jueves, 27 de febrero de 2014

LECTURA, LIBROS, PELÍCULAS




                                                                                          Vivo en conversación con los difuntos,
                                                                    y escucho con mis ojos a los muertos.
                                                                                                          Francisco de Quevedo





   Hace poco alguien escribió en un diario local que no recordaba a ningún adulto leyéndole cuando fue niño. Lo mismo puedo decir: no guardo en la memoria a una persona leyéndome historias de libros, revistas o lo que fuere, ni siquiera puedo decir que si ocurrió lo he olvidado. Simplemente, en mi caso, nunca sucedió.








   Añadido a lo anterior, diré que nunca, cuando niño, me enfermé de tal manera que guardara cama por largo tiempo, como suelen decir varios que de tanto decirlo ya se ha vuelto un cliché: cuando niño me enfermé y estuve varios meses en cama y mi única distracción era la lectura de Julio Verne y Emilio Salgari. No, tampoco me ocurrió. Yo fui alguien que descubrió tarde y mal a ambos escritores y es algo que me pesa.     








   Me enfermé, sí, de tos convulsiva y de paperas. Con las paperas sí guardé cama (por poco tiempo) y lo que más recuerdo de esos días es la radio de bakelita, pesada como un yunque (que conservo como una preciada joya) y donde mi madre escuchaba, desde temprano, un mano a mano entre Lucho Barrios y Pedrito Otiniano. Otra cosa que no olvido de esos días es el sabor, que entonces para mí era una tortura, de la famosa agua mineral San Mateo que mi madre me hacía beber como santo remedio.





   ¿Libros en la cama? No los recuerdo, en realidad no los hubo (de pronto se me viene la imagen del pequeño Huw de ¡Qué verde era mi valle!, enfermo, “tumbado” en su cama junto a una ventana, abandonado al placer del descubrimiento de La isla del tesoro y no se imaginan cómo lo envidio).  Los que me hicieron compañía fueron más bien los “chistes” (entonces así se le llamaba a los comics o tebeos) y poblaron mi mente febril de personajes que nunca olvidaría y ayudarían a desarrollar en mí, por ejemplo, un sentido de justicia inclaudicable.





   Si algo no he olvidado de aquellos lejanos días es la imagen de mi padre llegando a casa. Los domingos traía muy temprano en una mano el pan y en la otra un diario (El Comercio). Y por cierto mi propina, que un tiempo después serviría para ir religiosamente todos los domingos al cine (a la matiné, como se decía). Mi padre jamás perdió su condición de gran lector de periódicos: hoy tiene ochentaicuatro años y los sigue leyendo.








   Esos domingos de mi infancia eran muy especiales, no solo por la propina sino porque esperaba ansioso el periódico ya que su suplemento dominical traía una historieta, a toda página, que yo literalmente devoraba, me refiero a Benetín y Eneas. Tiempos aquellos en los que parecía que se vivía solo para descubrir y descubrir, para ir de sorpresa en sorpresa, esa capacidad que lamentablemente muchos pierden con el paso de los años, a veces tanto que se olvidan de todo aquello que los rodea y que forma parte de nosotros y nosotros de ellos. El maese Walt Whitman lo decía en su Canto de mí mismo (XXXI): Encuentro que en mí se incorporan el gneis, el carbón, el musgo de largos filamentos, las frutas, los granos, las raíces comestibles, / Y que estoy hecho enteramente de cuadrúpedos y aves, / Que he tenido motivos para alejarme de lo que he dejado atrás, / Pero que puedo hacerlo volver a mí cuando yo quiera…







   Hace poco recordé que fue mi padre quien me enseñó el abecedario y a silabear, de tal manera que cuando fui al colegio ya él me había adiestrado en las primeras letras. Nunca dejaré de asegurar que las historias que mi padre nos contó a mi hermana y a mí, cuando niños, en ciertas noches propicias, desarrolló en nosotros nuestro amor por la lectura, hizo que milagrosamente nos acercáramos a los periódicos, a los chistes y después a los libros sin ningún temor, más bien nos adentramos a ellos como a un territorio que nos cobijaba con sus aventuras e historias sorpresivas y sorprendentes. Definitivamente hay deudas impagables, esta es una de ellas y ha marcado nuestras vidas.





   Hace unos días visioné con Rita una película basada en una exitosa novela del australiano Markus Zusac: La ladrona de libros. No voy a decir si la película es buena, regular o mala, no es el momento. Lo que sí quiero comentar es sobre una de las escenas más bellas y conmovedoras del film, me refiero a esa escena de cuando una niña alemana llamada Liessel le lee diversos libros a un joven judío llamado Max que se encuentra muy enfermo y escondido en el sótano de los Hubermann, los padres adoptivos de Liessel, en plena Segunda Guerra Mundial. La lectura (o la palabra) como "medicina", como puente de salvación en los momentos más terribles de un ser humano: la vida y la muerte enfrentándose en una lucha cruenta que es asunto de todos los días.














   Curiosamente, apenas terminó la película, recordé que tenía dos o tres libros impresos en Alemania, muy antiguos, por cierto. Se lo comenté a Rita (son esos libros que a veces uno compra y sabe que no los va a poder leer, no por lo menos en esos momentos). Hasta ahora, en verdad hablando, no sé ni cómo es que los recordé, ni menos qué me impulsó a buscarlos, el asunto es que inicié su búsqueda inmediatamente en mi biblioteca, y el primero y único que hallé ahí estaba, ante mis ojos (como antes lo estuvo ante otros ojos que ya no están más sobre la faz del tercer planeta): delgado, cargado de años y dispuesto a ofrecerme alguna sorpresa o coincidencia. 





   El libro es una de las primeras obras de Rainer María Rilke (el escritor checo de lengua alemana) y se titula: Die Weise von Liebe und Tod des Cornets Christoph Rilke (El canto de amor y muerte del corneta Cristóbal Rilke). La bella edición está impresa con letras góticas, lo que acentúa, para mi gusto, su belleza. Al ver el año de impresión, definitivamente quedamos sorprendidos: es de Leipzig y corresponde al año 1899 (como se puede constatar en las fotos). Lo que recuerdo de su adquisición es que lo compré en una pequeña librería de viejo del centro de Lima, en la calle Azángaro, a media cuadra de la iglesia de Los Huérfanos y del Parque Universitario. Bueno, la librería ya no existe, esta desapareció a la muerte de su dueño, el señor Muñoz, el gordo Muñoz, una de las leyendas de una Lima que también ya desapareció.











   Lo que llamó la atención de Rita y también la mía es que el libro posee una breve dedicatoria casi ilegible, hecha con lápiz y que fue realizada en Munich, un 29 de julio de 1938, justo por los mismos tiempos en que Liessel aprendía a leer y escribir para luego dedicarse a leeele a Max en la ficción. ¿Quién escribió esa dedicatoria?, ¿a quién está dedicado? Incógnitas que nunca se resolverán. Sin embargo eso no fue problema para que, inmediatamente, se me ocurriera que ese bello librito bien pudo haber sido uno de aquellos que Liessel leía y pronto sentí como que aquel curioso objeto se llenaba de una aureola especial, sagrada, única. ¿Locura? Libertades, diría yo, que a veces se toman algunos cuando rompen los límites entre realidad y fantasía, libertades que un devoto lector está acostumbrado a hacer de manera natural, en fin, acciones que se toma un amante incondicional de los libros como lo soy yo, gracias a mi padre.









   Continuará…





                                                      Morada de Barranco, 27 de febrero de 2014.





sábado, 15 de febrero de 2014

¡AH, LAS ANÉCDOTAS!





                                                                                       Es el tiempo
                                                                                       que escribe lo eterno.
                                                                                             Enrique Peña Barrenechea



   Las anécdotas, ¿a quién no le ha ocurrido un hecho anecdótico?, ¿quién no ha escuchado o leído anécdotas? Son de la vida diaria. Como bien sabemos, una anécdota es una breve narración sobre un hecho curioso, algunas veces hasta gracioso. Trato de rememorar alguna en mis veinte años de trabajo con adolescentes y al recuerdo se viene esta: Desarrollaba una clase del Realismo en el Perú y de cómo la Guerra con Chile había influenciado en los escritores realistas peruanos. Intercambiaba ideas con los alumnos sobre las batallas y los combates, hasta que llegamos al Combate de Angamos, los alumnos defendían acaloradamente su posición, muchas de ellas teñidas de chauvinismo. De pronto, una alumna, en medio de la discusión, con la picardía en el rostro, se levantó y dijo: “Tranquilos, no se peleen por quién perdió o ganó, lo importante es participar”. Suficiente, todo el salón al unísono (incluido yo) rompimos en una risa interminable. Es de todos los días, como lo decía.





   Corría la década del noventa, recuerdo que una tarde salimos Willy Gómez Migliaro, Pablo Landeo y yo por las calles de Barranco para conversar y darle forma a uno de los números de Tocapus, la revista que coeditábamos. Mientras caminábamos acercándonos a Surco,  empezamos a contar anécdotas de todo tipo, de pronto Willy suelta una de antología. Voy a tratar de referirla como la recuerdo: Willy desarrollaba una clase sobre escritores y poetas peruanos contemporáneos, cada vez que mencionaba a uno de ellos, parece que Willy decía: “Es mi amigo”, “es mi amiga”. Tantas veces lo dijo, que uno de sus alumnos se para y a boca de jarro le suelta la ironía: “Usted es amigo de todos, ¿no?”. Willy a la velocidad del rayo le responde: “No, por ejemplo, tú no eres mi amigo”. Reímos los tres a mandíbula batiente.




   En una entrada anterior comenté que tengo una serie de hojas bond recicladas donde hace años solía pegar recortes periodísticos: cuentos breves, fábulas, curiosidades, anécdotas. Entre las muchas anécdotas de mis Bagatelas (así titulé a esas más de doscientas hojas), siempre tengo presente esta del gran escritor y cineasta francés Jean Cocteau, autor de la novela Los niños terribles:


   Cierta vez, alguien le formuló esta singular pregunta a Jean Cocteau: “Señor Cocteau, si su casa estuviese incendiándose y usted solo pudiera llevarse una cosa, ¿cuál sería esta?”.
   Monsieur Jean, ante tal interrogante “pirológico” meditó unos segundos y contestó: “En ese caso me llevaría el fuego”.





   Impagable. Otra anécdota es esta de dos colosos de la música y de la poesía: Richard Wagner y Charles Baudelaire:


   Wagner recibió un día a Baudelaire en su residencia con un elegante “robe de chambre” color amarillo. Se puso al piano y ejecutó una obra de la preferencia del poeta. Al terminar, después de una pausa, Wagner se puso una “robe de chambre” de color verde y ejecutó una nueva obra. La tercera pieza la interpretó también después de un breve descanso, luciendo otra “robe de chambre” color rosa.
   Conmovido, Baudelaire le dijo efusivamente al finalizar el exquisito recital de piano: “En la ejecución de los diferentes trozos musicales sin duda las ropas de variados colores expresan, simbólicamente, diversos caracteres”.
   Wagner lo miró sorprendido y le contestó: “Me he cambiado de ropa porque cuando ejecuto al piano transpiró mucho”.








   Por estos días leo salpicado, mejor dicho, releo un libro que había olvidado y que hace muchos años, hablamos de la década del ochenta, compré en el Centro, épocas en que muchísimas calles de la vieja Lima eran un mercado persa: 1 550 Anécdotas Musicales, una recopilación de Rodolfo Barbacci. No he olvidado la mañana fría en que vi este libro extraño, fue en una esquina de la avenida Abancay con jirón Puno, literalmente estaba en el suelo junto con otros libros (entre el lote de libros destacaba Cantos de Francisco Bendezú, en la edición de La Rama Florida del año 1971, que hoy también está en mi biblioteca).  El anecdotario es, en realidad, un libro para leer de a pocos, su cantidad apabulla, cansa si alguien se atreviera a leerlo de golpe, a mí por lo menos me ocurre y lo estoy releyendo por ratos, que creo que es la mejor manera de disfrutarlo. 





   Este libro editado en Lima, allá por el año 1964 (tercera edición) complementa algunas de mis curiosidades, curiosidades musicales, quiero decir, alguien que no solo se contenta con oír sinfonías, conciertos, sonatas, suites, valses, nocturnos..., sino en querer saber algo más sobre sus compositores, así esta información esté más para la leyenda, como suele suceder con muchas de las anécdotas. 






   Soy, pues, un melómano y considero que vivir sin música es imposible, por lo menos yo no podría. Recuerdo que Friedrich Nietzsche decía: "Sin música la vida sería un error". Bueno, esa frase la tengo como bandera, yo escucho de todo (aunque debo reconocer que la salsa no la soporto): en música popular mis gustos se dirigen sobre todo al rock, y en este campo mi admiración mayor es por The Beatles, lo he dicho muchas veces. Si hablamos de lo que se llama música clásica o académica, amo la música de Mozart, Schubert, Beethoven, Bach, Chopin…, pero de entre todos ellos, admiro la música del gran Johannes Brahms y justamente de este libro he escogido cuatro anécdotas que dicen muy bien como eran algunos de los rasgos de la personalidad de este genial compositor alemán. Por ejemplo, ácido, muy ácido:


   Cierto día Brahms recibió la siguiente invitación: “Venga a almorzar con nosotros  el domingo. Mi esposa y mi hija le entretendrán con música de doce a una y después almorzaremos”. A lo cual Brahms contestó: “Muchas gracias por la invitación. Llegaré a la una en punto”.






   Arisco y reacio a todo contacto social:


   Brahms era enemigo de las convenciones y compromisos sociales; detestaba las reuniones del gran mundo y trataba de toda forma eludirlas. Cierta vez, una dama de la sociedad vienesa organizó una reunión social en la cual contaba presentar como invitado de honor al ilustre compositor y, para ser amable y deferente con él, le envío con anticipación la lista de las personas que pensaba invitar, rogándole que tachase el nombre de cualquiera de ellas que Brahms no desease ver en la fiesta. Cuando la dama recibió la lista de vuelta, solo había un nombre tachado: el del compositor.






   Exigente con los demás porque él era exigente y perfeccionista consigo mismo:


   Un compositor de Viena había estrenado una ópera que gustaba al público, pese a sus vulgaridades y pocos méritos musicales. Creyéndose un gran compositor, en una ocasión que fue presentado a Brahms, entonces el compositor más importante y considerado, le preguntó porque nunca había compuesto una ópera.
   La razón es muy simple –respondió Brahms-. Opino que para componer para el teatro, y gustar actualmente, es necesario poseer cierto grado de estupidez. Siento que no tengo aún la suficiente.






   Incluso usar del humor negro contra sí mismo:


   Cuando Brahms padecía del cáncer al hígado, que posteriormente lo llevó a la tumba, fue a ver a su médico, el que le ordenó una dieta estricta. Le prohibió absolutamente todos los platos de la cocina vienesa, que tanto le gustaban.
   -Pero es imposible – dijo Brahms- esta noche tengo una comida con Johann Strauss.
   -No vaya, y asunto concluido- respondió el médico.
   -¡Bah! –concluyó Brahms- yo iré, haré de cuenta de que no os he consultado hasta mañana.





   ¡Ah, las anécdotas!, nos hacen sonreír y hasta reír. Son pequeñas historias que llegan y nos iluminan con su gracia. Pero también nos informan a pesar de que muchas no respondan a un rigor y exigencia de la realidad real, como suelen decir algunos. Hasta la próxima entrada.








  
   Continuará…



                                                     Morada de Barranco, 15 de febrero de 2014.





   

lunes, 27 de enero de 2014

ARTURO CORCUERA: EL POETA, EL HOMBRE GENEROSO






                                                                                    Para buscar imágenes
                                                                                    me sumerjo en el sueño…
                                                                                                 Arturo Corcuera



   Conocí a Arturo Corcuera el año 1991, pero sabía de él desde mucho antes. Sabía que era un poeta de la llamada Generación del 60; que fue muy amigo del siempre joven Javier Heraud; que alquiló una casa en la Bajada de los Baños de Barranco, a inicios de los 60, y que esta casa fue bautizada con el grandilocuente nombre de La Casa de la Poesía; que en La Casa de la Poesía se reunían los jóvenes aedas peruanos atiborrados de sueños y poemas; que a esa casa que todavía existe invitaban a grandes poetas como Pablo Neruda y Nicolás Guillén...










   Cuando me presentaron a Arturo Corcuera, estaba él sentado sumido en un silencio que llamaba mi atención, que llama hasta ahora mi atención. Sus ojos eran sí más expresivos, escrutadores y su característica melena gris que me hacía recordar al gran Alberti. Ahí fue que vi por primera vez una típica pose en él: el dedo índice estirado sobre su mejilla, el pulgar debajo de la mandíbula y los otros tres dedos agazapados sobre sus delgados labios. La imagen perfecta de la serenidad.




   Entonces trabajaba el poeta en la desaparecida Asociación Cultural Peruano-Soviética cuyo local se ubicaba en una esquina de la avenida Salaverry. ¿Por qué es que llegué allí? Pues me habían programado para un recital de poesía, de la joven poesía peruana que entonces dio en llamarse Generación del 90. Era ya noche, lo recuerdo, la gente entraba y salía del local y eso acentuaba mi nerviosismo. Solo atiné a estrecharle la mano y no recuerdo si dije algo, lo más probable es que me quedara callado. Unos días después, junto a unos amigos, lo visité en el mismo local y, en su oficina, por fin pude hablar algo y sobre todo escucharlo, porque Arturo Corcuera puede parecer un hombre callado y sumido en sus pensamientos, pero tenía mucho que contar. Esa tarde salí contento luego de la charla porque había logrado que el poeta Corcuera se comprometiera a entregarme, en una visita próxima, un poema suyo, cuya temática era motivo de arduas pesquisas.




   La siguiente visita, varios meses después, fue a su casa de Santa Inés, en Chaclacayo. Junto con dos amigos llegué por la mañana a la casa del poeta. Quedé sorprendido por el interior de ella, pensé inmediatamente en un museo por la cantidad de objetos artísticos, muchos de ellos  relacionados con los personajes de su libro Noé delirante. Fuimos conducidos amablemente por la esposa del poeta al jardín interior, simplemente una maravilla, un edén. Bajo una pérgola, donde se encontraban suspendidos racimos de uvas, nos sentamos alrededor de una mesa hasta que el poeta apareció.




   Fueron horas de amena conversación. Arturo desmadejó su memoria y nos ofreció muchos de sus recuerdos a manera de anécdotas, desfilaron ante nosotros en la voz pausada del poeta Corcuera personajes como Javier Heraud, Alberto Hidalgo, Xavier Abril, César Calvo, Vicente Aleixandre, Pablo Neruda, Tilsa Tsuchiya, José Santos Chocano, Juan Ramón Jiménez, incluso contó algunas historias vividas con un auto que cuando joven compró y lo bautizó con el nombre de Platero… Aún recuerdo que ante una pregunta mía, me respondió con seguridad que Juan Ramón Jiménez era su poeta predilecto.




   Si algo me emocionó de esa visita es que en medio de ese jardín maravilloso rodeado de cerros le mostré algunos de mis poemas, él tuvo la paciencia de leerlos con detenimiento, de darme su opinión y de sugerirme algunas cosas. Seleccionó de todos ellos dos poemas míos que tuvo la generosidad de publicar en su revista Transparencia (N° 7). Era la primera vez que me publicaban y esa emoción, esa extraña sensación de ver algo tuyo impreso es algo que no he olvidado (¿cómo podría hacerlo?) y que siempre agradeceré al poeta Arturo Corcuera.







   Ese mismo día, le pedí que me autografiara su libro emblemático, aquel libro que cual arca lleva en su vientre una fauna particular y maravillosa, me refiero a su Noé delirante, ese libro mágico que contiene bellos poemas breves, chispas verbales cargadas de ingenio y lirismo puro y algunos hasta de política. Con su pluma (no de ganso porque no la alcanzó a usar, parafraseo un verso suyo) escribió estas bellas palabras en mi libro que en realidad es suyo: “A Orlando Granda, platicando bajo la parra que, además de uvas da también amigos y poemas. Domingo de enero por la tarde en el año del controvertido 1992. Fraternalmente, Arturo Corcuera.”
















   Las visitas continuaron, algunas veces incluso fui solo (yo que no soy de visitas) y en una de esas oportunidades le pregunté sobre un poema suyo dedicado a ese personaje cinematográfico llamado Tarzán (“es mi mejor poema”, me dijo muy seguro, “pero a quien admiraba no era a Johnny Weissmüller sino a un actor anterior a él”, complementó), recuerdo que llegamos hasta a hablar de fútbol y de su amor por Alianza Lima y en cuyo homenaje había publicado un libro de poemas de título bastante largo: La gran jugada / crónica deportiva que trata de Teófilo Cubillas y el Alianza Lima, libro que por entonces intentó reeditar, pero que lamentablemente no salió y me obsequió un ejemplar fallido del libro, ejemplar que yo conservo con correcciones de su puño.







   Así fue pasando el tiempo, las visitas se fueron espaciando, algunos encuentros casuales en recitales o presentaciones de libros, muy poco en realidad, poquísimo en estos últimos quince años. Hoy Arturo tiene setentaiocho años. Hace poco vi una entrevista que le hicieron para la televisión. Arturo Corcuera, ya casi al finalizar la entrevista, dice: “Yo, por ejemplo, me contentaría vivir dos años más, ochenta años. Ya después de ochenta años me parece hasta de mal gusto vivir. Ochenta, ochentaicuatro, deteriorándose…”. Me conmovió. Estas líneas en su homenaje, al poeta, al ser humano, al hombre siempre generoso.










   Continuará… 






                                         Morada de Barranco, 27 de enero de 2014.