del baile de fin de año de 1927), nos conmovemos con las peripecias del entrañable George Bailey en su desesperación.

   Podría agregar algunas películas más a esta breve selección (películas sonoras, porque de las mudas, ese es otro cantar; o sea, otra lista), por ejemplo: Raíces profundas; Amarcord; Casablanca; Sed de mal; Viaje a Italia; El Gatopardo; Algo para recordar; Manhattan; La muchacha de la maleta; El doctor Zhivago; M, el vampiro de Düsseldorf; El séptimo sello, La noche del cazador y muchas más.

   Probablemente en otras ocasiones y bajo otras circunstancias los títulos seleccionados variarían y es que, como decía un personaje bastante conocido por estos lares, “las grandes películas nos hablan, pero no siempre las escuchamos con la misma actitud o interés”.





 

   Continuará…

 

 

                                      Morada de Barranco, 27 de noviembre de 2025