miércoles, 28 de marzo de 2012

NO SE LO RECOMIENDO NI A SUPERMAN

            


                              En Lima hay una cosa que siempre está de moda: que la gente escriba mal.
                                                                                                                                   Xavier Abril




   Corría el año de 1977. Ese año por primera vez compraría un libro de poesía. Desde entonces no he parado de hacerlo. El libro fue Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer. Libro breve, sí, pero con tanto por decir, sobre todo a un adolescente enfebrecido y apasionado. Era imposible no quedar deslumbrado con la sencillez de su lenguaje, con la sinceridad con la que expresaba su esperanza o desesperanza en el amor (viejos problemas del hombre de cualquier época). Como lo dije alguna vez, por esos años de adolescencia, Bécquer fue dios en mi vida. Pero poco a poco su lugar iba a ser ocupado por diversos poetas, por diversos libros: Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda, Los heraldos negros de César Vallejo…, por mencionar solo un par de ellos. Conforme los libros llegaban a mis manos, un nuevo dios se situaba en el altar mayor de la poesía.


César Vallejo

   Precisamente Los heraldos negros (1918) fue el primer libro de poeta peruano que compré e invadió mis fueros internos con la intensidad y fuego de su palabra (“Quien toca este libro toca un hombre”, escribió Walt Whitman). Fue una clásica edición que salió en la época del Gobierno Revolucionario de Juan Velasco Alvarado: pasta azul, franja amarilla y con curva, libro de una vieja colección de nombre rimbombante: Biblioteca Peruana, editado por PEISA. Ese tomo pequeño y humilde en realidad contenía los dos primeros libros de poesía de Vallejo, el mencionado Los heraldos negros (devorado, digerido con pasión) y Trilce (1922), libro este último que por esos años, por su lenguaje oscuro, quebrado, no era para mí de poesía, tal era y es la fuerza renovadora del lenguaje de ese libro mítico. Sencillamente no lo comprendí (seré sincero, hoy tampoco puedo decir lo contrario, sigo pujando con su lectura, tal la riqueza de este libro).


César Vallejo

   
José María Eguren
   
   Si me limitara a recordar los libros de poetas peruanos que fueron llegando a casa, debo mencionar el libro de Poesía completa de Javier Heraud, una Antología poética de José María Eguren (después vendría el libro con toda su poesía, libro que todavía frecuento muy entusiasmado), y las obras de poetas entrañables y que cimentaron la tradición poética del Perú, me refiero a los libros de César Moro, Xavier Abril, Carlos Oquendo de Amat, Emilio Adolfo Westphalen, Enrique Peña Barrenechea, Martín Adán, Alberto Hidalgo, Juan Parra del Riego, Juan Ríos, Vicente Azar.


Martín Adán


Xavier Abril


César Moro


Carlos Oquendo de Amat
  
Enrique Peña Barrenechea
   
   Consumidor consuetudinario de poesía, la pequeña casa de mis padres fue engrosando sus paredes con los muchos libros que a casa llegaron, así fueron desfilando ante mis ojos, y la de mis hermanos, la poesía de Jorge Eduardo Eielson, Blanca Varela, Carlos Germán Belli, Alejandro Romualdo, Javier Sologuren, Washington Delgado, Pablo Guevara, Antonio Cisneros, Luis Hernández, Rodolfo Hinostroza, Marco Martos, Enrique Verástegui, José Watanabe, Juan Ramírez Ruiz, en fin, casi toda la poesía peruana.


Juan Parra del Riego
   
   Alejado de toda arrogancia, con la humildad de un simple lector de poesía, puedo expresar que es innegable la importancia de la tradición poética peruana. Junto con la chilena, la mexicana, la nicaragüense, la argentina y la cubana constituyen las cimas de la poesía latinoamericana, sin que esto signifique menospreciar la importancia y el aporte de los poetas de otros países, pero no se puede desconocer el alto nivel alcanzado por poetas como Neruda, Lezama Lima, Rubén Darío, Octavio Paz. Y la historia continúa, sin mayores sobresaltos: el nivel de los nuevos poetas en estos países se mantiene. Pienso en el Perú, en sus poetas inmersos en el silencio, en el fuego  y en las oscuridades de la palabra.


Vicente Azar

   Pero no siempre fue así. Antes de la aparición, como una estrella fulgurante y solitaria, de José María Eguren, la poesía peruana estaba sumergida en una chatura y medianía que no dejaba avizorar mayores cambios. ¿Qué poetas peruanos anteriores a Eguren pueden ser considerados de primer nivel? Me atrevo a decir que ninguno. Quizá José Santos Chocano (1875-1934), pero su excesiva producción y el desnivel de esta abruma, tal vez una antología rigurosa diera la talla que muchos le niegan (incluso sin haber leído su obra) al Cantor de América. Lo que sí es innegable es que los mejores poemas de Chocano nos llevan a pensar que si hubiera sido más autocrítico y menos abandonado “a sus solas posibilidades expresivas”, a su ego desmesurado, a su vida absolutamente desordenada, otro sería el cantar y probablemente estaríamos hablando de Chocano como el par de Rubén Darío, el padre y maestro mágico, el liróforo celeste. Pero son solo suposiciones.


José Santos Chocano



LA MAGNOLIA

En el bosque, de aromas y de músicas lleno, 
la magnolia florece delicada y ligera, 
cual vellón que en las zarpas enredado estuviera, 
o cual copo de espuma sobre lago sereno. 

Es un ánfora digna de un artífice heleno, 
un marm6reo prodigio de la Clásica Era: 
y destaca su fina redondez a manera 
de una dama que luce descotado su seno. 

No se sabe si es perla, ni se sabe si es llanto. 
Hay entre ella y la luna cierta historia de encanto, 
en la que una paloma pierde acaso la vida: 

porque es pura y es blanca y es graciosa y es leve, 
como un rayo de luna que se cuaja en la nieve, 
o como una paloma que se queda dormida.



NOSTALGIA

Hace ya diez años
que recorro el mundo.
¡He vivido poco!
¡Me he cansado mucho!

Quien vive de prisa no vive de veras,
quien no echa raíces no puede dar frutos.

Ser río que recorre, ser nube que pasa,
sin dejar recuerdo ni rastro ninguno,
es triste y más triste para quien se siente
nube en lo elevado, río en lo profundo.

Quisiera ser árbol mejor que ser ave,
quisiera ser leño mejor que ser humo;
y al viaje que cansa
prefiero el terruño;
la ciudad nativa con sus campanarios,
arcaicos balcones, portales vetustos
y calles estrechas, como si las casas
tampoco quisieran separarse mucho...

Estoy en la orilla
de un sendero abrupto.
Miro la serpiente de la carretera
que en cada montaña da vueltas a un mundo;
y entonces comprendo que el camino es largo,
que el terreno es brusco,
que la cuesta es ardua,
que el paisaje es mustio...

¡Señor! ¡Ya me canso de viajar! ¡Ya siento
nostalgia, ya ansío descansar muy junto
de los míos!... Todos rodearán mi asiento
para que les diga mis penas y mis triunfos;
y yo, a la manera del que recorriera
un álbum de cromos, contaré con gusto
las mil y una noches de mis aventuras
y acabaré en esta frase de infortunio:
—¡He vivido poco!
¡Me he cansado mucho!



DE VIAJE

Ave de paso, 
fugaz viajera desconocida: 
fue sólo un sueño, sólo un capricho, sólo un acaso; 
duró un instante, de los que llenan toda una vida. 

No era la gloria del paganismo, 
no era el encanto de la hermosura plástica y recia: 
era algo vago, nube de incienso, luz de idealismo. 
No era la Grecia: 
¡era la Roma del cristianismo! 

Ida es la gloria de sus encantos, 
pasado el sueño de su sonrisa. 
Yo lentamente sigo la ruta de mis quebrantos; 
¡ella ha fugado como un perfume sobre la brisa! 

Quizás ya nunca nos encontremos; 
quizás ya nunca veré a mi errante desconocida; 
quizás la misma barca de amores empujaremos, 
ella de un lado, yo de otro lado, como dos remos, 
¡toda la vida bogando juntos y separados toda la vida!



BLASÓN

Soy el cantor de América autóctono y salvaje: 
mi lira tiene un alma, mi canto un ideal. 
Mi verso no se mece colgado de un ramaje 
con vaivén pausado de hamaca tropical... 

Cuando me siento inca, le rindo vasallaje 
al Sol, que me da el cetro de su poder real; 
cuando me siento hispano y evoco el coloniaje 
parecen mis estrofas trompetas de cristal. 

Mi fantasía viene de un abolengo moro: 
los Andes son de plata, pero el león, de oro, 
y las dos castas fundo con épico fragor. 

La sangre es española e incaico es el latido; 
y de no ser Poeta, quizá yo hubiera sido 
un blanco aventurero o un indio emperador.


   Alguien mayor que Chocano, un aristócrata limeño que solía aislarse en su hacienda de Mala (al sur de Lima) y abandonar el mundanal ruido, dedicaba sus horas, entre sus múltiples ocupaciones campestres, a escribir, leer y traducir directamente a poetas alemanes, ingleses y franceses (algo poco común por estas tierras). Me refiero a Manuel González Prada (1844-1918), anarquista y ateo, observado por los cucufatos de entonces como el propio demonio por su posición netamente anticlerical. Algunos libros suyos como Minúsculas (1901), Exóticas (1911) y Baladas peruanas (1935), sobre todo los dos primeros libros, contienen innovaciones métricas y estróficas que anunciaban ya las preocupaciones modernistas, lamentablemente ambos libros fueron publicados de manera tardía. Cronológicamente, él se constituye en el primer antecedente modernista de América, si es que no el primero, pero su poca ambición para sacar a la luz estos libros lo convirtieron en un poeta desconocido (pero no para los jóvenes poetas peruanos que saludaron sus libros con entusiasmo, pienso en Eguren, en Vallejo, por ejemplo). Todo lo contrario sucede con su acerada y rotunda prosa en sus libros Horas de Lucha y Pájinas libres (sic), donde expresa sus ideas, sus rechazos, sus venganzas, estos son de circulación masiva. Generalmente cuando se habla de Gonzáles Prada se habla del prosista, poco, casi nada, del poeta.


Manuel González Prada


 
EL AMOR


Si eres un bien arrebatado al cielo
¿Por qué las dudas, el gemido, el llanto,
la desconfianza, el torcedor quebranto,
las turbias noches de febril desvelo?

Si eres un mal en el terrestre suelo
¿Por qué los goces, la sonrisa, el canto,
las esperanzas, el glorioso encanto,
las visiones de paz y de consuelo?

Si eres nieve, ¿por qué tus vivas llamas?
Si eres llama, ¿por qué tu hielo inerte?
Si eres sombra, ¿por qué la luz derramas?

¿Por qué la sombra, si eres luz querida?
Si eres vida, ¿por qué me das la muerte?
Si eres muerte, ¿por qué me das la vida?



VILLANELA


 No me pidas una flor,
que en el jardín y el vergel
eres tú la flor mejor.

 A mí -tu firme cantor-
 pídeme laude y rondel;
no me pidas una flor.

Por tu aroma y tu color;
venciendo a rosa y clavel,
eres tú la flor mejor.

Diosa, pídeme el loor;
reina, pídeme el dosel,
no me pidas una flor.

Para dar sabor y olor
a los panales de miel,
eres tú la flor mejor.

Pídeme siempre el amor
y la constancia más fiel;
no me pidas una flor:
eres tú la flor mejor.


LOS CABALLOS BLANCOS
(Polirritmo sin rima)

¿Por qué trepida la tierra
y asorda las nubes fragor estupendo?
¿Segundos titanes descuajan los montes?
¿Nuevos Hunos se desgalgan abortados por las nieves
o corre inmensa tropa de búfalos salvajes?
No son los bárbaros, no son los titanes ni los búfalos:
son los hermosos Caballos blancos.
Esparcidas al viento las crines,
Inflamados los ojos, batientes los hijares,
pasan y pasan en rítmico galope:
avalancha de nieve, rodando por la estepa,
cortan el azul monótono del cielo
con ondulante faja de nítida blancura.
Pasaron. Lejos, muy lejos, en la paz del horizonte,
expira vago rumor, se extingue leve polvo.
Queda en la llanura, queda por vestigio,
ancha cinta roja.
¡Ay de los pobres Caballos blancos!
Todos van heridos,
heridos de muerte.



LAUDE


Todo goce, todo ría,
con la luz del nuevo día.

Monte, selva, mar y llano
alcen himno tan pagano
que hasta el pecho del anciano
se estremezca de alegría.

Y ¡oh Sol, hemos de perderte!
lo espantoso de la muerte
es no verte más, no verte,
oh gloriosa luz del día.


   Y paramos de contar. Por allí surgen los nombres de Mariano Melgar, Carlos Augusto Salaverry, pero sus obras no alcanzan el nivel de los grandes poetas peruanos. Del primero, su obra quedó trunca, su muerte temprana impidió desarrollar sus magníficas intuiciones emparentadas con las raíces quechuas (el haraui), pero sus yaravíes son una muestra mestiza de lo que su poesía pudo ser si la parca traicionera no se lo hubiera llevado a tan corta edad. Del segundo, bueno, su poesía arrastra el lastre de la excesiva palabrería que vuelve a su romanticismo en una mera impostación.


Alberto Hidalgo


   La poesía: espacio del reconocimiento, territorio del deslumbramiento. Lo decía bien Luis Cardoza y Aragón: "La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre". Es curioso, pero ahora que escribo sobre poetas, sobre poesía, viene a mí el recuerdo de una frase que se decía sobre el Virreinato de la Nueva España (lo que hoy es México): “En Nueva España hay más poetas que estiércol”, frase vulgar y ofensiva. Del Perú diré (es la constatación de una realidad) que siempre ha habido (desde Eguren y Vallejo) muchos poetas de notable calidad lo que hace que en el Perú la poesía goce de buena salud. Aunque por aquí hubo un poeta, el querido Manuel Morales, que en tono irónico aconsejaba alguna vez : “Ser poeta en el Perú no se lo recomiendo ni a Superman”. 


Emilio Adolfo Westphalen y esposa



   Continuará…

                                              Morada de Barranco, 28 de marzo de 2012.

domingo, 18 de marzo de 2012

COMO EN LOS VIEJOS TIEMPOS DEL CELULOIDE


  
                                                                             y sus ojos resceptivos de celuloide. (*)
                                                                                                      Carlos Oquendo de Amat

   Seis de la tarde. Solo en casa pongo en orden mis papeles, reviso algunos libros, ordeno mis películas, mientras breves tragos de un negro, humeante y amargo café acompaña mis afanes. Rita y Kathia han salido. Supongo que dentro de unos momentos, sentado en el sillón amigo, me dispondré a visionar por segunda vez una película muda que me impactó la primera vez que la vi, de eso hace ya algo más de dos años. Me refiero a La caja de Pandora, también conocida como Lulú, film dirigida por Georg Wilhelm Pabst el año 1929.  








   La imagen sensual, tentadora de Louise Brooks, la protagonista,  es imborrable: su sexualidad expresada en su mirada felina y seductora, en su sonrisa perturbadora; la atracción que ejerce y conduce hacia la destrucción irremediable de todo aquel que de ella se enamore; su piel extremadamente blanca que contrasta con su nigérrimo cabello que luce un corte particular (corte Louise Brooks o Lulú como se le conoce hasta hoy en día) se impusieron y la convirtieron en un icono erótico, en una vampiresa que curiosamente arrastraba un halo de niña ingenua, pero vampiresa al fin. Como decía un personaje de la película: "Uno no se casa con una mujer como ella". Para terminar casándose con esta mujer destructiva, a pesar de que esto significaba la muerte del arrebatado amante. Así de peligrosa era la conmovedora Lulú. Sí, el cine mudo nos depara siempre sorpresas agradables, certezas visuales de su madurez alcanzada si, claro, nos atreviéramos a frecuentarlo más seguido.






   A raíz de las muchas premiaciones que The artist ha obtenido, de que mucha gente viera la película (que hay que reconocer, es entretenida) pareciera que hay un despertar, un interés por acercarse al cine primigenio, ese cine que a medio camino de su vida fue reemplazado en el gusto popular por el cine sonoro. Pero observo que este acercamiento es como el del que se acerca a un bicho raro, ajeno a sus experiencias, muchas veces con prejuicios: ¿resultado?, una vez visionados algunos de estos films, simplemente no se les comprende a cabalidad y viene el rechazo, tal vez porque nuestra experiencia con el cine estuvo siempre dominado por recursos como el color y el sonido, por los efectos especiales y la espectacularidad, y por qué no, por el estruendo y el ritmo frenético (acude oportunamente a mi memoria un film de René Clair cuyo título dice mucho: El silencio es oro).




   Debo reconocer en mi infancia y adolescencia la ausencia casi absoluta del cine mudo. Pero en mi memoria habita aquella tarde de domingo, ya casi noche, cuando en el ya desaparecido cine Zenith de Barranco, una vez concluida la película de la matiné, sorpresivamente proyectaron algunos cortos de Charlot. El personaje no me era desconocido, en casa o en el colegio debí enterarme de él, de su atuendo característico, de su gracia y humor en el cine…



   El corto que más recuerdo de esa tarde ya lejana es el de Charlot haciendo de hombre primitivo y lo recuerdo porque fue el primero que vi en mi vida. Después de esa experiencia con el cine mudo, en blanco y negro y con música de fondo, no hubo más hasta que la televisión intervino y pude ver varios cortos de Chaplin y Keaton. Hoy, ni que se diga, basta con entrar a internet para encontrar todas (o casi todas) estas películas inhallables en el pasado.






   Hará unos quince años o más, un amigo librero del Centro de Lima, para ser más precisos, de la calle Quilca, me contaba emocionadísimo que había conseguido un video de segunda mano (tercera, cuarta o no sé cuántas manos): "Es un joya", me decía, se refería a El pibe, y una luz de alegría salía de sus ojos y tornaba a sus libros en espejos de su emoción. "Sí", le dije, "es una joya, quién como tú". Me marché luego, rumiando por no ser yo quien hubiera encontrado ese trébol de cuatro hojas.



   Es curioso, pero cuando pienso en el cine mudo, en Charlot, por ejemplo, no puedo desligarlo de mi hija. Ella es una admiradora incondicional de Chaplin. Desde muy pequeña ha visto todos sus largometrajes, muchos de sus cortos. Con su poca edad tiene las cosas claras. En lo que se refiere al cine mudo, es decir. Para ella no hay Keaton que valga: Charlot es el dios mayor del cine mudo y un pedazo de la pared de su cuarto espera una foto del admirado mimo del bigotito, bastón y sombrero bombín.




   Varias veces he conversado con ella sobre su admirado actor. Ella sostiene con una contundencia que me apabulla que no hay nadie más gracioso en el cine, que Buster Keaton no le dice nada después de intentar con El maquinista de La General, que le fascina ver a Carlitos hacer bailar a los panecillos ensartados por dos tenedores, que se desternilla de risa cuando, en ropa de baño, se lanza a las aguas y se da un tremendo porrazo o que es impagable la escena aquella donde se come unos tallarines con serpentina incluida… Pero también me dice algo, casi para rematarme y para que ya no me pueda levantar: “Mi película preferida de Chaplin es Tiempos modernos”, y le doy la razón. En verdad hablando, envidio a mi hija. A su edad, en mi época, no había las ventajas informativas de estos tiempos. Qué iba yo a saber a los doce años que había una película llamada Tiempos modernos o Luces de la ciudad. Beneficios de la modernidad.




   En mi defensa he de decir que mi infancia y adolescencia olían a cine (el otro cine), a música y a libros (sobre todo chistes, comics les llaman ahora). Claro, nunca fui un nerd, como dicen los jóvenes hoy en día, refiriéndose a un congénere como si fuere un marciano porque sus gustos difieren del común: también mataperreaba, jugaba mis partiditos de fútbol en las pistas (¡ah!, la recordada calle Génova) o en terrales desaparecidos por la urbanización, me enamoraba hasta las cachas y sufría si era un amor no correspondido... Hoy, ya un hombre maduro, con muchísimas películas a cuestas (y libros y mucha música), puedo decir, me atrevo a decir que mis películas preferidas del cine mudo son las siguientes:

1. El gabinete del doctor Caligari, de Robert Wiene, 1919.
2. Nosferatu el vampiro, de F. W. Murnau, 1922.
3. El hombre mosca, de Harold Lloyd, 1923.
4. La quimera del oro, de Charles Chaplin, 1925.
5. Metrópolis, de Fritz Lang, 1927.
6. Amanecer, F. W. Murnau, 1927.
7. El maquinista de La General, de Buster Keaton, 1927.
8. Un perro andaluz, de Luis Buñuel, 1927.
9. La pasión de Juana de Arco, de Carl Theodor Dreyer, 1928.
10. El hombre de la cámara, de Dziga Vertov, 1929.
11. La caja de Pandora, de Georg Wilhelm Pabst, 1929.
12. Luces de la ciudad, de Charles Chaplin, 1931.

   Sé que alguien podría decir que faltan en la lista films tan importantes como Intolerancia, El acorazado Potemkin, Avaricia, etc., pero toda lista, aparte de que es inútil, es parcializada e incompleta, y esta no podía ser la excepción. Es una humilde lista de alguien apasionado del cine que expresa su gusto en este puñado de films mudos.




   Para mañana, como ya es costumbre en casa, veremos Rita y yo (ella por primera vez) The artist, bella película muda contemporánea, un homenaje al cine de los primeros tiempos, ese cine mudo que desarrolló su propio lenguaje (sutil y sofisticado, pensemos, por ejemplo, en la película de Murnau de 1924: El último, que no tiene ningún rótulo) y que lamentablemente quedó trunco con la irrupción del cine sonoro (el realizador Jacques Feyder preguntaba entonces: "¿Qué puede interesar al cine el cine sonoro?", a tal perfección había llegado el amado cine de la imagen silente) y posteriormente del color, pero esta ya es otra historia. Por hoy me quedo aquí.




______________
(*) Así aparece en el libro de 1927.



   Continuará…


                                          Morada de Barranco, 18 de marzo de 2012.

sábado, 11 de febrero de 2012

¡DE PELÍCULA!

                                                                                                                   


                                                                                                 La suerte es nacida en el Polo.
                                                                                                                            Xavier Abril




   Quinto Horacio Flaco, poeta latino, escribió los siguientes versos que aluden a la disposición del alma ante las veleidades de la fortuna:

 

Un espíritu bien preparado espera
un cambio de suerte,
Júpiter es quien en momentos
de fortuna o de infortunio
aleja o atrae los ingratos inviernos.
No porque hoy vaya mal, en el futuro
también habrá de pasar lo mismo...


   En tiempos de los romanos el azar, la fortuna o la suerte era una divinidad. Esta era representada de diversas formas, pero la más común tenía los ojos vendados (de allí el epíteto al referirse a ella como la ciega Fortuna), al mismo tiempo empuñaba una cornucopia y un timón (pues ella era quien guiaba la vida de los hombres). Se dice que una estatuilla de oro de esta divinidad alegórica era quien presidía el dormitorio de los emperadores, tal la importancia de esta diosa, la “diosa Fortuna”, como solemos decir todavía.




   El azar distribuía los bienes o los males de acuerdo a su ciega voluntad. Tuviera un mortal buena o mala suerte, se decía que cada uno tenía una Fortuna. Por esta razón es que se explica que esta divinidad asumiera diversas denominaciones de acuerdo a quién la veneraba: se le llamaba Fortuna Viriles cuando era invocada por los varones y Fortuna Muliebris cuando las mujeres acudían a ella.




   Viene a mi memoria, ahora que escribo de este tema, un poema creado en 1581 por Luis de Góngora y Argote, poema que suelo leer con mis alumnos y comentarlo. En el texto (véase, por ejemplo, el dicho popular que hace de estribillo) se pone de manifiesto la inconstancia de la suerte o fortuna, las veleidades del ciego azar que cuando todo hace suponer que van a sonar pitos suenan flautas y viceversa.


LETRILLA

Da bienes fortuna
que no están escritos

cuando pitos, flautas,
cuando flautas, pitos.

¡Cuán diversas sendas
se suelen seguir
en el repartir
honras y haciendas!
A unos da encomiendas,
a otros sambenitos.

Cuando pitos, flautas,
cuando flautas, pitos.

A veces despoja
de choza y apero
al mayor cabrero,
y a quien se le antoja;
la cabra más coja
parió dos cabritos.

Cuando pitos, flautas,
cuando flautas, pitos.

Porque en una aldea
un pobre mancebo
hurtó sólo un huevo,
al sol bambolea,
y otro se pasea
con cien mil delitos.

Cuando pitos, flautas,
cuando flautas, pitos.


   Suele suceder. En el transcurso de nuestras vidas, cuando confiados esperamos que algo suceda, ocurre lo contrario: ¡Oh, fútbol peruano, gitano fútbol peruano!, cuanto más confiados estamos con un triunfo ante un débil rival (luego de haber derrotado a un grandazo) nos envuelve la derrota. O acaece, también, como se expresa en la última estrofa lo que muy a diario en nuestros países sucede, entre gente de rango o con algún cargo o poder: roban y andan libres con total impunidad, mientras que aquel que cometió un delito por necesidad está preso (no recuerda este sino al de Jean Valjean en la novela Los miserables).




   ¿A que viene esta introducción? Pues sucede que hace unos días, conversando en casa de mis padres, alrededor de la mesa familiar (valdelomariana la expresión), me acordé de un pasaje de mi vida, cuando dejaba de ser niño y entraba a la adolescencia, que mis padres y hermanos no sabían (Rita ya conocía la historia). Al terminar de contar la anécdota, percibí en sus rostros sorpresa, incredulidad y por allí alguna boca abierta.




   La historia, digamos, empieza así: corrían los días del año 74, épocas de gobierno militar. Eran días soleados propios del verano, quizás enero o febrero. Por entonces conversaba mucho y trazaba planes imposibles, propios de las mentes de niños de once años, con mi amigo Roberto Romo. Recuerdo que hablábamos mucho de fútbol, de chistes (o comics como les llaman ahora). La información que Roberto manejaba sobre los superhéroes me abrumaba y no he olvidado tampoco la ironía que siempre utilizaba para hacer sus comentarios.




   Para entonces, al Perú, en los asuntos de fútbol le iban bien, por lo menos mejor que ahora: la selección de Perú había sido sensación en el Mundial de México 70, un equipo peruano había salido subcampeón de la Copa Libertadores de 1972, en 1975 el Perú ganaría la Copa América, un jugador peruano fue capitán de la selección de América, Pelé era el Rey del Fútbol y Cubillas el príncipe… Qué lejano y extraño suena todo esto ahora.




   Tal fue la fiebre de fútbol que se despertó en el país, que las autoridades de entonces, instauraron la llamada Polla del Fútbol. Los premios eran suculentos: millones de soles para los ganadores. Una tentación para cualquier mortal (más si tomamos en cuenta que el valor de la apuesta era de apenas un sol). El juego consistía en acertar con los resultados de trece partidos (del campeonato local y de partidos internacionales), si no se acertaba con trece, se podía ganar con doce y hasta con once aciertos.




   Una tarde fui con Roberto a la agencia de la Polla del Fútbol que funcionaba, no recuerdo exactamente si en la cuadra cinco o seis de la avenida Grau, cogimos una hoja borrador donde estaba impresa la relación de partidos. Nos alejamos unas cuadras hacia el malecón y en un parque (creo que era el Parque Castilla), sentados en una banca, empezamos a llenar con nuestros pronósticos la hojita. No recuerdo en qué momento cambiamos de actividad, supongo que nos pusimos a jugar, a corretear, no sé. Solo recuerdo que uno de los dos guardó el borrador con nuestros vaticinios y quedamos que al día siguiente, a través del radio, íbamos a escuchar los resultados.




   Así fue al día siguiente. 5 o 6 de la tarde. Roberto prendió el radio portátil y empezamos a escuchar los resultados. Conforme el locutor informaba, nuestros corazones latían cada vez más fuerte: habíamos acertado hasta el momento de seis o siete partidos en todos. Cuando llegamos al decimosegundo partido, fallamos. Pero teníamos once aciertos. Al dar el resultado del último encuentro, comprobamos que nuevamente habíamos acertado. Habíamos hecho doce puntos de trece. Nuestra sorpresa fue mayor cuando el locutor informó que nadie había hecho trece puntos, que el ganador o ganadores eran los que habían logrado doce. Nosotros teníamos doce puntos. Éramos millonarios, todos aquellos sueños (casa propia, estudios pagados, viajes, viajes…) ahora podrían cumplirse con la fortuna ganada. Pero había un problema. No habíamos comprado, mejor dicho, no habíamos pagado el valor de la apuesta y no teníamos el boleto, solo teníamos el borrador. No recuerdo qué pasó en esos instantes, supongo que nos miraríamos estupefactos, impotentes porque no podíamos hacer ya nada. Habíamos, probablemente, cometido el mayor error de nuestras vidas.




   A partir de entonces compramos entre los dos o solos la polla, pero nunca más pudimos acercarnos, ni de lejos, a lo que logramos ese día. Tres o cuatro puntos por allí, nada más. Se comprenderá, ahora, el porqué de la reacción de mis padres y hermanos cuando en la mesa familiar conté esta historia del día en que pude ser millonario.




   Tengo en mis manos un breve libro que recoge algunas fábulas, precisamente el libro se titula Fábulas chinas, la selección y traducción estuvo a cargo de A. Laurent. Entre los textos sencillos y moralizantes (como toda fábula que se precie de serlo) llamó mi atención el siguiente:

DOS CAZADORES DE GANSOS SALVAJES

   Dos hermanos, al ver aproximarse una bandada de gansos salvajes, prepararon sus arcos.

   -Si cazamos uno de estos gansos –dijo uno de ellos- lo comeremos bien adobado.

   -No-dijo el otro-, eso es bueno para preparar los gansos cazados en tierra, pero los muertos en pleno vuelo, deben asarse.

   Para solucionar esta discusión, se dirigieron al jefe de la aldea.

   -Corten el ganso por la mitad –aconsejó el jefe- y así cada cual puede prepararlo a su gusto.

   Pero cuando los dos cazadores estuvieron listos para disparar, ya los gansos se habían perdido en el horizonte.

                                                                       Por Liu Yuan-ching (siglo XV)


   Lenguaje sencillo el del texto que facilita su comprensión: la pérdida de una oportunidad que probablemente no se repita. Sí, pues, la suerte llama una vez a tu puerta, si no la aprovechas, tal vez ya nunca más suceda. Como creo que me ocurrió en aquel ya lejano verano de 1974, cuando tuve once años y cometí el error (¿infantil?) de no hacer lo que se tenía que hacer. Como se suele decir cuando sucede algo increíble: “¡De película!”.




   Continuará...


                                           Morada de Barranco, 11 de febrero de 2012.


sábado, 4 de febrero de 2012

UN PRÓFUGO DEL MUNDO

                                                 


                                                          A todos aquellos arrebatados tempranamente,
                                                          poseídos por algún espíritu de fuego,
                                                          extinguidos por una muerte prematura.
                                                                                               Walt Whitman




   Cuando recordamos los nombres de Mariano Melgar, Leonidas Yerovi, Abraham Valdelomar, Adalberto Varallanos, Javier Heraud, Juan Ojeda, María Emilia Cornejo, Josemari Recalde, recordamos a un grupo de poetas peruanos, poetas tocados por un extraño y cruel designio: todos ellos se alejaron de este mundo a muy corta edad dejando la sensación de algo que se prueba y pronto-pronto se pierde.


Abrahan Valdelomar


Carlos Oquendo de Amat (en el auto) y Adalberto Varallanos


Juan Parra del Riego


Adalberto Varallanos


   Pero en esta ocasión, no deseo hablar de ellos sino de otro, también poeta, muerto prematuramente en tierras lejanas (como sucedió con Juan Parra del Riego, con Nicolás Corpancho, con Carlos Oquendo de Amat, con Luis Fabio Xamar), ¿su nombre?: José Eufemio Lora y Lora, un prófugo del mundo.


¡Oh el más humano artífice del himno más humano
No hay corazón sangriento, no hay destrozada mano
Que no se haya sentido tu hermano en el dolor!


   Qué extraño sino el suyo, siempre de un lado para otro, jamás establecido en un mismo punto, siempre como perseguido, como temiendo ser descubierto. Vida errante, como pocas, la suya: parte de Chiclayo (su tierra) para transitar incansablemente por Lima, Panamá, nuevamente Lima, Callao, Antofagasta, Valparaíso, Santiago, Mendoza, Buenos Aires, Montevideo, Bahía Blanca, Río de Janeiro, Lisboa, Biarritz, París: ciudades, ciudades, ciudades, hasta el aciago 14 de diciembre de 1907, cuando la alevosa Parca le arrojó con sus cortos veintidós años a las ruedas del Ferrocarril Metropolitano de París.


José Eufemio Lora y Lora


   ¿Accidente, suicidio? Nadie sabe, o los que algo sabían supieron callarlo bien. Pero ni con la muerte el reposo llegó a este pertinaz viajero. Sus restos, lo que quedó de José Eufemio, fueron sepultados en el Cementerio de Bagneux, en los alrededores de París. Todo anunciaba el olvido. Y así fue. Se olvidaron de él, dejó de pagarse por el espacio que ocupaba su tumba y en 1941, en pleno fragor de la Segunda Guerra Mundial, sus restos, lo que quedaba de él, fueron arrojados, así dicen unos, a la fosa común o fueron incinerados, así dicen otros. Lo que quedaba de él se perdió para siempre en un eterno viaje cuyo rumbo y destino nos son desconocidos. Extraño sino el de este poeta peruano trashumante, ni aun muerto pudo conocer el descanso.


Mas yo amaba el Ensueño
Y el ensueño fue abeja
Que me dio a saborear toda su miel.


JELYL

José Santos Chocano

   JELYL, que era el seudónimo con el que firmaba sus artículos y crónicas periodísticos, huérfano desde muy niño, estudiante trunco de la Universidad Mayor de San Marcos, que participó en la lucha de Panamá por independizarse de Colombia, que laboró en varios periódicos y fundó otros tantos, que fue secretario privado de Rubén Darío, amigo y compañero de ruta de José Santos Chocano (quien escribió a la muerte de este raro poeta: “Yo abro su libro como si abriere su tumba para rescatarle de la muerte”) solo publicó un libro, el único, el primero y el último que, crueldades del destino, se titulaba Anunciación y jamás pudo verlo, pues cuando la muerte le visita, sus poemas, los que había escrito en su corta vida, estaban en la imprenta y solo saldrían como libro un mes después de su muerte, en París, en 1908, editado por Garnier Hermanos.


Con el incendio que te encendía
Quemó tu labio mi labio un día,
Pero la nieve pronto llegó.





   En esta tarde nublada de verano he querido recordarle a él (“a quien jamás conocí”) luego de haber releído, después de algunos años, su breve e intenso libro de poemas y se me hace inevitable repetir estos versos de Enrique Peña Barrenechea: “…sé que estoy a cada momento avizorando, fatigándome, venciendo al pez y al tifón, deambulando aún por el sueño, cuando todos creen que reposo. (…) Toda mi vida no ha sido hasta ahora sino tránsito”. Bien pudiera ser su epitafio. Pero es imposible porque, para variar, de José Eufemio Lora y Lora, prófugo del mundo, no sabemos en dónde está.


Rompió sus amarras mi loca galera,
Y rumbo a lo incierto su quilla marcó.






   Continuará…


                                        Morada de Barranco, 04 de febrero de 2012.