domingo, 27 de noviembre de 2011

LA ETERNIDAD DE UN MOMENTO

  

                                                                                                                 Te dibujo el mar en cada uña.
                                                                                                                              Enrique Peña Barrenechea



   Repito la experiencia. Hablo de leer haikus y escuchar música. A diferencia de la entrada anterior, no es domingo por la mañana. Es sábado y el cielo se columbra, desde mi ventana del cuarto piso, como un lienzo donde los brochazos de rojos, celestes, amarillos y anaranjados se confunden. Sorprendente. Son casi las 6:30 p. m.  Estoy solo en el departamento. Rita y Kathia han salido. Leo.





   Entre los libros que voy hojeando encuentro una antología de literatura japonesa: El rumor del origen, selección preparada por el poeta peruano (y en algún momento de su vida un haijin, o sea autor de haikus) Javier Sologuren, fallecido hace algunos años. En el libro hallo no solo haikus, también teatro, narrativa, ensayo y un tipo de poesía más antigua, me refiero al tanka (conocido también como waka), poema de cinco versos, treinta y un sílabas (5 / 7 / 5 // 7 / 7) y sin rima, de donde proviene el haiku o haikai. He aquí algunas muestras de su brevedad e intensidad:


Al contemplar la luna,
mi corazón se va colmando
de tristeza;
aun cuando el otoño
no solo a mí me pertenece.



Desde aquella despedida
tan indiferente
como la luna del alba,
nada me es más doloroso
que el amanecer.



Como el río Minamo
que desciende de la cima
del monte Sukuba,
así, acrecentándose,
mi amor se ha hecho
agua profunda.



“Estoy esperando
que detrás de los montes salga la luna”,
dije a un caminante.
En realidad
esperaba a mi amor.




Las luciérnagas
resplandecen
con graciosa insistencia.
Parecen insectos gritando
silenciosamente.




Una vez,
vi en sueños
a mi amado.
Desde entonces,
he confiado siempre en los sueños.




Mañana
tal vez
me olvidarás.
Sería bueno, entonces, que muriera hoy,
mientras todavía me amas.




Sueño, sueño,
y mi amado
no aparece.
Me despierto, después de haber soñado,
y me siento aún más sola.




Vuestro corazón, quién sabe,
tal vez haya cambiado,
mas en esta vieja aldea,
las flores, ellas sí,
su aroma de antaño conservan.




Pronto dejaré de existir…
¡Oh, si pudiese
verte una vez más,
como recuerdo
del más allá de esta vida!


   La lectura de estos poemas orientales (me refiero a los tankas y los haikus) me depara un sinfín de sensaciones, descubrimientos o redescubrimientos, me remite a una experiencia de bucear en las profundidades donde a veces quedan ocultas ciertas cosas o, de pronto, percibir en el poema cuyo referente es una situación cotidiana y pasajera lo que llamo la eternidad de un momento: alcanzar el satori, o sea la iluminación repentina, el deslumbramiento intenso en su sencillez estructural (sobre todo si hablamos de los haikus). La lectura de tankas o haikus es una alegría, una celebración de la vida. Y hoy  como nunca deseo celebrarla.


Sin aceite mi lámpara,
me acosté, la luna
entra por la ventana.



A caballo en el campo,
y de pronto, detente,
¡el ruiseñor!



Caído en el viaje:
mis sueños en el llano
dan vueltas y vueltas.

                Matsuo Basho



Voy a salir;
disfruten del amor
moscas de la casa…



Subes al Fuji
lentamente, pero subes
caracolito.



Enredadera:
 floreciendo has techado
 mi choza vieja.

                   Kobayashi Issa



¡Que no tenga yo un pincel
que pinte las flores del ciruelo
y su fragancia!

                  Satomura Shoja



La hoja muerta
al posarse acaricia
la tumba de piedra…

                    Hattori Ransetsu



Vuelvo irritado
mas luego, en el jardín:
 el joven sauce.



Perseguidas,
 las luciérnagas se ocultan
en los rayos de la luna.

                Oshima Ryata



Niebla en la tarde:
acuden los recuerdos
de días distantes.

    Kito



Vieja es la mariposa,
mas su alma sobre los crisantemos
juguetea.

                 Enomoto Seifu



Lirios, pensad
que se halla de viaje
el que os mira.

         Soguii



Mientras lo corto
veo que el árbol tiene
serenidad.

             Issekiro



Noche: otra vez,
esperando que llegues,
vuelve a llover.

                      Masoaka Shiki
  

   Confieso que alguna vez intenté pergeñar haikus. Tarea nada fácil si pensamos en su economía de recursos. Obviamente mis intentos no produjeron nada excepcional. Pero alguna vez ocurrió un suceso que pudo transformase en uno de estos diminutos poemas. Digamos que todo hacía suponer un final feliz. Corría el año 2000 o 2001. Muy temprano había llegado al colegio Mary’s Children. Este colegio funcionaba en una vieja y hermosa casona barranquina rodeada de jardines, árboles frutales, era un vergel, casi-casi un paraíso… Me dirigía a Sala de Profesores, distraído miraba a los conejos saltar entre las plantas cuando en el trayecto, al pie de unos arbustos y árboles, en un pasadizo de cemento percibí algo que capturó mi atención: así como cuando la huella de una pisada queda en la arena húmeda, había en el concreto la huella perfecta de una pequeña hoja de un árbol. La hoja estaba allí y no estaba. Supongo que cuando el cemento estuvo fresco, de eso haría muchos años, una pequeña hoja cayó y perennizó el momento dejando su rastro en sus más mínimos detalles, nada le faltaba: el pecíolo, la lámina de su cuerpo, la nervadura principal y las nervaduras secundarias… Me pareció curioso el hecho de cómo una hojita liviana podía haber dejado su huella y como persistía en el frío y duro cemento hasta que lo descubrí. Pensé, esto es para un haiku. Intenté una y otra vez: nunca pude hacerlo. Pero quedó la anécdota.







   Animado por la lectura de estos breves poemas y como siempre he sido muy dado a crear atmósferas, decidí poner música. No de flauta japonesa como la vez anterior. El abanico de posibilidades es ahora amplio y menos seguro: piezas para piano de Robert Schumann, Frederic Chopin, Johannes Brahms; lieder de Franz Schubert (por ejemplo Winterreise); una selección de temas de Stacey Kent (tan apreciada por uno de mis directores de cine más queridos como lo es Clint Eastwood); All things must pass de George Harrison (un rotundo must have) u Odessa, ese brillante disco conceptual de un grupo muy criticado hoy en día, me refiero a The Bee Gees…








   De la puesta de sol, luego de una hora, no queda rastro alguno, ya la noche ejerce su dominio, y en tanto llegan Rita y Kathia a nuestra morada de Barranco, escucharé, entre otros temas, Landslide en la conmovedora voz de Stacey Kent.





Al que la corta
le otorga su perfume:
flor de ciruelo.



   Continuará…



                                  Morada de Barranco, 27 de noviembre de 2011.

domingo, 20 de noviembre de 2011

POR LAS SENDAS DEL JAPÓN



                                                                                         UN SUSPIRO DETRÁS DE LA MAÑANA
                                                                                                               Carlos Oquendo de Amat



   Cinco de la mañana. Domingo 20 de noviembre. Rita y Kathia duermen. Hay un silencio, diría casi absoluto, no solo en casa. Sentado a la mesa (la vieja y sólida mesa de madera oscura que antes fue de mis padres y que nos acompaña desde hace trece años) con algunos libros que hojeo lentamente. Libros de haikus. La ocasión es propicia para sumergirme en el misterio de la palabra de los japoneses.


Casa del poeta Eguren en Barranco.

   Desfilan ante mí: Basho, Buson, Issa, Shiki, Sora, Onitsura… Como si nunca hubiera experimentado la lectura de haikus me sorprendo de su brevedad, solo tres versos, diecisiete sílabas en total y tras su lectura… el deslumbramiento. Lo decía Octavio Paz: “El pequeño haiku es un mundo de resonancias, ecos y correspondencias”. En medio de este oportuno silencio percibo en estos diminutos poemas el afán de volver imperecedero lo fugaz, de tornar perdurable lo efímero, de capturar la eternidad de un momento. En suma, haiku igual poesía de contrastes. Veamos algunos, que en esta mañana particular, nuevamente me han vuelto a sorprender:


Grillo despierto:
sé el guardián de mi tumba
cuando haya muerto…


De no estar tú,
demasiado enorme
sería el bosque.


Para el mosquito
también la noche es larga,
larga y sola.

                    Kobayashi Issa


Ante los crisantemos
dudaron un instante
las tijeras…


Tarde de otoño
 sentado en la penumbra
pienso en mis padres.

                Yosa Buson


Ando y ando.
Si he de caer, que sea
entre los tréboles.

      Sora


Ah, si volteo
ese caminante ya
no es sino bruma.


En todo el monte
yerbas nuevas reflejan
el sol naciente.

                  Masoaka Shiki

Este camino
ya nadie lo recorre,
salvo el crepúsculo.


Nadie puede ser
bajo las flores del cerezo
completamente desconocido.


En ruiseñor
sueña que se convierte
el grácil sauce.

                           Matsuo Basho


   Palabra, pero también sonido, mejor dicho música: me he animado a escuchar música budista del Japón, el título del disco compacto es grandilocuente: The best of flauta japonesa. En realidad son dos discos que nunca dejaré de agradecer a mi querida amiga editora Carmen Noblecilla.





   Escucho conmovido la flauta y no puedo reprimir la idea de cuan semejante es su sonido e intensidad al de una quena de un haravicu andino. Y pienso en mi abuelo Julio de 94 años que está nuevamente en Lima: lúcido, hablador, sabio. Siempre me conmovió la pequeñez de su cuerpo y la eterna alegría de sus pasos. Incansable, incluso en su soledad. Sé que ya hace mucho no toca una guitarra, que ahora vive inmerso en otros sonidos, que la música que hoy escucha ya no es sensorial sino la de sus recuerdos: hace casi dos años que se fue mi abuela Belén y resuenan en mis oídos lo que me contaron que dijo en el velorio, allá en el mítico Cusco: “Como te has atrevido a dejarme”. Más de setenta años de convivencia  y siete hijos no son poca cosa para la vida de un hombre. En ese reproche había todo un universo acumulado en el corazón: pena, dolor, amistad, complicidad, amor… en definitiva, todo lo que cualquier mortal desearía vivir una vez que ha sido hallado por el amor (“Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien / cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío...”, no escribió acaso Luis Cernuda).




   Japón. Los extraños sinos de la vida: hace poco visioné algunas películas de directores japoneses: El intendente Sansho de Kenji Mizoguchi; El sabor del sake de Yasujiro Ozu; Vivir de Akira Kurosawa… y sin buscarlo ahora leo haikus y escucho melodías japonesas.









   Siempre me ha llamado la atención la manera sabia como este país ha sabido conjugar la modernidad con la tradición: es extraña, pero sabia: una cosmópolis como Tokio transitada por una viandante en kimono. Para un país tan racista y quebrado como el nuestro, quizá sería bueno imitar ese ejemplo de tolerancia, de aceptación del diferente: "La cultura es las culturas", escribió alguien. En fin, ya habrá oportunidad para tratar esos asuntos.








   Dejo de ver los libros y me abandono a la placidez desollante de la música. El sonido agudo de la flauta excava no sé qué profundidades insondables. Me es imposible explicar (como una suerte de Aleph se agolpan imágenes de mis abuelos, de mis padres, de mis hermanos, de mi hija, de la mujer que amo y lo es todo). No hay palabras, solo siento una emoción que se expresa en lágrimas… lo demás es silencio.




   Continuará…


                                    Morada de Barranco, 20 de noviembre de 2011.

viernes, 28 de octubre de 2011

YO NACÍ CON EL CINE





                                                                                                                Ya es tiempo del asombro…
                                                                                                                    Enrique Peña Barrenechea



    Es cierto, cuando niño asistía religiosamente al cine todos los domingos. Viejos tiempos en los que no había televisión en casa; es decir, nadie de mi familia experimentó ciertas fiebres producto de alguna telenovela exitosa, digamos, Simplemente María o Natacha, ambas hechas en el Perú y de difusión internacional (un tiempo después, ya con un televisor en blanco y negro, sabríamos eso de esperar ansiosos un nuevo capítulo de una telenovela, me refiero a Nino).
   Mi vida era, aparentemente, sencilla al amparo de mis esforzados padres, una pequeña (pequeñita, en realidad) casa que se hacía grande para albergar todo, incluso mi biblioteca personal que empezaba a crecer al ritmo de mi voracidad de lector, la compañía de mi hermana Gloria y la posterior llegada de Arturo y varios años después de Francisco.









   ¿Problemas? Muchos (que no vienen al caso comentarlos). Unos padres incansables que se mataban trabajando para que nada faltara en casa (y nunca faltó). Y para esos múltiples problemas de la vida cotidiana, para mitigar las fatigas del mucho trabajar el cine, ese espacio del asombro y el descubrimiento.


El cine y el café, dos pasiones.


   Aún recuerdo aquellos preparativos familiares para ir al cine, si era en Barranco, podían ser los hoy desaparecidos Raimondi o Balta (con su consabida caminata de varias cuadras hasta el también desaparecido óvalo) o bien en Surquillo en el cine Leoncio Prado y en uno cuyo nombre he olvidado y cuyo local se ha transformado en una gigantesca mecánica frente al edificio Marsano (cada que paso puedo ver su estructura interna e inmediatamente se me vienen los recuerdos de viejas películas mexicanas o de algún peplum inmortal).





   Tiempos aquellos en que la gente iba al cine a visionar películas y no (como ahora último está sucediendo) a abotagarse con pop corn e inmensos vasos de Coca Cola, como si el rito de ir al cine y emocionarse con la película no se pudiera experimentar si de por medio no están los “artículos” antes mencionados. O lo que es peor, tener que soportar en medio de la película el timbrado de celulares y a sus dueños respondiendo sin el mínimo respeto por los demás, aciaga plaga de estos tiempos “modernos”.





   Inolvidables son aquellas sesiones de cine en la que los cuatro (Arturo todavía no había nacido) emocionados llegábamos a la boletería. En el vestíbulo del cine, el anteparaíso lo llamaría, me perdía con el corazón literalmente golpeándome el pecho en los fotogramas y afiches de las películas programadas para la semana (a mi memoria vienen las fotos y el afiche de una película “prohibida” entonces para los niños, me refiero a El planeta de los simios, película que recién vería unos años después y un afiche donde se veía a una mano con casco de guerra, hablo de M.A.S.H.).





   La situación se complicaba si era Semana Santa, las colas eran inmensas, había que ir temprano, algunas veces nos quedamos con los crespos hechos pues las localidades se agotaban y… a llorar al río. El regreso a casa era desolador, frustrante: no habías podido ingresar al cine; o sea, sentías como si tu vida no valiera nada o muy poco, ¿exagero? No creo, quien haya pasado por esta situación me comprende.


Local del hoy desaparecido cine Raimondi.
  


   Pero cuando estabas dentro… era la gloria, el ingreso al Edén. Si por allí habías llegado un poco tarde, un guía extremadamente cortés te buscaba asiento con una linterna: ¡ah!, esa luz escarbando en la oscuridad para encontrar un sitio para tu cuerpo emocionado.





   La aventura de estar en un cine repleto hacía que sufrieras heroicamente a cualquier vecino de asiento. Recuerdo un Viernes Santo, el mundo entero estaba en el cine Raimondi, un poco más y los personajes de la película no aparecían en el ecran por falta de espacio. Se proyectaba, lo recuerdo, una película de Cristo (blondo, perfectamente barbado, diciendo frases para la historia), tuve la desgracia de tener por vecina de asiento a una abuelita que con sus nietos me atormentaban por los bulliciosos que eran. La abuela, que no se quedaba atrás, era el propio demonio, había que ver cómo agarraba a golpes a los granujas, cómo gritaba con una voz desagradablemente aguda para poner orden, cómo alzaba los brazos para imponerse a esa gavilla de angelitos desalmados de sus nietos. Pero cuando empezó la película… ¡oh, maravilla de maravillas!, un silencio sepulcral dio paso al film, hasta que llegó el momento del martirio de Cristo, ¡oh, Dios!, allí también empezó mi martirio. La susodicha abuela inmediatamente se volvió un mar de lágrimas con gemido incorporado y con sonido estereofónico. Me tuve que soplar hasta el final de la película el llanto cristiano de la señora, sus sonadas de nariz (con efecto sensoround), sus golpes de pecho (al puro estilo de King Kong), pero en fin, hoy solo es un recuerdo cada vez más lejano que me ha permitido estas líneas.





   Hubo en Lima desde el año 1953 un autocine que lamentablemente ofreció su última función en abril de 1975 con una película que fue un reestreno: La fiesta inolvidable, de Blake Edwards. Un par de años antes de su cierre, recuerdo que toda la familia fue en el carro de un tío, para mí era novedad un cine a cielo abierto. Dicho autocinema funcionaba en Limatambo, atrás del colegio San Agustín, cerca del parque San Martín de Porres, parque que no olvido porque siendo niño acompañé a mi padre para buscar, en ese lugar, caracoles que ayudarían a mi curación de la tos convulsiva que una prima me había contagiado. Fue otra experiencia impagable estar ante esa gigantesca pantalla, fue allí que visioné Un millón de años antes de Cristo y en el film descubriría el divino y esplendoroso cuerpo de Raquel Welch, mil novecientos setenta y tres años después de Cristo. Película extraña esta, o más que extraña, supremamente ingenua, el enfrentamiento de hombres prehistóricos a dinosaurios hoy la hace poco creíble, no la salva ni el cuerpo de la Welch que llevaba maquillaje y bikini de pieles muy al estilo sesentero. Recuerdo que alcancé a ir alguna vez más al autocinema, muy poco en realidad. El autocine hoy solo es recuerdo, memoria, en su lugar hay ahora un gigantesco edificio donde funciona un banco, cosas de la vida.


Autocine de Lima desde azotea del colegio San Agustín.

   Y fueron pasando los años y con ellos nos volvimos más exigentes, el espectador ingenuo se fue diluyendo y surgió uno nuevo, digamos más racional. Ya no el niño que iba al cine sin saber la cartelera y miraba cualquier película, porque lo importante era estar allí, experimentar la emoción de ver cómo se corrían las cortinas, cómo se apagaban las luces, cómo en medio de la oscuridad irrumpía un haz de luz que venía de atrás para dar inicio a la función, es decir al asombro, al descubrimiento.




   Quiero, para terminar esta entrada, ponerme un tanto pretencioso y agregar una lista ociosa (dirán algunos) de alguien que nació con el cine, de un viejo amante del cine:



 MIS CIEN PELÍCULAS PREFERIDAS


  1.  ÉlLuis Buñuel (1953)
  2.  Vértigo (De entre los muertos) Alfred Hitchcock (1958)
  3.  Pierrot el loco Jean-Luc Godard (1965)
  4.  Sed de mal Orson Welles (1958)
  5.  Río Bravo Howard Hawks (1959)
  6.  El decálogo – Krzysztof Kieslowski (1988)     
  7.  La mirada de Ulises – Theo Angelopoulos (1995)
  8.  Las alas del deseo – Win Wenders (1987)  
  9.  L’Atalante Jean Vigo (1934)  
  10.   Persona Ingmar Bergman (1966)  
  11.   Los 400 golpes François Truffaut (1959)
  12.   El rayo verde Eric Rohmer (1986)
  13.   M (El vampiro de Düsseldorf) Fritz Lang (1931)
  14.   La noche del cazador Charles Laughton (1955)    
  15.   El espíritu de la colmena – Víctor Erice (1973)   
  16.   Tiempos modernos – Charles Chaplin (1936)
  17.   Los olvidados – Luis Buñuel (1950)
  18.   Amanecer Friedrich Wilhelm Murnau (1927)  
  19.   El desprecio Jean-Luc Godard (1963) 
  20.   Ensayo de un crimen Luis Buñuel (1955)
  21.  Tuyo es mi corazón (Notorius) – Alfred Hitchcock (1946)
  22.   Rashomón – Akira Kurosawa (1951)
  23.   El hombre quieto John Ford (1952)
  24.   El ciudadano Kane Orson Welles (1941)
  25.   Al final de la escapada Jean-Luc Godard (1959)
  26.   La mamá y la puta Jean Eustache (1973)
  27.   Centauros del desierto  John Ford (1956)
  28.   Psicosis Alfred Hitchcock (1960)
  29.   El séptimo sello – Ingmar Bergman (1956)
  30.   La doble vida de Verónica Krzysztof Kieslowski (1991)
  31.   El matrimonio de María Braün Rainer María Fassbinder (1979)
  32.   La condesa descalza Joseph L. Mankiewickz (1954)          
  33.   Taxi driver – Martin Scorsese (1976)
  34.   Ser o no ser –  Ernst Lubitsch (1942)
  35.   La quimera de oro Charles Chaplin (1925)
  36.   Los pájaros Alfred Hitchcock (1963)
  37.   El maquinista de La General – Buster Keaton (1926)  
  38.   Bella de día Luis Buñuel (1966)   
  39.   Hable con ella Pedro Almodóvar (2002)
  40.   Sunset Boulevard Billy Wilder (1950)
  41.   La rodilla de Clara Eric Rohmer (1970)
  42.   Reservoir dogs Quentin Tarantino (1992)
  43.   ¡Qué bello es vivir! Frank Capra (1946)
  44.   Iván el Terrible(I y II) – Sergei Eisenstein (1944-1948)
  45.   El Mago de Oz Victor Fleming (1939)
  46.   Cría cuervos – Carlos Saura (1975)
  47.   El amor en fuga François Truffaut (1979)
  48.   Una Eva y dos Adanes Billy Wilder (1959)
  49.   La pasión de Juana de arco Carl Theodor Dreyer (1928)
  50.   El laberinto del faunoGuillermo del Toro (2006)  
  51.   La regla del juego Jean Renoir (1939)
  52.   Qué verde era mi valle John Ford (1941)  
  53.   Cantando en la lluvia – Stanley Donen (1952)
  54.   Cero en conducta – Jean Vigo (1933)
  55.   Nosferatu (Una sinfonía de terror) Friedrich Wilhelm Murnau (1922)
  56.   Gritos y susurros – Ingmar Bergman (1972)
  57.   La malvada (Todo sobre Eva) – Joseph L. Mankiewickz (1950)
  58.   Extraños en el tren Alfred Hitchcock (1951)
  59.   The killing Stanley Kubrick (1956)    
  60.   Algo para recordar Leo Mc’Carey (1957)  
  61.   La gran ilusión Jean Renoir (1937)
  62.   A la hora señalada Fred Zinnemann (1952)
  63.   El gabinete del doctor Caligari – Robert Wiene (1920)
  64.   Cabeza borradora David Linch (1977)    
  65.   El apartamento Billy Wilder (1960)  
  66.   Amores perros Alejandro González Iñárritu (2000)
  67.   Ladrón de bicicletas – Vittorio de Sica (1949)
  68.  Tres colores: Azul, Blanco, Rojo Krzysztof Kieslowski (1994-1995)      
  69.  Senderos de gloria – Stanley Kubrick (1957)  
  70.   Pickpocket – Robert Bresson (1959)  
  71.   Ordet (La palabra) Carl Theodor Dreyer (1955)  
  72.   El samurai Jean-Pierre Melville (1967)     
  73.   Aguirre, la ira de Dios – Werner Herzog (1972)
  74.   El tercer hombre – Carol Reed  (1949)
  75.   Vivir su vida Jean Luc Godard (1962)
  76.   Andréi Rublev Andréi Tarkovski (1966)
  77.   Viaje a Italia Roberto Rossellini (1953)
  78.   El gatopardo Luchino Visconti (1963)
  79.   El ángel exterminador – Luis Buñuel (1962)
  80.   Mi noche con Maud – Eric Rohmer (1969)  
  81.   Antes del atardecer – Richard Linklater (2004)
  82.   El sur Víctor Erice (1983)
  83.   El conformista Bernardo Bertolucci  (1969)
  84.   Con ánimo de amar Wong Kar-wai (2000)
  85.   Amarcord Federico Fellini (1973)
  86.   Los mejores años de nuestra vida – William Wyler (1946)
  87.   El hombre que mató a Liberty Valance John Ford (1962)
  88.   Muerte en Venecia Luchino Visconti (1971)
  89.   La pandilla salvaje Sam Peckinpah (1969)
  90.   Las viñas de la ira John Ford (1940)  
  91.   La ventana indiscreta Alfred Hitchcock (1954)   
  92.   Río Rojo Howard Hawks (1948)
  93.   Tristana Luis Buñuel (1970)
  94.   Metrópolis Fritz Lang (1926)
  95.   Fresas salvajes – Ingmar Bergman (1957)
  96.   Adiós muchachos – Louis Malle (1987)
  97.   Manhattan Woody Allen (1979)
  98.   La edad de oro Luis Buñuel (1930)
  99.   El padrino1 y 2 – Francis Ford Coppola (1972 – 1974)
  100.   La sombra de una duda Alfred Hitchcock (1943)


   Continuará…


                                                Morada de Barranco, 28 de octubre de 2011.