martes, 1 de marzo de 2016

A LA MEMORIA DEL POETA JOSÉ PANCORVO

                                                               





                                                                   Y todo lo que diga ya es tu aurora.
                                                                                           José Pancorvo







   Tenía pensado escribir la continuación de la entrada anterior sobre ciertas curiosidades de Barranco, mi morada. No será así, la parca que inesperadamente asoma lo trastoca todo. He dejado pasar las horas para tratar de asimilar la partida de un viejo amigo, un viejo y querido amigo, el poeta peruano José Antonio Pancorvo Beingolea. Pero me resulta difícil.





   Ahora que ha partido, he de extrañar (es más, ya extraño) su don de gentes, la amabilidad y sonrisa que siempre mostraba, su espíritu joven y curioso que lo llevó a estar como una certera compañía de los más jóvenes, de los que se iniciaban. Ya no está más con nosotros, ha partido hace dos días, pero su estro poético pervivirá por siempre, su voz ha vencido ya a la muerte, eso lo tengo seguro. Intentaré recordar al gran amigo.






   La primera vez que vi al poeta Pancorvo fue en el suelo, puede parecer que estoy desvariando, pero no, la primera vez que lo vi fue en el suelo, gateando, para mayor precisión. Fue en la presentación de los dos primeros números de la revista Tocapus, en febrero de 1993, en el desparecido teatro Manuel Beltroy, ubicada en la también desaparecida Lagunita de Barranco (¡ah, “juventud, divino tesoro…”!).






   Recuerdo muy bien que estábamos leyendo poemas, en la mesa se hallaban las poetas Dalmacia Ruiz Rosas, Rossella Di Paolo, entre los varones Víctor Coral, Tulio Mora y los tres coeditores: Willy Gómez Migliaro, Pablo Landeo y yo, cuando en eso se oyó un estrepito que asustó a todos, miramos hacia el fondo del salón y ahí descubrimos a alguien gateando e intentando pararse, era José Pancorvo (hombre bastante alto y entonces con sobrepeso) en cuya silla,  blanca y de plástico, las patas habían cedido y él con toda su humanidad fue a dar al suelo. Fue la primera vez que lo vi, aunque quizá antes ya había escuchado de él, no lo puedo precisar.






   Pero no fue la única vez en que el querido poeta fue a dar al suelo, por lo menos frente a mí, la siguiente vez sucedió en una de las fechas del ciclo de recitales que organizamos Willy, Pablo y yo, en la Biblioteca Municipal de Barranco y que titulamos “Jueves será…”, allá por abril de 1994. En pleno recital oímos un ruido semejante al del Manuel Beltroy, era el poeta Pancorvo que había vuelto a caer y que, sospechábamos, parecía tener un pacto secreto con el suelo. Nuestra amistad se fue afianzando pues al término de cada fecha de los recitales, en grupo nos íbamos a celebrarlo, sobre todo al bar Piselli, y ahí solía estar el entrañable José Pancorvo.






   Desde entonces mantuvimos una amistad que nos llevó a visitarnos, quizá no con la frecuencia que uno hubiera querido, a pesar de que un tiempo fuimos vecinos, y muy cercanos. Recuerdo que para el quinto número de Tocapus, habíamos decidido publicar entre los nueve poetas a Roger Santiváñez, Francisco Bendezú, Alejandro Romualdo, José Antonio Mazzotti, Arturo Corcuera y José Pancorvo. Willy lo invitó a publicar y luego José me llamó por teléfono y concertamos una cita para conversar sobre su participación en la revista. Llegó la noche pactada y nos fuimos a un pequeño café que funcionaba cerca a mi casa, ahí me di cuenta de su sabiduría y su amplio corazón. Me entregó unos sonetos que todavía conservo y que jamás salieron publicados porque, extraño sino de las revistas, Tocapus estaba condenado a una vida breve.





   Otro recuerdo que conservo de él ocurrió en noviembre de 2002. Mi libro En el barranco acababa de salir de la imprenta. Decidí visitarlo una mañana en su casa de Barranco, en la avenida San Martín. Le entregué mi libro y nos abandonamos a una larga conversación de varias horas. Hablamos de poesía, de literatura en general, de Arguedas y la danza de tijeras, de su pasión por el arpa (tocó algunas piezas y hasta cantó), de la rivalidad histórica del Perú con Chile (supongo que de nuestras coincidencias en este tema viene la dedicatoria de uno de sus libros), de Carlos Oquendo de Amat, de su tío Manuel Beingolea (de quien me obsequió un libro), en fin, larga y deslumbrante charla. Ese día llegué a mi casa con dos libros suyos, obsequios de José, me refiero a Profeta el cielo y Tratados Omnipresentes Perfec Windows, ambas con generosas dedicatorias.











   Algunas de las cosas que recuerdo de esa larga conversación fue que él me dijo que no veía televisión, que no le gustaba y cuando hablábamos de los libros de Arguedas, de cómo la obra del autor de Los ríos profundos de alguna o muchas maneras era una muestra de que el Perú era un país fracturado, le pregunté a boca de jarro si había leído Visión de Anáhuac del mexicano Alfonso Reyes, me dijo que no conocía el texto. Cuando le dije que ese ensayo era casi la contraparte de la obra de Arguedas, que era como una prueba de cómo los mexicanos habían asumido su pasado y su presente con más armonía que los peruanos, quedó interesado en leerlo. Le prometí hacerle llegar las fotocopias del escrito de Reyes, lamentablemente por descuido mío no sucedió así.





   Días después, para ser más preciso, el 16 de diciembre, se iba a realizar un recital con la participación de varios poetas peruanos, entre ellos Leopoldo Chariarse, en el Centro Cultural Ricardo Palma de Miraflores. Decidí ir y obsequiar algunos ejemplares. Recuerdo que fue una tarde soleada y que luego de ir a las casas de Antonio Cisneros y Washington Delgado, como era todavía temprano, caminé por varias calles miraflorinas haciendo hora hasta llegar a la avenida Larco. Una vez llegado al Centro Cultural de Miraflores, entretenido me encontraba viendo unos carteles en el hall cuando escuché una voz potente: “¡Orlando Granda!”, giré y descubrí que quien me hablaba era el poeta José Pancorvo. Al enterarse de por qué estaba allí me dijo: “Chariarse está hospedado en un hotel muy cerca de aquí, si quieres vamos y te lo presento”. Acepté.





   Nos encaminamos al hotel cuyo nombre he olvidado. Leopoldo estaba en el hall del hotel con el  poeta Alfonso Cisneros Cox (recuerdo que él estaba acompañado de una bella chica). Cuando nos acercábamos, no sé por qué razón, Chariarse se puso de pie y se alejó, al rato regresaría. Mientras tanto, José Pancorvo me presentó a Cisneros Cox, algo conversamos, ya no recuerdo qué, supongo que de literatura japonesa. Alfonso ya era reconocido, entonces,  como un connotado haijin. Me llamó la atención la cabellera completamente blanca de Alfonso Cisneros, un hombre relativamente joven por esos tiempos. Recuerdo que le obsequié mi libro que recibió complacido. Hace unos pocos años ocurrió su prematura muerte y lo lamenté mucho. 






   Al regresar Leopoldo Chariarse, Pancorvo me lo presentó: un hombre cordial y fino en el trato y con una sorprendente apariencia juvenil. En mi morral había llevado un libro suyo, me refiero a la primera edición de Los ríos de la noche, del año 1952. Cuando Chariarse vio el ejemplar, se emocionó mucho y me comentó algo que ya sabía: "Este libro tiene un dibujo de Sérvulo Gutiérrez". Le pedí una dedicatoria que él con gentileza aceptó.





   Como ya se acercaba la hora de la presentación, nos dispusimos a ir al centro cultural. Era ya de noche. Alfonso Cisneros Cox y su acompañante se despidieron (luego los vería en el auditorio). Leopoldo Chariarse, José Pancorvo y yo nos dirigimos al local caminando entre calles penumbrosas. Cuando intenté ingresar al auditorio con mi morral me lo impidieron, me dijeron que tenía que dejarlo encargado en el hall. No acepté ese hecho, llevaba algunos libros que quería entregar a algunos poetas asistentes. No me lo permitieron, a pesar de mi protesta, incluso José reclamó y hasta el mismo Leopoldo Chariarse protestó. Pero era la regla, así que saqué algunos ejemplares y dejé el morral. Ya adentro nos separamos. A la distancia vi a Pancorvo conversar animadamente con una bella señorita. Tenía ese don de socializar y caer bien. Allí donde llegaba José Pancorvo siempre era bien recibido.





   El tiempo pasó, nos veíamos esporádicamente, pero cada vez que coincidíamos, nos dábamos un tiempito para charlar. Siempre sentí que el poeta José Pancorvo me tenía una gran consideración, cosa que le agradezco. Era, definitivamente, un hombre de gran fineza y siempre dispuesto a la conversación y al intercambio de ideas, una mente abierta, como se dice. 






   Algunos años después, en 2014, cuando mi libro Donde mi calle acaba salió publicado, lo busqué para pedirle que sea uno de los presentadores del libro. A quienes pregunté me dijeron que ya no vivía en Barranco. Pero nadie me daba razón de él. Nunca lo llegué a ubicar. Me quedé con la espina porque para la presentación había pensado en Willy Gómez Migliaro, Omar Aramayo y José Pancorvo. Nunca más lo vi hasta que me enteré hace dos días de la triste noticia de su muerte. Como me escribió Pablo Landeo desde Francia, el día de ayer: “Me queda de él (de José) su grandeza de poesía y los pocos momentos que compartimos, allá en los tiempos de Tocapus”. He querido recordarte con una sonrisa, a pesar del dolor. Lo he intentado, caro amigo.








   Continuará…







                                    Morada de Barranco, 1 de marzo de 2016.







4 comentarios:

  1. Claro y descriptivo,mi amigo Orlando, un abrazo es una pena también la partida de Pancorvo, el poeta...

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  2. Gracias, Franklin, hermano, por leerme y comentar, Un abrazo fuerte.

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  3. Orlando, hoy me acabo de enterar la irreparable perdida de mi querido amigo Jose Pancorvo del quien guardare un profundo recuerdo de su persona,de un gran amigo y literato, te agradesco tan buen articulo que has publicado en su memoria, nunca nos hemos cruzado en algun encuentro con Jose, ya que tus vivencias son similares a las que yo he vivido, la ultima vez que lo vi fue cuando le invite a que vea la pelicula Gloria del Pacifico,basada en la guerra con Chile, que fue de su agrado e inclusive le obsequio 2 libros suyos al director de la pelicula Juan Carlos Oganes,nos despedimos ese dia, sin saber que seria la ultima vez que lo viera, amante de la Danza de las Tijeras, Arguediano, hablaba varios idiomas sin haber ido a un instituto de enseñanza,patriota de corazon y descendiente de 2 presidentes de la Republica, samurai confeso,poeta a carta cabal, tanto mas que pudiera decir de Jose, solo en silencio y oracion orare por su eterno descanso, hasta siempre mi gran amigo Jose Pancorvo :(

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  4. El querido amigo José Pancorvo partió. Era una persona especial con la que se podía conversar de diversos asuntos, parecía estar preparado para hablar de cualquier tema: con sabiduría, con conocimiento, con humildad y con ese don de gentes que hacía de él una persona simpática. Se le extraña, a pesar de que ya no coincidíamos y nos habíamos dejado de ver con la frecuencia de antes, pero la amistad continuaba, siempre lo sentí como un amigo, sigue siendo mi amigo.
    Un abrazo, Martín y gracias por tu comentario.

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