sábado, 11 de agosto de 2012

VACACIONES DE MEDIO AÑO


   

                                                    Me gusta la vida enormemente…
                                                                  César Vallejo



   Terminan mis vacaciones de medio año. Dos semanas que me han permitido hacer algunas cosas pendientes que se iban postergando por los trabajos que muchas veces te dejaban agotado, sin tiempo. Sin embargo, entre las múltiples labores, surgían mágicamente pequeños espacios libres que eran motivo suficiente para saldar ciertas cuentas, por ejemplo, embarcarme en agradables sesiones donde visionaba películas mudas. Encantado disfrutaba de las bondades del cine silente al que algunos, equivocadamente, llaman cine primitivo o “antiguallas”, al referirse despectivamente a estos films: empero, qué actuales y modernas son Sunrise (1927), una sencilla historia dramática que es una ofrenda insuperable al amor; El maquinista de La General (1927), donde se teje la valentía del hombre que nunca sonríe en actos atrevidos e ingenuos (puros, diría mejor) para rescatar su tren y con él a su amada en plena Guerra de Secesión o El hombre de la cámara (1929), película donde se desarrolla casi todas las posibilidades expresivas de este, para entonces, nuevo arte a manera de canto optimista a los nuevos tiempos.



   
   Ya en pleno disfrute de mis catorce días de descanso, no solo visionaba películas (siempre lo hago), sino que saldaba algunas deudas pendientes con ciertos libros que con mucha paciencia me esperaban: Las palmeras salvajes de William Faulkner (por cierto en traducción de Borges) novela que tanto marcara a José María Arguedas, la deliciosa y nunca bien ponderada Memorias de Mamá Blanca de Teresa de la Parra y un libro breve y contundente al cual siempre que puedo regreso: Los Ingar de Carlos Eduardo Zavaleta. Y música, mucha música (el gran Johannes Brahms y sus conciertos para piano, Schubert y la brevedad eterna de sus Impromptus, el vulnerable Schumann conmoviéndome con su Langsam, luego rock, boleros, baladas, en fin): alguien por allí dijo alguna vez que vivir de espaldas a la música era un error, suscribo esas palabras, las hago mías: no se debe vivir sin música, no se puede, es imposible.




   Tres pasiones de mi vida, entonces, cine, lectura y música copan triunfalmente muchas horas de estas mis ansiadas vacaciones. Pero no es todo. Necesito alejarme de la urbe, entrar en contacto directo con la naturaleza para desenterrar lo que tengo de árbol, de río, de montaña, de cielo despejado. Mi arcadia me espera y yo voy en busca de ella.




   No parto solo a Canta, como en otras oportunidades viajan conmigo Rita y Kathia y como hasta entonces nunca había sucedido, nos acompañan la mamá de Rita, doña Laura y mi cuñada Cathy. Preparadas ya las cosas partimos dispuestos a la aventura en un viaje de tres días. Llegar al kilómetro 22 no fue difícil. Una vez allí, en medio de una garúa pertinaz y de un cielo gris, nos embarcamos en una Van. Conforme avanzamos notamos los cambios en el paisaje, atrás van quedando lo opaco y lo gris de la costa limeña. Llevamos ya casi dos horas de viaje, la carretera la están ampliando (beneficios de los nuevos tiempos). A ocho kilómetros de Canta el carro se detiene, una hilera de autos tiene que esperar la orden del pase. Son las 10 de la mañana, en media hora se podrá continuar con el viaje hasta llegar al destino. Mientras tanto, embelesado con el paisaje capturo imágenes con la cámara (la Kodak, como decían los vanguardistas).




   El paisaje es impresionante: enormes montañas parecen cerrarse sobre nosotros, muchos árboles semejan trepar por ellas como si fueran incansables viajeros, la carretera es apenas un hilo que entre los cerros atrevidamente se despliega. El cielo límpido y de un azul nunca visto en la costa con alguna que otra nube extremadamente blanca roba nuestras miradas en tanto un Sol esplendoroso descarga sobre nosotros una luz que hiere los ojos. Muy cerca, a un lado de la carretera, el río transita y nos ofrece la grata música de sus aguas entre las piedras (se me hace inevitable recordar aquellos versos del maese Garcilaso cuando decía: Por donde un agua clara con sonido / atravesaba el verde y fresco prado…). Todo esto no puede ser sino el Edén, pienso, mientras cámara en mano perennizo en instantáneas (como se decía antes) algunos ángulos del paisaje.








   


   

   Se reanuda el viaje. Esta vez ya no habrá la típica subida que nos permitía ver los rostros de los apus protectores de Canta. Debido a los trabajos en la carretera llegamos al pueblo por Obrajillo. La gama de verdes de esta naturaleza majestuosa me hace pensar que me faltan ojos para abarcar toda esta maravilla y no exagero. Poco a poco nos aproximamos al kilómetro 101, a 2837 msnm, hasta que llegamos, eufóricos de sol y de verde, mucho verde. Inmediatamente nos dirigimos al hotel, el querido hotel Santa Catalina, bella casona de dos pisos, un  patio interior que permite tomar sol o respirar los buenos aires de este pueblecito serrano, y un restorán elegante y limpio que nos asegura buena comida y a precios más que aceptables.





   

   


   
   Es la octava vez que llego por estos lares. Siempre a mitad de año. Siento que este pueblo ya es parte de mi vida o yo soy ya parte de él: ocurre que ni bien llego y pongo el primer pie, una inexplicable energía me invade y me hace sentir no un extraño viajero que llega con ojos de turista sino alguien que se reencuentra con su esencia luego de muchos meses de dura brega en la urbe. Amo la ciudad, he crecido y me he formado en ella, pero no puedo vivir sin sentir que soy parte del tercer planeta a través de los árboles, los pájaros, los ríos, el cielo limpio de este pueblito encantador a quien yo denomino mi arcadia.




   Debo confesar que hay cosas que siempre hago cuando estoy en Canta, son actividades como pequeños ritos que no tienen nada de excepcional, por ejemplo, salir a caminar muy temprano por las silenciosas y aún frías calles de Canta, observar la hermosa estructura de la torrecilla de la  Capilla de Calapachito, visitar el puquio de Huaytara.




   Ni bien amanece (mientras Rita y Kathia aún duermen), salgo a las calles todavía silenciosas de Canta, cámara en mano. Me cruzo con uno que otro poblador y debo decir que disfruto mucho cuando nos saludamos. En este deambular matutino constato la belleza de las casas canteñas hechas con adobes de un barro oscuro, la sencilla elegancia de sus portadas, ventanas y balcones, percibo también el abandono de muchas de ellas y como lunares una que otra casa con diseño dizque moderno (en realidad huachafo y de mal gusto)  que rompe el perfil arquitectónico de algunas calles. Si algo debo criticar de este bello pueblo es el techado de sus casas, todas ellas con calamina, no he visto ninguna con las tradicionales tejas andinas. Supongo que por cuestiones económicas y prácticas han sido reemplazadas por estas planchas grises e impersonales. Si los habitantes se empeñaran en regresar al uso de las artesanales tejas creo que tornarían al pueblo más encantador de lo que ya es, le devolverían parte de ese espíritu perdido.






   





   
  








    En estas caminatas que se han tornado ya en una costumbre de mi estadía, llego a la Capilla de Calapachito, ya casi cuando el pueblo está terminando y a poca distancia de la plaza principal. Siempre me llamó la atención el bello diseño de esta torrecilla o cupulín, los colores que emplean para pintarlo: todos los años la capilla ofrece a la vista una nueva fiesta de colores, salvo estos dos últimos años. Ya cerca de las siete de la mañana, antes de regresar al hotel, paso por la panadería (la misma de siempre) y compro el pan (su variedad  me asombra) y el queso necesarios para el desayuno, así premunido de comida regreso al hotel.







   


   Huaytara es un ojo de agua que se encuentra en una pequeña quebrada, es un lugar donde se han tejido muchas leyendas, algunas de ellas atemorizantes. Este bello rincón se encuentra a cuatro canciones de Canta. ¿Cuatro canciones? Efectivamente. Lo he comprobado ahora. Salí muy temprano del hotel, seis de la mañana, exacto. Cuando salía del pueblo, prendí el MP3 y me puse a escuchar, en tanto caminaba en bajada, esa colección de hermosas canciones que conforman el triple álbum de George Harrison, me refiero a ese must have llamado All Things Must Pass. Justo al terminar la cuarta canción estaba frente al puquio: un viento helado parecía hincar mi rostro y el silencio era roto por el sonido relajante del agua del manantial. No hice lo que alguna vez, ponerme a escuchar un álbum completo como el Pet Sounds de Beach Boys en comunión con la naturaleza. Esta vez dejé que la música de las aguas de Huaytara fuera mi única compañía. Varios minutos permanecí en el lugar y antes de retirarme mojé mis manos en sus aguas, increíble, las aguas estaban tibias. Recordé lo que el año anterior un lugareño me dijera: “Hay horas del día donde el agua es tan tibia que uno puede bañarse tranquilamente”. Tenía razón. Y partí hacia el hotel donde Rita y Kathia me estarían esperando.









  
   


   





   Este año decidimos hacer un recorrido por la Cordillera de la Viuda, que está a tres horas en carro desde Canta, el lugar pertenece no a Lima sino a Junín, se encuentra a más de 4 500 msnm. Es un lugar salpicado de bellas lagunas (Torococha, Chuchún, Siete Colores) y un frío que parece cortar tus carnes permanentemente, recuerdo que el poeta Chocano escribió de manera certera refiriéndose a estas zonas altas: Silencio y soledad... Nada se mueve... / Apenas, a lo lejos, en hilera, / las vicuñas con rápida carrera / pasan, a modo de una sombra leve. Lamentablemente no hay vicuñas en la Cordillera de la Viuda, pero si abunda la piedra y solo crece el ichu, paja utilizada por el ganado como alimento y para techar las poquísimas chozas de los pastores. Algo sí preocupante, en este lugar fuimos testigos como las nieves van retrocediendo producto del calentamiento global, sin embargo la belleza del paisaje, a pesar de este problema, impresiona.  Es por casi todos sabido que el principal enemigo del visitante poco acostumbrado a estas alturas es el soroche, pero ver el maravilloso espectáculo de la puna es impagable y digamos que justifica los riesgos.






  


   




    
   Así transcurrieron los tres días, disfrutando del Sol, de los paisajes subyugantes, del cielo más azul que ninguno, tan opuesto al cielo color panza de burro de Lima, el cielo sin cielo de mi ciudad, como lo llamó alguna vez el poeta Sebastián Salazar Bondy. El clima seco, las noches rotundas donde no se adivinan siquiera las siluetas de las montañas que rodean a Canta, ese cielo estrellado y con Luna que nos hizo compañía en las dos noches que permanecimos allí, todas estas experiencias tornaron inolvidable la visita y una nostalgia anticipada se depositó en nosotros cuando la hora de la partida se acercaba.






   


   



   


   
   En fin, para terminar esta entrada quiero citar lo que en una oportunidad anterior escribí: el contacto con la naturaleza siempre es necesario, es como volver a las fuentes, un retorno a las viejas raíces que nos llaman (aunque a veces somos sordos a esas voces). Lo que nuestros ojos descubran o redescubran en este territorio ya no es solo asunto de experiencia material, la cosa va más allá, es un asunto (así lo creo yo) de lecturas, de descifrar lo que tras ese majestuoso paisaje se esconde. De ahí que no entienda a aquellos que me dicen cosas como: “¿Otra vez al mismo lugar?”.






   Continuará…


                                                   Morada de Barranco, 11 de agosto de 2012.

martes, 24 de julio de 2012

YO CONOCÍ AL POETA VICENTE AZAR


  


                                                      Habitante del sueño…
                                                               Vicente Azar



   Cuatro de la mañana. No he podido dormir, dormir bien. Es invierno, pero un ligero e inusual calorcillo me sofoca, es el causante de mi mal sueño. Presto me levanto. Un silencio absoluto domina todo. Rita y Kathia duermen plácidamente: en medio de la oscuridad adivino sus cuerpos relajados, abandonados al sueño. “Descansen”, les digo, en realidad me digo. Luego voy a la mesa, tras de mí la biblioteca, el cuerpo creciente de mi biblioteca que parece protegerme (¿de qué?, ¿de quién o quiénes?).



   
   Sobre la mesa, varios libros me esperan, revistas en desorden y uno que otro diario con algún artículo que espero releer. Sin embargo, todo ello queda postergado pues me acuerdo de un libro que preparo: entonces reviso el fólder que guarda los poemas que vengo trabajando hace años (¿cinco, seis, siete años? Ya perdí la cuenta). Donde mi calle acaba, que así se llama el libro, domina mi atención. Acaricio el folder, las hojas. Poso mis ojos en algunos poemas, los releo: algunos me complacen, otros me crean desasosiego, inseguridad. ¿Cuándo los publicaré? Ganas no me faltan. Espero que sea este año.




   Uno de los poemas que más releo y me gusta es el siguiente:


AVE DE LEDA

                                                              Sólo de ella vendrá el cumplimiento de nuestros sueños.
                                                                                                                     Wallace Stevens

  En la esfera nocturna de este señorío
él asegura su altar olímpico pico a pico
y en los confines donde las alondras ocultas vibran 
si posible fuera un mástil para sus ojos
o un faro para abrir sus oídos
al manantial azotado que deambula
entre ruiseñor y ruiseñor
y si bien las estrellas se desmayan frías
para ya no volver
al campo de las auroras
     un zarpazo en el aire ya no ocurra
sino la sola y pura herida
en el ojo ciclópeo y hambriento de la rosa
espejo dorado y eterno de lo fugaz
que perfuma las temblorosas manos
con muletas o retazos
 de un océano de marfil
donde una pluma derrama (¡esperanzada!)
 sus tinieblas no siempre en vano
épica nupcial -dicen-        
entre esa terca pluma y el pico del pájaro
que no dice nada
y nada



                                                                       Para Vicente Azar, mi amigo






   No voy a cometer la ingenuidad de explicarlo, un poema no necesita de ello. Lo que sí quiero es contar qué motivó su creación. Era fines de mayo de 1993. Con Willy Gómez Migliaro y con Pablo Landeo estábamos en los preparativos del primer número de la revista Tocapus. Hacía poco había conocido al poeta Vicente Azar (recuerdo un comentario suyo esa noche: “El surrealismo es lo mejor que le pudo pasar a la poesía”). Me atreví a llamarlo por teléfono e invitarlo a publicar (cosa que no hacía muchísimo tiempo) en la revista. Me citó para unos días después en su casa de Miraflores, un 5 de abril, en la tarde. Acudí a su casa de dos pisos, muy cerca a la huaca Pucllana. Me recibió amablemente. Era ya un hombre anciano, jovial a quien le gustaba hablar, contar cosas. Yo complacido le escuchaba. Mi visita se prolongó a unas tres horas. Me obsequió un ejemplar de una breve antología que habían publicado a comienzo de la década del 80, incluso aclaró, de puño y letra, unos versos ilegibles que salieron empastelados. Fue una conversación larga y agradable. Desde entonces lo frecuenté.







   No se me han olvidado las muchas cosas que me contó en esa primera ocasión y en las posteriores. Una tarde, ya casi noche, comentó que antes de publicar Arte de olvidar (1942), su único libro de poemas, se le extraviaron los originales de un libro en Europa y que rehacerlo fue ardua labor cuyo fruto fue su Arte de olvidar tal y como lo conocemos. En otra oportunidad, a eso de las seis de la tarde, sirvió wiskhy e inmediatamente prendió la televisión y al ver a una bella narradora de noticias, el poeta para mi sorpresa dijo: “Mujeres así de bellas deberían ser para los poetas…, pero lamentablemente ellas al final prefieren casarse con hombres de plata”, me miró, sonrió, levantó el vaso y dijo a manera de brindis: “Por la poesía, por los poetas, siempre”. Era así, así lo recuerdo: alegre, conversador.




   Vicente Azar poseía una buena memoria, aún recuerdo cuando de manera sorpresiva se lanzaba a repetir los versos de varios poemas, pero el que más recuerdo es el soneto XVI de Garcilaso que lo dijo limpiamente:


No las francesas armas odïosas,
en contra puestas del airado pecho,
ni en los guardados muros con pertecho
los tiros y saetas ponzoñosas;

no las escaramuzas peligrosas,
ni aquel fiero rüido contrahecho
de aquel que para Júpiter fue hecho,
por manos de Vulcano artificiosas,

pudieron, aunque más yo me ofrecía
a los peligros de la dura guerra,
quitar una hora sola de mi hado.

Mas infición del aire en sólo un día
me quitó el mundo, y me ha en ti sepultado,
Parténope, tan lejos de mi tierra
.


   Dos cosas logré en las visitas que le hice: Complacido me aceptó que publicáramos su libro Arte de olvidar que hasta el día de hoy no se ha reeditado y que participaría en la presentación de los dos primeros números de Tocapus. Por cosas del destino ni uno ni otro ocurrió. Quiero comentar lo segundo. En el verano del año 94, en coordinación con Felipe Rivas Mendo, gran maestro títiritero y, entonces, regidor de Cultura de la Municipalidad de Barranco, programamos la presentación de la revista en el desaparecido teatro Manuel Beltroy de La Lagunita. Asistirían Rossella Di Paolo, Dalmacia Ruiz Rosas, Tulio Mora, Victor Coral y Vicente Azar. Como anécdota, recuerdo que con Willy y Pablo nos bajamos una cortina gigantesca que por allí andaba y la pusimos como mantel en la mesa (Dalmacia comentaría después al enterarse que era una cortina: “Con razón me parecía un mantel medio raro y demasiado grande”). El local estaba abandonado, pero era acogedor. Recuerdo entre el público a Carmen Ollé, José Pancorvo, Manuel Rilo, Roger Santiváñez y varios más que he olvidado. Pero Vicente Azar nunca llegó. Cuando unos días después le pregunté por su ausencia, me respondió que sí había ido en su carrito, que estuvo dando vueltas y vueltas con él y luego caminando en el afán de ubicar el local en medio de la noche. Esa imagen del poeta perdido en medio de la noche, buscando algo que nunca encontró siempre lo tuve en la mente, durante años. Ya cuando falleció Vicente Azar, dos o tres años después, como si fuera una luz me vino un poema que supongo alguna relación ha de tener con lo que he contado, ese poema es Ave de Leda.




   Los recuerdos se agolpan y vienen límpidos: alguna vez me comentó que había conocido muy joven al poeta Carlos Oquendo de Amat y que el poeta puneño tuvo la delicadeza de obsequiar un ejemplar de 5 metros de poemas a su madre, pues ella le había hospedado por temporadas en su casa de Barranco. En otra oportunidad, emocionado me mostró una carta del generoso ensayista mexicano Alfonso Reyes, quien le agradecía por haberle enviado su libro Arte de olvidar. No he olvidado los comentarios elogiosos que hacía al escritor alemán Heinrich Böll y sobre todo a su novela Opiniones de un payaso. Muchas anécdotas vienen a mis recuerdos y en ellas desfilan personalidades de la literatura peruana: José María Arguedas, Emilio Adolfo Westphalen, César Moro, Martín Adán, José María Eguren, Arturo Jiménez Borja, casi nada.




   Una tarde fue a buscarme a la casa de mis padres. No me encontró. Mi madre le había atendido y cuando llegué a casa, ella me dice: “Ha venido a buscarte un viejito llamado José Alvarado Sánchez” (ese era su verdadero nombre), inmediatamente lo llamé por teléfono y me dijo: “Fui a buscarlo (nunca me tuteó) porque quería invitarlo al club Regatas para tomar unas copas y conversar”, así era él de espontáneo. Todo un honor para mí el que el poeta Vicente Azar fuera a mi casa a buscarme, lástima que no me encontrara.




   La última vez que lo vi, estaba ya postrado en cama, en medio de su gigantesca biblioteca, esa vez fui a visitarlo para entregarle mi primer libro que estaba dedicado a él, me agradeció muy emocionado. En esa visita descubrí enmarcado un poema suyo que salió publicado en Tocapus. Recuerdo que en 1993, me pidió si tenía la prueba de imprenta del poema porque quería hacer algo especial con él. Como tenía un ejemplar de la revista malogrado, saqué la hoja y se la entregué. Años después, noviembre de 2002 descubriría, como dije, el poema en la pared de su biblioteca y me emocioné mucho. Estaba ya mal pero seguía hablando, soñando, recuerdo que me dijo: “Extraño caminar, pero pronto me pondré bien y saldré en mi carro para buscarlo e ir a pasear”. Su entusiasmo me conmovió. Lamentablemente nunca se recuperó. En diciembre de 2004 falleció, la noticia me la dio Willy Gómez Migliaro. Lloré su muerte y aún lo extraño.




   Quiero terminar mi humilde homenaje a este gran poeta peruano a quien yo conocí y consideré mi amigo, con unas palabras que hace un tiempo las escribí: Vicente Azar ha sido uno de los más hermosos crepúsculos que he visto en mi vida.





   Continuará…



                                                   Morada de Barranco, 24 de julio de 2012.