viernes, 18 de abril de 2014

COSTA, SIERRA Y SELVA: TRES RELATOS ORALES






       ¿Los ha compuesto un tejedor, un alarife, un carpintero, un labrador, un herrero?
                                                                                                                  Azorín





   En varias oportunidades he comentado sobre el gusto que sienten los jóvenes escolares cuando se les cuenta historias, cuentos, anécdotas, leyendas, mitos. Es un buen recurso para motivarlos en el desarrollo de las clases (sobre todo si el tema que se viene es árido) y para inducirlos hacia la lectura y para que se sacudan, de manera placentera, de ciertos prejuicios sobre esta, entre otras cosas.




   En estos días, por ejemplo, en el desarrollo de las clases de Literatura y de Filosofía, con los alumnos de 5to año, empleo los riquísimos y motivadores mitos grecorromanos. Hay que verles las caras de contentos, los ojos llenos de un brillo especial cuando se les dice que un nuevo mito de Grecia o Roma es el que se les va a contar. Aunque ya se lo esperan porque los temas que se están desarrollando son sobre Literatura Clásica y los inicios de la filosofía occidental.




   Con 4to año empleo, sobre todo, la poco conocida mitología prehispánica de nuestro país, pues en este grado se estudia Literatura Peruana. Entonces, en un afán de crear una atmósfera propicia para el desarrollo de los temas, hago desfilar una serie de mitos y leyendas de nuestro antiguo territorio.




   Con los alumnos de 1ro, 2do y 3ro de secundaria utilizo historias de procedencia diversa, aunque también no desaprovecho la oportunidad de contar muchas historias que expresan la cosmovisión de los diversos grupos humanos que han habitado nuestro territorio desde épocas inmemoriales (pienso, por ejemplo, en Caral con sus 5 000 años de antigüedad).




   Hoy quiero, justamente, embarcarme en tres viejas historias del Perú, historias que por cierto he contado durante años y que han servido un poco (o mucho) para que los jóvenes puedan reconocer los múltiples rostros de nuestro pueblo, reconocer que esas historias, cuyo origen se pierde en las oscuridades luminosas de los viejos tiempos prehispánicos (en algunos casos), explican su entorno (una montaña, un río, una isla, en fin) y nos explican a nosotros mismos, hombres del siglo XXI.




   Por eso es que, más que oír mi voz, quiero que en esta oportunidad se oigan esas voces desconocidas que emergen de espacios temporales lejanos, pero tan actuales y necesarias: el primero de ellos es un relato mochica, es decir, una antigua historia de la costa. El segundo relato es de la sierra, cuenta los orígenes de la cultura Chavín, maravilla que tuve la oportunidad de conocer el año pasado, visita que sirvió para alimentar, más aún, la admiración y el respeto por ese pueblo que supo trabajar la piedra. El último relato es de nuestra misteriosa e inextricable selva, es un relato aguaruna que cuenta cómo es que aparecieron en ese territorio el jaguar, que nosotros los peruanos llamamos también otorongo.




   Van, entonces, estas tres historias.




LA IGUANA Y LA LUNA


   Hace muchos años, pero muchos años, en la costa norte del Perú, cuando el Perú no se llamaba así, existió un pueblo laborioso que construyó en medio del desierto enormes pirámides con barro. Los mochicas, que ese es el nombre de este pueblo trabajador y creativo, eran magníficos agricultores pues convirtieron grandes extensiones de desierto en tierra cultivable, y también eran magníficos ceramistas, orfebres y tejedores.




   Los mochicas tuvieron muchos dioses, pero la  divinidad a la que más adoraban era la Luna, a quien llamaban Si y era considerada más poderosa que el Sol.




   Sucedió que un día amaneció como nunca, el cielo estaba limpio, tan limpio que ni un brochazo de nube adornaba el firmamento.  Sólo el Sol esplendoroso brindaba su luz y su calor. Y así pasaban los días, pero todos los días eran iguales. Ni una nube en el cielo, solamente el poderoso Sol castigando con sus rayos que caían como metal derretido.




   Durante mucho tiempo dejó de llover. La sequía ya empezaba a apoderarse de las tierras de cultivo y amenazaba de muerte a todos los seres vivos: muchos árboles se secaban, algunos animales abandonaban el territorio en busca de mejores tierras. La misma gente pensaba que también tendría que hacer lo mismo si es que no quería morir, pero la pena de abandonar sus humildes casas, sus magníficos templos y sus tierras demoraba la marcha.




   Como ya no había casi qué comer y beber, el sacerdote imploraba desde una pirámide a la Luna el regreso de las nubes y con ellas las lluvias. Nada. Hizo sacrificios de animales, incluso de prisioneros, para que el corazón de la Luna se apiade de sus hijos. En vano. La Luna estaba sorda a los pedidos de su pueblo.




   Cuando ya todo parecía perdido, sucedió algo sorprendente. Dos niños del sufrido pueblo mochica jugaban, jugaban despreocupados como lo hacen los niños de cualquier tiempo o lugar. 




   Cada uno de ellos contaba sus frijoles de colores para ver cuál de los dos tenía más… de pronto, algo distrajo su atención, era una iguana verde que descansaba sobre un tronco seco de algarrobo. Los niños se olvidaron de los frijoles de colores, se olvidaron de la competencia, se olvidaron de todo y empezaron a perseguir al asustado animalito.




   Tan entusiasmados estaban los niños por atrapar a la iguana, que no se dieron cuenta que se alejaban del pueblo. Y corrían, corrían detrás de la iguana. Esta para escapar de sus perseguidores se metió a un hueco que había en la tierra. Inmediatamente los niños empezaron a cavar con sus manos, se ayudaron con piedras, con ramas secas, con lo que hallaron para agrandar el hueco y sacar al reptil. Pero no lo encontraron.




   Entonces sucedió que los niños descubrieron que la tierra del fondo del hueco estaba húmeda. Emocionados llamaron a gritos a la gente del pueblo. Pero nadie podía escucharlos porque estaban algo alejados, así que uno de ellos tuvo que regresar y avisar del hallazgo a los mayores.




   Cuando los mayores recibieron la noticia del hallazgo, no lo podían creer, en realidad no lo querían creer porque pensaban que sólo era un juego de niños, pero tanta fue la insistencia del niño que decidieron acompañarlo hasta el lugar con algunas herramientas.




   Al constatar, que efectivamente, al fondo del hueco había tierra húmeda, cavaron y cavaron hasta que sorpresivamente salió, como si fuera una pequeña palmera, un chorro de agua. Tanta agua había que el sediento pueblo mochica pudo saciar su sed, regar sus casi abandonadas chacras y sembrar de nuevo. Ése fue un día de fiesta inolvidable.




   Al día siguiente, como un acto de justicia, los mochicas hicieron una estatua de la iguana con el mismo barro del pozo. Una vez hecha la imagen, la llevaron a la pirámide donde estaba el altar de la Luna.  Sacaron la escultura de la diosa Luna, que no les había ayudado durante la sequía, y en su lugar colocaron el de la iguana que les había salvado la vida y a la que llamaron Fur. 





LOS YACURUNAS

     Todas las mañanas el Sol salía complacido de ver cómo resplandecía su luz en las nieves eternas de la cordillera, amaba el verse reflejado en las lagunas que se cobijaban en las altas cimas como espléndidos espejos.




     Por esos lejanos tiempos, el viento dormía apaciblemente entre los riscos y las grandes profundidades de los Andes, otras veces confiado abandonaba su morada y se alejaba para jugar alegre con las aguas de los inmensos océanos.




    Pero ocurrió que un día ese viento apacible de la Cordillera de los Andes se reveló contra el dios Sol: sucedió que un día vio, como nunca lo había hecho, la belleza de las cimas de la cordillera iluminadas por el Sol y quedó muy enamorado de esas inmensas alturas donde el cóndor es amo y señor.




    Mas al ver su amor no correspondido, preso de los celos, el viento abandonó su serenidad, salió de su morada con furia mal contenida, como quien escapa de un largo encierro.




    Fue así como las cimas de la Cordillera de los Andes se vieron cubiertas de pronto por un manto oscuro: grandes tempestades invadieron las montañas, los truenos estallaban incansablemente en tanto el cielo se iluminaba con furiosos relámpagos y una lluvia pertinaz alimentaba la cólera de los ríos que impetuosos y turbios invadían la selva provocando destrucción.




    El Sol molesto por la rebeldía del viento, iluminó los Andes como nunca antes lo había hecho. Un calor insoportable derretía las grandes nieves, enormes bloques de hielo se desplomaban de los nevados, las lagunas antes quietas como espejos se desbordaron haciendo temblar la tierra, arrastrando rocas, grandes trozos de montañas, todo lo que encontraba a su paso causando ruina y desolación.




    La selva toda se cubrió de lodo. Árboles gigantescos se elevaron, reptiles extraños habitaron sus troncos y ramas. Animales jamás vistos aparecieron en la húmeda selva: gigantescas boas, rugientes jaguares, ya nada fue igual, ahora todo era miedo y espanto.





    Así fue como la muerte llegó a la selva, y muchos de los yacurunas, gente laboriosa que desde hacía tiempo vivía en ella,  perecieron arrastrados por las inundaciones, devorados por esos extraños animales o por fiebres desconocidas.




    Los yacurunas que sobrevivieron se vieron obligados a abandonar sus casas, alejarse para siempre de la selva amenazante y terrorífica. Así empezó la gran travesía. Pero ni aun escapando de ella estuvieron a salvo.




    En medio de una espesa niebla, muchos más murieron en el camino: algunos perecieron ahogados en los torrentosos ríos o devorados por las insaciables pirañas,   otros murieron en los pantanos atacados por feroces reptiles o cuando ya pensaban que estaban seguros se vieron picados y devorados por miles de grandes y voraces hormigas conocidas como tambochas. El sufrimiento parecía no tener fin.




    Sin embargo, a pesar del dolor y la presencia de la muerte que los acechaba, los más fuertes y aguerridos continuaron con la larga y lenta marcha hacia el Oeste, hacia las alturas, guiados por  el chauin, ave enorme que pese a las densas neblinas indicaba el camino con su fuerte graznido.




    Así abandonaron las inmediaciones del río Marañón, atravesaron elevadas montañas, caminaron por nuevas tierras donde el frío imperaba, esperanzados marchaban siguiendo la ruta del río Mosna hasta que por fin llegaron a una tierra que se extendía en las cercanías del río Huachecza.




    En esta tierra acogedora y benigna, los sufridos y aguerridos yacurunas fundaron una ciudad en la que construyeron un magnífico templo de piedra que contaba con una plaza circular y al que ornamentaron con impresionantes y coloridas piedras esculpidas en homenaje a sus dioses.




    Los yacurunas bautizaron a esta tierra fértil y apacible como Chavín, en homenaje a esa gigantesca ave que generosamente los guió a este nuevo territorio desde la peligrosa  e insegura selva.




    
EL OTORONGO Y LOS AGUARUNAS

   Estaba un niño jugando, soplando hacia arriba cuando de pronto cayó cerca de él un animalito gracioso, era un cachorro hermoso y raro, jamás visto en la selva.




   El cachorro vivía ahora con el niño y su madre y creció un poco. Cuando la mamá iba a la chacra, el niño se quedaba en la casa, allí el cachorrito lo cuidaba. Pero sucedió que un día en que la mamá estaba trabajando la tierra, escuchó unos quejidos de su hijo. Abandonó el trabajo y se fue a su casa rápidamente. Al entrar a ella descubrió que el cachorro se estaba comiendo al niño.




   -¡No te comas a mi hijito, no te lo comas! – decía la angustiada madre.
   Cogió un palo y con él quiso matar al cachorro. Cuando le iba a meter un golpe, sorpresivamente el cachorro creció hasta hacerse un jaguar u otorongo adulto.



   Asustada, la mujer salió despavorida de su casa. El felino la perseguía con deseos de comérsela. En la persecución, el poderoso animal mató gente, ya sean hombres o mujeres y se los comía. Los más aguerridos aguarunas se reunieron para matar al jaguar, pero al final terminaron escapando de la furia del animal. Era imposible vencerlo: era fuerte, grande, astuto, veloz.




   Así fue como todos los aguarunas escapaban de la furia y hambre del jaguar. Entre los que huían se encontraba una muchacha que tenía una enorme llaga en la pierna. Ella escapaba con su madre, pero al ver la dificultad con que su hija corría, le dijo:
   -No puedes correr, mejor quédate y que el animal te coma.
   -Está bien – dijo la muchachita.




   La chica regresó a su casa y se encerró. Esa misma noche, el otorongo fue a su casa pero no pudo entrar. El felino le pidió que abriera la puerta y ella se negó. Entonces el jaguar se quitó una manta que llevaba en el lomo y que en la selva llaman puenuma, inmediatamente el animal se convirtió en hombre.
   -Abre la puerta- le dijo-, no te haré daño.




   La muchacha abrió la puerta. El felino que ahora era hombre se puso la puenuma y al instante se convirtió en jaguar.
   -No me tengas miedo, cásate conmigo- le dijo a la chica.
   La muchacha se quedó a vivir con el felino y cada vez que se volvía otorongo le lamía la herida de la pierna y de a pocos fue sanando.




   Como el jaguar salía todos lo días a matar, regresaba con mucha carne para la muchacha. Un día trajo tanta carne que al mostrarle le dijo:
   -Llama a tu mamá y dale esa carne. Yo voy a salir por varios días.
   Cuando la madre de la chica llegó, se alimentó con la carne, luego le dio a su hija una piedra y le tejió una escalera para subir a los árboles.
   -Calienta esta piedra- le dijo la madre-, cuando el otorongo esté dormido después de comer, se la metes en el hocico para que así se muera. Luego nos avisas soplando el caracol.




   La chica hizo caso a su madre. Cuando el jaguar regresó le preguntó qué era eso que estaba en el fuego,  ella respondió que era un camote. El animal comió y luego se echó a dormir con el hocico abierto, roncaba tremendamente. De eso se aprovechó la chica y le metió la piedra por el hocico abierto, después muy rápido se subió a un árbol gigantesco por la escalera que su madre había tejido.
   El jaguar despertó adolorido y sin poder respirar. Intentó subir por la escalera y no pudo. Allí no más se murió. La muchacha tomó el gran caracol y sopló para que la gente regresara.




   Pasado un tiempo, la chica dio a luz a un jaguar. Cuando los parientes de la muchacha se enteraron, quemaron al hijo. Pero cada gota de sangre que caía al suelo se convertía en otorongo y escapaba a la espesura de la selva. Los familiares de la chica tuvieron cuidado de que ya no cayera la sangre, pero como los dos primeros huyeron al monte, estos fueron el origen de que ahora hayan tantos jaguares u otorongos en la selva.





   Continuará…



                                                      Morada de Barranco, 18 de abril de 2014.



6 comentarios:

  1. Historias muy entretenidas profe, me encantó la de la selva a pesar que todas fueron buenas. Hasta ahora recuerdo cuando yo me acurrucaba en mi carpeta para escucharlo. Creo que escuchar cuentos o relatos fue mi primer pasa tiempo favorito desde pequeño. Muy buena profe!

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  2. Gracias, Miguel, por tu visita y tu comentario. Que bueno saber que te gustaban mis historias y que bueno que las recuerdes. Ese "yo me acurrucaba en mi carpeta" me encantó, definitivamente me encantó. Un abrazo fuerte, Miguel.

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  3. Como siempre interesante profe, me acuerdo cuando contaba las historias en el salón, siempre atento, y al final todos querian oir otra historia. Saludos profee :3

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  4. Gracias, Eduardo. Gratos recuerdos de tu salón. Un abrazo.

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  5. Gracias por tu visita, Luisa. Un abrazo.

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