Di
lo que se te ocurra, juguemos al sicoanálisis…
Martín
Adán
I.
Hablo del invierno, el que nos permite ser
transeúntes de un territorio irreal de contornos ambiguos: la silueta de un
árbol cuyos brazos reciben la música escondida del mar; esa calle estática que
cobija los pasos inseguros de quien se pierde entre la bruma; el que nos
devuelve los ecos de una lluvia que apenas asoma y sus agujas de plata no se
atreven a serlo; donde el frío dibuja un paisaje escondido más allá de nuestras
manos y de nuestros ojos...
GARÚA
Transito por estas calles tímidas y alegre recibo
el galope de tu llanto por mi rostro.
II.
La experiencia de caminar junto al mar, por
la playa brumosa, mientras mis huellas en la arena húmeda se convierten en un
camino que no lleva a ningún lugar que no sea la alegría de saberse parte de
esa atmósfera y de ese paisaje. No he dejado de “leer” aquellos mensajes que el
mar abandona como botellas en las orillas, secretos que las olas se empeñan en
trazar con extrañas caligrafías que “los de acento marino” sabrán intuir,
sospechar. He aquí un poema mío escrito frente al mar.
OFRENDA
Esta es
mi
ofrenda:
el vacío
de una
puerta
calcinada
por el
crepúsculo
III.
Para este invierno tengo el firme propósito
de embarcarme en algunas sesiones de lectura de algunas obras del frágil y
siempre grandioso Stefan Zweig, pienso en "Amok", en "Ardiente
secreto" y en "La lucha con el demonio" (que fue una gran
compañía durante mi etapa universitaria).
A raíz de haber visionado en estos días
"En el corazón del mar", una película que cuenta la historia trágica
del Essex, barco hundido por un cachalote, se me despertó el afán de releer la
monumental novela de Herman Melville que hace muchísimos años no visito:
"Moby Dick" y varios de sus cuentos (el ineludible "Bartleby el
escribiente", "Billy Budd, marinero" y "Benito
Cereno") y la poesía de Raúl Deustua, Paul Celan, José María Eguren,
Fernando Pessoa, Ósip Mandelshtam (de quien me acabo de enterar nació en la
misma fecha en que yo nací: 14 de enero).
En fin, los días pasan, el tiempo va
cambiando y uno aquí, en su morada, esperando el cambio definitivo: “Nieblecita
del pequeño invierno, cosa del alma, soplos del mar, garúas de viaje en bote de
un muelle a otro, aleteo sonoro de beatas retardadas, opaco rumor de misas,
invierno recién entrando…”, como escribiera, hace muchos años, un jovencito
genial llamado Rafael de la Fuente Benavides, más conocido como Martín Adán.
IV.
Por algo que no sé explicar, nunca me sentí
bien entre mucha gente: me ponía nervioso, me angustiaba. En compensación,
siempre fui muy observador, muy pocas cosas se me escapaban. Para esa
extremada, ¿cómo llamarla?, ¿sensibilidad?, una suerte de coraza, de salvación
en un medio hostil reposaba en esa capacidad de maravillarme como un niño lo
hace: lo que para los demás resultaba indiferente, para mí podía convertirse en
un universo de sorpresas, de descubrimientos en los que me detenía con
curiosidad. Esos espacios que otros veían como nebulosas, para mí eran
territorios de claridad: me alimentaban, me protegían, me ayudaban a crecer...
Algo o mucho de ese niño todavía sobrevive en mí.
Ahora a la distancia, cuando recuerdo
aquellos tiempos, percibo la imagen de un niño solo, corriendo entre calles
angostas y con árboles que van desapareciendo porque una bruma va comiéndose
los contornos de esos árboles, de las casas y de ese niño que va diluyéndose
lentamente, como un fantasma que cree haber encontrado espacios amigables donde
hallar protección, donde terminen sus ansiedades, sus angustias…
V.
Una de las cosas que más disfruto es la
lectura (acompañada, por cierto, de una taza de café). Efectivamente, siento
que nada hay como levantarse un fin de semana, 4:30 o 5:00 de la mañana, cuando
todos o casi todos navegan en el sueño, así rodeado de un silencio impecable
llegar a la mesa que siempre me espera, prepararlo todo: el libro o los libros
y disponerme a “escuchar con los ojos”, obviamente parafraseo un verso de un
magistral soneto del maese Francisco de Quevedo que cada que puedo releo:
Retirado en la paz de estos desiertos,
Con
pocos, pero doctos libros juntos,
Vivo en
conversación con los difuntos,
Y escucho
con mis ojos a los muertos...
Libros van, libros vienen. Así transcurren
los minutos, las horas. Y yo aquí, complacido, disfruto de estos fines de
semana entre libros y libros. Más no se puede pedir, creo yo. Thanks, vida.
VI.
Si bien nací en el Cusco, he vivido desde
siempre en Barranco, pequeño territorio junto al mar del que me sé de memoria
su paisaje, aunque muchas veces no sepa todos los nombres de sus calles. He
tenido el atrevimiento de publicar cinco libros y tengo algunos más por
publicar. Escribo, es cierto, pero leo más: mi biblioteca es un pequeño orgullo
que llevo conmigo y me acompaña desde los dieciséis años cuando decidí empezar
a tener una. Aparte de leer, otras pasiones mías son el cine, el vino Oporto,
la música, el café, el fútbol, pero mis pasiones mayores son mi esposa y mi
hija, mis padres, mis hermanos, mis sobrinos. No soy supersticioso porque eso,
según dicen, trae mala suerte. Por cierto, soy profesor de Literatura y algunas
de las más bellas experiencias las he vivido como tal. Si de algo sirve, tengo
mis dudas, diré que soy del signo de Capricornio, amo la música de Johannes
Brahms y de The Beatles y mi color preferido es el azul.
VII.
Si los padres (y los profesores)
comprendieran las bondades del contar historias, tal vez ahora no estaríamos
lamentándonos del porqué hay tanto joven en el Perú alejado de la lectura, es
más, tanto joven manejando prejuicios como el de que la lectura es una
actividad aburrida o una pérdida de tiempo. Contemos historias, seamos
cómplices de nuestros hijos cuando los lancemos a los espacios de la
imaginación y nos dejaremos de lamentar por algunas cosas. Pero si queremos
“lectores mínimos”, como los llamaba un escritor chileno, continuemos como
hasta ahora, alejados de ellos y dejándolos en manos de los “celulares” que les
vienen a solucionar su poco compromiso con la formación de sus hijos.
VIII.
El calentamiento global, expresión que para
la mayoría de los que vivimos en Lima nos suena a asunto extraño, lejano a
nuestros intereses, a nuestras preocupaciones. Cuán equivocados estamos. Hace
unos años viajé con toda mi familia, incluyendo a mis padres y mis hermanos, a
Áncash: paisajes impresionantes, sobrecogedores; lagunas cuyas aguas ofrecían
colores increíbles a unos ojos acostumbrados a un cielo perlado, gris; pueblos
que rompen toda lógica matemática, geométrica, literalmente colgados de los abismos;
montañas gigantescas y entre ellas las ruinas de chavín que emergen (tomo
prestada la expresión del maese Alfonso Reyes) “como una inmensa flor de
piedra” tupidas de misterios; nevados como el Huandoy y el bicéfalo Huascarán
(por mencionar solo dos cuyas dimensiones son de asombro y espanto)…
Dije
nevados, digo preocupación. “Las estadísticas y estudios relacionados indican
que el Perú es considerado el tercer país en el mundo de mayor vulnerabilidad
ante el cambio climático y que si este fenómeno recrudece, será uno de los más
afectados.” No nos queremos dar cuenta del peligro que se cierne sobre
nosotros, queremos aparentar una ceguera ante el hecho real de que el agua que
bebemos proviene de ríos que nacen en esos nevados, que de esos ríos obtenemos
la energía eléctrica que muchas veces usamos de manera irresponsable. Y ¿cuándo
esos nevados ya no existan? La respuesta es, y no hay otra, una tragedia: una
ciudad (la segunda ciudad más grande del mundo situada en un desierto, después
de El Cairo, en Egipto) sin agua y en la más absoluta oscuridad. Preocupante.
IX.
Tenía cinco años cuando viaje con mis padres
y mi hermana al Cusco. Nunca más pude regresar. Hoy si lo hiciera sería para
visitar la tumba de los abuelos y lo poco o nada que queda de su casa. En
realidad, nada. Los abuelos amaban su casa, allí habían hecho su vida desde
1939, allí habían nacido y crecido sus siete hijos… Hoy tengo que hablar de
ella como un espacio o territorio lejano, lo peor, desaparecido.
Los abuelos han partido. Una sensación de
fragilidad y fugacidad me embarga. Ya jamás ocurrirá que llegue a Lucre y mis
abuelos en su casa esperando para compartir alguna conversación, algunas risas,
algún pan preparado por las manos mágicas de mi abuela, la alegría, su amor
inconmensurable. Ellos se han ido y Lucre es herida.
Si algo recuerdo de ese ya lejano viaje es
cuando nos íbamos a dormir al segundo piso. Un balcón y una pequeña ventana
miraban hacia el río, que entonces, no estaba canalizado. Su voz, diría mejor,
sus voces insistentes e inquietantes lo invadían todo, incluso mis sueños.
Entonces sucedía que en medio de la noche abría los ojos. Todos dormían, los
únicos despiertos éramos el río y yo. Aguzaba el oído, intentaba descifrar sus
mensajes hasta que ese rumor me llevaba nuevamente hacia el sueño.
Así fue todas las noches que dormimos en
Lucre. Incluso alguna vez me atreví a levantarme y con sigilo me aproximé a una
de las ventanas en el afán de mirar el río, de descubrir su rostro nocturno.
Imposible, la noche me lo ocultaba. Regresaba nervioso, entonces, a la cama con
un extraño sabor a derrota por no haber columbrado su faz que se abría camino
entre la noche, por no haber desentrañado su mensaje que era territorio
prohibido para los que veníamos de lejos...
X.
Perdido en
cavilaciones que me llevan por espacios y tiempos idos, el de la infancia, por
ejemplo. Desfilan como una película aquellas horas de buscada soledad en los
acantilados, con la vista y los oídos perdidos en la música de las olas, o
cuando en la playa hollaba la arena para crear mis propios mares donde trazar
las rutas de mi propio mundo.
Cuando uno transita
por estos predios, acuden a la memoria instantes, detalles aparentemente
olvidados, imágenes de aquellos lejanos años en que con mis padres y mis
hermanos Gloria y Arturo (Paco todavía no había llegado) habitábamos una
diminuta casa donde fuimos criados con tanto amor y esmero. Pequeña casa con
espacio suficiente para albergar el universo colorido de unos niños que no solo
jugaban, pues había que ayudar en casa. Espacio liliputiense donde en algunas
noches fantásticas nuestro padre nos hacía viajar, alrededor de una sólida mesa
de madera que he heredado y lo tengo como uno de mis preciados bienes, por
territorios remotos con la magia de su palabra.
Mi padre ya no está
físicamente (justo hoy se cumplen siete años de su partida), pero el amor y la
unión familiar, esas semillas sembradas por él (y por mi madre), han germinado
y nos alimentan y nos dan fuerzas y ánimos para seguir luchando.
Continuará…
Morada de Barranco, 27 de julio de 2026
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