martes, 20 de mayo de 2025

LA INCREÍBLE HISTORIA DE FRANZ KAFKA Y UNA MUÑECA

 

 


                                                            El habitado mundo roído por el sueño…

                                                                                   Raúl Deustua

 

 

 

   El mes de mayo va transcurriendo. El frío poco a poco ingresa a nuestras vidas, el frío y la humedad. Estamos en otoño. Hay días que amanecen cubiertos de una fina niebla y presta a esta geografía una atmósfera de misterio que vuelve a Barranco en un espacio atractivo. Pero hay todavía días de sol, algo así como si el verano se resistiese a partir, son días de luz engañosa pues el frío va ejerciendo de a pocos su dominio y hay que protegerse de él, abrigarse.





   Esta última semana he tenido unos días de descanso por las vacaciones escolares. Estos días han sido providenciales después de largas jornadas de trabajo, días libres en los que, como de costumbre, Rita y yo hemos salido temprano para caminar por el malecón o, a veces con la compañía de nuestra hija, bajar a la playa y en el trayecto conversar, reír, tomar fotos.






   Ya en casa, me abandono al placer de la lectura. Quiero comentar que hace unos días terminé de leer una novela ambientada en la Primera Guerra Mundial: Sin novedad en el frente, obra del alemán Erich Maria Remarque publicada en 1929 con notable éxito de ventas. Una novela dura, realista sobre los horrores por las que pasa Paul Bäumer, un joven soldado alemán de diecisiete años en el frente de batalla. La novela es en realidad un texto antibelicista cuya circulación fue prohibida en la Alemania nazi por considerar que presentaba una imagen negativa de Alemania, incluso fue uno de los libros quemados en actos públicos en 1933, como parte del plan de la “Aktion wider den undeutschen Geist”; o sea, el plan de “Acción contra el espíritu antialemán”.  El autor que era visto como traidor tuvo que exiliarse ese mismo año. Mucho se puede comentar de esta novela, pero no es el momento ni el espacio.





   Paralela a esta lectura he ido leyendo lenta, pausadamente (como creo que debe ser cuando de poesía se trata) un libro publicado en 1931, hablo de Cinema de los sentidos puros, del poeta Enrique Peña Barrenechea. Junto a él, dos obras. Una a la que vuelvo cada que puedo: Otras tardes, libro que recoge cinco cuentos del peruano Luis Loayza; entre ellos, uno de los cuentos que más amo y para mí, uno de los mejores de la literatura peruana: Enredadera. El otro libro es la trilogía de Agota Kristof: Claus y Lucas, voy por la primera novela: El gran cuaderno.





   Pero sobre el libro del cual quiero comentar algo más es una novela de Jordi Sierra I Fabra: Kafka y la muñeca viajera. El libro llegó a mis manos casi por casualidad (pero esa es otra historia). La novela se basa en un hecho real ocurrido al escritor checo Franz Kafka, un año antes de que la tuberculosis se lo llevara, hablamos del año 1923. El encontrarme con este libro provocó que postergara momentáneamente la lectura de la obra de Agota Kristof.





   Sabía algunas cosas de este libro, pero no fue hasta que mi hija me preguntó si tenía el libro. No lo tenía y empecé a “perseguir” el libro hasta que hace pocos días lo hallé o él me halló. Casi inmediatamente lo empecé a leer. Hoy que lo terminé de leer debo comentar que es una historia muy tierna que pinta de cuerpo completo la humanidad de Franz Kafka, ese escritor de perturbadoras historias que se anticipan a los grandes horrores por los que pasaría la humanidad unos años después y que, lamentablemente, siguen ocurriendo.





   Según se sabe, Kafka se había mudado a Berlín con su nueva pareja, Dora Diamant. Ambos solían salir a caminar por un parque cercano, el parque Steglitz, fue allí donde un día vieron a una niña que lloraba desconsoladamente. El llanto de la niña llevó a Franz Kafka a preguntarle el porqué de sus lágrimas. La niña respondió que su muñeca se le había perdido. Ante este hecho, el escritor checo le dice para consolarla que su muñeca no se ha perdido, que está de viaje. Cuando la niña le pregunta que cómo sabe él, el escritor responde que él es cartero de muñecas y que tiene una carta de la muñeca para ella, pero que la tiene en su casa y que al día siguiente en ese mismo lugar se la entregará. Es el inicio de la historia que ha de durar unas semanas.





   Escribe Jordi Sierra I Fabra al final de su novela unos “Agradecimientos”. En el primer párrafo menciona al escritor argentino César Aira, quien publicó un artículo en 2024. “La muñeca viajera” fue el impulso para aventurarse a escribir la novela. Jordi Sierra dice: “Me lanzó a escribir esta historia”. He aquí el texto:

  

 

LA MUÑECA VIAJERA


   El año pasado, después de superar los detectores de metales en un aeropuerto, oí unos gritos desgarradores que hicieron volver la cabeza a todo el mundo. Era una niñita, de tres o cuatro años, llorando con desesperación. La madre la había alzado y trataba de calmarla, en vano. Los gritos subían de volumen, cargados de una angustia que la niña, evidentemente, se empeñaba en hacer pública. Abrazaba una muñeca, gesto del que deduje lo que debía de haber pasado: los policías de seguridad le habían revisado la muñeca. Lo confirmé cuando pasaron a mi lado y oí a la madre diciéndole: «Te juro que no le hicieron nada, te lo juro…». Alguien me dijo después, cuando le conté la historia, que muñecas y juguetes son especialmente temidos en esas circunstancias, porque los secuestradores de aviones los han usado más de una vez para introducir armas. Quién sabe qué había pasado por la cabeza de esa niña al ver su muñeca en manos de los policías; quizás la habían atravesado con agujas o la habían palpado de un modo amenazante; quizás vivió una especie de violación vicaria; después de todo, las niñas depositan muchos sentimientos en sus muñecas.

   Sea como sea, la muñeca había pasado el examen, aun a costa de las lágrimas de su dueña, y ya estaba «en tránsito». La situación me recordó una historia poco conocida en la vida de Kafka.

   En 1923, viviendo en Berlín, Kafka solía ir a un parque, el Steglitz, que todavía existe. Un día encontró a una niñita llorando, porque había perdido su muñeca. Kafka inventó al instante una historia: la muñeca no estaba perdida, sólo se había ido de viaje, para conocer mundo. Y le había escrito a su dueña una carta, que él tenía en su casa y le traería al día siguiente. Y así fue: esa noche se dedicó a escribir la carta, con toda seriedad. (Dora Diamant, que cuenta la historia, dice: «Entró en el mismo estado de tensión nerviosa que lo poseía cada vez que se sentaba a su escritorio, así fuera para escribir una carta o una postal»). Al día siguiente la niña lo esperaba en el parque, y la «correspondencia» prosiguió a razón de una carta por día, durante tres semanas. La muñeca nunca se olvidaba de enviarle su amor a la niña, a la que recordaba y extrañaba, pero sus aventuras en el extranjero la retenían lejos, y con la aceleración propia del mundo de la fantasía, estas aventuras derivaron en noviazgo, compromiso, y al fin matrimonio e hijos, con lo que el regreso se aplazaba indefinidamente. Para entonces la niña, lectora fascinada de esta novela epistolar, se había reconciliado con la pérdida, a la que terminó viendo como una ganancia.

   Privilegiada niñita berlinesa, única lectora del libro más hermoso de Kafka. Me han contado, y quiero creer que es cierto, que el gran estudioso de Kafka, Klaus Wagenbach, buscó durante años a esa niña, interrogó a vecinos del parque, revisó el catastro de la zona, puso avisos en los diarios, todo en vano. Y hasta el día de hoy visita periódicamente el parque Steglitz, examina a las señoras mayores que llevan a jugar a sus nietos… La niña ya debe de ir para los noventa años, y es difícil que la encuentre. Pero el esfuerzo vale la pena. Esas cartas de la muñeca lo tienen todo para hacer soñar no sólo a un editor como Klaus Wagenbach.

   El llanto de mi niña del aeropuerto enlazaba con el de la niña del parque Steglitz, a ochenta años de distancia. Uno tiende a sonreír frente al llanto de los niños, porque sus dramas nos parecen menores y fáciles de solucionar. Para ellos no lo son. Y hacer el esfuerzo de entrar en las relatividades de su mundo se equivale con el trabajo de entrar al mundo de un artista, donde todo es signo.

   El contrato de una niña con su muñeca es un contrato semiótico, una creación de sentido, sostenida en la tensión del verosímil y la fantasía. De ahí que la anécdota no sea casual: Kafka fue el más grande descubridor de signos en la vida moderna. Reiner Stach señala con mucha pertinencia, en su biografía de Kafka, que para el escritor no se trata sólo de saber observar, sino que es preciso descubrir los signos ocultos en lo que se observa. La elogiada precisión quirúrgica de la mirada de Kafka se hacía escritura en la transmutación de lo visible en signo.

La desaparición del libro de las cartas de la muñeca, por mucho que la lamentemos, deberíamos verla como un signo positivo. Es el elemento que, por su ausencia, da sentido al resto de la obra, que es una saga de desapariciones cuya presencia en forma de relatos, de escritura, tiene por función cerrar la herida de la pérdida.

   Por poco que lo pensemos, esta función fue la que dio origen a los cuentos que se le contaban a los niños, para enseñarles a temer el mundo, y al mismo tiempo para que aprendieran que el mundo había existido antes que ellos, y seguiría existiendo sin ellos. Fue esta función terapéutico-didáctica la que realizó la obra de Kafka, y por eso con él se cerró el ciclo histórico de la literatura infantil. Sus cuentos de hadas hicieron anacrónicos todos los demás, y el siglo XX, por causa de él, no tuvo sus Perrault ni sus Andersen (ni su Dickens). Pero lo tuvo a Kafka, y es suficiente.

 

César Aira. Publicado el 8 de mayo de 2004 en el suplemento Babelia, del diario El País.


 

 



   Un año después, en 2005, el escritor estadounidense Paul Auster escribe sobre este hecho en un libro suyo, este es el fragmento:

 

 

PAUL AUSTER Y LA MUÑECA DE KAFKA

 

   Todas las tardes, Kafka sale a dar un paseo por el parque. La mayoría de las veces, Dora, su pareja, lo acompaña. Un día, se encuentran con una niña pequeña que está llorando a lágrima viva. Kafka le pregunta qué le ocurre, y ella contesta que ha perdido su muñeca. Él se pone inmediatamente a inventar un cuento para explicarle lo que ha pasado. “Tu muñeca ha salido de viaje», le dice. “¿Y tú cómo lo sabes?”, le pregunta la niña. “Porque me ha escrito una carta”, responde Kafka. La niña parece recelosa. “¿Tienes ahí la carta?”, pregunta ella. “No, lo siento”, dice él, “me la he dejado en casa sin darme cuenta, pero mañana te la traigo.” Es tan persuasivo, que la niña ya no sabe qué pensar. ¿Es posible que ese hombre misterioso esté diciendo la verdad?

   Kafka vuelve inmediatamente a casa para escribir la carta. Se sienta frente al escritorio y Dora, que ve cómo se concentra en la tarea, observa la misma gravedad y tensión que cuando compone su propia obra. No es cuestión de defraudar a la niña. La situación requiere un verdadero trabajo literario, y está resuelto a hacerlo como es debido. Si se le ocurre una mentira bonita y convincente, podrá sustituir la muñeca perdida por una realidad diferente; falsa, quizá, pero verdadera en cierto modo y verosímil según las leyes de la ficción.

   Al día siguiente, Kafka vuelve apresuradamente al parque con la carta. La niña lo está esperando, y como todavía no sabe leer, él se la lee en voz alta. La muñeca lo lamenta mucho, pero está harta de vivir con la misma gente todo el tiempo. Necesita salir y ver mundo, hacer nuevos amigos. No es que no quiera a la niña, pero le hace falta un cambio de aires, y por tanto deben separarse durante una temporada. La muñeca promete entonces a la niña que le escribirá todos los días y la mantendrá al corriente de todas sus actividades.

   Ahí es donde la historia empieza a llegarme al alma. Ya es increíble que Kafka se tomara la molestia de escribir aquella primera carta, pero ahora se compromete a escribir otra cada día, única y exclusivamente para consolar a la niña, que resulta ser una completa desconocida para él, una criatura que se encuentra casualmente una tarde en el parque. ¿Qué clase de persona hace una cosa así? Y cumple su compromiso durante tres semanas, Nathan. ¡Tres semanas! Uno de los escritores más geniales que han existido jamás sacrificando su tiempo (su precioso tiempo que va menguando cada vez más) para redactar cartas imaginarias de una muñeca perdida. Dora dice que escribía cada frase prestando una tremenda atención al detalle, que la prosa era amena, precisa y absorbente. En otras palabras, era su estilo característico y a lo largo de tres semanas Kafka fue diariamente al parque a leer otra carta a la niña. La muñeca crece, va al colegio, conoce a otra gente. Sigue dando a la niña garantías de su afecto, pero apunta a determinadas complicaciones que han surgido en su vida y hacen imposible su vuelta a casa. Poco a poco, Kafka va preparando a la niña para el momento en que la muñeca desaparezca de su vida por siempre jamás. Procura encontrar un final satisfactorio, pues teme que, sin no lo consigue, el hechizo se rompa. Tras explorar diversas posibilidades, finalmente se decide a casar a la muñeca. Describe al joven del que se enamora, la fiesta de pedida, la boda en el campo, incluso la casa donde la muñeca vive ahora con su marido. Y entonces, en la última línea, la muñeca se despide de su antigua y querida amiga.

   Para entonces, claro está, la niña ya no echa de menos a la muñeca. Kafka le ha dado otra cosa a cambio, y cuando concluyen esas tres semanas, las cartas la han aliviado de su desgracia. La niña tiene la historia, y cuando una persona es lo bastante afortunada para vivir dentro de una historia, para habitar un mundo imaginario, las penas de este mundo desaparecen. Mientras la historia sigue su curso, la realidad se transforma.                                                      

Paul Auster. Tomado de: Brooklyn Follies, Booket 2016 (el autor incluyó la historia en 2005 en el libro).

 

   No he tenido el más mínimo deseo con esta entrada de adelantar el contenido de la novela, he escrito estas líneas para que se animen a leer Kafka y la muñeca viajera, recuerden, no solo es lo que se cuenta sino cómo es que se cuenta, los recursos lingüísticos que emplea el escritor y eso también es muy importante (por cierto, encontré este archivo en PDF y el enlace es el siguiente: https://mariajosenicolas.wordpress.com/wp-content/uploads/2012/01/kafka-y-la-muneca-viajera-jordi-sierra-i-fabra.pdf). Sirvan estas líneas también para que se embarquen en la lectura o relectura de las monumentales novelas de Franz Kafka: La metamorfosis, El proceso, El castillo, América (que también circula como El desaparecido) *. Así sea.







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* Por cierto, estas tres últimas novelas se salvaron del fuego, pues antes de morir, Kafka pidió a su mejor amigo, el también escritor Max Brod, que las quemaran sin ser leídas. El último deseo de Kafka no se cumplió y Max Brod las hizo publicar con la autorización del padre del escritor checo.

 

   Continuará…

 

 

                                                       Morada de Barranco, 20 de mayo de 2025




domingo, 27 de abril de 2025

APUNTES DE ABRIL

 


                                                    Todo es signo del sueño, y es memoria…

                                                                                      Raúl Deustua

 

 



I. UNA HISTORIA DE AMOR DEL DIOS PAN

 

   Antes de empezar una clase, a manera de motivación, siempre cuento un mito, una leyenda... Si no lo hago, me pongo a merced de los reclamos y protestas de los alumnos quienes me dicen que el contar historias es ya una "tradición" o una "costumbre", por lo tanto, no hay otra, debo hacerlo. Soy Orlando el “cuenta historias" como alguna vez me etiquetaron con acierto y la verdad que me enorgullece ser conocido así.

   Historias: itinerario particular de vuelo, un espacio para vivir con la libertad que la imaginación otorga aquellas vidas que la realidad real nos impide, una manera de indagar más allá de los límites que mutilan, una forma de lucha, de resistencia...

   En estos días, entre las muchas historias que he narrado, conté el mito griego de Pan y de Siringa. Este viejo mito cuenta una historia que podría resultar conmovedora. Pan, habitante de los bosques, con un par de cuernos y orejas puntiagudas, tenía un cuerpo particular: mitad humano, mitad macho cabrío. Era el dios de los pastores y podía ser también uno de los seres más terribles de la mitología grecorromana (recordemos que de su nombre proviene la palabra "pánico"). Un día, en medio del bosque, vio por primera vez a una bellísima ninfa llamada Siringa, seguidora de Artemisa (Diana), la diosa de la cacería, hermana gemela de Apolo y eternamente virgen. Prendado de la belleza de Siringa, este le declaró su amor y fue rechazado por su fealdad. Pan insistió y la ninfa lo volvió a rechazar, pero como el hijo de Hermes insistía, Siringa escapó. Entonces Pan, terco entre los tercos, fue tras de ella. La ninfa llegó a orillas del río Ladón y se dispuso a atravesarlo. Pero se dio cuenta que el dios ya la estaba alcanzando y que en el río no avanzaba mucho y se cansaba más. Cuando este estaba a punto de cogerla del hombro, ella invocó a los dioses y pidió su ayuda. Estos intervinieron y Pan terminó agarrando no el hombro de la ninfa sino un grupo de cañas. La ninfa había sido transformada. Resignado Pan, arrancó las cañas y después las cortó de distinto tamaño, las unió y creó así un nuevo instrumento musical conocido como "flauta de Pan" o también “siringa”. Dicen que desde entonces Pan tocó ese instrumento y obtuvo bellas melodías que no eran sino una forma de hablar con ella o un canto de amor por la ninfa a quien nunca más volvería a ver.

 

 


 

II. PARA UNA QUERIDA AMIGA

 

   Pienso en Rosa Cerna, Rosita, como la llamaba yo. Profesora y gran escritora (poeta, novelista, cuentista…) cuyas obras visito para zambullirme en su espíritu puro y entregado a los demás, los desposeídos. “Ven a visitarme para tomar un lonche”, solía decirme cuando la llamaba por teléfono, luego de hacerme la broma de siempre: “¿Aló, con quién hablo?”, decía. “Rosita, soy yo, Orlando”. “¿Orlando, Orlando…?, no conozco a ningún Orlando”. Luego reía. Y comenzábamos a hablar, la verdad, de cualquier cosa, el asunto era hablar.

   Las veces que nos veíamos hablábamos tanto que a veces llegábamos incluso a “rajar” y en medio de las risas a veces mencionábamos los nombres curiosísimos de ciertos personajes y eso hacía que nuestras risas fueran interminables: “¿Cómo puede llamarse así?”, decía sonrisa de por medio, mientras yo me desternillaba de la risa, pues al decir el nombre curioso ella solía poner un rostro pícaro y muy gracioso.

   Rajar, una característica muy limeña, lo raro es que tanto ella como yo proveníamos de los Andes, desde las grandes y misteriosas alturas: ella de Áncash, yo del Cusco. Los años de residencia en Lima, más propiamente en Barranco, nos marcaron, dejaron su huella: si algo teníamos claro era que no podríamos vivir en otro lugar que no fuera este pequeño territorio junto al mar.

Algunas veces caminábamos por avenida Grau, ella ponía su brazo izquierdo entre mi cuerpo y mi brazo derecho, entonces se convertía en una magnífica guía, se sabía miles de historias sobre Barranco, cada caminata era una permanente sorpresa, no solo por lo que contaba sino por cómo lo contaba, esa gracia tan suya para contar con humor hasta lo más serio.

   Conservo de ella no solo su recuerdo, también sus libros con sus dedicatorias. Es curioso, de toda su obra (y es una obra más o menos extensa), solo tengo tres de sus libros: “Los días de Carbón” (su bella novela premiada), sobre la que me decía: “Dicen que se parece a “Platero y yo”, pero cuando la escribí yo no había leído el libro de Juan Ramón Jiménez”, “El Hombre de paja” que fue obsequio suyo y “Una flor de cuentos para llevar en el corazón” que lo tengo gracias a un cambio que hice con Rosita. Ocurrió que en un librero de viejo conseguí ese libro suyo que había obtenido un premio “Horacio Zeballos” hacía varios años atrás, una edición rústica, popular, de pasta guinda. Cuando se enteró que tenía ese libro, me dijo si podíamos hacer un cambio, ella me ofrecía una edición más colorida y en mejor soporte: “Vas a salir ganando”, me dijo. Acepté. Ella quedó contentísima: “En mi biblioteca no tenía un solo ejemplar de esta edición premiada”, me decía en tanto acariciaba el humilde libro cual si fuera un hijo. Creo que la dedicatoria del libro que me dio a cambio lo dice todo.

   Lamentablemente ella partió en diciembre de 2012. Su muerte para mí fue un golpe duro. Recuerdo que sentado ante la mesa de mi casa eché a llorar por la partida de tan querida amiga y lamentaba no haberla visitado más seguido. No quise ir a su velorio ni a su entierro, son cosas que generalmente no hago. Esta vez tampoco lo hice

   Han pasado casi trece años de su partida y he querido recordarla hoy. Van estas palabras por ti, querida amiga, querida y entrañable Rosita.

 


 


 

III. ESOS CUENTOS CHINOS

 

   Cuando en el Perú alguien sale con algo increíble, exagerado o con alguna mentira, se suele decir con contundencia: “¡Eso es cuento chino!”. ¿De dónde viene esta expresión que deja tan mal a los chinos?, con sinceridad no sabría decirlo.

   El término “chino”, apartándonos un poco de la frase, es muy común en el Perú, así se les llama a todas las personas de ojos rasgados, sean estos descendientes de asiáticos o no. A un japonés (o a sus descendientes) se le llama “chino”, igual que a un filipino o a un coreano, a un iquiteño o a un cusqueño si tiene los ojos jalados (o como también dicen aquí: “Si es del ojo”). Particularidades de los peruanos.

   Hay un par de frases, creo yo, muy peruanas y que desde siempre las he oído y las he empleado en diversas oportunidades: "Chino de risa" y "fuma más que chino en quiebra", en fin, si seguimos recordando podrían salir algunas frases más.

   Haciendo memoria por otros lados, por ahí anda un librito del Conde de Lemos, Abraham Valdelomar, titulado "Cuentos Chinos". Probablemente sea, de su narrativa, lo menos apreciado, pero ahí está el libro con sus cinco cuentos de carácter satírico para hacer crítica de la situación política de entonces.

   Hay en el centro de Lima el famoso Barrio Chino, lugar en el que se ha concentrado parte de la colonia china. Allí se encuentran muchos de sus negocios: bodegas, jugueterías, los famosos chifas (restoranes de comida peruana con influencia china), bares y cómo no recordar que en el pasado en ese barrio se comercializaba el opio. Desde hace un tiempo se habla incluso de una temible mafia conocida como el "Dragón Rojo".

   Pero lo que me motiva a estas líneas no es tanto comentar estas anécdotas. Lo que deseo es compartir un puñado de cuentos chinos, pero cuentos, algunos de ellos muy antiguos. Narraciones breves que, en muchos casos, han hecho las delicias de mis alumnos, quienes han disfrutado de su sencillez, de su sabiduría, de su humor. Yo recuerdo mucho las risas de mis alumnos con un par de cuentos que figuran en esta pequeña selección: “La virtud de la paciencia” y “El zorro que se aprovechó del poder del tigre”. Cuentos breves, sencillos, cargados de humor, pero sabios, con una sutil intención pedagógica, moralizante.

Dejo de pergeñar más líneas y pongo a disposición del "hipócrita lector", un grupo de seis cuentos chinos, todos ellos breves y en algunos casos brevísimos.

 

LANZAS Y ESCUDOS


En el reino de Chu vivía un hombre que vendía lanzas y escudos.

-Mis escudos son tan sólidos –se jactaba-, que nada puede traspasarlos. Mis lanzas son tan agudas que nada hay que no puedan penetrar.

-¿Qué pasa si una de las lanzas choca con uno de sus escudos?-preguntó alguien.

El hombre no replicó.

 

Han Fei Zi (Libro atribuido a Han Fei, siglo III a. C.)

 

 

PINTAR FANTASMAS

 

Había un artista que pintaba para el príncipe de Qi.

-Dígame –dijo el príncipe-, ¿cuáles son las cosas más difíciles de pintar?

-Perros, caballos y cosas semejantes –replicó el artista.

-¿Cuáles son las más fáciles? –indagó el príncipe.

-Fantasmas y monstruos –aseguró el artista-. Todos conocemos a los perros y a los caballos y los vemos todos los días; pero es difícil pintarlos como son. Por eso son temas complicados. Pero los fantasmas y los monstruos no tienen forma precisa y nadie los ha visto nunca; por eso es fácil pintarlos.

 

Han Fei Zi (Libro atribuido a Han Fei, siglo III a. C.)

 

 

DIFÍCIL DE CONTENTAR

 

Un pobre hombre se encontró con un antiguo amigo en su camino. Este tenía un poder sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato quedó transformado en oro. Se lo ofreció al pobre, pero este encontró que eso era muy poco. El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó al ladrillo de oro. El pobre encontró que el regalo era aún insuficiente.

-¿Qué más deseas, pues? –le preguntó el hacedor de prodigios.

-¡Quisiera tu dedo! –le contestó el otro.

 

Feng Meng Long (de la dinastía Ming)

 

 

EN BUSCA DEL PEDERNAL

 

Una noche Ai Zi pidió la luz, y como el tiempo pasaba sin que le llevasen la lámpara, le gritó a su discípulo que se apurara.

_Está tan oscuro –contestó el alumno– que no puedo encontrar el pedernal.

Después añadió:

-Maestro, ¿no podría usted encender la vela para ayudarme a buscarlo?

 

Su Shi (1036 – 1101)

 

 

LA VIRTUD DE LA PACIENCIA

 

Un mandarín, a punto de asumir su primer puesto oficial, recibió la visita de un gran amigo que iba a despedirse de él.

-Sobre todo, sé paciente –le recomendó su amigo- y de esa manera no tendrás dificultades en tus funciones.

El mandarín dijo que no lo olvidaría.

Su amigo le repitió tres veces la misma recomendación, y cada vez, el futuro magistrado le prometió seguir sus consejos. Pero cuando por cuarta vez, le hizo la misma advertencia, estalló.

-¿Crees que soy un imbécil? ¡Ya van cuatro veces que me repites lo mismo!

-Ya ves que no es fácil ser paciente: lo único que he hecho ha sido repetir mi consejo dos veces más de lo conveniente y ya has montado en cólera –suspiró el amigo.

 

Jiang Yingke (siglo XV)

 

 

EL ZORRO QUE SE APROVECHÓ DEL PODER DEL TIGRE

 

Andando de cacería, el tigre cazó un zorro.

-A mí no puedes comerme –dijo el zorro-. El Emperador del Cielo me ha designado rey de todas las bestias. Si me comes desobedecerás sus órdenes. Si no me crees, ven conmigo. Pronto verás cómo los otros animales huyen en cuanto me ven.

El tigre accedió a acompañarle; y en cuanto los otros animales los veían llegar, escapaban. El tigre creyó que temían al zorro, y no se daba cuenta de que a quien temían era a él.

 

Anécdotas de los reinos Combatientes

 

 




   Continuará…

 

 

 

                                         Morada de Barranco, 27 de abril de 2025

 

 

 

sábado, 29 de marzo de 2025

UNAS PALABRAS PARA EL MAR

 

 

                                                               Si quieres saber de mi vida,

                                                               vete a mirar al Mar.

                                                                                   Martín Adán

 

 

   Voy a ser sincero: amo el mar, pero detesto “ir a la playa”. No siempre fue así, mi infancia estuvo salpicada de “bajadas a la playa”, esas citas impostergables con el mar (aunque las primeras estaban teñidas, debo reconocerlo, por el miedo y las lágrimas). Cómo olvidar los famosos y desaparecidos Baños de Barranco, su salón central que se transformaba en pista de baile, punto de encuentro de los jóvenes de entonces, quienes bailaban desatadamente los ritmos que con su furor habían invadido sus vidas. Todavía me veo caminar, pequeño (tendría cinco años), asombrado, asustado (¿por qué no?) entre las piernas salinas y playeras de muchos jóvenes que danzaban entusiasmados las canciones de un grupo que tocaba y cantaba en vivo (¿qué grupo sería?, ¿los Dolton’s?, ¿los Shain’s?, ¿los Silverton’s?, ¿los Datsun’s?, ¿los Golden Stars?).





  Viejos recuerdos que asoman por estos días en que el Sol se va despidiendo y todavía se atreve a desplegar su luz y calor. Debo reconocerlo, aunque varias veces lo expresé: yo añoro los días de invierno, de ese invierno típicamente limeño: tímido, húmedo, gris, poco agresivo, pero que cala hasta los huesos, incluso si uno anda bien abrigado. Alguna oportunidad lo comenté con Rita: “Amo sinceramente el mar”, ha estado casi siempre presente en mi vida. Lo amo entrañablemente en invierno. Aunque mis primeros recuerdos del mar tienen que ver con el verano. Incluso alguno implicó un descubrimiento, cuando con ocho años, creo, ya al atardecer y con los bañistas ausentes, me acerqué a donde ya nadie lo hacía, el famoso salón de baile de los Baños de Barranco que había sido destruido para ampliar una pista: ahora era un cementerio silencioso e interminable de chapas oxidadas, fierros retorcidos, maderos astillados. Comprendí que algo había concluido y empezaba un nuevo tiempo con sus nuevos aires y junto a ello, algo que en ese momento por mi edad no sabía qué podía ser: tristeza, nostalgia, una sensación de pérdida, de despojo por lo que se destruía y afectaba de alguna o muchas maneras mis recuerdos.





   El mar, el verano: la infancia. Ahora que lo pienso, no conservo un recuerdo, un solo recuerdo de adolescencia con amigos en la playa. ¿No tuve acaso amigos? Claro que sí, como cualquiera. Pero nunca “bajé a la playa” con amigos. Mi adolescencia tuvo, sí, como paisaje en algunas circunstancias de mi vida al mar, pero desde una prudencial distancia: desde los barrancos de Barranco. Aquellas largas conversaciones con amigos en el malecón, conversaciones acompañadas con cigarrillos (que hoy con acierto hemos dejado) y algunas veces con licores de extrañas denominaciones. Horas interminables frente al mar que extendía su amplia sábana ante nuestros ojos que estaban más pendientes y atentos de nuestras cuitas juveniles: el amor, la música, el fútbol, los estudios, los libros.





   ¿Será que allí, en mi adolescencia, nació mi rechazo a ir de veraneo a la playa? No lo sabría decir, solo sé que no le encuentro sentido al hecho de estar tumbado mucho tiempo sobre la arena a merced del entrometido Sol cual si fuere un lobo marino o un cachalote varado. No es ese el ocio al que yo aspiro, ese no hacer nada que no sea estar tumbado. Aunque suene contradictorio, para mí es una pérdida de tiempo. Si algo siempre deseo hacer es viajar o, si estoy en Barranco, leer, escribir o ver el mar y transitar por una playa envuelta por el misterio del invierno, de la espesa bruma invadiéndolo todo, cubriéndolo de magia y de siluetas que como fantasmas te van rodeando hasta ser tú mismo uno de los tantos espectros de este paisaje surrealista.





   En definitiva, amo cualquier lugar que me permita realizar lecturas, y el mar es un magnífico espacio para ello, como también lo son las montañas, el desierto o un bosque; es decir, lugares que me lleven al descubrimiento y al asombro no solo geográfico. Por eso puedo afirmar, sin arrepentimiento alguno, y a estas alturas de mi vida algo tan contundente como esto: detesto “ir a la playa”, veranear en las costas de cualquier balneario (por muy pintado que sea), pero si algo tengo claro es que amo el mar como pocos lugares y creo que no podría vivir muy alejado de él, me sería imposible.






   Continuará…

 

 

 

                                       Morada de Barranco, 29 de marzo de 2025