lunes, 27 de julio de 2026

DIARIO DE POETA

 

 

                                             Di lo que se te ocurra, juguemos al sicoanálisis…

                                                                                           Martín Adán

 

 

I.

   Hablo del invierno, el que nos permite ser transeúntes de un territorio irreal de contornos ambiguos: la silueta de un árbol cuyos brazos reciben la música escondida del mar; esa calle estática que cobija los pasos inseguros de quien se pierde entre la bruma; el que nos devuelve los ecos de una lluvia que apenas asoma y sus agujas de plata no se atreven a serlo; donde el frío dibuja un paisaje escondido más allá de nuestras manos y de nuestros ojos...

GARÚA
Transito por estas calles tímidas y alegre recibo el galope de tu llanto por mi rostro.


 




II.

   La experiencia de caminar junto al mar, por la playa brumosa, mientras mis huellas en la arena húmeda se convierten en un camino que no lleva a ningún lugar que no sea la alegría de saberse parte de esa atmósfera y de ese paisaje. No he dejado de “leer” aquellos mensajes que el mar abandona como botellas en las orillas, secretos que las olas se empeñan en trazar con extrañas caligrafías que “los de acento marino” sabrán intuir, sospechar. He aquí un poema mío escrito frente al mar.

 

OFRENDA

Esta es

mi ofrenda:

el vacío

de una puerta

calcinada

por el crepúsculo

 

 





III.

   Para este invierno tengo el firme propósito de embarcarme en algunas sesiones de lectura de algunas obras del frágil y siempre grandioso Stefan Zweig, pienso en "Amok", en "Ardiente secreto" y en "La lucha con el demonio" (que fue una gran compañía durante mi etapa universitaria).

   A raíz de haber visionado en estos días "En el corazón del mar", una película que cuenta la historia trágica del Essex, barco hundido por un cachalote, se me despertó el afán de releer la monumental novela de Herman Melville que hace muchísimos años no visito: "Moby Dick" y varios de sus cuentos (el ineludible "Bartleby el escribiente", "Billy Budd, marinero" y "Benito Cereno") y la poesía de Raúl Deustua, Paul Celan, José María Eguren, Fernando Pessoa, Ósip Mandelshtam (de quien me acabo de enterar nació en la misma fecha en que yo nací: 14 de enero).

   En fin, los días pasan, el tiempo va cambiando y uno aquí, en su morada, esperando el cambio definitivo: “Nieblecita del pequeño invierno, cosa del alma, soplos del mar, garúas de viaje en bote de un muelle a otro, aleteo sonoro de beatas retardadas, opaco rumor de misas, invierno recién entrando…”, como escribiera, hace muchos años, un jovencito genial llamado Rafael de la Fuente Benavides, más conocido como Martín Adán.

 





IV.

   Por algo que no sé explicar, nunca me sentí bien entre mucha gente: me ponía nervioso, me angustiaba. En compensación, siempre fui muy observador, muy pocas cosas se me escapaban. Para esa extremada, ¿cómo llamarla?, ¿sensibilidad?, una suerte de coraza, de salvación en un medio hostil reposaba en esa capacidad de maravillarme como un niño lo hace: lo que para los demás resultaba indiferente, para mí podía convertirse en un universo de sorpresas, de descubrimientos en los que me detenía con curiosidad. Esos espacios que otros veían como nebulosas, para mí eran territorios de claridad: me alimentaban, me protegían, me ayudaban a crecer... Algo o mucho de ese niño todavía sobrevive en mí.

   Ahora a la distancia, cuando recuerdo aquellos tiempos, percibo la imagen de un niño solo, corriendo entre calles angostas y con árboles que van desapareciendo porque una bruma va comiéndose los contornos de esos árboles, de las casas y de ese niño que va diluyéndose lentamente, como un fantasma que cree haber encontrado espacios amigables donde hallar protección, donde terminen sus ansiedades, sus angustias…





 

V.

   Una de las cosas que más disfruto es la lectura (acompañada, por cierto, de una taza de café). Efectivamente, siento que nada hay como levantarse un fin de semana, 4:30 o 5:00 de la mañana, cuando todos o casi todos navegan en el sueño, así rodeado de un silencio impecable llegar a la mesa que siempre me espera, prepararlo todo: el libro o los libros y disponerme a “escuchar con los ojos”, obviamente parafraseo un verso de un magistral soneto del maese Francisco de Quevedo que cada que puedo releo:



Retirado en la paz de estos desiertos,

Con pocos, pero doctos libros juntos,

Vivo en conversación con los difuntos,

Y escucho con mis ojos a los muertos...

 

   Libros van, libros vienen. Así transcurren los minutos, las horas. Y yo aquí, complacido, disfruto de estos fines de semana entre libros y libros. Más no se puede pedir, creo yo. Thanks, vida.

 






VI.

   Si bien nací en el Cusco, he vivido desde siempre en Barranco, pequeño territorio junto al mar del que me sé de memoria su paisaje, aunque muchas veces no sepa todos los nombres de sus calles. He tenido el atrevimiento de publicar cinco libros y tengo algunos más por publicar. Escribo, es cierto, pero leo más: mi biblioteca es un pequeño orgullo que llevo conmigo y me acompaña desde los dieciséis años cuando decidí empezar a tener una. Aparte de leer, otras pasiones mías son el cine, el vino Oporto, la música, el café, el fútbol, pero mis pasiones mayores son mi esposa y mi hija, mis padres, mis hermanos, mis sobrinos. No soy supersticioso porque eso, según dicen, trae mala suerte. Por cierto, soy profesor de Literatura y algunas de las más bellas experiencias las he vivido como tal. Si de algo sirve, tengo mis dudas, diré que soy del signo de Capricornio, amo la música de Johannes Brahms y de The Beatles y mi color preferido es el azul.

 






VII.

   Si los padres (y los profesores) comprendieran las bondades del contar historias, tal vez ahora no estaríamos lamentándonos del porqué hay tanto joven en el Perú alejado de la lectura, es más, tanto joven manejando prejuicios como el de que la lectura es una actividad aburrida o una pérdida de tiempo. Contemos historias, seamos cómplices de nuestros hijos cuando los lancemos a los espacios de la imaginación y nos dejaremos de lamentar por algunas cosas. Pero si queremos “lectores mínimos”, como los llamaba un escritor chileno, continuemos como hasta ahora, alejados de ellos y dejándolos en manos de los “celulares” que les vienen a solucionar su poco compromiso con la formación de sus hijos.





 

VIII.

   El calentamiento global, expresión que para la mayoría de los que vivimos en Lima nos suena a asunto extraño, lejano a nuestros intereses, a nuestras preocupaciones. Cuán equivocados estamos. Hace unos años viajé con toda mi familia, incluyendo a mis padres y mis hermanos, a Áncash: paisajes impresionantes, sobrecogedores; lagunas cuyas aguas ofrecían colores increíbles a unos ojos acostumbrados a un cielo perlado, gris; pueblos que rompen toda lógica matemática, geométrica, literalmente colgados de los abismos; montañas gigantescas y entre ellas las ruinas de chavín que emergen (tomo prestada la expresión del maese Alfonso Reyes) “como una inmensa flor de piedra” tupidas de misterios; nevados como el Huandoy y el bicéfalo Huascarán (por mencionar solo dos cuyas dimensiones son de asombro y espanto)…
   Dije nevados, digo preocupación. “Las estadísticas y estudios relacionados indican que el Perú es considerado el tercer país en el mundo de mayor vulnerabilidad ante el cambio climático y que si este fenómeno recrudece, será uno de los más afectados.” No nos queremos dar cuenta del peligro que se cierne sobre nosotros, queremos aparentar una ceguera ante el hecho real de que el agua que bebemos proviene de ríos que nacen en esos nevados, que de esos ríos obtenemos la energía eléctrica que muchas veces usamos de manera irresponsable. Y ¿cuándo esos nevados ya no existan? La respuesta es, y no hay otra, una tragedia: una ciudad (la segunda ciudad más grande del mundo situada en un desierto, después de El Cairo, en Egipto) sin agua y en la más absoluta oscuridad. Preocupante.

 






IX.

   Tenía cinco años cuando viaje con mis padres y mi hermana al Cusco. Nunca más pude regresar. Hoy si lo hiciera sería para visitar la tumba de los abuelos y lo poco o nada que queda de su casa. En realidad, nada. Los abuelos amaban su casa, allí habían hecho su vida desde 1939, allí habían nacido y crecido sus siete hijos… Hoy tengo que hablar de ella como un espacio o territorio lejano, lo peor, desaparecido.

   Los abuelos han partido. Una sensación de fragilidad y fugacidad me embarga. Ya jamás ocurrirá que llegue a Lucre y mis abuelos en su casa esperando para compartir alguna conversación, algunas risas, algún pan preparado por las manos mágicas de mi abuela, la alegría, su amor inconmensurable. Ellos se han ido y Lucre es herida.

   Si algo recuerdo de ese ya lejano viaje es cuando nos íbamos a dormir al segundo piso. Un balcón y una pequeña ventana miraban hacia el río, que entonces, no estaba canalizado. Su voz, diría mejor, sus voces insistentes e inquietantes lo invadían todo, incluso mis sueños. Entonces sucedía que en medio de la noche abría los ojos. Todos dormían, los únicos despiertos éramos el río y yo. Aguzaba el oído, intentaba descifrar sus mensajes hasta que ese rumor me llevaba nuevamente hacia el sueño.

   Así fue todas las noches que dormimos en Lucre. Incluso alguna vez me atreví a levantarme y con sigilo me aproximé a una de las ventanas en el afán de mirar el río, de descubrir su rostro nocturno. Imposible, la noche me lo ocultaba. Regresaba nervioso, entonces, a la cama con un extraño sabor a derrota por no haber columbrado su faz que se abría camino entre la noche, por no haber desentrañado su mensaje que era territorio prohibido para los que veníamos de lejos...





 


X.

   Perdido en cavilaciones que me llevan por espacios y tiempos idos, el de la infancia, por ejemplo. Desfilan como una película aquellas horas de buscada soledad en los acantilados, con la vista y los oídos perdidos en la música de las olas, o cuando en la playa hollaba la arena para crear mis propios mares donde trazar las rutas de mi propio mundo.

   Cuando uno transita por estos predios, acuden a la memoria instantes, detalles aparentemente olvidados, imágenes de aquellos lejanos años en que con mis padres y mis hermanos Gloria y Arturo (Paco todavía no había llegado) habitábamos una diminuta casa donde fuimos criados con tanto amor y esmero. Pequeña casa con espacio suficiente para albergar el universo colorido de unos niños que no solo jugaban, pues había que ayudar en casa. Espacio liliputiense donde en algunas noches fantásticas nuestro padre nos hacía viajar, alrededor de una sólida mesa de madera que he heredado y lo tengo como uno de mis preciados bienes, por territorios remotos con la magia de su palabra.

   Mi padre ya no está físicamente (justo hoy se cumplen siete años de su partida), pero el amor y la unión familiar, esas semillas sembradas por él (y por mi madre), han germinado y nos alimentan y nos dan fuerzas y ánimos para seguir luchando.






 

   Continuará…

 

 

                                              Morada de Barranco, 27 de julio de 2026




No hay comentarios:

Publicar un comentario