viernes, 31 de enero de 2020

TRECE PREGUNTAS






                                                        Todos los poetas han salido de la tecla U. de la Underwood
                                                                                                    Carlos Oquendo de Amat






   Se acaba el primer mes del año 2020. Por momentos la temperatura se eleva hasta hacerse insoportable, el típico verano limeño: húmedo, pegajoso, aplastante. Lo he dicho muchas veces, prefiero siempre el invierno, es para mí este una estación que permite la creación de espacios íntimos, abrigados, propicio para algunos de los placeres que la vida ofrece. Si de espacios hablamos, el que más ansío es el de mi casa, este pequeño departamento de un cuarto piso que, entre otras cosas, me permite columbrar desde la ventana de mi dormitorio, cual si fuera un faro, horizontes donde mis ojos se pierden y vuelan muchos sueños.






   En casa me cobijo y me abandono a su calor (no hablo solo de temperatura) y comparto con mi pequeña familia (mi esposa y mi hija) algunas cosas que son entrañables: una película (ando de vacaciones y diariamente vemos una), los almuerzos de fines de semana (donde a veces meto mano) con un delicioso oporto (en claro homenaje a mi padre y a un poeta cuya obra admiro: Fernando Pessoa, el de las múltiples máscaras), el café de las tardes donde nos embarcamos en largas conversaciones e interminables risas, producto de la ironía con la que muchas veces tomamos las diversas situaciones de nuestras vidas.






   Me gusta estar en mi casa, pero también viajar como lo hacemos todos los años: es necesario siempre recargar energía, estar en contacto con la naturaleza, alejarse un poco de la urbe que con su ritmo apabullante nos atolondra. Viajes inolvidables que nos dejan experiencias enriquecedoras. Es que podría olvidar mis visitas a Áncash, Ayacucho, Jauja, Tarma, Antioquía, CantaDiversos puntos que nos han visto transitar nuestra curiosidad y alegría por sus calles y más allá. Este 2020 no sabemos todavía adónde iremos (¿Ayacucho?, ¿Arequipa? ¿Cusco?).






   En estas últimas cuatro semanas de descanso me he venido levantando muy temprano (5 de la mañana) y, mientras Rita y Kathia duermen, me dirijo a mi mesa de siempre y reinicio la lectura, sobre todo leer y no tanto crear que por estos días ando, como dice el común: sin “inspiración”.
Precisamente en una de esas apacibles mañanas hallé algunas entrevistas a escritores, poetas y se me despertó la inquietud (como años atrás) de aplicarme esas preguntas. Me puse a tono y aquí van las preguntas y mis respuestas.







1. ¿Podría usted contarnos un poco de su vida y actividad literaria?

Mi nombre es Orlando Granda, soy profesor de Literatura, trabajo en dos colegios. Vivo en Barranco, pequeño espacio junto al mar, mi morada desde siempre junto a Rita, mi esposa y Kathia, mi hija. Escribo, sobre todo poesía y leo mucho (casi siempre no me importa el soporte, pero prefiero los libros). He publicado cinco libros (tres de ellos dedicados a los niños y para todo aquel que quiera leerlos). Mi último libro es un poemario (Donde mi calla acaba) salió en 2014 y es el libro de poemas (de los dos que he publicado) que más aprecio. En estos últimos tiempos voy puliendo un puñado de poemas que conforman un nuevo libro cuyo título es Todo cielo es un disparo, si el anterior está relacionado con la música; este, con la pintura; el siguiente, con el cine.

2. ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas poéticas y qué autores le influyeron?

Creo que todo empezó cuando tuve dieciséis años. Aunque debo decir que desde más antes leía mucho, sobre todo revistas de cine (los inolvidables Ecran), periódicos (sección deportes, sobre todo) y lo que aquí y por esos años se llamaban chistes (cómics, tebeos). A los dieciséis empecé a escribir poemas y los tres primeros libros de poemas que llegaron a mis manos y me hicieron incursionar en su lectura fueron Rimas de Bécquer, Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda y Heraldos negros de César Vallejo. Para un adolescente que experimentaba los primeros amores, los dos primeros libros fueron fundamentales. El tercero me hizo entrar en la conciencia del trabajo con el lenguaje y no la pura “inspiración” o “iluminación” emotiva, una intensidad desde otros ángulos. Ya después vinieron las obras de otros poetas: Rubén Darío, César Moro, Carlos Oquendo Amat, Martín Adán, José María Eguren, Carlos Martínez Rivas, Luis Cernuda, Fernando Pessoa, Paul Celan, Xavier Abril, Emily Dickinson, Oliverio Girondo, Roberto Juarroz, Osip Mandelstam, Dylan Thomas, Wallace Stevens,…, en fin, una larga lista.

3. ¿Algún descubrimiento reciente de algún poeta?

Varios. Voy leyendo entusiasmado y conmovido un libro de una joven poeta peruana llamada María Belén Milla (nacida en 1991), el libro se titula Amplitud del mito, madura y sorprendente su poesía. Y un poeta norteamericano nacido en 1975, Matthew Dickman. Es curioso, no tengo ningún libro de él (uno de los más celebrados fue El revólver de Mayakovski), pero en varias páginas de internet he hallado muchos poemas suyos cargados de imágenes sorprendentes, con una rara intensidad y un fantasma siempre presente: el hermano mayor suicida. Aquí una muestra de su poesía (en versión de Sandra Toro).


PROBLEMA


Marilyn Monroe se llevó a la cama todas las pastillas
de dormir cuando tenía treinta y seis, y la hija de Marlon Brando
se colgó en el dormitorio Tahitiano
de la casa de su madre,
mientras que Stanley Adams se pegó un tiro en la cabeza. A veces
puedes mirar las nubes o los árboles
y no se parecen nada a nubes ni a árboles ni al cielo ni a la tierra.
Kathy Change, la performer,
se prendió fuego mientras los hijos de Bing Crosby se volaron
para siempre de la historia de la música.
A veces me sorprende la vida interior de los osos polares. El filósofo
francés Gilles Deleuze saltó al mundo,
y después fuera de él, desde la ventana 
de un departamento. Peg Entwistle, una actriz sin ningún
protagónico, se tiró de la “H” del cartel de HOLLYWOOD
cuando todo se veía en blanco y negro
y David O. Selznick era rey, circa 1932. Enest Hemingway
se puso una escopeta en la cabeza en Ketchum, Idaho
y la nieta, modelo y actriz, trepó el árbol genealógico
para darse una sobredosis de fenobarbital. Mi hermano abrió
treinta parches de fentanil y se los metió en el cuerpo
hasta que no fue más su cuerpo. Me gusta
cómo se oyen los gansos sobre el río. Me gustan
los jaboncitos de los baños de hotel porque son hermosos.
Sarah Kane se ahorcó, Harold Pinter
le llevó rosas cuando todavía estaba viva,
y Louis Lingg, el anarquista alemán, prendió un cartucho de dinamita
con la boca
aunque le llevó seis horas
morirse, 1887. Ludwig II de Bavaria se ahogó
lo mismo que Hart Crane, John Berryman y Virginia Wolf. Si vas
de viaje, siempre tienes que llevarte un libro para leer, sobre todo
si es en tren. Andrew Martinez, el activista desnudo, murió
preso, desnudo y con una bolsa
en la cabeza, y en 1815 el aristócrata y escritor polaco
Jan Potocki se disparó una bala de plata.
Sara Teasdale se tragó un frasco de tristeza
después de darse un baño de inmersión
en el que docenas de senadores romanos se abrieron las venas abajo del agua.
Larry Walters se hizo famoso
por volar en una silla de jardín Sears con cuarenta y cinco globos de helio.
Llegó a una altura de casi 5000 metros
y aterrizó. Él era un hombre que volaba.
Se disparó en el corazón. A la mañana salgo de la cama, me cepillo
los dientes, me lavo la cara, me pongo la ropa que más me gusta.
Yo quiero ser bueno conmigo.



4. ¿Cómo definiría su poesía?

No me gusta responder a esa pregunta. Prefiero que sean otros los que opinen sobre ella. Y si no opinan, no me hace mella.

5. ¿Cómo siente que un poema está terminado y cómo lo corrige?

Alguien decía, si no me equivoco Paul Valery, que los poemas no se terminan, se abandonan. Creo que la cosa va por ahí, por lo menos en lo que respecta a mí. Escribo, a veces muchos poemas, luego voy eliminando los que no me convencen, con los que me quedo, los voy trabajando. Los dejo un tiempo reposar y los retomo, ahí también me deshago de otros poemas y sigo puliendo. Creo que es fundamental tachar, eliminar la hojarasca, lo accesorio. Casi siempre estoy corrigiendo, por eso pienso y siento que la poesía es también chamba, trabajo, ardua labor, como decía Xavier Abril; “Difícil trabajo”. Ah, por cierto, los versos tachados, eliminados no los boto, pueden muy bien en el futuro formar parte de otros poemas (en ese sentido le he hecho caso a Juan Gonzalo Rose).

6. ¿Cuál es el fin que le gustaría lograr con su poética?

Para mí el escribir es una necesidad expresiva. No busco notoriedad, ni me aprovecho de la poesía para establecer relaciones sociales que me aseguren comentarios o provocar una banal figuración, nada de eso va conmigo. Escribir es una necesidad. Si alguien se siente identificado o conmovido con lo que escribo será agradable saberlo, eso es innegable, se siente uno muy bien al saber que lo que has escrito ha tocado fibras especiales de otras personas. 

7. ¿Qué lugar ocupa, para un poeta como usted, las lecturas en vivo?

No tengo una necesidad urgente por leer en los recitales. He asistido a varios desde principios de los noventa, cuando había caravanas de poetas de diversas universidades asistiendo a recitales en los lugares más increíbles, era como una suerte de fiebre en la que participamos muchos jóvenes poetas de entonces que íbamos forrados con nuestros poemas. Pero también, debo decirlo, no he asistido a varios. Aún recuerdo la primera vez que leí en un recital, fue, literalmente, como desnudarme ante mucha gente. Esa incómoda sensación la he superado, pero no es prioridad para mí las lecturas en público, aunque si las circunstancias se dan para participar en algunos de ellos, ahí estaré para compartir lo que escribo.

8. ¿Qué opina de las nuevas formas de difusión de la palabra, ya sea en páginas de Internet, foros literarios cibernéticos, revistas virtuales, blogs?

Me parece magnífico que hoy haya diversos medios para difundir el trabajo de los poetas. Sé que estas facilidades permiten que alguna gente se aproveche de ellas por mera figuración personal, hay de todo, incluso algunos atrevidos cuya “obra” no justifica su presencia en ningún medio, pero esto último, digamos, son excepciones, a final de cuentas, el tiempo definirá la trascendencia de la obra y todo aquello que fue solo aspaviento quedará como simple anécdota. Debo reconocer que los nuevos medios de difusión me ha permitido acercarnos al trabajo de mucha gente seria y valiosa. Sin algunas páginas de Internet no hubiera tenido contacto con la poesía de Matthew Dickman, por ejemplo.

9. ¿Podría recomendarnos un poema de otro autor que le haya gustado mucho?

Dos. Aunque creo que me anticipé a esta pregunta, pero no está demás sugerir la lectura de un poema de la joven María Belén Milla.

DEVENIR DEL RÍO

Tú milagroso
y cierto como el día
de tu cabeza amarilla se arrojan los patios
las sábanas los cipreses mojados cada uno de nuestros perros
la música sin nombre que habla del sol de los carros
que existen en la primavera como llamativas
cajas de fierro y estrellas
y luego me arrojo yo
porque todo el mundo sabe
que la cima es un lugar perfecto
y nada habita en lo perfecto nada
pero apenas desaparece tu cabeza amarilla
ya creces como cíclope o talismán
y provocas el movimiento de los animales
del río que rota con tu pulso
tú como el único planeta huérfano y visible
mi obelisco mi barca
inclinado anunciando vuelo
llevándome como un insecto lleva su alimento
y quizá yo sea ruta sea campanario
sístoles doradas que escapan de mí
como caballos y palabras
o este poema que no entiendes
pero que es bello
te juro
es bello.


Y este otro, de 5 metros de poemas, el único libro del gran Carlos Oquendo de Amat:


poema del manicomio

.

Tuve miedo
y me regresé de la locura


                      Tuve miedo de ser

                                                       una rueda

 un color


                                        un paso


                               PORQUE MIS OJOS ERAN NIÑOS


                                                Y mi corazón
                                                   un botón
                                                       más
                                                        de
                                          mi camisa de fuerza


                     Pero hoy que mis ojos visten pantalones largos
                     veo a la calle que está mendiga de pasos.


10. ¿Qué libro está leyendo en la actualidad?

En realidad varios libros, siempre he sido así, leo varios libros a la vez, de diversos géneros. En estos días estoy leyendo El libro del amor y de las profecías, una voluminosa y hermosa novela de Edgardo Rivera Martínez; El principio del placer, libro de cuentos de José Emilio Pacheco; dos libros de poesía: Amplitud del mito de María Belén Milla y La dinastía Plantagenet de Rafael Espinosa. Releo un libro que amo desde mi adolescencia: La lucha con el demonio de Stefan Zweig. Y de manera salpicada, desordenada, muchas cosas más.

11. ¿Qué libro de poemas nos recomienda?

No uno, varios. En esta oportunidad solo voy a mencionar libros de poesía en nuestra lengua. El primero de todos: 5 metros de poemas. Un libro de Carlos Oquendo de Amat de 1927: vanguardista, lúdico, crítico sutil del capitalismo que todo lo ve dinero. Otro libro es La insurrección solitaria de Carlos Martínez Rivas. Poemas humanos de César Vallejo. Un libro breve, pero que es puro fuego: La tortuga ecuestre de César Moro. Un poeta cuya obra admiro mucho es Luis Cernuda, de él es necesario leer La realidad y el deseo. Cualquiera de los tres libros de Juan Ramírez Ruiz, un poeta peruano que se ha convertido en una leyenda. Escrito a ciegas de Martín Adán. Un libro que me divierte mucho es Veinte poemas para ser leídos en el tranvía de Oliverio Girondo. Una poeta peruana a quien deberíamos leer es a Magdalena Chocano, de ella sugiero Estratagema en claroscuro. Ya para terminar y no convertir esto en una tediosa lista, menciona a No me preguntes cómo pasa el tiempo de José Emilio Pacheco.

12. ¿Qué preguntas no le gusta que le hagan?

No me gusta para nada que me pregunten: "¿Qué es la poesía?". 

13. ¿Alguna pregunta que le hubiera gustado que le hagan y no se la hicimos?

Creo que los silencios también son muy importantes. Que la entrevista quede así: lo que se tuvo que preguntar, se preguntó...












   Continuará…





                                                          Morada de Barranco, 31 de enero de 2020.







martes, 31 de diciembre de 2019

DOS SILENCIOS





                                                                      Tu bondad pintó el canto de los pájaros
                                                                       y el mar venía lleno en tus palabras
                                                                                     Carlos Oquendo de Amat






   A pocas horas de que se acabe el año. Un año que me deja, sobre todo, una gran tristeza, la partida de mi amado padre, a los 90 años, el mismo día del cumpleaños de mi madre. Doloroso trance por el que pasamos e intentamos superar. El dolor es enorme, sin fondo. Mi madre, mis hermanos luchamos a diario como él quisiera, como varias veces me lo pidió: "Cuando no esté, sigan luchando y estén siempre unidos". ¿Es que podríamos hacer otra cosa?






   Si una cosa quiero recordar y agradecerle es que a él le debo el amor por la lectura (no solo yo, también mi hermana). Aquellas ya lejanas noches (no todas, por cierto), cuando niños, luego de la cena, mi padre se lanzaba a contar apasionantes “momentos estelares” de la historia universal, pasajes bíblicos o simplemente anécdotas de su vida teñidas algunas de cierta leyenda: el hombre primitivo, los egipcios, los griegos, Adán y Eva, el diluvio universal…, en fin, historias que desfilaron y nos transportaban a través de su palabra y de nuestra imaginación a crear la escenografía y a darle rostros a los personajes: avivó nuestra imaginación y nos hicieron sentir “hambre” de más aventuras, entonces fuimos tras ellas, iniciamos nuestra propia aventura: surgieron así en nuestras vidas los periódicos, los chistes (que así se les llamaba a los cómics, a los tebeos, a las historietas) y los libros. Y así ha sido desde entonces: no hemos parado de leer, de comprar libros, una pasión que nació de ese simple y cotidiano hecho de contar historias.







   Contar historias. Tarea hermosa que heredé de mi padre. Me explico. Allá por la década de los ochenta (con mayor precisión a fines de esa década e inicios de los noventa), tiempos verdaderamente difíciles, los más terribles de nuestra historia, época de gran violencia (coches bomba, desaparecidos) y de apagones. En la oscuridad de esas noches sin energía eléctrica y a la luz de una vela, contaba a mi hermano menor historias fantásticas o al bajar a la playa los fines de semana, inventaba cuentos diversos que él disfrutaba mucho. Fueron los primeros pasos en mi labor de contador de historias. Tuvo sus frutos, mi hermano Paco, una vez aprendió a leer, me empezó a pedir libros, el primero de ellos: Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas. 







   Cuando empecé mi labor de profesor, descubrí que el contar historias podía servir como un recurso de motivación y así captar la atención de mis alumnos. Cosa complicada para los profesores: lograr que muchos jóvenes te escuchen. Y funcionó. Contaba historias y se quedaban callados y en sus ojos veía que estaban embarcados en completar la construcción de la historia: crear las escenografías, darle rostros a cada uno de los personajes. Desde entonces, cada que entro a un salón, los alumnos piden en coro, exigen la historia del día. Son años de contar y el hacerlo, ahora, se me ha tornado labor cada vez más complicada: hallar nuevas historias, esas que se puedan contar, porque hay algunas que no son apropiadas, se hace tarea difícil. Pero continuamos, los alumnos no me lo perdonarían si dejara de hacerlo. Con mis alumnos intento hacer lo que mi padre logró en mí: convertirme en un impenitente lector.







   Me parece que en alguna oportunidad ya lo he contado. Corría el año 2012, entré a un salón, nunca lo voy a olvidar, primero de secundaria, me llamó la atención ver en la pared un papel pegado y entre los muchos escritos, uno que me sorprendió gratamente, no lo voy a negar: era la primera vez que me llamaban contador de historias, pusieron: "Orlando cuenta historias". Me agradó. Ese papel luego lo despegué y me lo llevé y hasta el día de hoy lo conservo como uno de mis más preciados trofeos. Fue la primera vez que me calificaron como contador de historias, después han llegado a mis manos otros papeles con escritos donde me llaman de esa manera que a mí me agrada tanto. Bello galardón.



















   Otra anécdota inolvidable. Recuerdo que era el año 2014. Estaba en plena faena de contar una historia, cuando de pronto deslizaron por la puerta del salón un papel donde me hacían un pedido: querían que alzara más mi voz porque en el salón vecino también querían escuchar la historia. Debo decir que a ese otro salón no les enseñaba yo, por lo menos no en ese año. ¿Quién fue el autor del pedido? Quedó en el anonimato, pero el papel hasta hoy lo conservo. Son experiencias gratas que tuvieron su punto de inicio en esas ya lejanas noches cuando mi padre nos contaba a mi hermana y a mí esas entrañables historias. Ah, padre amado.









   Quiero para terminar esta breve y última entrada del año 2019, incluir un texto que hace unos días escribí rápidamente, pero también muy conmovido. Lo titulé Dos silencios (como esta entrada), he aquí esas líneas:



   Viendo a la distancia, creo que el gran compañero de mi infancia fue mi padre. Adonde iba, ahí estaba yo. Bien porque quería o bien obligado. Largas caminatas por calles y por descampados. Entonces muchos sectores aledaños a Barranco y que pertenecían a Surco no estaban urbanizados: chacras, granjas, ladrilleras, largos terrales se volvieron paisaje de mi niñez. Por esos lares transitábamos, había que buscar la manera de continuar en la lucha, la vida jamás fue fácil, menos para los que recién empezaban como mis padres, lejos de los afectos, lejos de la tierra de origen.
   A veces salíamos de esas largas caminatas, lo tengo todo tan claro, con los zapatos, la ropa y los cabellos completamente blancos, lo que se dice "el polvo del camino" y no hablo metafóricamente. Eran tiempos difíciles y los recuerdo ahora con tanta nostalgia, con tanto afecto: los dos éramos muy silenciosos, más él. Yo hablaba un poco más, se podría decir, digamos, preguntaba y cuando no, mi imaginación me conducía a un cerrado silencio y construía realidades para enfrentar el aburrimiento de una larga caminata rodeado muchas veces por gruesos muros de adobe y un sol que nos caía con impiedad.
   Lo pienso y podría afirmar que mi padre hablaba poco porque era más práctico, yo en mi silencio siempre he sido de más rodeos, siempre "adornaba" más las cosas, me resistía a que todo fuera de colores definidos, me gustaban más los matices, veía las cosas de otra manera, no mejor ni peor, era mi mecanismo de defensa, mi astucia para sobrevivir.
   Esa forma de ser de ambos nos permitió congeniar, por eso nos llevábamos bien en esos caminos, largos trechos en absoluto silencio, pero también motivaba fricciones, reproches que entonces no entendía y hoy, ya cuando él no está, interpreto: era su forma "práctica" de protegerme, de ponerme alerta para que la vida no me golpeara; es decir, me cuidaba, me protegía a su manera. Podía mi padre ser silencioso, pero me amaba, eso nunca lo dudé. Tantas oportunidades me dio. Tenía una acentuada capacidad intuitiva para hacer las cosas, producto no de libros sino de la experiencia, como esa de contarme historias ingenuas que supongo las "armaba" en el camino, porque a veces se le ocurría hablar y... hablaba. Escucharlo en esos momentos era para mí, un religioso asistente dominical del cine, como ver películas donde me extraviaba complacido bajo su cálida voz que dibujaba territorios inesperados, bienvenidos. Precisamente esas historias escuchadas con deleite, con pasión, provocaron mi acercamiento a los libros, a la lectura. Supongo que mi padre no lo premeditó, fue su llana y pura intuición conduciéndome a esos campos donde los horizontes te ofrecen colores inesperados.
   Cuánto tengo que agradecerle a mi padre que partió hace poco, un vacío desde entonces llevo conmigo. Es cierto, ya no escucho su voz, es un silencio diferente el que me acompaña, pero en los espacios que ahora recorro él no está ausente, no podría estarlo…




                                           
                                                      A la memoria de Isaac Granda Dueñas, mi amado padre.



   Continuará…




                                              Morada de Barranco, 31 de diciembre de 2019.