domingo, 28 de junio de 2026

UNA HISTORIA CON HISTORIAS

 



                                                           De esa manera ellos veían que también se podía 

                                                          aprender dejando volar la imaginación…

                                                                                         Edgardo Rivera Martínez

 

 

   Si algo les agrada a los alumnos es que se les cuente historias, sean cuentos, leyendas, mitos, tradiciones, fábulas, anécdotas... Siempre me ha llamado la atención cómo se preparan para escuchar: se acomodan bien en sus carpetas y en el más absoluto silencio se abandonan al desarrollo de la historia. Luego de contarlas, he sido (y soy) testigo de sus bellas, más bellas que nunca, caras de complacencia y emoción, me vuelvo depositario de sus preguntas, incluso de sus aplausos que en alguna oportunidad han estado a punto de quebrarme de la emoción.






   Otras veces sonrío o con disimulo rompo a reír: las ocurrencias de los alumnos a veces me desarman y la risa es inevitable. Como aquella vez en que me crucé con un alumno de primero de secundaria, me saluda efusivamente y percibo que a mis espaldas y casi con timidez dice como para que escuche de refilón: “Historia”. Obviamente en esa sola palabra expresaba un pedido: “Queremos que nos siga contando más historias”. Y lo seguiré haciendo, pues el pedido no solo es suyo sino de todos sus compañeros, como lo pudo comprobar.





 ¿Por contar historias no hago clases? Así podría pensarse, pero no, debo y tengo que cumplir con los programas. Las historias son el punto de partida, el inicio de una sesión de clases: motivación, le llaman algunos. Y efectivamente, no hay mejor motivación que inundar sus pequeñas cabezas con aventuras: experiencia que no solo sucede con los primeros grados, ocurre también con tercero, cuarto y quinto de secundaria.





   Hay veces en que entra a un salón y todos en coro dicen golpeando sus carpetas: “¡His-to-ria, his-to-ria, his-to-ria…!”, solo cuando les digo que les tengo una nueva historia se calman, pero nunca falta uno (o una) que entre la multitud dice: “pero que sea larga”, incluso por allí hasta se me acercan y con cara muy formal me proponen el tema: “Que sea de terror,  profe ” o “que sea de griegos, por favor”. Sonrío, ¿qué más puedo hacer?






  Justo hace unos días ocurrió algo que me hizo sonreír. Entré al salón de segundo, luego de los saludos, cogí el plumón de pizarra y escribió decidido el título del tema cuando escuché que un alumno le dijo a una compañera suya a media voz: “Se ha olvidado de contar la historia, va a hacer clases y no nos ha contado una historia…”. El tono medio angustiado de su voz me llevó a dejar de escribir, volteé, miré al alumno y solo le dije: “No te preocupes, lo hice a propósito, ya empiezo con la historia”. Y empecé, es ya de ley.






 Contar historias. ¿De dónde me viene esto? Ya alguna vez lo he contado y comentado, mi padre (“Papá Isaac”, le llamaba mi hija) solía hacerlo con nosotros, me refiero a mi hermana Gloria y yo, cuando niños. Sentados alrededor de la mesa ya de noche, mi papá se ponía a contar pasajes de la historia universal que atrapaban nuestra atención infantil, escuchábamos emocionados la palabra de nuestro padre y nuestra mente iniciaba increíbles viajes que no hemos olvidado. ¿Es que podrían olvidarse experiencias de ese tipo? Imposible.





   Allí está la semilla que luego fue creciendo hasta volverse en un árbol saludable, bajo su sombra me atreví a contar historias inventadas para la ocasión (como cuando bajábamos a la playa) a mi pequeño hermano “Paco”, quien algunas veces molesto me reclamaba cuando la historia era breve: “¡Tan cortito!”. Hasta que un día, después de muchas historias y apenas aprendió a leer se atrevió con su primer libro: El principito, por sugerencia mía. Y llegó el día en que me pidió un libro, aún lo recuerdo, muy de mañana: “¿Tienes Los tres mosqueteros?”, me soltó a boca de jarro. “Sí”, le dije, incrédulo, “chapando” el disparo, mientras en mis fueros internos me decía que era un libro muy grueso, imposible que lo terminara de leer, sobre todo porque era un niño que no llegaba a los siete años. Prejuicios míos. Me equivoqué, no solo lo terminó, sino que siguió pidiéndome libro tras libro. Como conmigo, las historias habían surtido efecto, mi hermano se había convertido en lector. Como pasó con mi hija y ahora continúo en la brega con mis alumnos que son otros hijos míos.





   Pero hay algunos que no lo comprenden, hasta se atreven a pontificar en territorios que no son los suyos. Alguna vez tuve un problema por contar historias en los salones. Un ignorante dueño de colegio me objetó el que yo “perdiera valioso tiempo por contar historias en lugar de avanzar con el programa, con los contenidos”. Debo reconocer que su reproche me hizo dudar en un primer momento, pero luego me daría cuenta de que quien andaba rotundamente extraviado era el personajillo de marras de ingrata recordación, quien a la fecha debe seguir pensando que la educación es solo un asunto de engordar el cuaderno con temas y temas para así justificar la pensión que cobra.





   Hace unos años leí una entrada en el blog de Daniel Domínguez, con la lucidez muy propia en él escribió: “Nadie se atreve a reconocer que no existe Educación sin Relato. El cuento de quiénes somos, de dónde venimos, adónde vamos. Una historia de certezas y perplejidades, dudas y deslumbramientos, abismos y epifanías. Y justamente eso es lo que los maestros se han dejado arrebatar en los últimos treinta años: ya no tienen nada que contar porque han abdicado de su condición de narradores, aquellos que traían a la escuela una historia valiosa que habían vivido o que habían escuchado contar en el viaje de la vida. No contenidos, sino experiencias cardinales. No asignaturas, sino umbrales de descubrimiento. Las pizarras digitales, las TICs, las no sé cuántas materias... son sólo síntomas de una deriva aberrante…”. Me sentí tan bien al leerlo, sobre todo acompañado o acompañante.





   Si los padres (y los profesores) comprendieran las bondades del contar historias, tal vez ahora no estaríamos lamentándonos del porqué hay tanto joven en el Perú alejado de la lectura, es más, tanto joven manejando prejuicios como el de que la lectura es una actividad aburrida o una pérdida de tiempo. Contemos historias, seamos cómplices de nuestros hijos cuando los lancemos a los espacios de la imaginación y nos dejaremos de lamentar por algunas cosas. Pero si queremos “lectores mínimos”, como los llamaba un escritor chileno, continuemos como hasta ahora, alejados de ellos y dejándolos en manos de los “celulares” que les vienen a solucionar su poco compromiso con la formación de sus hijos.





 

   Continuación…

 

 

                                                 Morada de Barranco, 28 de junio de 2026




sábado, 2 de mayo de 2026

POR LA RAMBLA AMARILLENTA

 

 

                                                                     …el puente baja, inescuchada…

                                                                                 José María Eguren

 

 

 


   Se ha dicho y escrito tanto sobre la muerte. Afanes filosóficos o religiosos se han ocupado del asunto. Ahora que pienso en ella, vienen a mi memoria algunos textos literarios, básicamente poemas.





   Imborrables en la memoria colectiva e individual están para demostrarlo, por ejemplo, esa elegía de Jorge Manrique por todos conocida, obviamente hablo de las Coplas a la muerte de su padre. Recordemos esta estrofa, la tercera:

 

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir:
allí van los señoríos,
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

 

O estos otros versos inquietantes que expresan preguntas que hasta el día de hoy solemos hacernos, prueba contundente que el hombre en esencia sigue siendo el mismo, al menos en sus preocupaciones:

 

¿Qué se fizieron las damas,

sus tocados, sus vestidos, 

sus olores?

¿Qué se fizieron las llamas

de los fuegos encendidos

de amadores?...

 

    Cómo olvidar aquel poema cuya lectura crea desasosiego, ese romance de autor anónimo, de origen medioeval, para mayores detalles, el que termina con estos versos que aún estremecen porque tienen que ver con nuestras vidas, o, mejor dicho, con esa dama que, como en este Romance del enamorado y la muerte siempre nos acecha:

 

La fina seda se rompe; 

la Muerte que allí venía:

-Vamos ya, enamorado,

que la hora está cumplida.

 

   El Arcipreste de Hita trató el asunto allá por el siglo XIV en un poema titulado Planto por la muerte de Trotaconventos. Dice una de sus estrofas:

 

Al que hieres tú, Muerte, nadie lo salvará,

humilde, bueno, malo, noble, no escapará;

a todos te los llevas, diferencia no habrá,

tanto el Rey como el Papa ni chica nuez valdrá;

 

Es inevitable, luego de leerlo, recordar la elegía de Jorge Manrique (“y llegados, son iguales / los que viven por sus manos / y los ricos…”). Ambos poemas recalcan que para la parca no hay distingos, todos son iguales para ella, que su guadaña no hace diferencias: al que le llegó la hora, simplemente le llegó y carga con ella.

   Recuerdo mucho un soneto de Góngora cuyo último verso, pleno de sensibilidad barroca, dice que todo ha de convertirse...

 

En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

 

O estos versos de un soneto de un contemporáneo de don Luis, con quien nunca se llevó bien, hablo del conceptista Francisco de Quevedo Villegas:

 

¡Qué mudos pasos traes, oh muerte fría,

pues con callado pie todo lo igualas!

 

   Hay en el Perú, esta tierra mágica y primigenia, un poema impresionante dedicado a la muerte del último inca: Elegía por la muerte de Atahualpa, traducida por José María Arguedas, algunos de sus versos dicen así:

 

Se han acabado ya con tus venas

la sangre;

se ha apagado en tus ojos

la luz; en el fondo de la más intensa estrella ha caído

tu mirada…

 

   En fin, si se tratara de ponerme exhaustivo con las citas, no terminaría de mencionar poemas y más poemas con esa temática: la muerte, una preocupación constante.





   Quiero ahora mencionar, pues la circunstancia es propicia, lo que me aconteció en una tarde fría de colegio del año 71 o 72, épocas en que se estudiaba en los dos turnos. No sé por qué, pero estábamos sin profesor ese día, esa tarde, mejor dicho. Mis compañeros mataperreaban, la bulla era infernal: gritaban, se perseguían, se trepaban en las carpetas, se tiraban cosas. En medio de ese laberinto, sentado como estaba decidí sacar mi libro de lectura FTD. Hojeaba el libro, cuidadosamente lo hacía. Hasta que mis ojos se posaron en un dibujo de un personaje vestido a la usanza del siglo XIX, su mirada era pensativa, preocupada, triste. Al lado había un poema que desde los primeros versos me atraparon.


 Al ver mis horas de fiebre

e insomnio lentas pasar,

a la orilla de mi lecho,

¿quién se sentará?

 

Cuando la trémula mano

tienda próxima a expirar

buscando una mano amiga,

¿quién la estrechará?

 

Cuando la muerte vidrie

de mis ojos el cristal,

mis párpados aún abiertos,

¿quién los cerrará?

 

Cuando la campana suene

(si suena en mi funeral),

una oración al oírla,

¿quién murmurará?

 

Cuando mis pálidos restos

oprima la tierra ya,

sobre la olvidada fosa.

¿quién vendrá a llorar?

 

¿Quién en fin al otro día,

cuando el sol vuelva a brillar,

de que pasé por el mundo,

¿quién se acordará?


   Era la Rima LXI de un tal Gustavo Adolfo Bécquer. Su lectura me conmovió de tal manera, que pasados los años no he olvidado esa suerte de “terremoto emocional” que me provocó leer ese poema (ahora sí quiero ser hiperbólico en el afán de reflejar la impresión que causó ese poema a ese niño de nueve o diez años que fui). Por coincidencia, eran tiempos en que la preocupación o el miedo de quedarme solo en el mundo me atormentaban en ciertos momentos. Sucedía que, a la semana, por lo menos una vez, mis padres salían de compras al centro de Lima, y yo desde Barranco, con mis dos hermanos, Gloria y el pequeño Arturo, quedábamos en nuestra diminuta casa a la espera de su ansiado regreso. Cuando ya la noche estaba en su apogeo, preocupado salía de tanto en tanto para ver a lo lejos y desde la puerta de casa a mis padres llegar. Cuando no era así, el miedo me invadía y un presentimiento de que les pudiera haber pasado algo me atenazaba: quedarme solo en el mundo, con mis dos hermanos más pequeños que yo, era mi más grande temor. Temor de niño, temor de grande: perder para siempre a un ser querido.





   He querido, no sé la verdad por qué, tratar el día de hoy este asunto triste, como dice Rita. Supongo que como un simple mortal no soy ajeno a esta preocupación, no puedo serlo. Debo reconocer, ahora que termino de escribir esta entrada, que no me ha abandonado la imagen de aquel niño que fui, aquel niño preocupado y asustado que, en medio de la noche, de tanto en tanto salía para ver el ansiado regreso de sus padres. La imagen está allí. La preocupación también, aunque ahora no solo sea por mis padres.




 

   Continuará…

 

 

                                          Morada de Barranco, 2 de mayo de 2026

miércoles, 4 de marzo de 2026

DOCE MAGNÍFICAS PELÍCULAS

 

 

                                                                            pues un niño es un cine

                                                                                     Alberto Hidalgo

 

 


   Este verano es muy particular. Por la presencia del fenómeno de El niño, la temperatura ha aumentado de manera inusual, sin embargo, estamos viviendo varios días de este verano cubiertos por la neblina y con una sensación de frío impensable en una temporada de calor. Puede sonar contradictorio, pero a pesar de ese frío el bochorno no se aleja y se percibe más en los espacios cerrados.





   En lo personal, estos días brumosos son de mi preferencia. Siempre me ha gustado el invierno más que el verano. El calor de este último me agobia, me aturde, se me hace insoportable. No me gusta al sol veraniego que parece inmiscuirse en todo. Para mí, Barranco es un pequeño territorio cuyo espacio cobra su verdadera identidad cuando está cubierto por la neblina que torna fantasmal todo y a todos.





   Ese misterio que crea la neblina nos invade, nos habita. Barranco se torna, entonces, en un territorio de lo indefinido, de la ambigüedad que agudiza la imaginación y la sospecha. En medio de estos días de geografía alucinada y alucinante siempre nos damos tiempo para conversar sobre cine. En esas conversaciones que tengo con Rita, en tanto caminamos por el malecón, surgió una pregunta: “¿Qué películas sugerirías ver?” No me gusta correrme de estas preguntas, lo tomé como un reto. No respondí inmediatamente, me di mi tiempo y preparé una lista de doce películas. 





   Obviamente hay más películas que me gustan y no aparecen en esta lista de sugerencias (no he mencionado ninguna de Alfred Hitchcock, ni de Theo Angelopoulos, ni de Krzysztof Kieślowski, ni de Ingmar Bergman, ni de Woody Allen, entre otros). Pero son las que vinieron a mi memoria. Suelto entonces la lista:





1. Una de las más grandes películas del Oeste de todos los tiempos es Río Bravo, película del magnífico director Howard Hawks, el largometraje fue estrenado en 1959.

La historia se ubica en el pueblo de Río Bravo donde un sheriff debe enfrentar "solo" el peligro, aparentemente solo. Joe Burdette (Claude Akins) mata con sus secuaces a Pat Wheleer (Ward Bond), amigo del sheriff John T. Chance (John Wayne). Este, en cumplimiento de la ley, apresa a Joe, a pesar de que este y sus compinches hicieron lo imposible para que esto no ocurra. Enterado Nathan Burdette (John Russell), hermano mayor de Joe y rico terrateniente de la región, decide rescatar a su hermano, para ello cuenta con los servicios de gente indeseable que rodea la cárcel donde el valiente Chance aguarda la llegada del juez. Pero el sheriff no está solo, cuenta con el apoyo del dipsómano y buen Dude (Dean Martin), el viejo y rengo Stumpy (Walter Brennan) y de Colorado Ryan (Ricky Nelson), una joven estrella del rock and roll de entonces. Los cuatro, unidos y defendiendo causas mayores como el cumplimiento de la justicia enfrentarán el ataque anunciado de los forajidos. Entre tanto, John T. Chance ha conocido a la bella Feathers (Angie Dickinson) quien no solo se enamora y despierta el amor del sheriff, sino que también está dispuesta a ayudarlo.

Un filme con mayúsculas donde Howard Hawks despliega con maestría una historia de amistad y unión en medio del peligro. Un grandioso wéstern cuya visión es impostergable.

2. Uno de los grandes directores de comedia italiana fue Dino Risi. En 1962 estrenó una película titulada La escapada, largometraje que tiene de comedia y drama.
La historia se centra en uno de esos calurosos veranos en una Roma que parece deshabitada (casi toda la gente ha partido a los balnearios). Un personaje llamado Bruno Cortona (Vittorio Gassman), maneja un pequeño convertible descapotado (un Aurelia B24) por calles solitarias y silenciosas en busca de cigarros y de un teléfono. Al no hallar lo que busca, se detiene para beber agua y ve a Roberto Mariani (Jean-Louis Trintignant), un joven estudiante de derecho que pareciera que lo observa desde una ventana (en realidad estaba mirando a la chica de la que anda enamorado). El joven invita a Bruno a subir a su departamento para que desde ahí haga la llamada telefónica. Extrovertido y parlanchín, Cortona luego convence a Roberto que deje de estudiar y que lo acompañe a tomar un aperitivo. Inician entonces un recorrido que supuestamente duraría hasta la tarde de ese mismo día, mas este se prolonga: van a restoranes y a la playa, visitan a unos tíos de Roberto, llegan a la casa de la exesposa (Luciana Angiolillo) y de Lily (Catherine Spaak), la hija de ambos...

La aparente complicidad de los dos personajes en realidad nos muestra a dos seres contrastantes: Roberto es más joven, pero es tímido, cauteloso, apocado y ve en Bruno un modelo quizá a imitar, pues este es locuaz, mujeriego, fanfarrón, vividor, incluso irresponsable e inmaduro. Sin embargo, en el hedonismo chocante de Bruno y en la actitud modélica de Roberto se esconde una angustiosa soledad y a través de las aventuras que vivirán juntos, buscarán un escape a su hastío, a su triste realidad. Un magnífico e imprescindible largometraje. 

3. Roberto Rossellini, maestro del neorrealismo italiano, estrenó en 1948 (a poco tiempo de terminada la Segunda Guerra Mundial) la película Alemania, año cero.

El director italiano filmó la película en una ciudad de Berlín completamente destruida, en medio de gente que desesperada luchaba para sobrevivir, que trabajaba para reconstruir un país que acababa de perder la guerra. La película cuenta la historia de Edmund (Edmund Moeschke), un niño de doce años que se ve obligado a salir para buscar comida o dinero en las calles. En realidad, la historia de Edmund era la de cualquier alemán que había sobrevivido al conflicto bélico. Pero Edmund no está solo, tiene una familia en casa: un hermano mayor escondido por desertor, una hermana acusada de prostitución a cambio de favores, un padre anciano y enfermo (sobreviviente a dos guerras mundiales) que necesita de atención médica y de medicinas. El niño generalmente lleva algún objeto valioso que trata de vender en las calles, luego con ese dinero trata de conseguir comida. En su deambular se encuentra con un personaje siniestro, un antiguo profesor suyo, el señor Enning, sobreviviente nazi, pedófilo que consigue jovencitos para un viejo general también pederasta. Este profesor encarga al niño la venta de algunos objetos de procedencia nazi para que los venda entre las tropas extranjeras que las compran como recuerdos. Los problemas acuciantes en casa, el hambre, la necesidad, más las ideas del profesor Enning llevan a Edmund a tomar una decisión drástica, terrible.
Una película dura, impactante, pero que a pesar de los años transcurridos desde su estreno, más de setenta años, no ha envejecido y se mantiene no solo como una de las grandes películas de Rossellini, sino del cine. 

4. Carta de una desconocida (1948), es una película dirigida por un grande del cine: Max Opühls. El filme está basado en la novela corta del mismo nombre (1922) escrita por el austriaco Stefan Zweig. La historia central ocurre en una maravillosa Viena. Un joven y exitoso músico, Stefan Brand (Louis Jourdan), quien incluso es comparado con Mozart, recibe una carta anónima que empieza de esta manera: "Cuando leas esta carta, puede que haya muerto. Si esta carta llega a tus manos, verás cómo fui tuya sin que tú siquiera supieses que existía". Terrible. La epístola es de Lisa (Joan Fontaine), antigua vecina, quien desde que lo conoció ha vivido enamorada de una manera enfermiza del guapo, galante y mujeriego Brand. La película emplea largos “flashbacks” para ubicarnos en el desarrollo de la pasión amorosa de Lisa, personaje frágil y autodestructivo. La película podría haberse convertido fácilmente en una historia sensiblera y llorona, pero el inteligente Opühls supo mantener un equilibrio clásico, preciso, que le agradecemos. La fotografía, un impecable blanco y negro, no podría estar mejor para esta dolorosa historia de amor sin redención. Un clásico de clásicos. Impagable.

5. El cine mudo no es un cine primitivo, desarrolló sus propios recursos expresivos para contar historias sin casi emplear la palabra. Tuvo la desgracia que en su apogeo apareció el cine sonoro y vino su caída inevitable.
De ese cine desaparecido, en 1923 se estrenó El hombre mosca (Safety Last), película protagonizada por uno de los tres exponentes mayores de la comedia: Harold Lloyd (los otros dos eran: Charles Chaplin y Buster Keaton). La película cuenta una historia del "chico de las gafas" (Harold Lloyd) que, en busca de un mejor futuro, abandona su pueblo y deja en él a su prometida (Mildred Davis). Desde entonces, Harold le escribe cartas a diario donde le hace creer que es un importante hombre de negocios y no un simple vendedor de una gran tienda. La prometida, aconsejada por su madre, decide viajar en busca de Harold y este se verá en serios aprietos para no ser descubierto en su mentira. Con su prometida cerca y en el afán de cambiar su vida, el "chico de las gafas" se atreve a escalar un enorme edificio en medio de acciones cómicas y de suspenso por una probable caída. Esta larga escena, con el paso del tiempo, se ha convertido en uno de los mayores referentes icónicos del cine de todos los tiempos (ha sido aludido en Volver al futuro, La invención de Hugo Cabret...).
El hombre mosca es una joya por redescubrir y Harold Lloyd, definitivamente, un grande a quien injustamente se ha olvidado. 

6. En 1949 se estrenó El retrato de Jennie, película dirigida por William Dieterle. La historia misteriosa que se cuenta en este filme es la de Eben Adams (Joseph Cotten), un pintor que ha perdido la pasión anda desencantado de su labor, sin rumbo. De gran ayuda será su encuentro con la dueña de una galería, una mujer ya mayor, miss Spiney (Ethel Barrymore) quien le comprará un cuadro y le dará algunas sugerencias con respecto a su actitud ante la pintura; sin embargo, el hecho que dará un nuevo sentido a su vida ocurrirá cuando se encuentre con una niña, Jennie Appleton (Jennifer Jones). El conocerse será determinante, sobre todo para la vida del pintor, pues Jennie se volverá algo así como su musa inspiradora. Desde el primer encuentro seremos testigos de una atracción entre ambos, una necesidad por verse. Pero hay algo extraño en el desarrollo de esta historia, algo que rompe toda lógica: en cada encuentro, Jennie tiene más edad, pronto dejará de ser una niña para volverse una bella señorita, es como si ella viviera en un mundo paralelo donde el tiempo es más acelerado. ¿Cómo explicarlo? ¿Será que Eben (y nosotros con él) estamos viendo a un fantasma? ¿Quizá Jennie no sea más que la imagen de la "realidad" de alguien que ha enloquecido? ¿Eben la estará viendo realmente o será solo un sueño al cual nos arrastra también? El retrato de Jennie es una película de una profunda y misteriosa poesía, un filme cuya atmósfera onírica, cargada de ambigüedades, nos engancha, nos cuestiona, nos perturba. Es, realmente, una obra maestra cuya visión debería ser impostergable.

7. La mujer del cuadro es un filme del año 1944, dirigido por un grande como Fritz Lang. La película (cine noir, por cierto) cuenta la historia de Richard Wanley (Edward G. Robinson), un profesor de psicología en una universidad de Nueva York, quien, por asuntos de trabajo, no podrá acompañar a su familia en un viaje de vacaciones. Ya solo, por la noche, acude a un club donde se encontrará con dos amigos, antes de llegar al punto de encuentro, ve en un escaparate un cuadro con el retrato de una bellísima mujer. Queda prendado con la belleza de la retratada. Al salir del club, regresa a ver nuevamente el cuadro y es en ese instante que, cual fantasma, aparece junto a él la bella mujer que sirvió de modelo para el retrato. Es Alice Reed (la siempre bella y esplendorosa Joan Benett). Conversan, acuden al departamento de ella para ver unos bocetos, beben champán hasta que aparece el amante de Alice. Lo que viene a continuación es una historia tensa, propia del cine negro: se suceden asesinatos, chantajes, disparos, suicidios, mujeres fatales que arruinan prestigios...

Una película cuya hermosa y precisa fotografía acude a los grandes contrastes, los claroscuros que crean un ambiente opresivo, angustiante en el que, entre otras cosas, se cuestionan principios básicos de la ética y la moral frente a la práctica cotidiana o los deseos escondidos que se enfrentan a los primeros. El final es realmente inesperado y... Joan Benett, más bella que nunca. Una joya del buen y gran cine norteamericano.

8. Las películas serie B son aquellas que cuentan con bajo presupuesto (varios filmes del western, las de ciencia ficción, las de terror y algunas del cine noir); sin embargo, eso no impide que varias de ellas sean grandes películas, joyas de la cinematografía mundial. Una de ellas es El desvío (1945), dirigida por Edgar G. Ulmer.

Cuesta creer que esta gran película dure apenas 67 minutos para contar con solidez la oscura historia de Al Roberts (Tom Neal), un joven pianista que vive frustrado pues aspira a dar grandes conciertos y no a tocar en bares por sueldos miserables y propinas. Entonces decide abandonar Nueva York y viajar a Los Ángeles en búsqueda de Sue, su novia. Es un viaje largo, de costa a costa, pero está dispuesto a todo para encontrarse con la mujer amada y casarse con ella. Al no tener dinero para hacerlo por avión, se ve obligado a viajar "tirando dedo". El pesimismo del personaje es notorio y dos encuentros en la carretera definirán su vida opaca, gris: Jack Haskell Jr. (Edmund MacDonald), un irresponsable jugador, lo recogerá en la carretera y le promete llevarle hacia Los Ángeles. Su posterior encuentro con la terrible e insoportable Vera (Ann Savage), la típica "femme fatale" del cine noir, será la culminación de una vida que atrae sobre ella la desgracia, la mala suerte, la fatalidad.

Este breve filme es de una calidad única, un tesoro de primer orden de la cinematografía de todos los tiempos y no es exageración. Una joya de joyas y su visión es impostergable. 

9. Luis Buñuel, el director del cortometraje surrealista de 1929 Un perro andaluz, estrena en 1953 el filme Él, considerada por muchos como la mejor película latinoamericana de todos los tiempos. Este largometraje filmado en México cuenta la historia de Francisco Galván de Montemayor (Arturo de Córdova), un hombre de gran fortuna, profundamente católico, soltero, de edad madura y que no ha conocido hasta el momento el amor. Pero el amor llega a su vida: en una iglesia, un jueves santo, descubre a Gloria Milalta (Delia Garcés), una bella joven, enamorada del ingeniero Raúl Conde (Luis Beristáin) con quien se va a casar dentro de poco. Sin embargo, desde que Francisco y Gloria se han conocido, ha nacido entre ellos una atracción incontrolable que lleva a que Gloria rompa su compromiso y se case muy enamorada e ilusionada con el galán maduro. A las pocas horas de casados, esta irá descubriendo la verdadera personalidad de quien ante todos es un hombre virtuoso, un modelo de caballero a imitar: colérico, inseguro, injusto, manipulador, violento, celoso, extremadamente celoso. Lo que pudo ser un bello y ejemplar matrimonio, termina convirtiéndose en un infierno para Gloria quien es permanentemente humillada y violentada, incluso ve que su vida corre peligro a manos de quien se supone la ama desesperadamente, con locura.

Una gran película filmada en blanco y negro con algunas de las escenas más inquietantes y perturbadores del cine, como aquella en que Francisco, enfermo de celos, envuelve con una tela una hoja de afeitar, una aguja de arriero con hilo, algodón y con dos sogas se dirige al dormitorio de su esposa... Imprescindible.

10. En 1957 se estrena Senderos de gloria (también conocida como La patrulla infernal), película de un entonces joven director llamado Stanley Kubrick (el mismo que dirigiría Espartaco, 2001: odisea del espacio, La naranja mecánica, El resplandor...).

La película desarrolla una historia que ocurre en plena Primera Guerra Mundial, en Francia, año 1916. Tanto franceses como alemanes se encuentran en las trincheras. Por presiones del general George Broulard (Adolphe Mejou), el general Paul Mireau (George Macready) ordena al coronel Dax (Kirk Douglas) tomar con sus hombres la Colina del Hormiguero, una posición estratégica que está en manos de los alemanes. El enfrentamiento es sangriento, los franceses atacan, muchos de ellos morirán, pero a pesar del esfuerzo son repelidos, la misión ha sido un fracaso. Ante esta situación desastrosa, el general Mireau busca salvar su prestigio, para ello decide dar cobardemente un escarmiento ejemplar a los valientes soldados: a tres de ellos los hace comparecer ante un Consejo de Guerra pues son acusados de cobardía ante el enemigo. En defensa de sus soldados, surge la valiente figura del coronel Dax quien se enfrentará a la falsa acusación... ¿Logrará el coronel Dax salvar del pelotón de fusilamiento a sus hombres?                                                                                                                       

Senderos de gloria es una película tensa, conmovedora y que sacude nuestras conciencias sobre el horror de la guerra y de las injusticias que se cometen cuando se emplea de mala manera el poder que se detenta. Una obra maestra, una joya del cine de visión impostergable. 

11. El cine mudo cuenta con varias películas entrañables, de esas que se ven cada cierto tiempo con entusiasmo renovado. Una de ellas es El gabinete del doctor Caligari, un filme de 1920 dirigida por el alemán Robert Wiene. Para algunos es la joya mayor de uno de los movimientos vanguardista de inicios del siglo XX, hablamos del Expresionismo que tanta influencia tuvo sobre el cine noir (por ejemplo, una iluminación más compleja donde juega papel muy importante los contrastes de luz y sombra).

La historia que se desarrolla en seis actos es alucinante. El doctor Caligari (Werner Krauss) es un hipnotizador que dirige un espectáculo donde interviene un sonámbulo llamado Cesare (Conrad Veidt), pero el doctor es un personaje trastornado que utiliza al sonámbulo no solo para responder a las preguntas del público, sino para que este cometa una serie de asesinatos que dejan atemorizados y preocupados a los habitantes de Holtenwall. Los amigos Francis (Friedrich Feher) y Alan (Hans Heinrich von Twardowski), que andan enamorados de Jane (Lil Dagover), visitan el espectáculo del sonámbulo en la feria y salen aterrados porque este le ha vaticinado la pronta muerte a Alan. Sorprendentemente, la muerte de Alan ocurre. Francis sospecha del doctor y empieza a investigar sobre la vida del misterioso hipnotizador. Pero la película sufre un giro argumental que dejará sorprendido al espectador: ¿está realmente ocurriendo lo que vemos en pantalla?

Un clásico de todos los tiempos, una prueba contundente de cómo el cine mudo casi no requería de la palabra para contar una buena historia. Sorprenderán el maquillaje recargado, la escenografía llena de ángulos distorsionados, líneas, curvas y espirales muy marcados, contrastes acentuados de luces y sombras, todo ello es parte de la estética expresionista de una película, que luego de más de cien años, no ha envejecido un ápice. Realmente imprescindible.

12. En 1945 se estrenó Perversidad, filme del cine noir dirigido por el gran Fritz Lang. La película cuenta la historia de Christopher Cross (Edward G. Robinson, recordado por su papel de Datán en Los diez mandamientos), un hombre infelizmente casado, cajero de un banco donde es muy apreciado, dedicado a la pintura como una actividad casi a escondidas, pero que en el fondo es lo que más ama hacer.

Una noche, el buen Christopher conoce a Kitty (Joan Bennett) que está siendo maltratada por Johnny (Dan Duryea) y sale en su defensa. De esta acción, aparentemente nace una amistad, aunque Christopher en realidad está muy enamorado de la bellísima Kitty quien, en complicidad con Johnny, se empieza a aprovechar de él, lo explota económicamente. Presionado con astucia por la bella mujer, el ingenuo cajero se atreve a hacer cosas que perjudicarán su dignidad en la esperanza de ser correspondido, como la cruel Kitty le hace creer. Incluso sus cuadros, que estaban guardados en su casa, empiezan a ser comprados y valorados por la crítica especializada, pero él no puede disfrutar de ese éxito pues estos les han sido robados y la autoría se lo atribuyen a otra persona.
El filme cuenta con una fotografía impecable en blanco y negro, desarrolla una historia magníficamente narrada, de atmósfera cruel, perversa (como anuncia su título), es uno de los mayores exponentes del cine negro. Imprescindible.





 

   Continuará…

 

                                         Morada de Barranco, 4 de marzo de 2026