domingo, 25 de septiembre de 2016

¿QUIÉN PARA LA DESTRUCCIÓN DE BARRANCO?







                                                          “¿No son necesarios los recuerdos?”.
                                                                                     César Moro








   Esta entrada será breve. Las imágenes que acompañarán al texto hablarán por sí solas. Estas líneas expresan una denuncia cargada de indignación: la destrucción de Barranco (como de otros muchos lugares del Perú que está bajo el dominio del descuido y la indiferencia) continúa y parece ser que nadie es responsable de nada: quienes deben salvaguardar de la destrucción el patrimonio se encuentran como atados de manos y así justifican su inacción;  quien destruye, actúa aprovechando del descuido de las autoridades pertinentes y “disimula” su reprochable actitud bajo documentos muchas veces fraguados o interpretando la ley con una “libertad” que es un atentado contra la memoria de nuestro país, que pareciera poco a poco va desapareciendo por incuria nuestra.















   Hace unos días, regresaba de una diligencia y constaté con estupor que habían iniciado la destrucción de un emblemático rancho barranquino ubicado en la avenida Lima. En la puerta se encontraban unos tipos con apariencia de ser los dueños que conversaban alegremente, todo parecía indicar que celebraban la decisión de desaparecer este bello ejemplo de arquitectura republicana y que, supongo, les significaría una jugosa cantidad de dinero.















   Es de suponer que la sombra de alguna constructora estaba detrás de todo, frotándose las manos veía ahí donde solo hay una casona un enorme y "práctico" condominio; es decir, el dinero moviendo voluntades a la espera de más dinero. La voracidad de estas constructoras (que no les interesa nada que no sea el vil metal) y la ligereza de los herederos de estas antiguas propiedades están cambiando aceleradamente el perfil arquitectónico de este distrito tradicional. Hay sectores que para mí, viejo barranquino, se me hacen extraños, no los reconozco: desaparecen ranchos republicanos de comienzos del siglo XX o casas erigidas en los cincuenta o sesenta, todo es arrasado para en su lugar levantar condominios gigantescos, impersonales. Nada se salva, ni los acantilados.















   Es lamentable, pero con Barranco está sucediendo lo que le ha pasado a Miraflores. Los edificios nos invaden y quitan personalidad a este pequeño territorio junto al mar. Cada vez es más pequeño el espacio tradicional, pareciera que solo quisieran conservar las zonas aledañas, inmediatas al Puente de los Suspiros, todo lo demás debe desaparecer mientras “alegremente” se llenan las arcas de las constructoras. Nadie para esto. Incluso las autoridades callan y su silencio los hace cómplices.















   Aún tengo en la memoria las palabras de un ex alcalde, de ingrata recordación, quien en una actuación de un colegio donde laboraba, micrófono en mano, se lamentaba por no poder cobrar más impuestos (como lo hacía Miraflores) porque “Barranco tenía muchas casonas antiguas y pocos locales comerciales”, así lo expresó con el mayor desparpajo el alcalde de marras cuyo nombre no voy a mencionar porque lo que se merece es el olvido. Con las diferencias del caso, pero ese tipo de gente es la que ha gobernado desde siempre Barranco.















   Regresando a la casona de la avenida Lima, una vez enterado del intento de destrucción del ranchito, expresé mi protesta y publiqué unas líneas y unas fotos en las redes sociales. La intervención de Javier Alvarado Layme, viejo amigo del colegio, parece ser detuvo la destrucción gracias a sus contactos. Pero el rancho está ahí, medio destruido ya que le quitaron parte de sus balaústres y sus cenefas, destruyeron la escalera de madera de la entrada y parece ser, dentro de la construcción ya habían iniciado su demolición. 




















   Ha pasado algo más de un mes y la casona se mantiene en esa situación. ¿Quién se encargará de su restauración? ¿Es que alguien puede destruir lo que la ley prohíbe y no devolverlo a su estado anterior? ¿Le sucederá a esta casona lo que a otras? ¿El tiempo concluirá lo que unas manos culpables iniciaron? Pienso en ese rancho que está tapiado hace años en la plazuela de los bomberos, o esa casona de estilo morisco que tapiado se cae a pedazos en la avenida San Martín o en esos ranchos (uno de ellos fue colegio) en la calle 28 de Julio, por mencionar algunos ejemplos.



















   Curiosamente, luego de mucho tiempo, me topé con un libro que recoge las prosas de César Moro: Los anteojos de azufre. En la página 100 (Arboricidio, arquitectura y música) hallo estas líneas: “La destrucción sistemática de edificios, de mansiones, de aspectos evocadores, de recuerdos, ¿o no son necesarios los recuerdos?, inmediatamente reemplazados por los ‘volúmenes’ de cemento de la arquitectura llamada ‘funcional’…”. Con dolor lo digo, cuán actuales son las líneas, las palabras indignadas del gran poeta que vivió sus últimos años en Barranco. 



















   Ya para concluir, cito las últimas líneas del texto de Moro: “Desde estas columnas hago un llamado a todo ser humano de corazón bien puesto; a los artistas, a los poetas, para que, aunando sus esfuerzos provoquen una verdadera cruzada en defensa de los fueros del silencio, del respeto a la ciudad…”. Ojalá se oyeran las palabras del poeta.



















   Continuará…








                                    Morada de Barranco, 25 de setiembre de 2016.






   

lunes, 29 de agosto de 2016

PINTISHMACHAY II





                                                              El sol el aire la lluvia el viento
                                                                                César Moro





   Luego de escuchar la historia de Mama Huari, a pocos metros de la caverna de la transformación y frente a los Trece Guardianes, la caminata en ascenso continuó. No vaya a pensarse que es un trayecto largo, es una caminata de veinte minutos aproximadamente hasta que se llega a la que yo llamo la doble caverna de Pintishmachay.








   En el camino, un viento helado y filudo pareciera herir el rostro y es necesario por precaución abrigarse la cabeza, pues el soroche (mal de altura) acecha. Un sendero angosto se abre entre dos montañas. El paisaje es impresionante, avanzamos rodeados de piedras, rocas, misteriosas cavernas que salpican el camino, nuestros ojos no se dan abasto para ver tanta maravilla. Una cosa sí es cierta, el ichu es el amo y señor de estos parajes.








   La fatiga parece dominarnos, de rato en rato nos detenemos para tomar oxígeno. Si algo llama nuestra atención son los extraños cantos de aves cuyos nombres hemos olvidado. Una de las aves que más recuerdo es un pájaro que a la distancia parece un pájaro carpintero, solo que este horada no madera sino la piedra. Son esas aves sagradas del antiguo Perú que parecieran darnos la bienvenida a este lugar remoto, cargado de tanta historia y mucho misterio.








   El sendero bordeado de piedras nos acerca cada vez más a la caverna, avistamos apachetas, esos montículos de piedra cuyo origen era un asunto práctico y de seguridad, como nos dijo Annie, antiguamente los caminantes marcaban el lugar por donde habían pasado para que al regresar no equivocaran el camino. Hoy las apachetas tienen otra connotación: los caminantes colocan una piedra sobre otra para pedir un deseo, la piedra debe ser del tamaño de lo que se solicita, cuanto más grande el deseo, más grande la piedra.








   Al respecto de la piedra y su relación con el antiguo Perú, en el Diccionario de Mitos y Leyendas dice: “En el mundo andino la roca es un objeto de culto, que posee un simbolismo y trascendencia difíciles de comprender para nuestra mentalidad citadina. Las principales huacas (santuarios o adoratorios) de las culturas precolombinas fueron de roca, sobre ella plasmaron lo que hoy denominamos pinturas rupestres y petroglifos, construyeron geoglifos (motivos y dibujos realizados con rocas sobre el paisaje), las tallaron finamente y realizaron construcciones monumentales, también muchos de sus ídolos eran pétreos, sin contar las montañas y peñascos”.











   En efecto, la piedra ha sido y es presencia constante en la historia del Perú (pienso en las pirámides de Caral, en el lanzón de Chavín, en la ciudad de Kuélap, o en las construcciones pétreas de los huari y de los incas, en las iglesias barrocas a orillas del lago Titicaca o en Arequipa, la ciudad construida casi integramente con una piedra blanca llamada sillar. Incluso, un par de libros de dos grandísimos poetas peruanos tienen por título Pierre des Soleils (Piedra de Soles) de César Moro y La Piedra Absoluta de Martín Adán. La piedra es la memoria del Perú.








   Hasta nuestros días, todavía hay lugares donde para transitarlos, para que nada malo te suceda, según la costumbre, se ofrenda; es decir, se hace un pago: hojas de coca, cigarros, licor, un chorro de agua o... piedras. Dicen, los que algo saben al respecto, que si no se hace el pago respectivo algo malo podría suceder, incluso hasta perder la vida. Puede uno no creer en estas cosas, puede uno vivir de espaldas a las antiguas divinidades del Perú, pero si el pago se hace con respeto, vale, te protege.












   Hasta que llegamos, lo que a nuestros ojos se abre es la caverna de Pintishmachay: en sus paredes se ven trazos con una antigüedad que están entre los 2 000 a 8 000 años antes de Cristo. Por la cantidad de pinturas (se calcula que un aproximado de seiscientos) este lugar se convierte en el santuario de pinturas rupestres más grande del Perú. Estamos maravillados, los trazos son sencillos, pero en su sencillez hay una simbología que los estudiosos intentan descifrar, quizás en vano.











   Los colores obtenidos de plantas y probablemente de algunos minerales están presentes ante nuestros ojos: rojos, azules, celestes, negros, marrones… Las imágenes que vemos son en algunos casos simples trazos de dedos (cuatro líneas), o dibujos más complejos (en su sencillez): rectángulos o cuadrados (a manera de pircas), hombres con báculos (¿dioses?) o seres fantásticos (creo ver una especie de centauro sin cabeza), o la imagen que más me impactó: un animal (¿una vicuña?) sangrante, quizá la proyección del deseo de quien lo hizo: cazar a un animal como el de la pintura para cubrir sus necesidades primordiales, en fin, suposiciones que nos emocionan y nos conmueven: quienes estuvieron allí hace miles de años deseaban solo sobrevivir, continuar sus días.




















   Sus deseos se grabaron allí para que nosotros, sin que ellos lo supieran, los veamos conmovidos a la distancia. Pintishmachay es entonces un libro gigantesco, un libro cuyos autores se perdieron en el tiempo, pero allí, en las paredes de esa caverna quedó la caligrafía de sus sueños.






















   Continuará…







                                       Morada de Barranco, 29 de agosto de 2016.