sábado, 4 de febrero de 2012

UN PRÓFUGO DEL MUNDO

                                                 


                                                          A todos aquellos arrebatados tempranamente,
                                                          poseídos por algún espíritu de fuego,
                                                          extinguidos por una muerte prematura.
                                                                                               Walt Whitman




   Cuando recordamos los nombres de Mariano Melgar, Leonidas Yerovi, Abraham Valdelomar, Adalberto Varallanos, Javier Heraud, Juan Ojeda, María Emilia Cornejo, Josemari Recalde, recordamos a un grupo de poetas peruanos, poetas tocados por un extraño y cruel designio: todos ellos se alejaron de este mundo a muy corta edad dejando la sensación de algo que se prueba y pronto-pronto se pierde.


Abrahan Valdelomar


Carlos Oquendo de Amat (en el auto) y Adalberto Varallanos


Juan Parra del Riego


Adalberto Varallanos


   Pero en esta ocasión, no deseo hablar de ellos sino de otro, también poeta, muerto prematuramente en tierras lejanas (como sucedió con Juan Parra del Riego, con Nicolás Corpancho, con Carlos Oquendo de Amat, con Luis Fabio Xamar), ¿su nombre?: José Eufemio Lora y Lora, un prófugo del mundo.


¡Oh el más humano artífice del himno más humano
No hay corazón sangriento, no hay destrozada mano
Que no se haya sentido tu hermano en el dolor!


   Qué extraño sino el suyo, siempre de un lado para otro, jamás establecido en un mismo punto, siempre como perseguido, como temiendo ser descubierto. Vida errante, como pocas, la suya: parte de Chiclayo (su tierra) para transitar incansablemente por Lima, Panamá, nuevamente Lima, Callao, Antofagasta, Valparaíso, Santiago, Mendoza, Buenos Aires, Montevideo, Bahía Blanca, Río de Janeiro, Lisboa, Biarritz, París: ciudades, ciudades, ciudades, hasta el aciago 14 de diciembre de 1907, cuando la alevosa Parca le arrojó con sus cortos veintidós años a las ruedas del Ferrocarril Metropolitano de París.


José Eufemio Lora y Lora


   ¿Accidente, suicidio? Nadie sabe, o los que algo sabían supieron callarlo bien. Pero ni con la muerte el reposo llegó a este pertinaz viajero. Sus restos, lo que quedó de José Eufemio, fueron sepultados en el Cementerio de Bagneux, en los alrededores de París. Todo anunciaba el olvido. Y así fue. Se olvidaron de él, dejó de pagarse por el espacio que ocupaba su tumba y en 1941, en pleno fragor de la Segunda Guerra Mundial, sus restos, lo que quedaba de él, fueron arrojados, así dicen unos, a la fosa común o fueron incinerados, así dicen otros. Lo que quedaba de él se perdió para siempre en un eterno viaje cuyo rumbo y destino nos son desconocidos. Extraño sino el de este poeta peruano trashumante, ni aun muerto pudo conocer el descanso.


Mas yo amaba el Ensueño
Y el ensueño fue abeja
Que me dio a saborear toda su miel.


JELYL

José Santos Chocano

   JELYL, que era el seudónimo con el que firmaba sus artículos y crónicas periodísticos, huérfano desde muy niño, estudiante trunco de la Universidad Mayor de San Marcos, que participó en la lucha de Panamá por independizarse de Colombia, que laboró en varios periódicos y fundó otros tantos, que fue secretario privado de Rubén Darío, amigo y compañero de ruta de José Santos Chocano (quien escribió a la muerte de este raro poeta: “Yo abro su libro como si abriere su tumba para rescatarle de la muerte”) solo publicó un libro, el único, el primero y el último que, crueldades del destino, se titulaba Anunciación y jamás pudo verlo, pues cuando la muerte le visita, sus poemas, los que había escrito en su corta vida, estaban en la imprenta y solo saldrían como libro un mes después de su muerte, en París, en 1908, editado por Garnier Hermanos.


Con el incendio que te encendía
Quemó tu labio mi labio un día,
Pero la nieve pronto llegó.





   En esta tarde nublada de verano he querido recordarle a él (“a quien jamás conocí”) luego de haber releído, después de algunos años, su breve e intenso libro de poemas y se me hace inevitable repetir estos versos de Enrique Peña Barrenechea: “…sé que estoy a cada momento avizorando, fatigándome, venciendo al pez y al tifón, deambulando aún por el sueño, cuando todos creen que reposo. (…) Toda mi vida no ha sido hasta ahora sino tránsito”. Bien pudiera ser su epitafio. Pero es imposible porque, para variar, de José Eufemio Lora y Lora, prófugo del mundo, no sabemos en dónde está.


Rompió sus amarras mi loca galera,
Y rumbo a lo incierto su quilla marcó.






   Continuará…


                                        Morada de Barranco, 04 de febrero de 2012.

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