Un ángel mirando al mar
Carlos Oquendo de Amat
Última entrada del año. Son las seis de la
tarde, el verano de a pocos se hace sentir, se ha demorado en llegar, eso sí, increíble: diciembre está por terminar y todavía hay personas que llevan chompas ligeras, poleras, casacas, por momentos todavía se siente frío y el cielo, muchos días, está nublado, en fin, efectos
de El Niño, dicen, debe ser cierto porque ya por estos días, en años anteriores, el
calor se tornaba insoportable y la gente vestía de acuerdo a la temporada
veraniega.
Los que algo saben del asunto, pronostican
que este verano será de los más calurosos: más de 32° de calor. Preocupante de
verdad, aún recuerdo que cuando niño un día con 28° grados de calor era un día
excepcional, cuando digo “excepcional” no exagero, por esos tiempos así no más
los termómetros no marcaban esa temperatura. Hoy eso se ha superado con creces.
Calentamiento global dicen. Estamos pagando los efectos de nuestra
irresponsabilidad con el tercer planeta.
En estos momentos estoy solo en casa. Rita y
Kathia han salido de compras. Me pregunto qué escribir, porque tengo que
escribir entre hoy y mañana esta última entrada de este 2015 que se juega ya
los descuentos. Me digo que quizá un poco de música me ayude, me entone, me dé
el ritmo que necesito para escribir, música y café recién pasado, negro,
negrísimo y humeante. Lo hago. Selecciono una composición del músico que más
admiro (me refiero a la mal llamada música clásica): Johannes Brahms y su Clarinet Quintet in B Minor, Op.115,
maravillosa pieza musical. El café de a pocos lo voy consumiendo en esta tarde
silenciosa en que el calor todavía no es agobiante y el siempre bienvenido canto
de los tordos ingresa a este mi faro del cuarto piso.
En la entrada anterior comentaba algunas
experiencias previas a la Navidad, por ejemplo, el concierto de Morrissey que
fue impagable. Había olvidado mencionar que el 22 de diciembre visionamos Rita
y yo (es casi ya una tradición) la hermosísima película de Frank Capra ¡Qué bello es vivir!, del año 1946. Pocas
películas como esta que me llevan a decir con absoluta seguridad que cada vez
que la veo me gusta más, nos gusta más, la disfrutamos a plenitud: reímos con
sus ocurrencias (la escena anterior a la muerte del padre del protagonista o la
del baile del año 1927), nos conmovemos con las peripecias del entrañable George
Bailey en su desesperación.
En el pequeño universo del pueblo llamado Bedford Falls, lugar donde se desarrolla esta gran historia, se presenta una gama de personajes, todos ellos con sus particularidades, como en todo pueblo que se precie de tal. Alguna vez oí eso de
pueblo chico, infierno grande, bueno, pues, Bedford Falls es un lugar donde se viven instantes de alegría, de felicidad, como es natural que ocurra, pero también posee sus pequeños infiernos atizados, por ejemplo, por el poder económico del banquero cuyo nombre rebautizaría al pueblo como Potterville en una realidad alternativa que en la película sucede y esa realidad paralela sí es el infierno.
Entre esos personajes que conforman la maraña social de Bedford Falls podemos mencionar a los familiares de George Bailey: el generoso padre empeñado en continuar con su financiera; la indesmayable madre pendiente siempre de sus esposo y de sus hijos; Harry, el hermano deportista y héroe de guerra; el despistado tío Billy que ocasionará la gran tragedia del sobrino; la empleada negra siempre curiosa que es como de la familia, pero también están los amigos de infancia de George: el exitoso Sam; Bert, el policía; Ernie Bishop, el taxista;… junto a ellos los empleados de la financiera (la secretaria y un asistente siempre leales); Nick, el bartender; el señor Gower, farmacéutico que sumido en el dolor por la muerte de su hijo casi provoca la muerte de un niño, y… Clarence, el ángel sin alas que tiene que bajar a la Tierra y ganárselas, ¿cómo?, pues prestando su ayuda, para dejar de ser un ángel de segunda clase, al desesperado protagonista.
Entre esos personajes que conforman la maraña social de Bedford Falls podemos mencionar a los familiares de George Bailey: el generoso padre empeñado en continuar con su financiera; la indesmayable madre pendiente siempre de sus esposo y de sus hijos; Harry, el hermano deportista y héroe de guerra; el despistado tío Billy que ocasionará la gran tragedia del sobrino; la empleada negra siempre curiosa que es como de la familia, pero también están los amigos de infancia de George: el exitoso Sam; Bert, el policía; Ernie Bishop, el taxista;… junto a ellos los empleados de la financiera (la secretaria y un asistente siempre leales); Nick, el bartender; el señor Gower, farmacéutico que sumido en el dolor por la muerte de su hijo casi provoca la muerte de un niño, y… Clarence, el ángel sin alas que tiene que bajar a la Tierra y ganárselas, ¿cómo?, pues prestando su ayuda, para dejar de ser un ángel de segunda clase, al desesperado protagonista.
Frank Capra |
Todos y cada uno de ellos a merced de un solo personaje, la encarnación del mal. Debo comentar que este personaje se constituye en una de las columnas
centrales de esta película, hablo del malvado y maniqueo señor Potter, el banquero, personaje
materialista y codicioso que se gana con creces la antipatía del público. Por cierto, qué
gran actor fue Lionel Barrymore, en esta película (como en otras en que lo he visto), su actuación es magistral: su voz, sus gestos, todo lo pinta de cuerpo entero como el personaje cruel, necesario en el desarrollo de la historia de este pequeño pueblo.
Un comentario más, con respecto a los
personajes, en esta película descubrimos a dos actrices tremendamente bellas y
talentosísimas, hablo de Donna Reed, quien hace el papel de Mary (la novia y
esposa de George), ganadora del Oscar en 1953 como mejor actriz de reparto en
la película De aquí a la eternidad. Se comenta que Donna fue la tercera opción luego de que Jean Arthur rechazara el papel de Mary por tener la agenda recargada y que Ginger Rogers simplemente no la aceptara (me imagino cómo se habrán pesado después). La otra belleza es Gloria Grahame, que hace el papel de la seductora Violeta, la bella chica que roba miradas
por su coquetería, actriz que ganara en 1952 un Oscar al ser considerada mejor
actriz de reparto en la película Cautivos
del mal. Con los años, Gloria se convertiría en una de las mujeres fatales del cine negro.
Estamos, pues, ante una magistral película, uno de esos milagros del cine que, a pesar de los años, conserva su frescura y ha permanecido en el gusto de la gente. Y no somos hiperbólicos al referirnos de esa manera a ¡Qué bello es vivir!: la película no ha envejecido un ápice, más bien crece cada vez más con el paso del tiempo, es lo que suele ocurrir con las grandes obras artísticas, con los clásicos: en cada lectura, en cada visión descubrimos ángulos que no habíamos percibido en la anterior experiencia y eso nos enriquece y las torna actuales, eternas.
Que
este breve comentario, entonces, sirva como una suerte de invitación para
visionar este luminoso y esperanzador film, donde se pone de manifiesto que los
sueños y buenos deseos no solo deben ser bonitas palabras sino práctica y
política de vida, como lo hizo en el día a día el padre de George Bailey hasta
que le llegó la muerte, como lo hizo el mismo George a pesar de todo, como lo hizo el tío
Billy con sus despistes, como lo hicieron los siempre leales empleados de la financiera… y cada uno de los personajes que luchan, que actúan para que sus sueños se cumplan.
Quiero terminar esta entrada con esa hermosa
frase que dejó escrita el bueno de Clarence (con las alas ya logradas en buena lid) en el libro Tom Sawyer que le quedó como obsequio a George: “Ningún hombre es
un fracaso si tiene amigos”. Que así sea. Feliz año 2016 a todos.
Continuará…
Morada de Barranco, 30 de diciembre de
2015.
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