martes, 28 de febrero de 2017

NOVELAS BREVES DE AUTORES PERUANOS II





                                                             Una calle desierta como lo es una ola…
                                                                                             Martín Adán







   Es curioso, comentaba hace poco que el calor estaba insoportable, que se vivía un verano como jamás hubo otro. Pero hace unos días, Lima se vio sorprendida por una fuerte lluvia nocturna que duró seis horas, algo casi imposible pues Lima es una ciudad en la que prácticamente no llueve y si algo cae, es una lluvia menudita que acá la llamamos, con una palabra que a mí me gusta mucho, garúa. Supongo que serán los efectos del calentamiento global todos estos desórdenes impensables hasta hace poco. Pero con sol o con lluvia, uno continúa disfrutando de los últimos días de las vacaciones.







   Decía en la entrada anterior que por estos días tenía preferencia por la narrativa breve, cuentos, novelas cortas (nouvelles). Sobre todo estas últimas, novelas como Siempre hay caminos, Los Ingar y Los cachorros son ejemplos plenos de calidad, de solidez en su brevedad. Si me preguntaran, en estos momentos, a cuáles considero las mejores novelas breves escritas por peruanos, respondería que esas tres novelas y dos más: La iluminación de Katzuo Nakamatsu y La conciencia del límite último. Son las que he leído, las que conozco.





   Entiendo que por ahí deben haber varias novela breves escritas por autores peruanos que no conozco, es más que probable. Por lo pronto sé de una que está en compás de espera, me refiero a Salón de belleza de Mario Bellatín. He leído buenos comentarios sobre esta nouvelle, pero para opinar algo sobre ella debo, primero, leerla, espero que pronto, el libro está en mi escritorio.






   Carlos Calderón Fajardo publicó una joya narrativa en el año 1990: La conciencia del límite último. Una novela breve que cuenta la increíble historia de un reportero policial (el “Flaco” Calderón) que inventa sus reportajes, que para satisfacer el morbo de los lectores de un diario sensacionalista debe crear las historias de más y más crímenes que saldrán publicados en su columna titulada “Crónica del crimen insólito”. De pronto el “Flaco” Calderón empieza a recibir extrañas y misteriosas cartas que le confirman que los crímenes imaginados se han hecho realidad y lo que es peor, que ocurrirán crímenes más terribles. Como se puede colegir, La conciencia del límite último, bien podría ser una típica novela policial o fácilmente una novela fantástica, precisamente uno de los méritos de Carlos Calderón Fajardo es que supo equilibrar muy bien lo real con lo fantástico y brindarnos una de las novelas peruanas más apasionantes y espléndidas de los últimos treinta años. Gabriel Ruiz Ortega escribió sobre esta novela: “En su brevedad, La conciencia… exhibe el suficiente poder de obnubilar, cuestionar y confundir al lector. Esta experiencia de la lectura no es gratuita, puesto que siendo uno de los primeros libros del autor, este ya sabía a lo que iba, qué era lo que anhelaba proyectar más allá de una historia enraizada en la tradición de la novela enigma, es decir, partiendo de esa base genérica se permitió más de una licencia para literalmente transitar por los registros realistas y fantásticos, valiéndose de un personaje de mente endemoniada que debía inventar historias, en principio por necesidad económica y poco después por el oscuro placer de inventarlas”.






   Corría el año 2008 cuando el escritor Augusto Higa Oshiro publicó una novela breve que fue considerada con justicia la más destacada de ese año, me refiero a La iluminación de Katzuo Nakamatsu, novela que aborda la sicología compleja y atormentada de un nikkei afincado en Lima, específicamente en el barrio popular de La Victoria. Katzuo Nakamatsu, viejo profesor de la Universidad San Marcos de donde es despedido arbitrariamente, viudo y solitario, acosado por los fantasmas del pasado, es un personaje que en medio de sus cavilaciones se va aislando por completo, incluso de su comunidad, se vuelve un marginal vestido a la manera antigua, como Etsuko Untén y el poeta Martín Adán, dos de los personajes que más admira y que representan el desgarramiento existencial en medio de una ciudad gris que curiosamente le prodigará a Katzuo el satori, la iluminación final. En una entrevista, Augusto Higa comenta: “Desde los veinte años sabía que tenía que escribir una novela sobre japoneses, en la medida en que soy descendiente de japonés. Yo hacía experimentos, intentos, estudiaba la inmigración japonesa y nunca salía la historia, porque las circunstancias históricas no estaban dadas. Éramos muy extraños. Ahora somos una población amestizada, conozco a descendientes de japoneses que radican en Huancayo, se sienten andinos; otros, en la selva, quieren a su tierra. Yo solo reflejo a un tipo de descendiente de japonés, muy concreto, que es mi caso; ya otros narradores, como (José) Watanabe, reflejan otras realidades”. Gran novela.






   Ya para terminar, debo expresar que si algo me intriga es ¿por qué razón Julio Ramón Ribeyro no escribió una novela breve? Me intriga y me parece raro que una obra suya no figure en una relación de grandes nouvelles. La respuesta es sencilla, simplemente nunca escribió una y lo lamento, estoy más que seguro que si la hubiera escrito, esta sería magnífica, pero en fin, son puras especulaciones y allí lo dejamos.









   Continuará…







                                             Morada de Barranco, 28 de febrero de 2017.









   

lunes, 27 de febrero de 2017

NOVELAS BREVES DE AUTORES PERUANOS I




                                                            Prosa dura y magnífica…
                                                                         Martín Adán
             




   El verano aprieta. Jamás hubo uno tan caluroso como este, y junto a las altas temperaturas: la radiación que torna al Sol en un enemigo peligrosísimo. Pero a pesar del sofocante verano, uno aprovecha las vacaciones y se lanza a la aventura refrescante a través de lecturas y de la visión de películas.






   Si de películas hablamos, todas las tardes tenemos una cita con el cine Rita y yo, son las ventajas que las vacaciones otorgan. Han desfilado ante nuestros ojos, en esas tardes incendiarias, películas de John Ford (¿Quién mató a Liberty Valance?, Pasión de los fuertes, El sargento negro); de Francois Truffaut (Fahrenheit 451, Disparen sobre el pianista, Las dos inglesas y el amor); Luis Buñuel (Viridiana, El río y la muerte, Bella de día); Jean Renoir (La regla del juego); Roman Polanski (El pianista, Repulsión); David Lean (Doctor Zhivago); Ingmar Bergman (El séptimo sello)…, entre otros directores y películas. Como se ve, clásicos.






   Por estos días, también ando enfrascado en la lectura de poesía, por ejemplo estoy leyendo profundamente sorprendido una antología de la poesía de Emily Dickinson en traducción de Silvina Ocampo, un obsequio de hace veinte años de mi hermano Willy Gómez Migliaro. Releo complacido una selección de poemas de Fernando Pessoa, el de las múltiples máscaras, en traducción de Rodolfo Alonso. Dos libros de poetas peruanos me acompañan en estos días calurosos: Diario de poeta de Martín Adán y la Poesía completa de César Vallejo. Como puede verse, ando en muy buena compañía.






   Hace unas semanas comenté que por estos tiempos mis preferencias en la narrativa iban por la lectura de novelas breves, ese “género a caballo entre el cuento y la novela”, según decía de ellas Julio Cortázar. Entonces me puse a recordar algunas de ellas que un tiempo atrás habían pasado por mis manos y mis ojos para nunca más abandonarme: Pedro Páramo de Juan Rulfo, El perseguidor de Julio Cortázar, La metamorfosis de Franz Kafka, El coronel no tiene quien le escriba o Crónica de una muerte anunciada, ambas de Gabriel García Márquez, Carta de una desconocida o 24 horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig, Las batallas en el desierto de José emilio Pacheco…, en fin, la lista es larga.






   Fue así como en mí surgió esta pregunta: ¿Y qué novelas cortas de autores peruanos había leído? Y concluí que todas las que había leído (no muchas en realidad) eran magníficas novelas, todas ellas sólidas en su brevedad: Siempre hay caminos, Los cachorros, Los Ingar, La iluminación de Katzuo Nakamatsu y La conciencia del límite último, para el que las ha leído, no me dejará mentir: todas son obras maestras.






   Cuando se habla de Ciro Alegría, siempre se mencionan sus tres primeras novelas (algunos por desconocimiento dicen “sus tres únicas novelas”): La serpiente de oro, Los perros hambrientos y El mundo es ancho y ajeno. Cometen un grave error: el de olvidar una joya literaria que fue publicada después de la muerte del autor: Siempre hay caminos, una nouvelle misteriosa que cuenta de la aparición inexplicable de una mujer, presencia que trastocará las vidas de Candelario, Micaela y la pequeña Domi. Una novelita más que recomendable. Escribió Dora Varona, la viuda del escritor: “La nouvelle en referencia fue comenzada por Ciro Alegría en Santiago de Chile, bajo el título La flauta de pan, allá por el año 1940. Estaba entonces ambientado en los Andes chilenos y en ella se movían personajes campesinos de esas latitudes. Años después, en 1959, viviendo en Cuba, retomó el hilo de la historia. Situó la trama en la sierra norte del Perú y la llamó esta vez La desconocida. Aún no había terminado cuando se vio precisado a regresar a su país. Ya en el Perú decide terminarla, y lo logró en 1961 bajo el hermoso título de Siempre hay caminos”.





   En 1955, Carlos Eduardo Zavaleta, quien es más conocido como cuentista, publicó una novela breve titulada Los Ingar, bella novela cuyo lenguaje cargado de sutileza poética y dramática me atrapó cuando lo leí en mi adolescencia, entonces comprendí que así como es importante lo que se cuenta, también lo era la manera cómo se debía contar la historia. Y en esto, Los Ingar iba parejo, Carlos Eduardo Zavaleta había dado en el clavo con esta breve novela cuyo ambiente son las milenarias tierras de Áncash y donde desfilan personajes como Llica, Alberto, el Zorzal… El autor escribió en un texto titulado La novela poética peruana del siglo XX lo siguiente: “En 1955, publiqué otra novela corta, Los Ingar, la cual me satisface hasta ahora. Sólo puedo hablar de mis intenciones; por ello diré que esta vez fui guiado por el aura trágica de William Faulkner  (a quien ya había estudiado en una primera tesis universitaria de 1952 y en varios otros artículos), así  como por las claras y minuciosas enseñanzas  de un ensayo singularísimo: La crítica en la edad ateniense, por Alfonso Reyes. Pero esas influencias sólo sirvieron en torno a un cuadro rural auténtico, lleno de injusticias, vivido por mí en el pueblo de Corongo, Ancash, en los años 30’. En todo caso, lo que importa aquí es mi intención de exaltar la prosa, perseguir el esplendor verbal, dibujar personajes trágicos mediante monólogos y diálogos, urdir, en fin, una atmósfera de fatalidad, sin olvidar los elementos internos de la narración, incluso alterando adrede el orden temporal. Al lector le toca decir si logré o no mis fines”. Bello libro que aún espera a  sus lectores.






   Mario Vargas Llosa publicó en 1967 una novela breve titulada Los cachorros (aunque la obra se iba a llamar en un primer momento Pichulita Cuéllar). Esta nouvelle cuenta la historia de un niño (Cuéllar) que es emasculado por un perro (de curioso nombre: Judas) luego de un entrenamiento de fútbol y las lógicas consecuencias en la vida del protagonista y en la de su entorno. La “interminable” inmadurez, los afanes por demostrar su virilidad a través de la práctica de deportes y de sus reacciones cada vez más agresivas por parte de Cuéllar hacen de esta novela la historia de aquel, que marcado por un triste sino, nunca logra acomodarse o adaptarse en una sociedad regida por apariencias e hipocresías. Vargas Llosa alguna vez escribió sobre Los cachorros: “Quería que Los cachorros fuese una historia más cantada que contada y, por eso, cada sílaba está elegida tanto por razones musicales como narrativas; no sé por qué, sentía que, en este caso, la verosimilitud dependía de que el lector tuviera la impresión de estar oyendo, no leyendo: la historia debía entrarle por los oídos”. Novela trágica y siempre actual, probablemente una de las mejores obras del autor.









   Continuará…






                                                   Morada de Barranco, 27 de febrero de 2017.








martes, 31 de enero de 2017

UN CUESTIONARIO PARA MÍ







                                                  Casi soy un hombre virtuoso, casi un místico.
                                                                                       Martín Adán





   En la red siempre me topo con páginas donde aparecen cuestionarios a cuyas preguntas responden muchos escritores. Son entretenidos cuestionarios en las que, muchas veces, me pongo a pensar qué respondería. La verdad es que se me hacen divertidos. Bueno, en esta oportunidad no solo lo he pensado sino que he tomado algunas preguntas de diferentes cuestionarios y creé uno nuevo y me puse en la situación de responder. He aquí esas preguntas y mis respuestas.





1. ¿Qué es para ti un libro?

De hecho no es un simple objeto, un libro para mí puede convertirse en mi casa, también en un viaje.





2. ¿Cuál es el mejor lugar para escribir?

En la mesa que heredé de mis padres y donde ellos, mis hermanos y yo nos sentábamos para desayunar, almorzar, cenar, un lugar en el que compartimos no solo la comida, también las palabras y, por cierto, los silencios. Para mí es un mueble que trasciende esa condición, es el sitio en el que muy de mañana, cuando Rita y Kathia todavía duermen, me siento y leo y escribo.





3. Cuando entras a una librería…

Lo primero que hago es ubicar el estante de poesía. Durante varios minutos saco uno que otro libro, ojeo, hojeo y al retirarme, casi es de ley, salgo comprando uno o más libros. Puede sonar exagerado, pero me retiro agitado, emocionado. Amo los libros y si son de poesía, más todavía.





4. ¿Qué libro estás leyendo en este momento?

Bueno, casi nunca leo un solo libro, leo varios, casi siempre estoy picando por aquí, por allá… Me pasa con la poesía de Fernando Pessoa, Paul Celan, Carlos Martínez Rivas, Carlos Oquendo de Amat, Luis Cernuda, César Vallejo, Martín Adán, por mencionar solo poetas, sus libros los visito continuamente. En estos días estoy leyendo dos libros: Poemas de Emily Dickinson en la traducción de Silvina Ocampo y un libro de cuentos de un autor peruano poco frecuentado: Carlos Calderón Fajardo, el libro se titula Playas, en él he hallado cuentos maravillosos que me han llevado al deleite de la relectura, porque este libro lo estoy leyendo por segunda vez, y como los buenos libros, con cada lectura, el libro crece.





5. ¿Te acuerdas del primer libro que leíste?

Haré memoria. Recuerdo un libro que ni siquiera era mío, pero estaba en la casa, era una enciclopedia escolar algo maltratada donde estaban todos los cursos, el libro se titulaba Peruanito, no sé si fue el primero, lo que sí recuerdo es su pasta dura, algo deshojado ya, disfrutaba mucho al leerlo, tenía muchos dibujos con diálogos ocurrentes, lo leí incontables veces, cómo olvidar esas tardes en que me embarcaba en su lectura, fue ahí donde con mis siete años, o menos, me enteré de los nombres de tres poetas peruanos, donde vi sus rostros que luego se me harían familiares como sus obras: José Santos Chocano, José María Eguren y César Vallejo.






6. ¿Cuál es tu escritor favorito?

No puedo mencionar a uno, son varios. Los que siempre me han acompañado y me acompañarán son los libros de Stefan Zweig, Stendhal, Anton Chéjov, Fernando Pessoa, Julio Ramón Ribeyro, Miguel de Montaigne, Marcel Proust,  Augusto Monterroso, Alfonso Reyes, en fin, son muchos nombres. Leer cada una de sus obras ha sido y es una de las grandes experiencias y aventuras de mi vida, cada vez que los leo, siempre encuentro algo nuevo, algo que no supe o no pude “ver” en la lectura anterior.






7. ¿Cuál es tu personaje literario preferido?

Debo decir que lo bueno que tienen los personajes literarios es que son retornables, en la ficción pueden incluso hasta morir, pero bastará con volver a las páginas anteriores para nuevamente tenerlos con vida. Muchos de ellos han sido (y son) muy importantes en mi vida. Ocurre que mucha gente de carne y hueso ya ni la recuerdo, pero algunos de los personajes de esas obras están siempre presentes en mi vida; es decir, están siempre vivos. Si tengo que mencionar uno, no lo haré, mencionaré a dos: Julien Sorel, el protagonista de Rojo y Negro, la novela de Stendhal y Pierre Bezujov, personaje principal de la novela Guerra y Paz de León Tolstoi.






8. ¿Sigues algún método a la hora de escribir? ¿Tienes alguna manía o superstición?

No tengo ningún método. Siempre estoy a la cacería de imágenes, de las viejas palabras, siempre, incluso en el sueño. De ahí que sea muy distraído cuando transito por las calles, con los peligros que trae el estar distraído en la urbe. ¿Manía o superstición? Ninguna. Lo que quizá siempre procuro, cuando estoy en casa, es que haya música, para mí es fundamental. La música construye atmósferas y en esos espacios muchas veces se facilita la aparición de una imagen, de una palabra, de un poema.






9. ¿Qué libro te hubiera gustado escribir?

5 metros de poemas, el único libro de Carlos Oquendo de Amat. Fue publicado en 1927, en la editorial Minerva que fue fundada por el gran pensador José Carlos Mariátegui. A pesar de los años transcurridos, este libro-objeto conserva su frescura y es un campo para el asombro. Es un libro que sigo y que me persigue.






10. ¿A qué escritor quisieras conocer en persona?

A Carlos Oquendo de Amat, me hubiera gustado conocerlo, dicen que era un muchacho que tenía mucho humor y que le gustaba bailar. Creo que si lo hubiera conocido hubiéramos congeniado, hubiéramos sido grandes amigos. Por lo demás, hay algo en común entre nosotros: el espíritu andino, ese espíritu hermana: él nació en Puno y yo en el Cusco.





11. ¿Has leído más de cinco títulos de un autor? ¿De quién?

Sí. En la adolescencia, Shakespeare. Sobre todo sus tragedias: Romeo y Julieta, Hamlet, Otelo, El rey Lear, Macbeth, Julio César. Ya después vinieron autores como Stefan Zweig, de él he leído muchísimas obras, entre las que recuerdo ahora están Momentos estelares de la humanidad, La confusión de los sentimientos, Carta de una desconocida, Buchmendel, Tres maestros, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Novela de ajedrez, Tres poetas de su vida, La lucha contra el demonio, y sus memorias, el bello y doloroso El mundo de ayer. De Augusto Monterroso he leído toda o casi toda su obra, de Balzac, de Alfonso Reyes, de Anton Chéjov y otros autores más que sería largo mencionar.






12. ¿Qué talento, aparte del literario, te gustaría tener?

Fue Nietzsche que escribió alguna vez: “Sin la música la vida sería un error”. En efecto, tamaño elogio no hace sino confirmar la importancia de la música: me resulta imposible y aburrido un día sin ella. Me hubiera gustado cantar, tocar piano o violín. Amo a la música, soy melómano declarado. Admiro la obra no de “las tres B de la música”, sino de "las cuatro B de la música”: Bach, Beethoven, Brahms y… Beatles. Pero no son los únicos.






13. ¿Qué anécdota de un escritor recuerdas?

Una de Jean Cocteau, el autor de Los niños terribles. Una vez le preguntaron qué rescataría de su casa si se estuviera incendiando, dicen que Cocteau respondió que rescataría el fuego. Curioso, hace unos días visioné con mi esposa una película de Claude Lelouch: Un hombre y una mujer. En una escena se ve a los protagonistas que están caminando por un muelle y de pronto comentaron una frase que me gustó mucho, no es de un escritor sino de un escultor, Alberto Giacometti, dicen que una vez dijo: “En un incendio, entre un Rembrandt y un gato, salvaría al gato, una vida siempre vale más que una obra de arte”. Esta palabras me hicieron recordar inmediatamente la anécdota de Cocteau.





14. ¿Qué libro no has sido capaz de terminar de leer?

Bueno, ni siquiera de empezar: los libros de ese señor llamado Paulo Coelho. Hay libros que empecé a leer entusiasmado y el entusiasmo se fue quedando a medio camino, me ocurrió con una obra de Rainer María Rilke: Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Dos veces intenté con esa novela, las dos veces desistí. Quizá se debió a que no eran los momentos adecuados para su lectura, supongo que en cualquier momento intentaré nuevamente. Han habido otras obras, pero mejor no alargo la respuesta.






15. ¿Cómo dedicas tus libros?

No soy bueno para eso, a veces malogro libros en el afán de dedicarlo con ocurrencia e imaginación. Así que, por lo general, manejo un par de líneas en la cabeza y las adecúo a la situación. No es por falta de interés, en realidad no sé qué poner o cómo continuar lo que empecé a escribir: simplemente me trabo, estoy negado para ese tipo de textos.






16. ¿Alguna vez has visto a alguien leyendo uno de tus libros? ¿Qué has sentido?

De manera directa no. Por fotos. Un día descubrí una foto en el Facebook de una editorial en el que había publicado un libro dirigido a los pequeños, me emocionó mucho ver que una niña hubiera escogido entre varios libros el mío y que su carita mostrara interés, esa experiencia de ver a alguien que lee un libro tuyo es impagable, única.






17. ¿Cuál es tu lema o frase favorita?

No recuerdo dónde lo leí, no recuerdo quién es su autor, pero la he hecho mía, está tan llena de humor, la frase dice: “No soy supersticioso porque eso trae mala suerte”.








   Continuará…






                                                  Morada de Barranco, 31 de enero de 2017.






sábado, 28 de enero de 2017

LOS NOCTURNOS DE LOS HERMANOS VARGAS







                                                              Hoy la luna está de compras
                                                                 Carlos Oquendo de Amat






   No soy un especialista en fotografía, soy alguien que cuando descubre una foto que le gusta, se detiene a verla en sus mínimos detalles, se involucra con ella, vive la atmósfera que esta crea. Alguna vez me ocurrió una experiencia que para mí fue muy importante, fue ya hace una buena cantidad de años, tantos que me sorprendo del tiempo transcurrido: la breve historia que viví al ver unas fotos sucedió en la primera mitad de la década de los ochenta.










   Era como las seis de la tarde cuando por azares del destino llegué a la puerta del Museo de Arte, en Paseo Colón. Ingresé al museo y me enteré que en el primer piso se exhibían postales antiguas de Lima, algunas de ellas (pocas) coloreadas. Recuerdo que la mayoría de las postales eran imágenes de la década de los veinte, los “locos años veinte”, tiempos del gobierno de Augusto Bernardino Leguía cuyo empeño por embellecer Lima hasta ahora lo podemos constatar, tiempos donde se desarrollaron una pléyade de intelectuales y artistas peruanos de primer orden, pienso en José Carlos Mariátegui, César Vallejo, Martín Adán, Carlos Oquendo de Amat, Raúl Porras Barrenechea, Jorge Vinatea Reinoso, César Moro, José Sabogal, Julia Codesido, en fin, la lista es larga



Museo de Arte Italiano







   En el hall del museo me enteré que el ingreso a la exposición era gratuito. Mi amor por Lima y mi afán por saber más de ella me llevó a ingresar prestamente. Cada imagen era para mí un universo, era entrar a un mundo perdido pero perennizado en una toma, inmortalizada en imágenes que mis ojos escrutaban ávidamente. Me quedé mucho rato observándolas, una por una, como dije, al detalle. Fui literalmente raptado por ese mundo perdido: esas fotos, trozos de una realidad que ya no existía o si existía era completamente diferente: muchas de las casas habían desaparecido, las calles tenían ahora otro perfil arquitectónico, definitivamente la gente que aparecía en las postales ya estaba muerta o en su defecto, muy ancianas. Como fuere, el asunto es que me involucré con ese mundo, fui raptado, como lo expresé líneas arriba.










   Recuerdo claramente que cuando terminé de verlas, yo era como un fantasma de los años perdidos trasladado a la década de los ochenta, recuerdo vivamente que me acerqué en una suerte de estado de gracia a la puerta de la salida, de pronto ante mis ojos estallaron el tráfico desordenado, la bulla de la gente que buscaba carro para regresar a sus casas, las luces escarbando la noche... fue como un golpe emocional, sentí en ese momento que a la fuerza salía de la atmósfera casi pueblerina de esa Lima de inicios del siglo XX al cual me había transportado gracias a las imágenes que acababa de ver. E inicié medio atolondrado el regreso a casa, mi morada de Barranco.











  Lo reitero, abandonar el museo fue literalmente un choque, un golpe que no he olvidado: salir de ese espacio de imágenes estáticas y enfrentarme a mi realidad, abandonar el territorio al que no pertenecía para volver a la propia: una Lima cercada por la violencia y el desorden. Quizá lo que cuente no sea más que la metáfora de lo que los peruanos vivíamos entonces, de cosas peores que ocurrirían y de las que hemos salido con mucho esfuerzo, sangre y dolor que nos han marcado como individuos y como sociedad.





   El poder de la fotografía (como el de toda expresión artística) me  había provocado ese estado y si bien esa fue la primera experiencia con la fotografía, no ha sido la única. Hace un tiempo quedé completamente absorto al observar las fotografías de dos hermanos arequipeños, los hermanos Vargas: Carlos (1885 - 1979) y Miguel (1887 - 1976). Nunca había visto fotos suyas y si de fotografía en el Perú algo sabía era Courret y de Chambi, después nada. Las fotos de estos hermanos arequipeños fue un real descubrimiento, sus imágenes tienen (como toda buena foto) una carga poética que me impactó y me impacta. Desde entonces me complazco en buscar nuevas imágenes en la red, cada descubrimiento fotográfico para mí es un acontecimiento estético


Los hermanos Vargas



Martín Chambi flanqueado por los hermanos Vargas

   Como en la experiencia primera que conté, el contacto con las fotos de los hermanos Vargas me raptó de mi entorno. Placentero, por cierto. Mucho se habla y con justificada razón del maestro puneño Martín Chambi, cima de la fotografía en el Perú, pero no es el único. Los hermanos Vargas son también maestros del arte fotográfico, como se puede constatar en estas fotos que presento a continuación.






















   Sin embargo, las fotos que me llevaron a una suerte de arrobo (perdonen la exageración) fueron sus nocturnos. Una serie de fotos que capturan el espíritu nocturnal de una Arequipa de las décadas del veinte y treinta, la maestría de esas fotos donde percibimos el misterio y el encanto de esas noches las hacen únicas. No comentaré mayor cosa sobre esas fotos porque aquí están algunas de ellas para “hablar” por sí mismas. 








































  Quiero, para terminar, tomar prestadas estas palabras para calibrar la magnitud de los nocturnos de los hermanos Vargas, fotos que, a pesar del tiempo transcurrido, han vencido contundentemente al tiempo y se han impuesto por el peso y calidad estética de sus imágenes: “Si bien no fueron los primeros en tomar fotografías nocturnas, la calidad de su trabajo era sobresaliente. Ninguno de sus contemporáneos peruanos los superaba en técnica o intuición creativa. Como muchos otros artistas, escritores y compositores de la época, los hermanos Vargas sentían una fuerte atracción por la noche y se dedicaron a captar su poesía. Algunos de sus esfuerzos tienen carácter sentimental y costumbrista; otros, como los paisajes urbanos, pueden haber sido inspirados por los nocturnos de Goyzueta en Lima y Montero en Piura. Sin embargo, los Vargas pronto incursionaron en nuevos espacios. Inspirados en parte por el cine mudo, comenzaron a montar escenas elaboradas utilizando luz de luna, hogueras, fogatas, magnesio, farolas y postes de alumbrado. Estas imágenes teatrales requerían hasta una hora de exposición y una muy precisa atención al detalle. Los nocturnos tardíos, como las imágenes de Tingo, Cayma, la Av. Parra y La Cabezona, marcan el apogeo del arte de los hermanos Vargas. En estas espléndidas fotografías, que auguran el surrealismo y el film noir, los Vargas lograron crear un mundo de encantamiento y extraña belleza”.










   Continuará…







                                           Morada de Barranco, 28 de enero de 2017.