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Augusto Monterroso
Uno de los libros
deliciosos que he releído y disfrutado por estos días ha sido La oveja negra y demás fábulas de Augusto Monterroso (Editorial Santillana,
1992). Breve libro de textos breves y en algunos casos, diminutos. Sino veamos:
EL RAYO QUE CAYÓ DOS VECES EN EL MISMO SITIO
Hubo una vez un Rayo que cayó dos veces en el mismo sitio;
pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era
necesario, y se deprimió mucho.
Fábulas modernas
cargadas de un humor sutil, punzante, filudo. Me aventuro a decir que todos sus
libros (que no llegan ni a diez) son disfrutables, pero de todos ellos, este
libro de fábulas va a la cabeza. Juguetón como pocos, juguetón pero crítico:
entre ironía e ironía siempre se desliza un garrotazo a la cabeza de la
estupidez humana reinante. Uno se siente a gusto con este libro de Augusto. Es
lo que se dice, un libro impagable.
LOS OTROS SEIS
Dice la tradición que en un lejano país existió hace algunos
años un Búho que a fuerza de meditar y quemarse las pestañas estudiando,
pensando, traduciendo, dando conferencias, escribiendo poemas, cuentos,
biografías, crónicas de cine, discursos, ensayos literarios y algunas cosas
más, llegó a saberlo y a tratarlo prácticamente todo en cualquier género de los
conocimientos humanos, en forma tan notoria que sus entusiastas contemporáneos
pronto lo declararon uno de los Siete Sabios del País, sin que hasta la fecha
se haya podido averiguar quiénes eran los otros seis.
Monterroso: digno
heredero de algunos caballeros ingleses y de algunas obras inglesas como Los viajes de Gulliver, del maese en ironías Jonathan Swift (aunque él
no era inglés, como bien sabemos) y de esos diálogos chispeantes entre el
Quijote y Sancho Panza, por mencionar un par de obras que le dejaron profundas
huellas. Siempre he creído que a Monterroso todavía no se le da el sitial que
se merece. Fue un escritor de pocos libros. Pocos, pero qué libros, todos ellos
de una inteligencia en el empleo del humor, que es una muestra palpable de
inteligencia, más si esta se la aplica a uno mismo, reírse de uno, no tomarse
tan en serio y abandonar solemnidades y almidones que nos hacen parecer
esculturas de palo. Especialidad de Monterroso esto del humor, sino recordemos,
estas líneas de un texto titulado Estatura y Poesía de su libro Movimiento perpetuo:
Sin empinarme, mido fácilmente un metro sesenta. Desde pequeño fui
pequeño. Ni mi padre ni mi madre fueron altos. Cuando a los quince años me di
cuenta de que iba para bajito me puse a hacer cuantos ejercicios me
recomendaron, los que no me convirtieron ni en más alto ni en más fuerte, pero
me abrieron el apetito. Esto sí fue problema, porque en ese tiempo estábamos
muy pobres. Aunque no recuerdo haber pasado nunca hambre, lo más seguro es que
durante mi adolescencia pasé buenas temporadas de desnutrición. Algunas
fotografías (que no siempre tienen que ser borrosas) lo demuestran. Digo todo
esto porque quizá si en aquel tiempo hubiera comido no más sino mejor, mi
estatura sería más presentable. Cuando cumplí veintiún años, ni un día menos,
me di por vencido, dejé los ejercicios y fui a votar.
De todos es sabido que los
centroamericanos, salvo molestas excepciones, no han sido generalmente
favorecidos por una estatura extremadamente alta. Dígase lo que se diga, no se
trata de un problema racial. En América hay indios que aventajan en ese sentido
a muchos europeos. La verdad es que la miseria y la consiguiente desnutrición,
unidas a otros factores menos espectaculares, son la causa de que mis paisanos
y yo estemos todo el tiempo invocando los nombres de Napoleón, Madero, Lenin y
Chaplin cuando por cualquier razón necesitamos demostrar que se puede ser
bajito sin dejar por eso de ser valiente.
Con regularidad suelo ser
víctima de chanzas sobre mi exigua estatura, cosa que casi me divierte y
conforta, porque me da la sensación de que sin ningún esfuerzo estoy
contribuyendo, por deficiencia, a la pasajera felicidad de mis desolados amigos.
Yo mismo, cuando se me ocurre, compongo chistes a mi costa que después llegan a
mis oídos como productos de creación ajena. Qué le vamos a hacer. Esto se ha
vuelto ya una práctica tan común, que incluso personas de menor estatura que la
mía logran sentirse un poco más altas cuando dicen bromas a mi costa. Entre lo
mejorcito está llamarme representante de los Países Bajos y, en fin, cosas por
el estilo. ¡Cómo veo brillar los ojos de los que creen estarme diciendo eso por
primera vez! Después se irán a sus casas y enfrentarán los problemas
económicos, artísticos o conyugales que los agobian, sintiéndose como con más
ánimo para resolverlos…
Un maestro en la auto ironía, sin lugar a duda. Pero quiero regresar
a La oveja negra y demás fábulas. El último texto del libro,
probablemente uno de los que más me gusta, es uno al que ni bien termine de
leerlo por vez primera, ya hace una buena punta de años, lo relacioné con un
callado y legendario escritor mexicano. “Tiene que ser él, no puede ser
otro que él”, me decía una y otra vez, “el zorro tiene que ser él”. Nunca
he dejado de pensar que este breve texto es un grandioso homenaje al autor de
esos dos libros que siempre me acompañan, que siempre nos acompañarán: la
novela Pedro Páramo y el libro de cuentos El llano en
llamas. ¿Equivocado? No, bastará con leer esa fábula para caer en la cuenta
de que todos los referentes están ligados al gran Juan Rulfo.
EL ZORRO ES MÁS SABIO
Un día que el Zorro estaba
muy aburrido y hasta cierto punto melancólico y sin dinero, decidió convertirse
en escritor, cosa a la cual se dedicó inmediatamente, pues odiaba ese tipo de
personas que dicen voy a hacer esto o lo otro y nunca lo hacen.
Su primer libro resultó muy
bueno, un éxito; todo el mundo lo aplaudió, y pronto fue traducido (a veces no
muy bien) a los más diversos idiomas.
El segundo fue todavía
mejor que el primero, y varios profesores norteamericanos de lo más granado del
mundo académico de aquellos remotos días lo comentaron con entusiasmo y aun
escribieron libros sobre los libros que hablaban de los libros del Zorro.
Desde ese momento el Zorro
se dio con razón por satisfecho, y pasaron los años y no publicaba otra cosa.
Pero los demás empezaron a
murmurar y a repetir “¿Qué pasa con el Zorro?”, y cuando lo encontraban en los
cocteles puntualmente se le acercaban a decirle tiene usted que publicar más.
—Pero si ya he publicado dos libros
—respondía él con cansancio.
—Y muy buenos—le contestaban—; por eso
mismo tiene usted que publicar otro.
El Zorro no lo decía, pero
pensaba: "En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro
malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer".
Y no lo hizo.
Pero quizás la
fábula que más me agrada sea esta:
EL PARAÍSO IMPERFECTO
—Es cierto -—dijo mecánicamente el
hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella
noche de invierno—; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único
malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.
“Lo único malo
de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.” Un capo el maese Augusto
Monterroso.
Continuará…
Morada
de Barranco, 23 de enero de 2026
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