jueves, 30 de mayo de 2024

UNA PASIÓN: EL FÚTBOL

 



                                                           Y es la tarde que va abriendo su sombrilla de colores
                                                           sobre el campo donde están los jugadores…

                                                                                               Juan Parra del Riego




   “¿Qué haremos cuando no haya mundial de fútbol?”, leí hace un tiempo atrás en una publicación en una de las redes sociales. En realidad es una exageración con humor, uno se va adaptando a los ritmos que la vida nos impone (con mundial o sin él); sin embargo, de alguna manera esas palabras reflejan el estado en que se encuentra un buen número de personas en el mundo cuando un mundial se acerca o está por concluir; es decir, muchos programan sus vidas de acuerdo al grandioso espectáculo cada cuatro años.

   He sido testigo (y a veces partícipe) de cómo algunos acomodan sus quehaceres y toman como referencia para sus actividades a los horarios de los partidos; otros piden vacaciones para coincidir con el mundial (la idea es disfrutarlo a plenitud); algunos salen de sus labores y toman hasta taxi con el fin de llegar a tiempo para ver los encuentros, en fin, se ve de todo cuando de este deporte se trata: para muchos el fútbol es motivación de vida; para otros, la vida misma.

   Aún recuerdo la emoción con que esperaba los partidos de barrio: sean en pista o en un terral, en un patio o en una cancha, en la playa o donde fuere, no importaba, con tal de estar allí, de participar y ayudar al equipo cuyos integrantes estaban más hermanados que los hermanos mismos; estar allí, sí, en la búsqueda de lo único importante: el triunfo, bien sea atajando un gol cantado del equipo rival o bien haciendo el gol del triunfo; es decir, ser héroe.

   Cuando se es niño, no hay mayor héroe que un jugador de fútbol ni catedral más sagrada que un estadio. Los colores de la camiseta de un equipo te dicen cosas más sustanciosas que una biblioteca entera. Es el fútbol, es la pelota que te permite extrañas caligrafías en el rectángulo de una cancha: lo que en los estudios no se puede (a veces por desgano), el fútbol te lo permite y, entonces, digamos, justificas tu existencia.

   Héroe, escribí líneas arriba, sí, pero héroe de fútbol, esos que sobreviven y disfrutan del triunfo, de la alegría y la sonrisa de los demás: no Miguel Grau (con todo el respeto que su gesta se merece) sino César Cueto, príncipe del fútbol, hacedor y descifrador de misteriosos jeroglíficos en la cancha, arquitecto de inverosímiles jugadas y goles que el olvido no se ha de llevar…

   Como jamás se ha de llevar el olvido el recuerdo de aquellos años de infancia y adolescencia, cuando temprano iba a comprar periódicos y revistas y regresaba leyendo por tantas calles, sin caer, sin tropezar. Esas tempranas lecturas me proporcionaron información que alimentó mi amor por el fútbol (y después por otras cosas más, el cine, por ejemplo): el baile de José María Lavalle a Gestido y el arco casi invulnerable de Pardón en el Mundial del 30, los Olímpicos del 36 y la disque intervención de Hitler, el campeonato obtenido en el sudamericano de 1939 con gol de “Campolo” Alcalde, la maravillosa selección de Perú en el sudamericano de 1959, la clasificación al Mundial de México 70, la Copa América de 1975...  Hoy no podría realizar tamaña proeza: caminar cuadras de cuadras leyendo sin que me ocurra un accidente. Imposible. Hoy no saldría ileso.

   La lectura, en el sentido más amplio, me procuró (y me procura) tantas hermosas experiencias: he viajado sin moverme de Barranco, he sido Julián Sorel o Fabricio del Dongo, escapé por las cloacas de París con Jean Valjean, estremecido toqué las piedras sagradas del Cusco con el niño Ernesto, hui de la furia del enceguecido Polifemo con el astuto Odiseo, me reí con el Quijote de las simplezas de Sancho, me enamoré como un poseso de Naná y de Anna Sergueevna, la dama del perrito… y a través de la lectura cumplí un sueño, soñando: hacerle el gol del triunfo en el último minuto al equipo rival de toda la vida, claro está, jugando por mi equipo hasta la muerte y definiendo un título... ¡Ah!, el fútbol (y la lectura), cómplice de algunos de los mejores momentos de mi vida.


   Continuará…



                                           Morada de Barranco, 30 de mayo de 2024




martes, 30 de abril de 2024

UNAS PALABRAS POR CLARA BOW

 


                                                     Te has volado como un poco de cielo a otro cielo…

                                                                                        Enrique Peña Barrenechea



   You look like Clara Bow/ In this light, remarkable / All your life, did you know / You'd be picked like a rose?Así empieza Clara Bow, una de las canciones del último álbum de de Taylor Swift titulado The Tortured Poets Department; o sea, El departamento de poetas torturados. Traduciendo este inicio, la letra dice: Te pareces a Clara Bow, / bajo esta luz, destacable, / ¿sabías que toda tu vida / te recogerían como una rosa?”...



Foto: Paramount



   ¿Clara Bow? A muchos quizás no les diga nada el nombre. ¿Quién era Clara Bow? No sería exagerado decir que lo fue todo o casi todo en los lejanos y locos años 20 del siglo pasado. Fue una actriz de Hollywood, una estrella de un firmamento donde solo parecía brillar ella, Clara Bow, una de esas milagrosas apariciones con las que sorprendía el cine mudo al mundo entero. Una actriz con ángel, como pocas (entre ellas, Marilyn). Una actriz y una flapper. ¿Flapper? ¿Qué es eso, con qué se come?, se preguntará alguno en estos años 20 del siglo XXI.

   Trataremos de responder. Una flapper era una mujer segura de sí misma, independiente, coqueta, una mujer que con valentía y por convicción rechazaba las convenciones estrictas del pasado: adiós al corsé, esa prisión del cuerpo que tantas deformaciones causaba en los músculos y en la columna. Clara Bow llevaba con desenfado y alegría ropa suelta, mostraba sus bellos hombros, sus tersos brazos, sus piernas ligeras y torneadas, y para provocar, el cabello corto y sobre él, muchas veces, un sombrerito cloché, tan de moda por aquellos años. En el rostro, maquillaje, mucho maquillaje: los labios pintados con un rojo encendido en forma de corazón que escandalizaba, los ojos delineados con atrevimiento... Entre los dedos, casi como una prolongación de su mano, un cigarro humeante, desafiante y a veces una copa de champán como sinónimo de plena libertad. Agregando a todo ello el jazz: Clara Bow amaba el jazz y lo bailaba como nadie.

   Como lo escribiera alguna vez el gran novelista norteamericano Francis Scott Fitzgerald, el mismo que escribió esa joya titulada El gran Gatsby, para intentar definir a la luminosa Clara Bow: Es la quintaesencia de lo que el término flapper significa en definitiva: bonita, insolente, magníficamente segura de sí misma, con tanto mundo y tan ligera de ropa como es posible”.

  Era evidente: Clara Bow había nacido para el cine (¿o acaso el cine se había inventado para ella?, no sería nada atrevido decirlo, afirmarlo). Clara era una joven cuya imagen irradiaba una energía natural en cada uno de sus movimientos, en cada uno de sus gestos y mohines, en esos sus bellos ojos grandes y expresivos, pero tan cargados de una tristeza o dolor que parece nunca pudo superar (varias veces intentó el suicidio).

   Verla era comprobar el estado de gracia permanente en el que parecía vivir cada uno de sus personajes (su vida privada era atormentada), esa gracia del que carecían las otras estrellas del cine mudo. Clara Bow fue única, nunca más se repitió una presencia como la suya: su magnetismo era una marca con la que se nace, ese signo que la natura concede a pocos. Como se decía entonces, tenía “eso” (it, como se tituló su película más exitosa del año 1927) que atraía a varones y mujeres. 

   Su vida de niña y adolescente en los suburbios de Brooklin, en medio de una familia con serios problemas, lo que hoy llamamos disfuncional, le dejaron huellas para siempre. Cuando niña la llamaron tomboy, término usado para referirse a una chica que hace lo que los chicos. Tenía una explicación:  ninguna niña quería jugar con ella debido a su ropa sucia y rota, no le quedó otra que jugar con niños. Tuvo una madre que pasó por crisis mentales e intentó asesinarla, un padre alcohólico de quien se dice la violó cuando adolescente, dos hermanos mayores que murieron a poco de nacidos, en fin, una larga lista de desgracias que marcan la vida de cualquiera. Tuvo consecuencias: tiempo después se le diagnosticó esquizofrenia.

   Ya alejada del cine (1933), intentó una vida de familia (la que nunca tuvo): se casó, le llegaron dos hijos, pero esos fantasmas de su pasado nunca parece la abandonaron. Una vez declaro: Solo hay una cosa que puedes hacer cuando eres muy joven y no eres filósofo, si la vida te ha asustado con su crueldad y te ha hecho desconfiar de sus más brillantes promesas. Debes hacer de la vida una especie de cortina alegre que arrojar sobre el abismo al que has mirado y donde yacen recuerdos espantosos”. Ella había logrado el éxito con veintitantos años de edad, pero este éxito ansiado por tantos, al final, la destruyó

   Un ataque al corazón se la llevó con sesenta años, pero no la alejó de la inmortalidad, ahí está la canción de Taylor Swift: nos recuerda la luz fulgurante de Clara Bow, pero nos hace tomar conciencia de cómo su historia se ha venido repitiendo: ahí donde se supone hay luces y aplausos, también hay oscuridades y finales tristes.   



   Continuará...



                                            Morada de Barranco, 30 de abril de 2024




sábado, 30 de marzo de 2024

UNA DEUDA PENDIENTE

 


                                                                          El paisaje salía de tu voz...

                                                                            Carlos Oquendo de Amat



   Durante mucho tiempo los nombres y las obras de escritoras estaban casi ausentes en los manuales de literatura, apenas si se les mencionaba, primaba el casi absoluto silencio y ocultamiento. Salvo especialistas y algunos curiosos lectores, hasta el día de hoy casi se desconoce la importancia, por ejemplo, de una escritora griega, una de las mayores poetas de todos los tiempos, hablo de Safo de Lesbos (c. 620-570 a. C.), en cuya obra (de la que apenas han sobrevivido fragmentos), percibimos una intensidad pocas veces igualada, sino veamos este fragmento traducido en prosa:


Me parece que es semejante a los dioses aquel hombre que se sienta frente a ti, y escucha de cerca tu dulce hablar y tu amable reír.

Esto oprime mi corazón en el pecho: porque al mirarte de repente me falta la voz, la lengua se me traba, un fuego sutil recorre mi cuerpo, nada veo, me zumban los oídos, un sudor frío me cubre y tiemblo, me pongo más verde que la hierba y a poco de morir, me hallo sin aliento…


   Con palabras sencillas, Safo expresa la experiencia de esos amores que, a veces, crean desasosiego: sus palabras nos dejan en evidencia, nos desnudan y dicen lo que dentro de nosotros ocurre cuando los celos nos gobiernan.




    Han habido muchas poetas, escritoras (novelistas, cuentistas), pero sus nombres estaban ausentes o eran apenas mencionados. Aquí en América, en el largo periodo del virreinato, por ejemplo, hubo poetas geniales como Sor Juana Inés de la Cruz (nacida en el siglo XVII en lo que hoy es México). Leamos este poema que aborda el tema del trato desigual a la mujer por parte de los hombres y de la sociedad:


Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión, ninguna gana;
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por crüel
y otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?

Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejáos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.


   Más al sur, en esos años de dominación española, en estas tierras que hoy llamamos Perú, hubo dos poetas que decidieron, a través de seudónimos, mantenerse en el anonimato: Clarinda y Amarilis, esta última envió un poema (“Epístola de Amarilis a Belardo”) a Lope de Vega quien, muy halagado, respondió con otro poema a la admiradora peruviana. He aquí un fragmento del poema de esta misteriosa poeta:


El sustentarse amor sin esperanza,
es fineza tan rara, que quisiera
saber si en algún pecho se ha hallado,
que las más veces la desconfianza
amortigua la llama que pudiera
obligar con amar lo deseado;
mas nunca tuve por dichoso estado
amar bienes posibles,
sino aquellos que son más imposibles.
A estos ha de amar un alma osada;
pues para más alteza fue criada
que la que el mundo enseña;
y así quiero hacer una reseña
de amor dificultoso,
que sin pensar desvela mi reposo,
amando a quien no veo y me lastima:
ved qué extraños contrarios,
venidos de otro mundo y de otro clima.


Al fin de este, donde el Sur me esconde
oí, Belardo, tus conceptos bellos,
tu dulzura y estilo milagroso;
vi con cuánto favor te corresponde
el que vio de su Dafne los cabellos
trocados de su daño en lauro umbroso
y admirando tu ingenio portentoso,
no puedo reportarme
del descubrirme a ti, y a mí dañarme.
Mas ¿qué daño podría nadie hacerme
que tu valer no pueda defenderme?…


   Cuando uno revisa bibliografía antigua sobre literatura, resulta que entre los nombres claves del Romanticismo como Holderlin, Novalis, Byron, Shelley, Keats, Walter Scott, Victor Hugo… no se mencionan a Mary Shelley (la autora de la novela “Frankenstein”), tampoco a las hermanas Brontë (autoras de cimas novelísticas como “Jane Eyre” y “Cumbres borrascosas”), o si aparecen, sus nombres figuran como curiosidades de época.





   Otro nombre clave: el de la poeta Emily Dickinson. He iniciado hace unos meses el abordaje, lápiz en mano, de los tres tomos de las Poesías completas de la insondable Emily Dickinson, poeta norteamericana que optó por vivir aislada, que en los cortos 56 años de vida fue una casi completa desconocida y cuya poesía es una permanente indagación y revelación de los misterios de la vida. Harold Bloom dijo de ella que tenía “otra manera de ver, casi en la oscuridad”. Este es uno de sus poemas:


739

Muchas veces pensé que la paz había llegado
cuando la paz estaba muy lejos -
como los náufragos - creen que
avistan tierra -
en el centro del mar -

y luchan
sin fuerzas - solo para probar
tan des
esperadamente como yo -
cuántas orillas ficticias hay -
antes del puerto -


   Uno de los secretos mejor guardados de la literatura brasileña es la escritora Clarice Lispector: novelista, cuentista, periodista, traductora..., una de esas estrellas únicas que iluminan de manera diferente cualquier firmamento. De entre toda su producción, un par de cuentos: "Felicidad clandestina" y "Mejor que arder", inolvidables relatos de la inquietante Clarice Lispector quien solía escribir en los límites del abismo y del misterio, de las que se ubican valiente y temerariamente en los bordes, allí donde se alza vuelo o se cae.





   Cuando en la década de los 60 surgió el Boom y se ubicaron en la cresta de la ola los nombres de Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Julio Cortázar, curiosamente se soslayaron nombres de importantes escritoras como la chilena María Luisa Bombal y la mexicana Elena Garro, autoras de notables novelas que se anticiparon a lo real maravilloso. Basta recordar La amortajada y Recuerdos del porvenir, novelas de la Bombal y la Garro, respectivamente. Un poco más atrás, Ifigenia y Memorias de Mamá Blanca, dos impecables novelas de la venezolana Teresa de la Parra. ¿Olvido?, ¿desconocimiento?...





   Volvemos a la poesía norteamericana. Cada poema de Louise Glück es un deslumbramiento, uno se rinde ante su palabra de aparente sencillez. Nos sorprende cuando nos habla de su mundo cotidiano, interno, privado, ventilado en palabras que nos conducen hacia algo mayor que nos atañe a todos, será eso que en su poesía nos descubrimos y nos reconocemos. Alguna vez ella escribió: "Cuando lees algo que merece recordarse, liberas una voz humana: devuelves al mundo un espíritu compañero. Yo leo poemas para escuchar esa voz. Escribo para hablar a aquellos a quienes he escuchado”. Tuvo que ganar el Premio Nobel para que muchos se enteraran de su existencia, mejor dicho, de su obra.


CONFESIÓN


Mentiría si digo que no tengo miedo.

Le temo a la enfermedad, a la humillación.

Como todo el mundo tengo mis sueños.

Pero he aprendido a esconderlos,

a protegerme

del éxito: cualquier felicidad

atrae la ira de las Parcas.

Son hermanas y son salvajes.

No poseen ningún tipo de emoción,

solo envidia.


   En fin, podríamos seguir mencionando los nombres y obras de poetas, novelistas, cuentistas mujeres, pero de eso no se trata. ¿Qué motivó, entonces, estas líneas? Que al revisar mi lista de lecturas de los últimos meses, caí en la cuenta que venía leyendo obras de mujeres. He aquí algunos nombres, aparte de las obras de Mary Shelley y Emily Dickinson:





1. “En un balneario alemán” de Katherine Mansfield.

2. “El malentendido” de Irene Némirovsky.

3. “Felicidad clandestina” de Clarice Lispector.

4. “Reflejos en tus ojos dorados” de Carson McCullers.

5. “Matar un ruiseñor” de Harpeer Lee.

6. “La última niebla” y “amortajada” de María Luisa Bombal.

7. “Ifigenia” de Teresa de la Parra.

8. “Poesía completa” de Alejandra Pizarnik.

9. “La voluntad del molle” de Karina Pacheco Medrano.

10. "Al faro" y “Las olas” de Virginia Woolf.

11. “Reencuentro de personajes” de Elena Garro.

12. “La vida de mujeres” de Alice Munro.

13. “Ximena de dos caminos” de Laura Riesco.

14. “La campana de cristal” de Silvia Plath.





   Sirvan estas líneas para acercarnos a la obra de tantas mujeres que durante mucho tiempo se las mantuvo en la oscuridad y la ausencia. Es una deuda pendiente y es necesario saldar cuentas.





   Continuará…



                                   Morada de Barranco, 30 de marzo de 2024