Fieras inofensivas de la vegetación.
Mariano Iberico
Se cuenta en algunos pueblos de la sierra del Perú un relato sobre el
origen del arco iris motivado por la presencia de un cactus de flores
amarillas. Esta historia de la narrativa oral cuenta lo siguiente:
En tiempos remotos hubo
una joven que vivía en los Andes del Perú. Muy temprano, como todos los días,
había salido para llevar su ganado a pastar. En esa búsqueda de buenos pastos para
sus animalitos pisó sin darse cuenta un cactus que crece en las alturas, su pie
entonces empezó a sangrar y un dolor insoportable hizo que rompiera en un
llanto incontenible. Pero al rato, con mucho cuidado y cojeando, se fue hasta
el río que muy cerca pasaba. Una vez allí, lavó su herida con mucho cuidado. De
pronto el agua se volvió roja como su sangre, esto provocó la sorpresa de la
joven que asustada vio luego cómo se elevaba del río un vapor que conforme tomaba
altura se tornaba de diversos colores y cobraba la forma de un arco que
terminaba detrás de un cerro muy, pero muy alto. Al rato empezó a lloviznar,
pero la lluvia no duró mucho y cuando dejó de llover apareció entre las nubes
un sol esplendoroso. Tanto se distrajo con este espectáculo maravilloso que
pronto la niña olvidó el dolor y se levantó para ver a sus animales. Así fue
como descubrió que el cactus que había pisado empezaba a florecer, inmediatamente
la niña tomó algunas de esas flores amarillas y adornó su negra cabellera y se
puso a bailar y cantar. Dicen que desde entonces existe el arco iris en el
mundo.
Por estos días estuve revisando algunos
libros de historia y me he encontrado con algunas fotos donde se refleja la
relación del antiguo hombre de estas tierras con los cactus (por ejemplo, el
conocido San Pedro con propiedades alucinógenas). El cactus (algunos de ellos, se entiende) “tiene una larga tradición en la medicina
tradicional andina. Algunos estudios arqueológicos han hallado evidencias de su
uso que se remontan dos mil años, a la cultura Chavín. Era utilizado por los
nativos en las festividades religiosas por sus propiedades alucinógenas debido
a la gran cantidad de alcaloides que tiene, especialmente mescalina. Se
preparaba una bebida que generalmente se mezclaba con otras plantas enteógenas.
Actualmente es extensamente conocido y utilizado para tratar afecciones
nerviosas, de articulaciones, drogodependencias, enfermedades cardíacas e
hipertensión, también tiene propiedades antimicrobianas.”
El
hombre de estas tierras milenarias expresó su relación con el cactus a través de diversas manifestaciones artísticas, por ejemplo, del
arte lítico de la cultura Chavín.
La
cerámica de la cultura Nazca al sur de Lima.
O la
cerámica moche al norte del Perú.
Incluso en la costa, a orillas del mar, destaca el famoso “candelabro”, dibujo gigantesco realizado
en la arena que algunos atribuyen a la cultura Nazca (aunque ciertas voces niegan esta posibilidad y dicen que es posterior).
Pero de lo que quiero escribir ahora es sobre
el cactus y algunos poetas peruanos. Porque así como me he topado con fotos de ceramios, esculturas, etc.,
desde hace mucho me he venido encontrando con poemas cuyo tema es el cactus, esa planta originaria de América (se dice que solo en el Perú hay más de 250 especies de
cactus). De ese pequeño universo de poemas con asunto “espinoso”, he seleccionado
a cuatro poetas, cuatro poemas que corresponden a diversas etapas del
desarrollo de la poesía en el Perú del siglo XX. Iniciamos, entonces, este pequeño itinerario.
1. UNA
BALADA DE MANUEL GONZÁLEZ PRADA
En 1935, se publica póstumamente en Santiago
de Chile un libro de versos de Manuel González Prada (Lima, 1844 -1918)
titulado Baladas peruanas, donde se
pone de manifiesto su postura proindigenista. Curiosamente a González Prada se
le recuerda más como prosista, gracias a sus libros Pájinas libres (1894) y Horas
de lucha (1908), que como poeta. Sin embargo, el poeta no le va a la zaga
al prosista luchador y contundente. González Prada, como poeta, es un
adelantado a su época. Se constituye en innovador y en un “forjador de una
nueva sensibilidad”, según un apunte de Ricardo González Vigil. Mientras sus
contemporáneos peruanos aprovechaban las retóricas fuentes de poetas españoles
de segundo orden, él era un devoto lector y traductor de poetas franceses
(Gautier, Nerval, Baudelaire), alemanes (Goethe, Schiller, Heine), ingleses
(Shelley, Byron). Éstas y otras lecturas, más su curiosidad estética lo llevan
a experimentar con el rondel, el triolet, la villanela franceses; la
espenserina inglesa; los cuartetos persas; el laude, la balata, el rispetto, el
ritornelo italianos, etc. Dos libros suyos, publicados tardíamente, Minúsculas (1901) y Exóticas (1911) lo ubican en el camino del Modernismo y se
convierten en los primeros antecedentes de la moderna poesía peruana
posterior (la de Eguren, Vallejo, Oquendo de Amat, Abril, Westphalen y tantos
más). Con Baladas peruanas aparece el
indio peruano desde otra perspectiva, ya no la visión romántica, idealizada,
casi de postal, sino el ser humano cargado de injusticias, inmerso en la
historia y paisaje propios. En los muchos textos que conforman este libro
inaugurador, hallamos poemas como La
flecha del Inca, El mitayo, Cura y corregidor, Canción de la india, El maíz
y… una breve leyenda en verso que en esta oportunidad nos interesa por el tema:
LOS
CACTOS
Las
indomables hordas de la selva
Hierven,
se ayuntan en espesos bandos,
Y juran
guerra, muerte y exterminio
A los
tranquilos pueblos de los llanos.
Y
dicen: -“Besaremos a sus hijas,
Sus
casas talaremos y sembrados,
Y la
inmortal Serpiente adoraremos
Al
arruinado pie de los santuarios.
Ni tú, potente Sol inaccesible,
La
ruina detendrás y los estragos:
Si
ellos son las palomas indefensas,
Nosotros,
los halcones y milanos”.
Parten,
y salvan ardorosos yungas,
Hondas
quebradas, ríos y nevados,
Y de
las altas cumbres desafían
A las
felices tribus de los llanos.
Agitan
ya las hondas, ya se lanzan;
Mas
mueve el Sol la omnipotente mano,
Y las
salvajes hordas se detienen,
Transfiguradas
en bravíos cactos.
De: Baladas peruanas.
Ediciones de la
Biblioteca Universitaria. Lima, 1966. Página 35.
2. UN
POETA PUNEÑO
En los años veinte del siglo pasado, Puno era un foco cultural y poético
vanguardista de primer orden, debido a la existencia de un circuito cultural
que permitía a los intelectuales puneños recibir publicaciones recientes de
Europa vía Buenos Aires-La Paz. Los jóvenes de entonces, empapados de espíritu
renovador enarbolaron las banderas del vanguardismo literario (dadaísmo,
surrealismo, cubismo, ultraísmo, etc.) y la preocupación por expresar su
realidad paisajista y social. Este afán
de hacer confluir la herencia andina con aires cosmopolitas dio origen a la
corriente artística llamada Indigenismo o
vanguardismo indigenista que tuvo
enorme influencia en los poetas de Cuzco, Arequipa, Cajamarca y Bolivia.
Es el año de 1920, cuando los hermanos Peralta, Arturo (que tomaría el
seudónimo de Gamaliel Churata) y Alejandro fundan, a orillas del lago Titicaca,
con Dante Nava, Emilio Vásquez, Alberto Cuentas Zavala, Emilio Armaza, Julián
Palacios, Luis de Rodrigo y otros jóvenes puneños más el Grupo Orkopata (vocablo quechua-aymara que quiere decir “encima del
cerro” o “la parte alta del cerro”).
El Grupo Orkopata tuvo como órgano de difusión de sus ideas y trabajos
entre los años 1926 y 1930 una de las revistas más importantes del vanguardismo
latinoamericano: el Boletín Titikaka.
En sus 34 números editados publicaron también los más connotados poetas e
intelectuales de Latinoamérica, basta mencionar a un puñado de ellos para
calibrar la trascendencia de esta publicación: César Vallejo, Carlos Oquendo de
Amat, Alberto Hidalgo, Enrique Peña, José Carlos Mariátegui, Víctor Raúl Haya
de la Torre, José María Eguren, Jorge Basadre, Luis Valcárcel, entre los
peruanos; Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Xavier Villaurrutia, Oliverio
Girondo, Mario de Andrade, Pablo de Rokha, entre los latinoamericanos.
De los orkopatas hay un poeta que, en esta oportunidad, nos interesa,
nos referimos a Luis de Rodrigo, seudónimo de Luis Rodríguez, nacido en Juliaca
en 1904. Este poeta obtuvo en 1926, con su poema Himno al Ande, el primer premio del Ateneo de la Juventud de
Arequipa, fue asiduo colaborador en las principales revistas de la época: Amauta, Variedades, Mundial, La Sierra entre otras. Caracteriza a la
poesía de Luis de Rodrigo el uso de palabras nativas, diminutivos, onomatopeyas
y una musicalidad cercana al huayñu
así como la expresión de sentimientos del hombre del altiplano, pero con una
formalidad hispana (en varios poemas) que recuerda mucho a la poesía
popular, hablamos específicamente de los
romances (versos de arte menor: octosílabos), estos poemas anuncian ya una
corriente emparentada con el Indigenismo
pero más regionalista y tradicional llamada cholismo.
En 1944 publicó un libro de poemas, fiel a la prédica indigenista de los años
veinte, titulado Puna (recopilación
de textos escritos entre 1925 a 1934). Falleció en Lima en 1989. Como una muestra
de su poesía seleccionamos un texto de tema amoroso, tierno y cargado de
dulzura provinciana, andina, donde juega rol importante un cactus (el sankayo)
propio de la zona. Leamos:
CANCIÓN DE AMOR DE LA MALIKA
Espinita de sankayo,
si me hieres en los dedos,
-¡acacau!-
no me hieras en el alma,
espinita de sankayo,
que yo vengo por tu flor.
Me está llamando el amor
desde el cerro de colores:
si no me diese tu flor,
espinita de sankayo,
pues hiérenos a los dos.
Sankayo es tu boca –dijo-
enloquecido el Silbico,
y mordió hasta sangrar
mi boquita de sankayo
tras la parva del quinual.
…………………………
Día tras día, más besos,
noche tras noche más miel
que sobre el pecho me brinca,
siento la risa del viento
que desde lejos me grita:
¡amor tiene alas, cholita,
no se las abras Malika!
……………………….
De pena aúlla mi sunka,
pues el Silbico se fue
con su charango de amor.
…………………………..
Espinita de sankayo,
ya no te siento en los dedos,
ya no te siento en los pies,
pero me hieres el alma,
me punzas el corazón
-¡acacau!-
espinita del sankayo.
De: Poesía indigenista
Primer Festival del Libro Puneño. Lima, 1959.
Páginas 97-98.
3. UN POEMA BREVE DE
WASHINGTON DELGADO
El
poeta Washington Delgado publicó en 1965 un breve libro de poemas titulado Parque (Ediciones La Rama Florida, colección dirigida por el también poeta Javier Sologuren). Entre los
treinta y cuatro poemas, donde es evidente la influencia de la poesía española,
hay dos poemitas bajo el mismo título: Hai-Kai,
que es la forma como en español se le llama a los breves poemas japoneses de
sólo tres versos conocidos como haikus.
En realidad, Washington Delgado bajo cada título consigna no un hai-kai, sino
dos. Claro está, cada uno de ellos cumple con cierta formalidad requerida para
esta clase de poemas: tres versos, relación con la naturaleza, concisión,
delicadeza y sugerencia, aunque la métrica en los poemas de Delgado es libre y
no se sujeta a los cánones métricos del 5 / 7 /5. De los dos poemas, el que nos
interesa es el segundo, pero antes de transcribirlo es necesario detallar el
siguiente dato bibliográfico, en 1970, Washington Delgado reúne bajo el título
de Un mundo dividido todos sus
poemarios publicados entre los años de 1951 a 1970. En este libro, el poemario Parque ofrece algunos cambios, por
ejemplo, presenta con nuevos títulos los dos poemas referidos anteriormente, el
primero ahora se llama La hoja y el
segundo se titula Cactus. Leamos:
CACTUS
El
cactus, primavera,
te
desafía
a dura
guerra.
Guerra
perdida:
tras
espinas enhiestas
la
florecilla.
4. VIAJE A UN POEMA DE ÓSCAR LIMACHE
La Generación del 80 agrupa a un número
considerable de buenos poetas que desarrollaron en esos difíciles
años discursos poéticos variados que van desde un
coloquialismo y narratividad hasta el erotismo (campo explorado,
sobre todo, por las mujeres) e intimismo, poetas
representativos de esta generación son Róger
Santiváñez,
José Antonio Mazzotti, Rossella Di Paolo, Patricia Alba, Eduardo Chirinos Arrieta, Domingo de Ramos, Mariella Dreyfus, Óscar Limache, por
mencionar solo algunos de estos poetas.
Uno de ellos, el poeta Óscar Limache (Lima,
1958) resultó ganador del primer premio en la IV Bienal de Poesía COPÉ 1988,
con su libro Viaje a la lengua del
puercoespín (Ediciones COPÉ, Lima, 1989.). El libro de la primera edición está dividido en cinco partes
y contiene más de ochenta poemas. Llama la atención en la primera sección del
libro, cuyo título es Las ciudades
invisibles, que todos los poemas que lo conforman llevan nombres de
ciudades del mundo (actuales y algunas ya desaparecidas), ciudades que, hasta
donde sé, el poeta Óscar Limache no las conocía si no era por libros y
películas.
Delfos,
Marsella, Zurich, Bagdad, Roma, Teherán, Éfeso, Pekín, Estocolmo, Budapest,
Trieste, Venecia, Bombay, Ginebra… son algunas de las ciudades por donde
transita la imaginación del poeta que transforma estas urbes en planos
verbales, curiosamente algunos de los poemas van acompañados de planos urbanos,
quizá para sugerir ya no solo un itinerario mental o verbal.
Pero,
de todo el libro, lo que nos interesa es la tercera sección del poemario titulado
Venas propias. Hay allí un poema, el
primero, cuyo título es Autorretrato con
púas (22 años). En él, la voz poética, valiéndose de un símil, asume la
imagen de una planta, en este caso de un cactus. La voz del poema se presenta,
entonces, como los cactus que cultiva: arisco y poco dado al trato con sus
semejantes (“alto / seco / espinoso / frío / hiriente…”), de allí el título del
poema, que anticipa el cuerpo del poema.
Mas
el texto poético no concluye allí, el poema de dieciséis versos posee dos
partes, la primera es aquella que ya comentamos donde la voz asume su semejanza
con los cactus. La segunda parte se inicia en el noveno verso con la conjunción
adversativa “pero”: los versos siguientes presentan ya no a una voz poética que
se anunciaba cortante, agresiva, evasiva, sino a alguien que se vale de sus
espinas para aparentar una hostilidad pero como mecanismo de defensa, mecanismo
que con ciertas personas queda de lado para mostrar su ángulo gentil y
delicado, representado en el poema a través de “una flor amarilla”.
Leamos, entonces, este bello poema de Limache que con un lenguaje
sencillo expresa y deja al descubierto ciertos ángulos misteriosos de nuestra
psicología.
AUTORRETRATO
CON PÚAS (22 AÑOS)
Para Gigi
Soy
como
los cactus
que
cultivo
alto
seco
espinoso
frío
e
hiriente
pero
maldición
no
puedo
evitar
de vez
en cuando
darte
desde
mi centro
una
flor amarilla
Así concluye esta diminuta muestra temática
de la poesía peruana. Cuatro voces embarcadas en un asunto nada nuevo en la
historia y cultura del Perú: los cactus. Pero esta vez no los cactus materiales, tangibles, sino estos a través de
las palabras, los ritmos, los silencios.
Continuará…
Morada
de Barranco, 30 de setiembre de 2012.
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