No hay fragata como un libro…
Emily Dickinson
En la entrada anterior comenté que estaba
enfrascado en la relectura de algunas novelas breves de escritores mexicanos,
también en la lectura y relectura de poesía, mucha poesía. Es cierto, creo que
como nunca estoy leyéndola (no es exageración), desde autores que recién
empiezan hasta los clásicos. Entre estos últimos, un puñado de poetas a los que
siempre vuelvo y cuya obra los hace retornables, pienso en Fernando Pessoa,
Paul Celan, Osip Mandelstam, Carlos Martínez Rivas, Emily Dickinson. De esta
última es que quiero escribir el día de hoy.
Hace varias semanas que empecé a
leer una antología de la poesía de Emily Dickinson (en traducción de Silvina
Ocampo), no la termino aún porque es
imposible concluir su lectura: cada poema de la Dickinson es un campo de
misterio, leo, por ejemplo, este par de poemas (como otros suyos) y no dejo de pensar qué la
movió a escribir estos textos, qué quiso decir con ellos, en fin, preguntas
cuyas respuestas quedarán probablemente en el misterio y la oscuridad,
territorios favoritos de Emily Dickinson y de su poesía insondable y siempre
actual.
540
Junté mi fuerza en mi mano –
y fui en contra del mundo –
no tanto como David –
pero yo – fui doblemente valiente –
apunté con mi piedra – pero yo misma
fui todo lo que cayó –
¿era Goliat – demasiado grande –
o demasiado chica – yo?
(año 1862)
1235
Como lluvia resonaba hasta doblarse
y supe que era el viento –
caminaba mojado como una ola
pero barría con sequedad de arena –
cuando se empujó a sí mismo
a una remota planicie
un arribo como de huestes se oyó
y era realmente la lluvia –
llenó los pozos, y alegró los
estanques
burbujeó sobre el camino –
retiró las reservas de la montaña
y dejó los torrentes –
y asoló hectáreas, levantó mares
los sitios centrales se estremecieron
luego como Elías se alejó
en una nube de ruedas.
(año 1872)
Son poemas hermosos que expresan contemplación,
meditación y desasosiego, con un misterio que los vuelve aparentemente inabordables,
a pesar de los muchos intentos que uno realiza. Esa es su riqueza. Como ella
misma escribió en otro poema que no por breve dice poco, pero es más lo que
calla:
1768
Joven
de Atenas, sé fiel,
a ti
mismo,
y
misterio –
todo
el resto es perjurio –
(año 1883)
De esta poeta norteamericana no es mucho lo
que se sabe. Por ejemplo, sabemos que vivió gran parte de su vida encerrada en
su casa vestida de blanco (como ella decía: “Mi blanca elección”), tuvo muy
pocos amigos y nunca se casó. Escribió muchas cartas y unos dos mil poemas que
recién fueron editados cuatro años después de su muerte, gracias a su hermana;
es decir, en 1890. Ella murió a la edad de 56 años. De entre ese mar de poemas
que la solitaria Emily Dickinson escribió, siempre releo el siguiente, un poema
(a pesar de ser una traducción) muy sutil que demuestra una rara capacidad de
observación.
Poema
739
Muchas
veces pensé que la paz había llegado
cuando
la paz estaba muy lejos –
como
los náufragos – creen que ven la tierra –
en
el centro del mar –
y
luchan más débilmente – sólo para probar
tan
desahuciadamente como yo –
cuántas
ficticias costas –
antes
del puerto hay –
(año 1863)
Hay Emily Dickinson para rato; es decir, seguiré leyendo sus poemas, estos tienen, como escribí líneas arriba, una oscuridad y una profundidad que son un
reto agradable que lleva a acecharlos con la esperanza de encontrar resquicios,
pequeños espacios para “entender” algo más de esta poesía extraña, misteriosa que
a pesar de su oscuridad nos llena siempre de luz.
Y así con cada poeta cuya obra se me hace
imprescindible, mencioné antes a algunos, todos ellos de otros países, la
mayoría de otras lenguas (salvo el nicaragüense Carlos Martínez Rivas). ¿Y del Perú? Una
pregunta algo difícil de responder. La tradición poética peruana es una de las
más importantes de Latinoamérica y una de las más diversas. Escoger entre tantos poetas peruanos hace difícil y ardua la tarea, pero ahí están las preferencias, sin que esto signifique negarle calidad a los no mencionados.
Entre mis poetas peruanos preferidos se encuentran César Vallejo, Carlos Oquendo de Amat, José María Eguren, Rodolfo Hinostroza, Xavier Abril, Alberto Hidalgo, Martín Adán, César Moro, Antonio Cisneros, Enrique Verástegui, Vicente Azar, Blanca Varela, Omar Aramayo, Juan Ramírez Ruiz, Luis Hernández, José Watanabe, Juan Ojeda, en fin. No pueden estar todos, mencionaré los más afines, aquellos cuyas obras me han marcado y los tengo siempre presentes, al alcance de mis manos.
Los
siguientes títulos que mencionaré, entonces, no han sido escogidos al azar, son
trece libros que siempre me han acompañado y que de alguna manera han
influenciado en la manera en cómo escribo, son libros a los que guardo un cariño especial, territorios muchas veces transitados pero a los que siempre vuelvo y en los que siempre encuentro (y me encuentro) algo nuevo que no percibí en las anteriores lecturas. Empezamos:
1. La canción de las figuras de 1916 (José
María Eguren).
2. Poemas Humanos de 1939 (César Vallejo).
3. 5 metros de poemas de 1927 (Carlos
Oquendo de Amat).
4. Cinema de los sentidos puros de 1931
(Enrique Peña Barrenechea).
5. Abolición de la muerte de 1933 (Emilio
Adolfo Westphalen).
6. La tortuga ecuestre de 1958 (César
Moro).
7. Escrito a ciegas de 1961 (Martín Adán).
8. Reinos de 1944 (Jorge
Eduardo Eielson).
9. Oh
hada cibernética de 1962 (Carlos Germán Belli).
10. Hotel Cuzco y otras provincias del Perú
de 1971 (Pablo Guevara).
11. Las constelaciones de 1965 (Luis
Hernández).
12. Contra Natura de 1971 (Rodolfo Hinostroza).
13. Un par de vueltas por la realidad de 1971 (Juan Ramírez Ruiz).
Lo decía, no son todos, muchos han quedado en el camino (pienso en Descubrimiento del alba de Xavier Abril, en Monte de goce de Enrique Verástegui o en Canto ceremonial contra un oso hormiguero de Antonio Cisneros ), pero los que están
son. Bueno, hasta aquí llego, dejo el teclado y vuelvo a los libros, a la poesía que me espera y que siempre ilumina. Hasta la próxima.
Continuará…
Morada de Barranco, 30 de abril de 2017.
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