…el puente baja, inescuchada…
José María Eguren
Se ha dicho y
escrito tanto sobre la muerte. Afanes filosóficos o religiosos se han ocupado
del asunto. Ahora que pienso en ella, vienen a mi memoria algunos textos
literarios, básicamente poemas.
Imborrables en la memoria colectiva e individual están para demostrarlo,
por ejemplo, esa elegía de Jorge Manrique por todos conocida, obviamente hablo
de las Coplas a la muerte de su padre. Recordemos esta estrofa, la
tercera:
Nuestras
vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir:
allí van los señoríos,
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.
O estos otros versos inquietantes que
expresan preguntas que hasta el día de hoy solemos hacernos, prueba contundente
que el hombre en esencia sigue siendo el mismo, al menos en sus preocupaciones:
¿Qué se fizieron las
damas,
sus tocados, sus
vestidos,
sus olores?
¿Qué se fizieron las
llamas
de los fuegos encendidos
de amadores?...
Cómo olvidar aquel poema cuya lectura crea desasosiego, ese romance de
autor anónimo, de origen medioeval, para mayores detalles, el que termina con
estos versos que aún estremecen porque tienen que ver con nuestras vidas, o,
mejor dicho, con esa dama que, como en este Romance del enamorado y la
muerte siempre nos acecha:
La fina seda se
rompe;
la Muerte que allí venía:
-Vamos ya, enamorado,
que la hora está
cumplida.
El Arcipreste de Hita trató el asunto allá por el siglo XIV en un poema titulado
Planto por la muerte de Trotaconventos. Dice una de sus estrofas:
Al que hieres tú, Muerte, nadie lo salvará,
humilde, bueno, malo, noble, no escapará;
a todos te los llevas, diferencia no habrá,
tanto el Rey como el Papa ni chica nuez valdrá;
Es inevitable, luego de leerlo, recordar
la elegía de Jorge Manrique (“y llegados, son iguales / los que viven por
sus manos / y los ricos…”). Ambos poemas recalcan que para la parca no hay
distingos, todos son iguales para ella, que su guadaña no hace diferencias: al
que le llegó la hora, simplemente le llegó y carga con ella.
Recuerdo mucho un soneto de Góngora cuyo último verso, pleno de
sensibilidad barroca, dice:
En tierra, en humo, en polvo, en sombra,
en nada.
O estos versos de un soneto de un
contemporáneo de don Luis, hablo del conceptista Francisco de Quevedo Villegas:
¡Qué mudos pasos traes, oh muerte fría,
pues con callado pie todo lo igualas!
Hay en el Perú, esta tierra mágica y primigenia, un poema impresionante
dedicado a la muerte del último inca: Elegía por la muerte de Atahualpa,
traducida por José María Arguedas, algunos de sus versos dicen así:
Se han acabado ya con tus venas
la sangre;
se ha apagado en tus ojos
la luz; en el fondo de la más intensa
estrella ha caído
tu mirada…
En fin, si se tratara de ponerme exhaustivo con las citas, no terminaría
de mencionar poemas y más poemas con esa temática: la muerte, una preocupación
constante.
Quiero ahora mencionar,
pues la circunstancia es propicia, lo que me aconteció en una tarde fría de
colegio del año 71 o 72, épocas en que se estudiaba en los dos turnos. No sé
por qué, pero estábamos sin profesor ese día, esa tarde, mejor dicho. Mis
compañeros mataperreaban, la bulla era infernal: gritaban, se perseguían, se
trepaban en las carpetas, se tiraban cosas. En medio de ese laberinto, sentado
como estaba decidí sacar mi libro de lectura FTD. Hojeaba el libro,
cuidadosamente lo hacía. Hasta que mis ojos se posaron en un dibujo de un
personaje vestido a la usanza del siglo XIX, su mirada era pensativa,
preocupada, triste. Al lado había un poema que desde los primeros versos me
atraparon.
e insomnio lentas pasar,
a la orilla de mi lecho,
¿quién se sentará?
Cuando la trémula mano
tienda próxima a expirar
buscando una mano amiga,
¿quién la estrechará?
Cuando la muerte vidrie
de mis ojos el cristal,
mis párpados aún abiertos,
¿quién los cerrará?
Cuando la campana suene
(si suena en mi funeral),
una oración al oírla,
¿quién murmurará?
Cuando mis pálidos restos
oprima la tierra ya,
sobre la olvidada fosa.
¿quién vendrá a llorar?
¿Quién en fin al otro día,
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo,
¿quién se acordará?
Era la Rima LXI de un tal Gustavo
Adolfo Bécquer. Su lectura me conmovió de tal manera, que pasados los años no
he olvidado esa suerte de “terremoto emocional” que me provocó leer ese poema
(ahora sí quiero ser hiperbólico en el afán de reflejar la impresión que causó ese
poema a ese niño de nueve o diez años que fui). Por coincidencia, eran tiempos
en que la preocupación o el miedo de quedarme solo en el mundo me atormentaban
en ciertos momentos. Sucedía que, a la semana, por lo menos una vez, mis padres
salían de compras al centro de Lima, y yo desde Barranco, con mis dos hermanos,
Gloria y el pequeño Arturo, quedábamos en nuestra diminuta casa a la espera de
su ansiado regreso. Cuando ya la noche estaba en su apogeo, preocupado salía de
tanto en tanto para ver a lo lejos y desde la puerta de casa a mis padres
llegar. Cuando no era así, el miedo me invadía y un presentimiento de que les
pudiera haber pasado algo me atenazaba: quedarme solo en el mundo, con mis dos
hermanos más pequeños que yo, era mi más grande temor. Temor de niño, temor de
grande: perder para siempre a un ser querido.
He querido, no sé la
verdad por qué, tratar el día de hoy este asunto triste, como dice Rita.
Supongo que como un simple mortal no soy ajeno a esta preocupación, no puedo
serlo. Debo reconocer, ahora que termino de escribir esta entrada, que no me ha
abandonado la imagen de aquel niño que fui, aquel niño preocupado y asustado
que, en medio de la noche, de tanto en tanto salía para ver el ansiado regreso
de sus padres. La imagen está allí. La preocupación también, aunque ahora no
solo sea por mis padres.
Continuará…
Morada de Barranco, 2 de mayo de 2026
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