lunes, 31 de julio de 2017

HÉRCULES Y LOS SIGNOS ZODIACALES





                                                                    Hasta hacerse lejana como un astro.
                                                                                             Luis Hernández





   Cuando los alumnos me piden que cuente una historia, casi siempre me piden una de terror. Antes solía contarlas, pero ahora último ya no lo hago a raíz de que hace un año, más o menos, una alumna, muy asustada por cierto, me pidió que no contara más ese tipo de historias porque durante una semana no había podido dormir tranquila. Ante semejante pedido opté por no contarlas, a pesar de los reclamos.






   Lo que más bien he estado contando y ha tenido mucha acogida son las historias sobre el origen de los signos zodiacales. Cuando anuncio que voy a contar sobre uno de los signos, literalmente me ametrallan con sus pedidos, si por ellos fuera contaría el origen de cada uno de los signos en un solo día, pero como comprenderán, o cuento una historia, y si es corta, hasta dos pueden ser: debemos y tenemos que avanzar con la programación. No hay otra.





   Una de las historias que más gustó entre los alumnos (y en especial a mí que no siendo de ese signo, gusto mucho de contarla) es el del signo Leo. Su historia tiene que ver con uno de los héroes mitológicos que más admiro desde niño (nunca olvidaré la cantidad de películas, péplums, que he visto con  Hércules (Heracles) de personaje central). El origen del signo Leo, según la mitología grecorromana, es como sigue:







      Euristeo, rey enemigo de Hércules, le encargó matar al león (en realidad, lo que Euristeo quería era que Hércules muriera en el intento). El león era hijo de los horripilantes Tifón (el último titán: gigantesco, alado, con el cuerpo cubierto de plumas y serpientes, echaba fuego por los ojos y la boca…) y de Equidna (monstruo que tenía apariencia de bella mujer de la cabeza a la cintura, y de la cintura para abajo con forma de serpiente). El león era invulnerable, ningún arma podía hacerle siquiera un rasguño, asolaba los campos devorando a las personas y al ganado de manera insaciable.
   Este animal tenía como morada una cueva con dos entradas; Hércules taponó una de ellas y entró por la otra para sorprender a la fiera. Al comprobar el león que no tenía escapatoria, retrocedió al ver a Hércules que avanzaba contra él, luego tomó impulso y se arrojó sobre el héroe. Hércules, entonces, no tuvo otra que cogerlo del pescuezo y lo apretó hasta ahogarlo. Luego de matarlo, desolló al felino y tomó para sí mismo la piel como capa (para protegerse por atrás) y la cabeza del león como casco. Pero, ¿no que el león era invulnerable? ¿Cómo es que Hércules desolló al animal? Hércules desolló al león empleando las propias garras del animal.
   Tiempo después, Zeus transformó al león en una constelación para honrar a su hijo. Desde entonces existe en el firmamento la constelación del león o, más conocido, como Leo, el quinto signo zodiacal.






   Comentaba líneas arriba, que es Hércules uno de mis personajes favoritos de la mitología grecorromana (no Teseo o Perseo, no Aquiles o Jasón…). Quizá el otro héroe que admiro tanto como a Hércules sea Odiseo (Ulises): uno la fuerza, el otro la astucia. Pero pienso en Odiseo y caigo en la cuenta de que no hay historia de algún signo zodiacal donde intervenga Odiseo (eso no quiere decir que por eso lo admire menos), en cambio Hércules no solo interviene en el origen de Leo, también participa del origen de otros dos signos más: Cáncer y Sagitario.






   Como sabemos, Hércules era hijo de Alcmena y de un engaño: el de Zeus a Hera, su esposa. Esta diosa odió desde siempre a Hércules y nunca perdió ocasión de hacerle la vida imposible al héroe, por ejemplo, demoró el nacimiento de este en favor de Euristeo, provocó una locura que llevó a Hércules a matar a sus hijos,… Esto último fue determinante en la vida del hijo de Zeus. Cuando Hércules recuperó la cordura, atormentado y arrepentido por lo que había hecho con sus hijos, buscó purificarse y lo pudo hacer luego de doce años de servicio al rey Euristeo.






   Cada año, el héroe tenía que realizar un trabajo. Los trabajos, por lo demás, eran muy peligrosos, pero que Hércules, amparado en su descomunal fuerza, los pudo cumplir. Esos trabajos encargados (ordenados, en realidad) por el rey Euristeo es lo que hoy conocemos como los “Doce trabajos de Hércules”.  Uno de esos trabajos, el segundo, fue el de matar a la Hidra de Lerna.  Este era un monstruo con forma de serpiente y múltiples cabezas. Una de ellas, la principal, era inmortal; las otras cabezas regeneraban al ser cercenadas, añadido a ello tenía un aliento venenoso. El mito cuenta lo siguiente:






   Hércules y su sobrino Yolao fueron en búsqueda del monstruo. Para no morir envenenados con el aliento de la Hidra, Hércules y su sobrino se cubrieron la nariz y boca con una tela. Enseguida se enfrentó a la Hidra, con su espada fue cercenando las cabezas, pero vio estupefacto que las cabezas regeneraban, entonces pidió a su sobrino que prendiera fuego al bosque que estaba alrededor. Ahora, cada vez que Hércules cercenaba una cabeza, arrancaba un árbol prendido y con las llamas quemaba la herida impidiendo que vuelva a crecer una nueva cabeza.
   Hera, al observar cómo Hércules se imponía a la hidra, envió un enorme cangrejo para distraer al héroe, pero al verlo, Hércules de un pisotón mató al crustáceo. Muerta la Hidra, enterró la cabeza inmortal en un profundo hoyo, tapó con tierra y luego colocó una enorme piedra. Antes de retirarse, el héroe sumergió las puntas de sus flechas en la sangre venenosa del monstruo, desde entonces esas flechas provocaban al menor rasguño una muerte segura y muy dolorosa como habría de acontecerle al sabio Quirón y su agonía que no tenía cuándo acabar. 
   La diosa convirtió al cangrejo en un grupo de estrellas y las colocó en el firmamento, desde entonces existe la constelación del cangrejo o también conocida como la constelación de cáncer, el cuarto signo zodiacal. 






   Mencioné la agonía eterna del centauro Quirón, en efecto, Quirón era inmortal. Era inmortal y completamente diferente a los otros centauros que eran violentos: él era pacífico, de buen carácter, sabio, maestro de muchos personajes como Aquiles, Cástor, Pólux, Orfeo, Jasón, Teseo, Esculapio, Eneas… Todo un maese, como se puede ver. El mito de la agonía de Quirón cuenta la siguiente historia:







   En un enfrentamiento entre Hércules y los centauros, cuando el hijo de Zeus flechaba a estos, sin querer hirió con una de sus saetas envenenadas al sabio Quirón, quien había ido acompañando al héroe y observaba la lucha desde fuera.
   La herida no le provocaría la muerte al centauro pues este era inmortal, pero sí dolores insoportables por toda la eternidad; es decir, sufriría una agonía muy dolorosa e interminable. Muchos días después, Quirón se encontró con Prometeo, que era mortal, e hicieron la permuta: a cambio de la mortalidad del titán, Quirón le cedió a este su inmortalidad.
   Solo así el maestro pudo morir y dejar de sufrir los dolores espantosos que le había provocado el flechazo de Hércules.
   Para que nadie olvidara a este centauro sabio y pacífico, Zeus lo transformó en estrellas y las colocó en el firmamento, desde entonces existe la constelación del centauro, más conocida como la constelación de Sagitario, el noveno signo zodiacal.







   Aquí termina la entrada, supongo que en próximas oportunidades continuaré con los mitos que cuentan el origen de los otros signos. Es lo más probable. Esta es, como se dice, una "historia" que recién empieza.







   Continuará…






                                                Morada de Barranco, 31 de julio de 2017.





sábado, 29 de julio de 2017

LEYENDAS DE MÉXICO Y EL PERÚ





                                                                 ¿Adónde vamos? ¿Adónde vamos?...
                                                                           De poema anónimo azteca


                                             Oro que arde tan solo entre la noche del corazón…
                                                       Poema anónimo inca a Tijsi Viracocha





   Hace ya varios meses que publiqué una entrada donde comentaba algunas de las semejanzas que hay entre el Perú y México. Por ejemplo: tanto el Perú como México son dos de los puntos del origen de la cultura en el mundo (los otros puntos son: Mesopotamia, Egipto, China e India), ambos sufrieron un proceso doloroso y sangriento llamado Conquista (los incas en el Perú y los aztecas en México), ambos territorios albergaron a los dos más poderosos virreinatos de América: la Nueva España (o sea México) y la Nueva Castilla (o sea el Perú), en 1551 se crearon la Universidad de México y la de Lima (aunque esta última es más antigua por unos cuatros meses), los dos países se independizaron en 1821, en ambos países hay montañas con forma de mujer dormida: en México es el Iztaccihuatl y en el Perú La bella durmiente, en ambos países existe una Ciudad Blanca: Mérida en México y Arequipa en el Perú, ambos países poseen una cocina fabulosa y tienen preferencia por la comida picante… En fin, podríamos seguir mencionando las semejanzas, pero de eso no se trata.









   Lo que sí quiero comentar es algo que siempre despertó mi curiosidad: cómo es que ambos pueblos prehispánicos (incas y aztecas) explicaron sus orígenes. Sabemos que todos los pueblos del mundo poseen relatos que se pierden en el tiempo y que llegan a nosotros como voces abriéndose camino a través del tiempo. En nuestra condición de seres racionales, el hombre, desde siempre ha intentado encontrar respuestas a los grandes misterios que lo rodean: de dónde vienen, por ejemplo, y cómo es que llegaron al lugar donde se asentaron. Todos o casi todos los pueblos tienen sus historias fantásticas que cuentan sus orígenes (pienso en Eneas y los romanos).









   Tanto México como el Perú poseen leyendas que explican muchas cosas (esta es otra semejanza: ambos pueblos poseen, probablemente, las narrativas orales más ricas del continente), entre ese cuerpo de leyendas y mitos se encuentran aquellos relatos que explican de dónde salieron y cómo es que llegaron los aztecas al lugar que llamarían Tenochtitlán y cómo los incas llegaron a lo que sería el Cusco, ombligo del mundo.












   En el caso de los aztecas, hay una leyenda con la que me topé hace unos días en una página de internet y que, luego de su lectura, motivó que escriba esta entrada. La leyenda que comento no era en realidad un descubrimiento, ya la había leído o escuchado antes, pero leerla después de tiempo, escuchar esas voces del pasado fue grato y me permitió percibir detalles que antes no. He aquí la leyenda  como la encontré hace unos días:








LEYENDA DE LA FUNDACIÓN DE TENOCHTITLÁN


La Ciudad de México, un lugar lleno de misticismo y de leyendas que permean la historia de esta urbe desde sus orígenes. Un ejemplo claro de esto es la fundación de Tenochtitlán, sucedida el 18 de julio de 1325 según códice de Mendoza.
Habitantes de un lugar llamado Aztlán, lo futuros mexicas fueron ordenados por su dios guía, Huitzilopochtli, para que abandonaran esas tierras y comenzaran un peregrinar hasta encontrar la señal que él les había prometido: un águila sobre un nopal devorando una serpiente. Esa imagen sería el indicador de que habían llegado el sitio en donde debían fundar una nueva ciudad y un nuevo imperio que estaría por encima de los demás.
Obedecieron a su dios-guía, caminaron durante semanas, meses, incluso años. Se convirtieron en un pueblo errante; hasta que un día, al llegar a los límites del lago de Texcoco (región dominada por el señorío de Azcapotzalco), vieron sorprendidos la señal que tanto esperaban justo en un islote en medio del lago, aquella águila majestuosa tenía en su pico a una serpiente y estaba parada sobre un nopal, tal como Huitzilopochtli les había indicado. Ahí, en medio del lago, fundaron su ciudad que llamaron Tenochtitlán y construyeron sus pirámides y la adornaron con hermosos jardines.






   Como se puede observar, esta leyenda de la fundación de Tenochtitlán cuenta el origen de esa ciudad que es el corazón de México, pero también nos cuenta el origen de uno de sus símbolos: el escudo nacional; es decir, el águila con una serpiente sobre un nopal.  








   En el caso del Perú, desde muy pequeños nos cuentan bien en casa o en el colegio, no una sino hasta dos leyendas sobre el origen de los incas y de la ciudad del Cusco. La primera de ellas es un relato donde los dos protagonistas son los hijos del sol y salen del lago Titicaca (curioso, en el caso de los aztecas, estos llegan a un lago; en el caso de los incas, estos parten de un lago), esta es la leyenda:








LA LEYENDA DE MANCO CÁPAC Y MAMA OCLLO


Inti, el dios Sol,  viendo  el  estado  penoso  de los hombres,  creó  una pareja: Manco  Cápac y Mama Ocllo. Les entregó  un  cetro  de oro y  les ordenó  construir un  gran  imperio. Ellos enseñarían a los hombres las reglas de la vida civilizada y a venerar su dios creador, el Sol. Pero antes, Manco Cápac y Mama Ocllo debían fundar una capital. Inti les confía un bastón de oro diciéndoles esto:
- Desde el gran  lago, adonde llegarán, marchen  hacia el norte. Cada vez que se detengan  para comer o  dormir, planten este bastón de oro en el suelo. Allí donde se hunda sin  el menor  esfuerzo, ustedes construirán  el Cusco  y dirigirán el Imperio del sol.
La mañana siguiente, Manco Cápac y Mama Ocllo aparecieron entre las aguas del lago  Titicaca. La riqueza de sus vestimentas y  el  brillo  de sus joyas hicieron  pronto comprender a los hombres que ellos eran dioses. Temerosos, los hombres los siguieron a escondidas.
Manco Cápac y Mama Ocllo se pusieron en marcha hacia el norte. Los días pasaron sin que el bastón de oro se hundiera en el suelo. Una  mañana,  al llegar  a un  bello  valle  en el  cerro  Huanacauri, el bastón  de  oro  se  hundió dulcemente  en el suelo. Manco  Cápac y Mama Ocllo  se establecieron  allí. Era ahí que había que construir el Cusco, el "ombligo" del mundo, la capital del Imperio del Sol.  Ambos ayudaron a mejorar el lugar; Manco Cápac enseñó a los hombres a trabajar la tierra y a construir canales. A las mujeres, Mama Ocllo  les enseñó  a coser, cocinar y  hacer telares.







   La otra leyenda es la de cuatro hermanos que con sus respectivas parejas salen de una montaña por órdenes, no del sol sino del dios Wiracocha, un dios inmaterial, creador de todo lo existente (muy semejante al Dios Padre de los cristianos), el dios más importante hasta que llegó Pachacútec y transformó el mundo andino. Esta es la leyenda:








LA LEYENDA DE LOS HERMANOS AYAR



Cuenta la leyenda que en la gran montaña Pacaritambo (al noroeste   de Cusco), tras un gran diluvio, el dios Wiracocha hizo salir a los hermanos Ayar. En la montaña llamada Tampu Tocco, partieron los cuatro hermanos con sus respectivas esposas, Ayar Manco y Mama Ocllo, Ayar Cachi y Mama Cora, Ayar Uchu y Mama Rahua y finalmente Ayar Auca y Mama Huaco.
Los hermanos Ayar al contemplar  el  estado  de  las tierras  y  la  pobreza  de la gente, emprendieron un viaje en búsqueda de un lugar más fértil. Partieron junto a miembros de diez Ayllus (organización  inca  que agrupaba diez familias),  hacia el sudeste. El primer problema surgió  cuando  Ayar Cachi  (un  hombre fuerte) tuvo  un  altercado  con  sus demás hermanos.
Ellos quisieron matarlo, y Ayar Cachi les ordenó volver a las cavernas de Pacarina (se llama así, en quechua, al  lugar de los  orígenes) a buscar semillas y agua. Ayar Cachi penetró en la caverna de Capac Tocco (ventana principal de la montaña "Tampu Tocco") y el doméstico que lo acompañaba cerró con una gran piedra la puerta de entrada, y él no pudo jamás salir.
Los demás siguieron su camino y llegaron al monte Huanacauri donde encontraron un ídolo de piedra, al que le temieron y respetaron. Pero Ayar Uchu saltó sobre la espalda de la  estatua de piedra, y  quedó  instantáneamente petrificado,  sendo  parte ahora  de  la escultura. Aconsejó  a sus hermanos  de seguir el  viaje y  les pidió  que se celebre en su  memoria  la ceremonia del Huarachico, o "iniciación de los jóvenes”.
En el transcurso del viaje, Ayar Auca vio que le crecieron alas y voló hacia el valle. Cuando llegó a una roca de Acamama, también quedó  convertido  en piedra.  El  único  hermano  restante  Ayar  Manco, llegó  a  Cusco  donde encontró buenas tierras, y se hundió su bastón de oro con facilidad pero no pudo retirarlo sin esfuerzos. Entusiasmados por el entorno decidieron quedarse. Ayar Manco fundó una ciudad con  el nombre de su Dios Wiracocha  y  en el nombre del Sol, esta ciudad  se llamó  Cusco (ombligo en quechua) y se convirtió en la capital del Tahuantinsuyo, el comienzo de Imperio Inca.







   Como lo expresé líneas arriba, es curioso cómo los aztecas luego de un largo peregrinaje llegan hasta el lago de Texcoco para fundar su capital. En el caso de los incas es a la inversa, si nos apoyamos en la primera leyenda, la pareja fundadora sale del lago Titicaca, luego de un largo peregrinaje llegan hasta el cerro Huanacaure, lugar donde se hunde la barreta de oro y en las inmediaciones fundan el Cusco. ¿Algún especialista habrá percibido este detalle? No tengo mayor información.











   Esto me hace recordar que hace unos siete años, más o menos, tenía planeado con una escritora mexicana crear una breve novela cada uno: ella contaría la experiencia de cómo un joven inca llega hasta Tenochtitlán. Yo contaría la experiencia de cómo un joven azteca llega al Cusco. Nos pareció fascinante la idea, pero... lástima, quedó en nada y hoy solo es un recuerdo. Aquí sale una pregunta: ambos pueblos, ¿habrán sabido uno del otro? ¿Habrán tenido algún tipo de relación? ¿Qué hubiera pasado si los ejércitos incas (o viceversa) hubieran llegado a México? No tengo respuestas.











  Continuará…







                                           Morada de Barranco, 29 de julio de 2017.






viernes, 30 de junio de 2017

LA DESTRUCCIÓN DE BARRANCO

                                                                




                                                             ¿Dónde iremos a buscallos?
                                                                            Jorge Manrique






   La voracidad de las empresas constructoras está cambiando de manera acelerada el perfil arquitectónico de Barranco. En poco tiempo, cuadras enteras que antes mostraban antiguas casonas, tradicionales ranchos barranquinos, han desaparecido y en su lugar surgen con una velocidad asombrosa enormes construcciones (edificios, condominios ciclópeos) que hacen de nuestra querida morada una ciudad sin mayores atractivos, cuyo atmósfera pueblerina, cuya imagen de balneario con aires decimonónicos se ha perdido inevitablemente.





   Es casi a diario que desparecen bellas construcciones cuyos herederos, que viven en zonas alejadas, deciden deshacerse de la herencia familiar a como dé lugar, no les importa en lo más mínimo el valor histórico, artístico, cultural de la casona (ya no digamos nada de lo emocional o sentimental). Dominados por un espíritu monetario, lo único que desean es venderlo al mejor postor que por lo general es una empresa constructora que inmediatamente y con “extraños permisos” destruyen sin importarles nada ni nadie, solo engrosar sus arcas a costa de incautos que compran departamentos cada vez más pequeños, ratoneras, las llamamos acá.






   Es así que de un tiempo a esta parte, Barranco se está convirtiendo en un lugar que está en vías de parecerse (si es que ya no) a una ciudad sin personalidad. Me pregunto, así, en poco tiempo, ¿quién querrá venir a conocer Barranco? ¿Es que una visita a Barranco se justificará para solo ver edificios, edificios y más edificios supuestamente modernos? ¿Qué interés podrá tener un lugar cuyas construcciones aparentemente modernas no dicen nada a los visitantes?






   Y en lo que respecta a los que habitamos este pequeño territorio, ¿es que es justo que nos priven del paisaje urbano que acompañó nuestra infancia y adolescencia? ¿Es que puede resultar tan fácil deshacerse de todo aquello que es parte de nuestro espíritu? ¿Es que lo recuerdos no son importantes, por lo tanto se pueden pisotear y desaparecer por el vil metal que aparentemente todo lo compra? ¿Dónde están las autoridades? ¿Dónde aquellas personas que deberían velar por la conservación de nuestro patrimonio? Lamentablemente son preguntas que se estrellan con la indiferencia y con el silencio. La desidia lo domina todo. Perdonen el pesimismo.






   Hace unos años, escribí y publiqué un texto, que no era sino la expresión de mi amor, de mi identificación con Barranco, quiero recuperarlo y traerlo a este espacio de estos días donde como nunca (y no exagero ni soy trágico) somos testigos de la desaparición, de la destrucción de Barranco.







EN EL BARRANCO: UNAS LÍNEAS PARA MI MORADA




                       Nieblecita del pequeño invierno…
                                 Martín Adán






   Siempre lo he dicho: estoy orgulloso de vivir en Barranco, mi morada. No nací aquí, pero son tantos los años de residencia que asumo a este lugar como si fuera mi cuna, mi lugar de origen. Su paisaje es mi paisaje, el que conozco desde siempre, el que siempre me acompaña, de ahí que me lo sepa de memoria, aunque muchas veces confunda o no recuerde bien los nombres de sus calles.






   Territorio mágico, misterioso, donde los transeúntes son fantasmas cuyas siluetas se dibujan tenuemente por efectos de la bruma que habita en sus calles. ¿Fantasmas? Sí, yo soy uno de ellos: alguien que cuando transita por estos predios marinos se siente cómodamente instalado en medio de la neblina que impide ver con nitidez y en compensación afina tu imaginación para darle un rostro, una identidad a esas sombras que deambulan por sus calles o plazas ahora cada vez menos silenciosas.






   ¡Ah, los inviernos de Barranco!: fríos, húmedos, con una garúa tímida y persistente que a fuerza de caer se vuelve arquitecto de atmósferas especiales: entonces decides no salir de casa y te aprestas a realizar viajes no emprendidos, o mejor aún, viajes estáticos que son abandonos plácidos en una película, en un libro, en un disco o en una conversación alrededor de la mesa entre tazas con café o copas con vino: estoy hablando de miradas, pero no hacia el exterior sino hacia dentro, miradas que son actos de conocimiento o de reconocimiento de lo que fuimos, de lo que seremos.






   Barranco, pequeño territorio habitado por mis recuerdos, espacio diminuto asomado al mar donde viví mis primeras experiencias de niño y ahora de hombre maduro: esa primera visión del mar cada vez más lejana, las risas y alegrías de los juegos en las calles, las primeras confidencias a los amigos de una adolescencia que no esquivaba al licor ni a los cigarros, excursiones arriesgadas o cautelosas pero casi siempre camufladas por las noches en el malecón, los primeros amores tormentosos e inseguros, los desasosiegos por un futuro incierto y acechante, en fin, todo aquello que de alguna manera nos ha ido construyendo.






      He hablado del hombre maduro que soy o que aprendo a ser: la experiencia de vivir estos días otoñales y mis esfuerzos para ser cada vez un mejor hijo, un mejor padre, un mejor esposo…, un mejor ser humano. Esa es mi lucha, en los intentos desfallezco pero no muero, no me puedo permitir una temprana tumba cuando todavía hay tanto por hacer. Con esa certeza asomo a la ventana de este mi faro y ante mí se dibujan estructuras de madera, yeso, adobe, quincha. Alguno podría decir: “Estructuras de cartón, castillos de naipes…”. Pero su solidez mora en otros lugares. Es su espíritu y son las emociones que tejen y muchas veces nos gobiernan.






   Barranco: eterno espacio de las arquitecturas fugaces, sendero de polvo y niebla que habito y me habita, eternamente…




 

   Continuará…





                                            Morada de Barranco, 30 de junio de 2017.







jueves, 29 de junio de 2017

TIEMPO DE CHALINAS





                                                         Ya ha principiado el invierno en Barranco…
                                                                                              Martín Adán






   El invierno ha llegado. Para mi gusto, Barranco recobra su atmósfera real: calles húmedas por la garúa persistente, cubiertas de neblina que las hace aparecer como una diminuta Londres y a los transeúntes como sombras fantasmales a las que hay que adivinar, poner un rostro. Uno mismo se transforma en fantasma y bajo esta condición deambulo plácidamente (camino al trabajo o de regreso) por las calles de Barranco, mi morada. Barranco, territorio de fantasmas, sí, pero también el de las lecturas permanentes (y no hablo necesariamente de libros).






   Dije sombras fantasmales, en efecto, el invierno en Barranco hace de él un pequeño territorio por descifrar (de ahí lo de “lecturas permanentes”), pues la niebla en sus afanes vuelve siluetas no solo a los viandantes, también a las casas y a los árboles y unas ansias por encontrarse dentro de casa, bien abrigado, disfrutando de una taza de humeante y negro café o de una cálida conversación nos invade.






   Estar en casa, sí, en procura de ese calor que ansiamos y que también es una invitación a coger, por ejemplo, un buen libro y abandonarse a la lectura. Y eso es lo que he experimentado en estos días con la relectura de cuatro libros para mí imprescindibles: Otras tardes del misterioso Luis Loayza (redescubrir uno de los mejores cuentos de la literatura peruana como es Enredadera); Ciudad de fuego de Edgardo Rivera Martínez que nos regala esa joya que uno nunca termina de leer titulada Un viejo señor en la neblina; Playas, probablemente el mejor libro de cuentos de Carlos Calderón Fajardo y Crónica de San Gabriel del gran Julio Ramón Ribeyro, como se ve, tres libros de cuentos y una novela.






   Libros que me brindaron horas de deleite, de descubrimientos y de reconocimientos, textos para descifrar las múltiples máscaras que nos han habitado desde siempre y que muchas veces ni sospechamos de su existencia. Pero no han sido los únicos, junto a estos libros, muchos de poesía: lecturas, relecturas, en fin, un universo amplio: Magdalena Chocano, Rafael Espinosa, Maurizio Medo, Gerardo Deniz…  






   Pero no solo libros, también películas. Nunca olvidaré aquellos días de invierno de hace unos años cuando me levantaba muy temprano, mientras Rita y Kathia dormían todavía, y películas en mano me disponía a visionarlas, días de días abandonado al placer de escuchar y disfrutar de los diálogos de los personajes de las películas entrañables e inteligentes de Eric Rohmer. Experiencias de amanecida que me marcaron y nunca las podré olvidar.






   Esta experiencia de hace unos años se han repetido con diversos directores por estos días: películas de Luis Buñuel (Él, Los olvidados, Viridiana…), de Alfred Hitchcock (Psicosis, Los pájaros, Vértigo…), sobre todo. Directores a los que siempre recurro porque cada vez que visiono sus films, descubro algo (o mucho) que no percibí en las oportunidades anteriores, esa cualidad es la que define a los clásicos (sean películas, libros…): siempre nos enriquecen, siempre nos dicen algo nuevo.






   Por eso recibo siempre alborozado al invierno y puedo decir con convicción que siempre lo espero y extraño, por lo que en mí despierta: me abre a campos diversos, a territorios donde se “pierden” mis miradas, miradas no hacia el exterior sino hacia dentro, miradas que son actos (lo decía) de conocimiento o de reconocimiento de lo que fui, de lo que seré. El invierno es entrañable y ahora lo estoy disfrutando: es el tiempo de chalinas.







   Continuará…






                                                Morada de Barranco, 29 de junio de 2017.