Ya es tiempo del asombro…
Enrique
Peña Barrenechea
Son ya casi treinta y cinco años de labor en
las aulas, treinta y cinco años contando historias; es decir, no solo debo
preparar las clases, sino que debo tener siempre una historia nueva, y lo
reconozco, luego de tantos años cada vez se me hace más difícil encontrar
nuevas historias (historias que puedan ser contadas, porque hay algunas que
solo “funcionan” si se las leen). Pero debo cumplir, he acostumbrado a mis
alumnos a ellas. Como me dijo una vez un alumno cuando bromeé que no tenía una
historia para contar ese día: “Profesor, no puede dejar de contar, es una
tradición y usted no puede romper esa tradición”. Ni modo, hay que
contar sí o sí.
Estos relatos orales tienen características
comunes: son anónimos, poseen elementos fantásticos, son breves, presentan por
su oralidad una inestabilidad textual (es decir, una misma historia tiene
varias versiones) e intentan, a su manera, explicar el mundo que les tocó vivir
a esos antiguos hombres de esta vieja tierra que hoy llamamos Perú, por cierto,
uno de los seis puntos del origen de la cultura en el mundo.
LA NIÑA Y EL ARCO IRIS
En tiempos remotos
hubo una joven que vivía en los Andes del Perú. Muy temprano, como todos los
días, había salido para llevar su ganado a pastar. En esa búsqueda de buenos
pastos para sus animalitos pisó sin darse cuenta un cactus, de esos que crecen
en las alturas. Su pie, entonces, empezó a sangrar y un dolor insoportable hizo
que rompiera en un llanto incontenible.
Al rato, con mucho
cuidado y cojeando, decidió ir hasta el río que muy cerca pasaba. Una vez allí,
lavó su herida con mucho cuidado. De pronto el agua se volvió roja como su
sangre, esto provocó la sorpresa de la joven que asustada vio luego cómo se
elevaba del río un vapor que conforme tomaba altura se tornaba de diversos
colores y cobraba la forma de un arco que terminaba detrás de un cerro muy,
pero muy alto.
Un rato después empezó
a lloviznar, pero la lluvia no duró mucho y cuando dejó de llover apareció
entre las nubes un sol esplendoroso. Tanto se distrajo con este espectáculo
maravilloso que pronto la niña olvidó el dolor y se levantó para ver a sus
animales. Así fue como descubrió que el cactus que había pisado empezaba a
florecer, inmediatamente la niña tomó algunas de esas flores amarillas y adornó
su negra cabellera y se puso a bailar y cantar. Dicen que desde entonces existe
el arco iris en el mundo.
La siguiente
historia si la leí en una recopilación de relatos orales del Perú y proviene de
la región más extensa del país: la selva. Una curiosidad, es uno de los pocos
relatos donde la zorra sale triunfadora, por lo general suele terminar muy mal.
LA
ZORRA Y EL JAGUAR
El jaguar hizo todo lo posible para cazar a la zorra. Día y noche la acechó por
los lugares en que ella solía estar. No lograba atraparla.
Pero un día el jaguar, se dijo, luego de pensarlo muy bien:
-Voy a ver la manera de difundir la noticia de mi muerte, una vez enterados, los
animales (entre ellas la zorra) vendrán a mi casa a comprobar la noticia y en
ese momento la atraparé…
Al saber que el jaguar había muerto, los animales fueron a la caverna del felino.
Una vez dentro, vieron el cuerpo tendido del temible animal y decían:
-El jaguar está muerto, el jaguar está muerto; ahora ya no habrá peligro…
La zorra también había ido, pero a diferencia de los demás, no entró a la cueva
y desde fuera preguntó:
- ¿Y ya estornudó el jaguar?
Desde el interior de la caverna, los animales respondieron:
-¡No, no lo ha hecho!
Entonces la zorra les advirtió:
-¡Qué raro, todo difunto, al morir, tiene que estornudar hasta tres veces!
El felino al oír lo que la zorra había dicho, estornudó tres veces.
La zorra soltó una risa burlona y envanecida por su exitosa trampa dijo:
- ¿Es que ustedes han visto alguna vez a un muerto estornudar?
Y riéndose se escapó. Lo mismo hicieron los otros animales.
Hasta el día de hoy, el jaguar no puede atrapar a la zorra porque esta es muy
astuta.
Lo que quizá me llena de
un gozo especial es cuando cuento las historias y se produce un silencio
cómplice. Los alumnos se acomodan en sus carpetas, algunos cierran los ojos,
dicen que así imaginan mejor lo que les estoy contando, otros me miran como
embrujados por las aventuras que cuento y cuando termino, sus aplausos, porque
aplauden muy entusiasmados y yo, en mis fueros internos, estoy más complacido
que nadie.
Como una vez escribí: “Soy profesor de Literatura y algunas de las más
bellas experiencias las he vivido como tal”. Son experiencias impagables que
debo agradecer. Y lo hago. Thanks, vida.
Continuará…
Morada
de Barranco, 30 de octubre de 2026
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