sábado, 15 de agosto de 2026

SEIS PELÍCULAS DE LUIS BUÑUEL

 



                                             En invierno caen al mar los gritos de los semáforos…

                                                                                      Luis Buñuel

 

 

   Un perro andaluz (1929), La edad de oro (1930), Los olvidados (1950), Él (1952-1953), Ensayo de un crimen (1955), Viridiana (1961), El ángel exterminador (1962) son algunas de las películas de Luis Buñuel que más disfruto y aprecio. Cada que puedo acudo a ellas y me sirve para confirmar la actualidad de las películas de este genio del cine: no envejecen, van con los tiempos. Estoy seguro de que así será siempre.





   A Buñuel siempre lo caracterizó su humor negro, corrosivo, su espíritu superrealista que jamás abandonó, su ateísmo que lo llevó a asumir una actitud desafiante y provocadora contra la iglesia católica, o sus ataques a los burgueses, a los fascistas (con Franco a la cabeza) o todo aquello que fuera sinónimo de establecido y políticamente correcto.





   Este año se cumplen cuarentaitrés años de su muerte, pero Buñuel sigue más vivo que nunca, es de esos hombres que han sabido vencer a la muerte sin conceder un ápice a cambio de algo. Buñuel siempre fue el eterno iconoclasta. Con él no calza esta frase: “De joven incendiario, de viejo bombero”, él siempre anduvo entre llamas sin chamuscarse y repartiendo ese fuego “generosamente”. Así vivió, inclaudicable, por eso fue peligroso, a pesar de que nunca tuvo las cosas fáciles, siempre convivió con el fuego.





   Bastaría con recordar cómo tuvo que abandonar España luego del triunfo de los fascistas y ultracatólicos nacionalistas, cómo una vez instalado en los Estados Unidos, renunció a un trabajo que le aseguraba una vida tranquila y cómoda por ser sospechoso de simpatías izquierdistas y por su ateísmo que jamás disimuló y que con su típico humor pregonaba: “Soy ateo, gracias a Dios”. Bastaría con recordar que tuvo que emigrar hacia un país donde, a pesar de las grandes dificultades, realizaría algunas de sus más grandes películas: hablo de México, su segunda patria. Como Orson Welles, otro de los genios incomprendidos del cine, Buñuel anduvo durante un buen tiempo en la búsqueda de un lugar donde hacer lo que más le gustaba: películas que serían (y son) como una piedra en los zapatos.





   En estos últimos meses he vuelto a visionar algunas de esas películas de su etapa mexicana. He aquí ese puñado de películas.





1. Corría el año 1962 cuando el director español, radicado en México, Luis Buñuel estrenó una de sus mejores películas: El ángel exterminador. Un largometraje que contó con algunos de los más conocidos y renombrados actores y actrices mexicanos (Silvia Pinal, Jacqueline Andere, Claudio Brook, Augusto Benedico...).

   El ángel exterminador desarrolla una historia de corte surrealista, un filme donde el director español se permite mostrar en toda su ridiculez a un grupo de aristócratas, que luego de un espectáculo de ópera, van a la mansión de uno de ellos para una cena. En tanto van llegando los dueños de la casa y sus invitados, algunos de los empleados van abandonando misteriosamente la mansión, solo se quedará en muestra de lealtad a sus patrones el mayordomo. En la cena se producirán diálogos y discursos cargados de humor negro (muy propio del surrealismo) donde los personajes muestran una frivolidad y superficialidad que muchas veces está disimulada o camuflada por las apariencias y una moral endeble.

   Terminada la cena, ocurre inexplicablemente un hecho: nadie de los que están en el comedor de la mansión podrá abandonarla, a pesar de que varios de ellos se han despedido ya y arguyen que no pueden quedarse por más tiempo, no podrán salir de ese espacio, pero nada los detiene, por lo menos nada que se pueda ver. Así pasan las horas, los días y el encierro los va poniendo en una situación límite que les hace perder la paciencia, sus aparentes buenas formas...

   Una película extraña, extrañísima (desde el título), que nos deja una sensación de no haber comprendido muchas cosas (y esto no precisamente como defecto). Pero es una cinta única, enigmática, donde Buñuel puso en práctica todo su espíritu y humor corrosivos.





2. Ensayo de un crimen es una película de 1955 dirigida por el español Luis Buñuel luego de afincarse en la Ciudad de México. Es un largometraje ubicado entre las cincuenta películas más importantes del cine mexicano, por cierto, una de las mayores tradiciones cinematográficas de Hispanoamérica.
La película es una parodia cargada de humor negro, corrosivo, sobre un "asesino serial de mujeres". Archibaldo de la Cruz (Ernesto Alonso) cuando es niño recibe de su madre una caja musical, su institutriz le cuenta la historia de un rey que cada vez que quería que alguien muriera, hacía funcionar esa misma caja musical, deseaba la muerte del enemigo y esta sucedía. Por coincidencia, el niño hace funcionar la caja musical y desea la muerte de la institutriz y esta muere a causa de una bala perdida. Desde entonces queda con la idea de que puede provocar la muerte de mujeres cercanas. Pero ocurre la Revolución Mexicana, la casa de la familia de Archibaldo es saqueada. Ya mayor, este encuentra la caja musical en una casa de antigüedades y la compra. Cada vez que hace sonar la caja musical, planifica la muerte de varias mujeres, por ejemplo, la de la bella Patricia Terrazas (Rita Macedo), la de su novia Carlota Cervantes (Ariadna Welter), cuando descubre que tiene amores escondidos con el arquitecto Alejandro (Rodolfo Landa). Entre tanto, conoce a Lavinia (Miroslava Stern), una hermosa joven que atrae a Archibaldo, pero eso no quita que quiera asesinarla...

   Una gran película, admirada por varios directores de cine (uno de ellos es Pedro Almodóvar). Ensayo de un crimen, incluso arrastra una leyenda negra debido a la muerte de dos de sus actrices (Miroslava Stern, se suicidó a las pocas semanas del estreno, y Rita Macedo, quien también se suicidó años después). Es, en definitiva, una gran película de visión impostergable.



3. Cuando se estrenó Los olvidados en 1950, la película fue mal recibida en México, muchos consideraron que denigraba a ese país, pero cuando su director, Luis Buñuel, unos meses después obtuvo con este filme el premio al mejor director en el Festival de Cannes de ese año, la figura cambió. La película que había sido retirada de los cines volvió a la cartelera convirtiéndose en un éxito.

   Esta trágica historia de adolescentes marginales se ubica en algún punto de los arrabales de la Ciudad de México. Jaibo (Roberto Cobo) ha escapado de la correccional y se reúne con su pandilla, entre los que se encuentran Pedro (Alfonso Mejía), Cacarizo (Efraín Arauz), Pelón (Jorge Pérez) ..., todos ellos adolescentes que viven sin control en las calles. Con la ayuda de Pedro, el Jaibo busca a Julián (Javier Amezcua), un adolescente trabajador, a quien acusa de haberlo delatado a las autoridades, el enfrentamiento termina con la muerte de este último. Pedro y Jaibo escapan. Un personaje importante en el desarrollo de la historia es don Carmelo, el ciego (Miguel Inclán), para quien trabaja como lazarillo otro niño abandonado, Ojitos (Mario Ramírez Herrera). El ciego canta en las calles y también ejerce como curandero en la casa de la adolescente Meche (Alma Delia Fuentes), por quien siente una atracción perversa. En tanto Pedro, arrepentido por la vida que lleva, decide trabajar para ganarse el afecto de Marta, su madre (Stela Inda), pero el Jaibo estará siempre tras él con su aura adversa...

   Una película terriblemente bella, turbadora, que cuenta una historia de jóvenes enfrentados a una vida signada por la miseria, el abandono, la injusticia. Un film donde Buñuel empleó con acierto tintes del neorrealismo italiano y del surrealismo (recordemos la escena del sueño de Pedro). Una película declarada por la UNESCO como Patrimonio histórico de la humanidad.






4. Luis Buñuel estrena en México Subida al cielo (1952). Dos años después de filmar Los olvidados (una de las cumbres del cine latinoamericano) dirige esta película algo irregular (por problemas de financiación), pero que tiene algunas de las mejores escenas del cine de Buñuel que la hacen inolvidable. Este largometraje inicia en el pueblo de San Jeronimito (un pueblo sin iglesia, por cierto), ahí vive un joven, Oliverio (Esteban Mayo) que acaba de casarse con una joven llamada Albina (Carmelita González). Su noche de bodas queda trunca pues su madre está por morir, en vista que los hermanos de Oliverio son ambiciosos y quieren quedarse con lo mejor de la herencia, este debe viajar, a pedido de su madre, hacia otro pueblo para contactarse con un abogado que redacte el testamento de la anciana. El viaje en autobús es realmente surrealista, pasa por situaciones imposibles que el humor corrosivo de Buñuel salva. Entre el pequeño universo de pasajeros nos encontramos con Eladio González (Manuel Dondé), un candidato a diputado de lenguaje rimbombante que siempre apela a su pistola sin nunca usarla, un anciano porfirista con esperanzas de recuperar sus propiedades, un chofer irresponsable capaz de dejar a cualquiera su carro, un vendedor de gallinas con catálogo... y Raquel (la atractiva Lilia Prado) que acosa constantemente a Oliverio. Algunas de las mejores escenas del film son de carácter onírico: cuando el interior del autobús se convierte en una pequeña selva, cuando Oliverio rompe de manera simbólica su relación edípica para abandonarse al deseo carnal muy bien representado por Raquel. No es la mejor película de Buñuel, pero es un bello filme.





5. Una de las escenas icónicas del cine es aquella donde el filo de una navaja rasga el globo ocular de una muchacha. Imagen perturbadora que pertenece al cortometraje surrealista Un perro andaluz, estrenada en París, en 1929. Cine mudo y en blanco y negro.

   Veintidós años después, en 1951 se estrena en México la película Susana (demonio y carne), filme dirigido por Luis Buñuel (el mismo director de Un perro andaluz). El largometraje es un aparente y típico melodrama mexicano. Sin embargo, no es así. Luis Buñuel, surrealista consumado, aprovecha de esta historia para hacer tambalear y burlarse de las costumbres y la moral de una familia ejemplar en un rancho mexicano.

   Susana (la bella Rosita Quintana) se escapa del calabozo de su reformatorio y luego de una larga caminata llega a la hacienda de don Guadalupe en malas condiciones. Ya recuperada y para no ser descubierta, miente sobre su origen. Establecida en la gran casa, ella empieza a trastornar, a quebrar la tranquilidad de esa familia ejemplar. Susana, joven y bella, manipuladora y malvada emplea su sensualidad (recordemos cómo a cada rato descubre sus hombros cuando está frente a los varones) para despertar la lujuria del hijo del hacendado, del capataz e incluso del mismo don Guadalupe (Fernando Soler), quien incluso está dispuesto a abandonar a su esposa por la bella Susana (que es digamos una metáfora carnal del demonio).

   Una película que responde a la esencia del cine del gran Buñuel: crítico, corrosivo de la doble moral y de las "buenas costumbres" de aquellos que las emplean solo como una máscara para esconder su hipocresía. Magnífica.





6. Luis Buñuel, el director del cortometraje surrealista de 1929 Un perro andaluz, estrena en 1953 el largometraje Él, considerada por muchos como la mejor película latinoamericana de todos los tiempos. Este largometraje filmado en México cuenta la historia de Francisco Galván de Montemayor (Arturo de Córdova), un hombre de gran fortuna, profundamente católico, soltero, de edad madura y que no ha conocido hasta el momento el amor. Pero el amor llega a su vida: en una iglesia, un jueves santo, descubre a Gloria Milalta (Delia Garcés), una bella joven, enamorada del ingeniero Raúl Conde (Luis Beristáin) con quien se va a casar dentro de poco. Sin embargo, desde que Francisco y Gloria se han conocido, ha nacido entre ellos una atracción incontrolable que lleva a que Gloria rompa su compromiso y se case muy enamorada e ilusionada con el galán maduro. A las pocas horas de casados, esta irá descubriendo la verdadera personalidad de quien ante todos es un hombre virtuoso, un modelo de caballero a imitar: colérico, inseguro, injusto, manipulador, violento, celoso, extremadamente celoso. Lo que pudo ser un bello y ejemplar matrimonio, termina convirtiéndose en un infierno para Gloria quien es permanentemente humillada y violentada, incluso ve que su vida corre peligro a manos de quien se supone la ama desesperadamente, con locura.
Una gran película filmada en blanco y negro con algunas de las escenas más inquietantes y perturbadores del cine, como aquella en que Francisco, enfermo de celos, envuelve con una tela una hoja de afeitar, una aguja de arriero con hilo, algodón y con dos sogas se dirige al dormitorio de su esposa...





 

   Continuará… 

 

                       

                                       Morada de Barranco, 15 de agosto de 2026




lunes, 27 de julio de 2026

DIARIO DE POETA

 

 

                                             Di lo que se te ocurra, juguemos al sicoanálisis…

                                                                                           Martín Adán

 

 

I. 2 de julio

   Hablo del invierno, el que nos permite ser transeúntes de un territorio irreal de contornos ambiguos: la silueta de un árbol cuyos brazos reciben la música escondida del mar; esa calle estática que cobija los pasos inseguros de quien se pierde entre la bruma; el que nos devuelve los ecos de una lluvia que apenas asoma y sus agujas de plata no se atreven a serlo; donde el frío dibuja un paisaje escondido más allá de nuestras manos y de nuestros ojos...

GARÚA
Transito por estas calles tímidas y alegre recibo el galope de tu llanto por mi rostro.


 




II. 5 de julio

   La experiencia de caminar junto al mar, por la playa brumosa, mientras mis huellas en la arena húmeda se convierten en un camino que no lleva a ningún lugar que no sea la alegría de saberse parte de esa atmósfera y de ese paisaje. No he dejado de “leer” aquellos mensajes que el mar abandona como botellas en las orillas, secretos que las olas se empeñan en trazar con extrañas caligrafías que “los de acento marino” sabrán intuir, sospechar. He aquí un poema mío escrito frente al mar.

 

OFRENDA

Esta es

mi ofrenda:

el vacío

de una puerta

calcinada

por el crepúsculo

 

 





III. 8 de julio

   Para este invierno tengo el firme propósito de embarcarme en algunas sesiones de lectura de algunas obras del frágil y siempre grandioso Stefan Zweig, pienso en "Amok", en "Ardiente secreto" y en "La lucha con el demonio" (que fue una gran compañía durante mi etapa universitaria).

   A raíz de haber visionado en estos días "En el corazón del mar", una película que cuenta la historia trágica del Essex, barco hundido por un cachalote, se me despertó el afán de releer la monumental novela de Herman Melville que hace muchísimos años no visito: "Moby Dick" y varios de sus cuentos (el ineludible "Bartleby el escribiente", "Billy Budd, marinero" y "Benito Cereno") y la poesía de Raúl Deustua, Paul Celan, José María Eguren, Fernando Pessoa, Ósip Mandelshtam (de quien me acabo de enterar nació en la misma fecha en que yo nací: 14 de enero).

   En fin, los días pasan, el tiempo va cambiando y uno aquí, en su morada, esperando el cambio definitivo: “Nieblecita del pequeño invierno, cosa del alma, soplos del mar, garúas de viaje en bote de un muelle a otro, aleteo sonoro de beatas retardadas, opaco rumor de misas, invierno recién entrando…”, como escribiera, hace muchos años, un jovencito genial llamado Rafael de la Fuente Benavides, más conocido como Martín Adán.

 





IV. 13 de julio

   Por algo que no sé explicar, nunca me sentí bien entre mucha gente: me ponía nervioso, me angustiaba. En compensación, siempre fui muy observador, muy pocas cosas se me escapaban. Para esa extremada, ¿cómo llamarla?, ¿sensibilidad?, una suerte de coraza, de salvación en un medio hostil reposaba en esa capacidad de maravillarme como un niño lo hace: lo que para los demás resultaba indiferente, para mí podía convertirse en un universo de sorpresas, de descubrimientos en los que me detenía con curiosidad. Esos espacios que otros veían como nebulosas, para mí eran territorios de claridad: me alimentaban, me protegían, me ayudaban a crecer... Algo o mucho de ese niño todavía sobrevive en mí.

   Ahora a la distancia, cuando recuerdo aquellos tiempos, percibo la imagen de un niño solo, corriendo entre calles angostas y con árboles que van desapareciendo porque una bruma va comiéndose los contornos de esos árboles, de las casas y de ese niño que va diluyéndose lentamente, como un fantasma que cree haber encontrado espacios amigables donde hallar protección, donde terminen sus ansiedades, sus angustias…





 

V. 16 de julio

   Una de las cosas que más disfruto es la lectura (acompañada, por cierto, de una taza de café). Efectivamente, siento que nada hay como levantarse un fin de semana, 4:30 o 5:00 de la mañana, cuando todos o casi todos navegan en el sueño, así rodeado de un silencio impecable llegar a la mesa que siempre me espera, prepararlo todo: el libro o los libros y disponerme a “escuchar con los ojos”, obviamente parafraseo un verso de un magistral soneto del maese Francisco de Quevedo que cada que puedo releo:



Retirado en la paz de estos desiertos,

Con pocos, pero doctos libros juntos,

Vivo en conversación con los difuntos,

Y escucho con mis ojos a los muertos...

 

   Libros van, libros vienen. Así transcurren los minutos, las horas. Y yo aquí, complacido, disfruto de estos fines de semana entre libros y libros. Más no se puede pedir, creo yo. Thanks, vida.

 






VI. 20 de julio

   Si bien nací en el Cusco, he vivido desde siempre en Barranco, pequeño territorio junto al mar del que me sé de memoria su paisaje, aunque muchas veces no sepa todos los nombres de sus calles. He tenido el atrevimiento de publicar cinco libros y tengo algunos más por publicar. Escribo, es cierto, pero leo más: mi biblioteca es un pequeño orgullo que llevo conmigo y me acompaña desde los dieciséis años cuando decidí empezar a tener una. Aparte de leer, otras pasiones mías son el cine, el vino Oporto, la música, el café, el fútbol, pero mis pasiones mayores son mi esposa y mi hija, mis padres, mis hermanos, mis sobrinos. No soy supersticioso porque eso, según dicen, trae mala suerte. Por cierto, soy profesor de Literatura y algunas de las más bellas experiencias las he vivido como tal. Si de algo sirve, tengo mis dudas, diré que soy del signo de Capricornio, amo la música de Johannes Brahms y de The Beatles y mi color preferido es el azul.

 






VII. 22 de julio

   Si los padres (y los profesores) comprendieran las bondades del contar historias, tal vez ahora no estaríamos lamentándonos del porqué hay tanto joven en el Perú alejado de la lectura, es más, tanto joven manejando prejuicios como el de que la lectura es una actividad aburrida o una pérdida de tiempo. Contemos historias, seamos cómplices de nuestros hijos cuando los lancemos a los espacios de la imaginación y nos dejaremos de lamentar por algunas cosas. Pero si queremos “lectores mínimos”, como los llamaba un escritor chileno, continuemos como hasta ahora, alejados de ellos y dejándolos en manos de los “celulares” que les vienen a solucionar su poco compromiso con la formación de sus hijos.





 

VIII. 23 de julio

   El calentamiento global, expresión que para la mayoría de los que vivimos en Lima nos suena a asunto extraño, lejano a nuestros intereses, a nuestras preocupaciones. Cuán equivocados estamos. Hace unos años viajé con toda mi familia, incluyendo a mis padres y mis hermanos, a Áncash: paisajes impresionantes, sobrecogedores; lagunas cuyas aguas ofrecían colores increíbles a unos ojos acostumbrados a un cielo perlado, gris; pueblos que rompen toda lógica matemática, geométrica, literalmente colgados de los abismos; montañas gigantescas y entre ellas las ruinas de chavín que emergen (tomo prestada la expresión del maese Alfonso Reyes) “como una inmensa flor de piedra” tupidas de misterios; nevados como el Huandoy y el bicéfalo Huascarán (por mencionar solo dos cuyas dimensiones son de asombro y espanto)…
   Dije nevados, digo preocupación. “Las estadísticas y estudios relacionados indican que el Perú es considerado el tercer país en el mundo de mayor vulnerabilidad ante el cambio climático y que si este fenómeno recrudece, será uno de los más afectados.” No nos queremos dar cuenta del peligro que se cierne sobre nosotros, queremos aparentar una ceguera ante el hecho real de que el agua que bebemos proviene de ríos que nacen en esos nevados, que de esos ríos obtenemos la energía eléctrica que muchas veces usamos de manera irresponsable. Y ¿cuándo esos nevados ya no existan? La respuesta es, y no hay otra, una tragedia: una ciudad (la segunda ciudad más grande del mundo situada en un desierto, después de El Cairo, en Egipto) sin agua y en la más absoluta oscuridad. Preocupante.

 






IX. 24 de julio

   Tenía cinco años cuando viaje con mis padres y mi hermana al Cusco. Nunca más pude regresar. Hoy si lo hiciera sería para visitar la tumba de los abuelos y lo poco o nada que queda de su casa. En realidad, nada. Los abuelos amaban su casa, allí habían hecho su vida desde 1939, allí habían nacido y crecido sus siete hijos… Hoy tengo que hablar de ella como un espacio o territorio lejano, lo peor, desaparecido.

   Los abuelos han partido. Una sensación de fragilidad y fugacidad me embarga. Ya jamás ocurrirá que llegue a Lucre y mis abuelos en su casa esperando para compartir alguna conversación, algunas risas, algún pan preparado por las manos mágicas de mi abuela, la alegría, su amor inconmensurable. Ellos se han ido y Lucre es herida.

   Si algo recuerdo de ese ya lejano viaje es cuando nos íbamos a dormir al segundo piso. Un balcón y una pequeña ventana miraban hacia el río, que entonces, no estaba canalizado. Su voz, diría mejor, sus voces insistentes e inquietantes lo invadían todo, incluso mis sueños. Entonces sucedía que en medio de la noche abría los ojos. Todos dormían, los únicos despiertos éramos el río y yo. Aguzaba el oído, intentaba descifrar sus mensajes hasta que ese rumor me llevaba nuevamente hacia el sueño.

   Así fue todas las noches que dormimos en Lucre. Incluso alguna vez me atreví a levantarme y con sigilo me aproximé a una de las ventanas en el afán de mirar el río, de descubrir su rostro nocturno. Imposible, la noche me lo ocultaba. Regresaba nervioso, entonces, a la cama con un extraño sabor a derrota por no haber columbrado su faz que se abría camino entre la noche, por no haber desentrañado su mensaje que era territorio prohibido para los que veníamos de lejos...





 


X. 25 de julio

   Perdido en cavilaciones que me llevan por espacios y tiempos idos, el de la infancia, por ejemplo. Desfilan como una película aquellas horas de buscada soledad en los acantilados, con la vista y los oídos perdidos en la música de las olas, o cuando en la playa hollaba la arena para crear mis propios mares donde trazar las rutas de mi propio mundo.

   Cuando uno transita por estos predios, acuden a la memoria instantes, detalles aparentemente olvidados, imágenes de aquellos lejanos años en que con mis padres y mis hermanos Gloria y Arturo (Paco todavía no había llegado) habitábamos una diminuta casa donde fuimos criados con tanto amor y esmero. Pequeña casa con espacio suficiente para albergar el universo colorido de unos niños que no solo jugaban, pues había que ayudar en casa. Espacio liliputiense donde en algunas noches fantásticas nuestro padre nos hacía viajar, alrededor de una sólida mesa de madera que he heredado y lo tengo como uno de mis preciados bienes, por territorios remotos con la magia de su palabra.

   Mi padre ya no está físicamente (justo hoy se cumplen siete años de su partida), pero el amor y la unión familiar, esas semillas sembradas por él (y por mi madre), han germinado y nos alimentan y nos dan fuerzas y ánimos para seguir luchando.






 

   Continuará…

 

 

                                              Morada de Barranco, 27 de julio de 2026




domingo, 28 de junio de 2026

UNA HISTORIA CON HISTORIAS

 



                                                           De esa manera ellos veían que también se podía 

                                                          aprender dejando volar la imaginación…

                                                                                         Edgardo Rivera Martínez

 

 

   Si algo les agrada a los alumnos es que se les cuente historias, sean cuentos, leyendas, mitos, tradiciones, fábulas, anécdotas... Siempre me ha llamado la atención cómo se preparan para escuchar: se acomodan bien en sus carpetas y en el más absoluto silencio se abandonan al desarrollo de la historia. Luego de contarlas, he sido (y soy) testigo de sus bellas, más bellas que nunca, caras de complacencia y emoción, me vuelvo depositario de sus preguntas, incluso de sus aplausos que en alguna oportunidad han estado a punto de quebrarme de la emoción.






   Otras veces sonrío o con disimulo rompo a reír: las ocurrencias de los alumnos a veces me desarman y la risa es inevitable. Como aquella vez en que me crucé con un alumno de primero de secundaria, me saluda efusivamente y percibo que a mis espaldas y casi con timidez dice como para que escuche de refilón: “Historia”. Obviamente en esa sola palabra expresaba un pedido: “Queremos que nos siga contando más historias”. Y lo seguiré haciendo, pues el pedido no solo es suyo sino de todos sus compañeros, como lo pudo comprobar.





 ¿Por contar historias no hago clases? Así podría pensarse, pero no, debo y tengo que cumplir con los programas. Las historias son el punto de partida, el inicio de una sesión de clases: motivación, le llaman algunos. Y efectivamente, no hay mejor motivación que inundar sus pequeñas cabezas con aventuras: experiencia que no solo sucede con los primeros grados, ocurre también con tercero, cuarto y quinto de secundaria.





   Hay veces en que entra a un salón y todos en coro dicen golpeando sus carpetas: “¡His-to-ria, his-to-ria, his-to-ria…!”, solo cuando les digo que les tengo una nueva historia se calman, pero nunca falta uno (o una) que entre la multitud dice: “pero que sea larga”, incluso por allí hasta se me acercan y con cara muy formal me proponen el tema: “Que sea de terror,  profe ” o “que sea de griegos, por favor”. Sonrío, ¿qué más puedo hacer?






  Justo hace unos días ocurrió algo que me hizo sonreír. Entré al salón de segundo, luego de los saludos, cogí el plumón de pizarra y escribió decidido el título del tema cuando escuché que un alumno le dijo a una compañera suya a media voz: “Se ha olvidado de contar la historia, va a hacer clases y no nos ha contado una historia…”. El tono medio angustiado de su voz me llevó a dejar de escribir, volteé, miré al alumno y solo le dije: “No te preocupes, lo hice a propósito, ya empiezo con la historia”. Y empecé, es ya de ley.






 Contar historias. ¿De dónde me viene esto? Ya alguna vez lo he contado y comentado, mi padre (“Papá Isaac”, le llamaba mi hija) solía hacerlo con nosotros, me refiero a mi hermana Gloria y yo, cuando niños. Sentados alrededor de la mesa ya de noche, mi papá se ponía a contar pasajes de la historia universal que atrapaban nuestra atención infantil, escuchábamos emocionados la palabra de nuestro padre y nuestra mente iniciaba increíbles viajes que no hemos olvidado. ¿Es que podrían olvidarse experiencias de ese tipo? Imposible.





   Allí está la semilla que luego fue creciendo hasta volverse en un árbol saludable, bajo su sombra me atreví a contar historias inventadas para la ocasión (como cuando bajábamos a la playa) a mi pequeño hermano “Paco”, quien algunas veces molesto me reclamaba cuando la historia era breve: “¡Tan cortito!”. Hasta que un día, después de muchas historias y apenas aprendió a leer se atrevió con su primer libro: El principito, por sugerencia mía. Y llegó el día en que me pidió un libro, aún lo recuerdo, muy de mañana: “¿Tienes Los tres mosqueteros?”, me soltó a boca de jarro. “Sí”, le dije, incrédulo, “chapando” el disparo, mientras en mis fueros internos me decía que era un libro muy grueso, imposible que lo terminara de leer, sobre todo porque era un niño que no llegaba a los siete años. Prejuicios míos. Me equivoqué, no solo lo terminó, sino que siguió pidiéndome libro tras libro. Como conmigo, las historias habían surtido efecto, mi hermano se había convertido en lector. Como pasó con mi hija y ahora continúo en la brega con mis alumnos que son otros hijos míos.





   Pero hay algunos que no lo comprenden, hasta se atreven a pontificar en territorios que no son los suyos. Alguna vez tuve un problema por contar historias en los salones. Un ignorante dueño de colegio me objetó el que yo “perdiera valioso tiempo por contar historias en lugar de avanzar con el programa, con los contenidos”. Debo reconocer que su reproche me hizo dudar en un primer momento, pero luego me daría cuenta de que quien andaba rotundamente extraviado era el personajillo de marras de ingrata recordación, quien a la fecha debe seguir pensando que la educación es solo un asunto de engordar el cuaderno con temas y temas para así justificar la pensión que cobra.





   Hace unos años leí una entrada en el blog de Daniel Domínguez, con la lucidez muy propia en él escribió: “Nadie se atreve a reconocer que no existe Educación sin Relato. El cuento de quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos. Una historia de certezas y perplejidades, dudas y deslumbramientos, abismos y epifanías. Y justamente eso es lo que los maestros se han dejado arrebatar en los últimos treinta años: ya no tienen nada que contar porque han abdicado de su condición de narradores, aquellos que traían a la escuela una historia valiosa que habían vivido o que habían escuchado contar en el viaje de la vida. No contenidos, sino experiencias cardinales. No asignaturas, sino umbrales de descubrimiento. Las pizarras digitales, las TICs, las no sé cuántas materias... son sólo síntomas de una deriva aberrante…”. Me sentí tan bien al leerlo, sobre todo acompañado o acompañante.





   Si los padres (y los profesores) comprendieran las bondades del contar historias, tal vez ahora no estaríamos lamentándonos del porqué hay tanto joven en el Perú alejado de la lectura, es más, tanto joven manejando prejuicios como el de que la lectura es una actividad aburrida o una pérdida de tiempo. Contemos historias, seamos cómplices de nuestros hijos cuando los lancemos a los espacios de la imaginación y nos dejaremos de lamentar por algunas cosas. Pero si queremos “lectores mínimos”, como los llamaba un escritor chileno, continuemos como hasta ahora, alejados de ellos y dejándolos en manos de los “celulares” que les vienen a solucionar su poco compromiso con la formación de sus hijos.





 

   Continuación…

 

 

                                                 Morada de Barranco, 28 de junio de 2026