jueves, 28 de septiembre de 2023

UNA LISTA DEL CINE NEGRO

 

                                                               


                                                                     Pero estas cosas deben decirse en voz baja…

                                                                                                            Martín Adán




   El cine noir o cine negro, que tuvo su auge entre los años 40 y 50, ha ejercido una indeleble e innegable influencia en el cine posterior a esas décadas. Hasta el día de hoy podemos visionar películas donde está presente algo o mucho de su estética visual y narrativa, pienso en Al final de la escapada de 1960, Chinatown de 1974, Taxi Driver de 1976, Blade runner de 1982, Seven de 1995, Heat de 1995, Fargo de 1996, L. A. Confidential de 1997, Memento de 2000, Mulholland Drive de 2001, Sin City de 2005, Drive de 2011 y una película cuya primera versión es del año 1947: El callejón de las almas perdidas de 2021, todas ellas dignas herederas del apasionante cine negro.








   Después de la década del 50, el cine noir entró en decadencia y dejó de filmarse, pero su espíritu aún pervive, bien porque podemos acudir a los herederos de su estética (el neo-noir) o porque podemos volver a los grandes clásicos de este cine del claroscuro. Una de sus características es su estética visual a través de la técnica del claroscuro o tenebrismo, una clara influencia del expresionismo alemán patente en filmes como El gabinete del doctor Caligari (1920) de Robert Wiene, Nosferatu (1922) de Friedrich Wilhelm Murnau, Metrópolis (1927) de Fritz Lang, La caja de Pandora (1929) de Georg Wilhelm Pabst o M, el vampiro de Düsseldorf (1931) de Fritz Lang (este último ya perteneciente al cine sonoro)








   Esta influencia era explicable, algunos de los más connotados directores del cine noir eran de origen alemán o austriaco, pienso en Fritz Lang, Billy Wilder, Otto Preminger, Robert Siodmak, por mencionar a algunos, que habían logrado escapar de la locura nacionalsocialista para afincarse en los Estados Unidos donde desarrollarían con éxito sus carreras cinematográficas.







   Visionar una película del cine negro es estar por lo general frente a imágenes nocturnas en blanco y negro (aunque no siempre, Que el cielo la juzgue (1945) de John M. Stahl, film a colores con las bellísimas Gene Tierney y Jeanne Crain). Destacan en estos filmes los marcados contrastes de luz y sombra para crear una atmósfera opresiva, cargada de pesimismo y muchas suspicacias: una traición acechante, un amor trágico y con tintes melodramáticos, el miedo paralizante, el descubrimiento de un oscuro secreto del pasado o una muerte sorpresiva, a veces inesperada. En fin, la fatalidad como destino ineludible, a la manera (salvando las distancias) de las tragedias griegas: muchas de estas películas no tienen un final feliz.








   Entre el humo de cigarrillos, ambientes elegantes o de los bajos fondos urbanos, entre taxistas, policías, ladrones, camareros, estafadores, asesinos y detectives, destacan dos tipos de protagonistas en el cine noir: uno es un antihéroe, un personaje signado por la ambivalencia y la falta de escrúpulos, capaz de gestos enaltecedores como de las bajezas más vergonzantes. El otro personaje, una mujer, no sumisa y humillada, sino seductora y malvada, manipuladora y fría, calculadora y descarada que arrastra a la destrucción al protagonista: la femme fatale, una mujer capaz de amar (o casi) y de tejer las más finas trampas.







   Grandes ejemplos de actrices que actuaron de mujeres fatales fueron Gene Tierney (Laura, de 1944), Joan Bennett (Scarlet Street, de 1945), Lauren Bacall (The Big Sleep, de 1946), Verónica Lake (The Blue Dahlia, de 1946), Ava Gardner (The Killers, de 1946), Rita Hayworth (The Lady from Shangai, de 1947), Gloria Grahame (The Big Heat, de 1952)…, y algunas hoy algo olvidadas como Ella Raines (Phanton Lady, de 1944), Ann Savage (Detour, de 1945), Jane Greer (Out of the Past, de 1947), Lizabeth Scott (Dead Reconing, de 1947), Peggy Cummins (Gun Crazy, de 1950) o Jean Wallace (The Big Combo, de 1955)…








   Hace dos días me topé con un film casi olvidado, me refiero a El gran Flamarion (1945), una de las primeras películas de Anthony Mann. En este film aparece una seductora y desalmada mujer fatal, para Rita y para mí, todo un descubrimiento: Connie (Mary Beth Hughes), es una despiadada mujer que provoca el asesinato de Al (Dan Duryea), su primer esposo, y astutamente conduce con engaños a la destrucción a Flamarion (Erich Von Stroheim), un solitario y enigmático actor de variedades quien, no sin antes ofrecer resistencia, cae rendido a la tentación de su bella asistente… El gran Flamarion es una de esas pequeñas joyas escondidas que de tiempo en tiempo aparecen y reafirman nuestro amor por el cine.








   Unas semanas atrás, conversaba con mi hermano Arturo sobre el cine negro, mencionábamos a ciertos actores y actrices, los títulos de algunas películas, celebrábamos sus bondades, sus recursos para nosotros entrañables, no dejábamos de echarle con justicia flores a un cine que creemos no deja de emocionar y no ha perdido vigencia. Unos días después, me pregunté qué películas recomendaría a alguien que quiera introducirse al cine noir. Esta es la lista, un puñado de treinta películas (ordenados por años) para adentrarse al mundo fascinante y misterioso del cine negro.








1. El halcón maltés (1941) de John Huston.

2. El último refugio (1941) de Raoul Walsh.

3. Tener y no tener (1944) de Howard Hawks.

4. Laura (1944) de Otto Preminger.

5. Perdición (1944) de Billy Wilder.

6. Historia de un detective (1944) de Edward Dmytryk.

7. Alma en suplicio (1945) de Michael Curtiz.

8. El desvío (1945) de Edgar G. Ulmer.

9. El cartero siempre llama dos veces (1946) de Tay Garnett.

10. El sueño eterno (1946) de Howard Hawks.

11. Forajidos (1946) de Robert Siodmak.

12. Gilda (1946) de Charles Vidor.

13. Retorno al pasado (1947) de Jacques Tourner.

14. Secreto Tras la puerta (1948) de Fritz Lang.

15. La fuerza del destino (1948) de Abraham Polonski.

16. La dama de Shangái (1948) de Orson Welles.

17. El demonio de las armas (1949) de Joseph H. Lewis.

18. Almas desnudas (1949) de Max Ophüls.

19. El tercer hombre (1949) de Carol Reed.

20. La jungla de asfalto (1950) de John Huston.

21. El crepúsculo de los dioses (1950) de Billy Wilder.

22. En un lugar solitario (1950) de Nicholas Ray.

23. Cara de ángel (1952) de Otto Preminger.

24. Cautivos del mal (1952) de Vincente Minelli.

25. Manos peligrosas (1953) de Samuel Fuller.

26. Los sobornados (1953) de Fritz Lang.

27. Conspiración en silencio (1955) de John Sturges.

28. El beso mortal (1955) de Robert Aldrich.

29. Chantaje en Broadway (1957) de Alexander Mackendrick.

30. Sed de mal (1958) de Orson Welles.







   Continuará…



                                         Morada de Barranco, 28 de setiembre de 2023




miércoles, 30 de agosto de 2023

UNA PEQUEÑA CALLE DE BARRANCO

 


                                                                          Ese mar también era otro mar…

                                                                                 Enrique Peña Barrenechea




I.


   Lo he comentado muchas veces: las caminatas muy de mañana por el malecón de Barranco resultan relajantes, permiten largas conversaciones con Rita, incursionar en los recuerdos de la infancia y la adolescencia, disfrutar de este paisaje marino que nos sabemos de memoria, pero cuya lectura nos resulta siempre esquiva, elusiva.






   La compañía del mar, cuyo rumor llega a nosotros nítidamente, siempre es una invitación para contemplar su inmensidad, detenerse para a veces adivinar su horizonte cubierto por la bruma marina, perderse en la música insistente de sus olas. Misterioso, fantasmal, nuestro mar gris se confunde con el cielo gris (“panza de burro”, lo llamó Sebastián Salazar Bondy) y por esos territorios echamos a volar nuestros ojos cargados de sueños, de imaginación.






   A la izquierda el mar y sus extraños mensajes. A la derecha, casas antiguas, tradicionales ranchos con rejas, sobrevivientes de tiempos de mayor silencio y menos ansiedades; pero también edificios, enormes moles que ocultan la salida del Sol y prodigan una bienvenida sombra en temporadas de verano. Entre el mar y esta arquitectura particular, diversa, árboles (molles, sobre todo y palmeras), arbustos, flores multicolores (rosas, buganvilias, mastuerzos…) y un muro bajo que se extiende como una larga serpiente de piedra.






II.


   Si debo mencionar un lugar que a Rita y a mí nos agrada transitar, antes de llegar al malecón, es la calle Domeyer. Caminamos complacidos por esta calle arbolada de apenas tres cuadras, la última de ellas pequeña y que acaba bordeando el acantilado. Al llegar a este punto final de Domeyer, tenemos a la derecha la bella casa del Víctor Delfín y al lado izquierdo, lo que fue la estación del funicular, del que solo queda el recuerdo de aquellos tiempos en que se bajaba o regresaba de la playa (los Baños de Barranco) a través de este diminuto vehículo. 








   ¿Domeyer? ¿Qué o quién fue Domeyer? Durante mucho tiempo desconocí el origen de esta palabra que, a todas luces, viene de tierras lejanas. Esta palabra de extraña sonoridad que nombra a la calle fue tomada de un personaje llamado Federico Domeyer, un ciudadano alemán, propietario de algunas tierras en Barranco, allá por la segunda mitad del siglo XIX.










   Las tres cuadras de esta calle tienen un especial encanto, además de conservar construcciones de la típica arquitectura barranquina de inicios del siglo XX, hay un silencio (sobre todo en las dos últimas cuadras) que no es roto por algunos restoranes o cafés que hoy funcionan en ese espacio y cuyas mesas, algunas, se ubican en las aceras. Transitar por la calle Domeyer es como sumergirse en aquellos tiempos cuando las casas en Barranco eran construidas con adobe, quincha, madera, yeso y sobre sus techos destacaban las ventanas teatinas dirigidas al sur para el ingreso del aire y permitir la ventilación de los ambientes. Una vista panorámica de Barranco de entonces nos mostraría algo que ya desapareció: sus molinos.





   En aquellos lejanos tiempos, el balneario poseía un paisaje particular, era un pueblo pequeño, lo sigue siendo, aunque ahora haya más gente porque las compañías constructoras han alterado la paz aldeana de Barranco con un sinfín de edificios con departamentos minúsculos, liliputienses. Las casas, ranchos y palacetes barranquinos entonces poseían un molino. ¿La razón? Al no contar las casas con instalaciones de agua potable, los pobladores obtenían agua del subsuelo a través de esos molinos. Ya al instalarse las tuberías de agua potable, fueron innecesarios los molinos y estos fueron desapareciendo. De esta antigua realidad, solo quedó una perífrasis: Barranco, la Ciudad de los Molinos. Así también se le conoce a este pequeño territorio junto al mar.














III.


   No lo puedo negar, cada que paso por esta calle, me lleno de recuerdos y ciertos fantasmas surgen. En la segunda cuadra de la calle Domeyer (la cuadra que más me gusta) vivieron hace varios años atrás el señor Bravo, un profesor cusqueño. Aún recuerdo a su esposa, antigua empleada del correo y a sus dos hijos, el mayor era músico y tocaba en un grupo llamado Revolver en claro homenaje a The Beatles. Ellos habitaron una de las casas del primer piso de una enorme construcción de dos niveles. En la vereda del frente, habitaba una bella casa de un solo piso una pequeña familia (mamá, hija, luego llegó un sobrino) cuyas raíces estaban en la selva del Perú. Nunca supe sus nombres o los he olvidado, solo conservo su apellido: Gamarra. A ambas casas algunas veces ingresé: a la casa del profesor porque un verano me dio clases particulares de matemáticas; a la casa de la señora Gamarra, porque a veces le ayudaba con algunos desperfectos. Las dos casas eran antiguas, de techos altos, piso con listones de madera, puertas y ventanas amplias, en algunos casos con herrería. En tiempos donde impera la destrucción, esas casas han sobrevivido, es más, han sido restauradas. Sus antiguos moradores fallecieron hace muchos años y sus hijos hicieron sus vidas por otros lados. Ambas casas hoy son cafés o restoranes.












IV.


   Domeyer es, para mi gusto, la más bella calle de Barranco, o, en todo caso, una de las más bellas. Es un lugar que conserva ese espíritu silencioso de lo que alguna vez fue este distrito. Sus viejas construcciones están marcadas con recuerdos de mi infancia y mi adolescencia, sus árboles no solo prodigan sombra sino esa agradable discusión de los pájaros (especialmente de los tordos) que nos permiten alejarnos momentáneamente de tantas preocupaciones. Toda esa atmósfera íntima vuelve entrañable a esta calle, retornable.





   En dos días volveremos a pasar por Domeyer y, como de costumbre, estaremos embarcados en conversaciones, las risas iluminarán nuestros rostros y, para variar, tomaré infinidad de fotos: es mi pequeño homenaje a una calle que no solo llevo en el recuerdo, sino en el corazón…














   Continuará…




                                          Morada de Barranco, 30 de agosto de 2023