jueves, 27 de noviembre de 2025

CINE, NO SOLO PELÍCULAS

 


                                                              tú que llevas prendido un cine en la mejilla

                                                                              Carlos Oquendo de Amat

 

 

   Debo reconocer que para mí el cine es una religión como lo es la lectura, la música de The Beatles (y en ciertos casos lo es el fútbol). Muchos de mis primeros recuerdos están relacionados con el llamado séptimo arte. Mi infancia y adolescencia están marcadas más que por libros por películas: me veo niño sentado frente al ecran, con los ojos “perdidos” en la pantalla, sin saber leer todavía y obligado a crear con esas imágenes que ante mis ojos desfilaban mi propia historia, mi propia película, no había otra: la imaginación sobre la imaginación.





   Pasados los años, esa pasión por el cine no ha decaído, se ha acentuado. Una prueba de ello es que Rita y yo visionamos complacidos una película diaria. De lunes a sábado nos abandonamos a las imágenes de múltiples historias que nos transportan plácidamente a mundos paralelos que nos alejan momentáneamente de las preocupaciones cotidianas, como lo suele hacer, salvando las diferencias, la lectura (hablo de novelas, cuentos, por ejemplo); es decir, embarcados en nuestra imaginación abandonamos los avatares de la vida y nos permitimos vivir aquellas vidas que la realidad nos lo impediría: el cine como espacio o territorio de la libertad.






   Si algo disfrutamos en el cine es cuando frecuentamos los clásicos; o sea, aquellas películas a las que los años no hacen mella, esas que siempre nos dicen algo nuevo, aquello que no fue percibido en oportunidades anteriores. Esta es la razón de por qué en estos días ando con la idea de volver a visionar un puñado de películas, largometrajes que me marcaron y viven (vivirán) en mí hasta que deba abandonar el tercer planeta. De ese pequeño universo he seleccionado quince filmes (aunque también en el camino voy sugiriendo otras películas).






   El orden de las películas de esta lista responde a como fueron apareciendo en mi recuerdo. Esta es la relación:

1. Entre muchas de John Ford (pienso en Centauros del desierto, Las viñas de la ira o ¡Qué verde era mi valle!) una en particular: El hombre quieto, imagino ya a mis ojos extraviados entre los verdes de Innisfree y el rojo cabello de la bellísima y temperamental Maureen O’hara. Una película sobre el regreso a los orígenes para alejarse de un pasado inmediato que atormenta.

2. Tres películas de Jean-Luc Godard: Al final de la escapada, El desprecio y Pierre, le fou. Una en blanco y negro (¡ah, esa aparición de Jean Seberg con el cabello corto anunciando al “New York Herald Tribune” en “Champs Elysées”!), las otras en colores destellantes envolviendo las figuras de Brigitte Bardot y de una de las grandes musas de la “nouvelle vague”: Anna Karina, la de los bellos ojos almendrados.

3. El espíritu de la colmena de Víctor Erice, conmovedora película que resulta una maravillosa exploración, dentro de un pueblo desolado en la meseta castellana, de cómo el cine marca a una niña (Ana Torrent) a través de un personaje como el monstruo de Frankenstein en las duras épocas de la posguerra española. La soledad atormentada y contenida que gobierna las vidas de los personajes habla, en realidad, de espacios compartidos pero cargados de fracturas. Diez años después filmaría otra joya: El Sur.

4. Hay dos películas de Eric Rohmer a las que acudo siempre transido de emoción y me gusta visionarlas bajo dos condiciones: al amanecer y en invierno, ¿por qué?, no sabría decirlo con precisión, solo sé que así las disfruto mucho. Las películas a las que me refiero son El rayo verde y Cuento de invierno (por allí cerca, merodeando están Mi noche con Maud, La rodilla de Clara y Cuento de otoño). Estas dos películas (como todas las de Rohmer) siempre me han sorprendido porque son muestra palpable de cómo hacer un magnífico cine, inteligente y con economía de recursos.

5. La mirada de Ulises, bello título de una película de Theo Angelopoulos, las indagaciones y la larga marcha del protagonista, “A” (magnífico Harvey Keitel), por hallar los rollos de una película en un territorio (los Balcanes) dominado por la violencia y la muerte: el cine como metáfora de las eternas búsquedas del hombre habitante de las periferias.

6. En 1950, Luis Buñuel filma una película que muestra el otro rostro de México, no el de charros y canciones, sino el real, el de las grandes desigualdades, el de los adolescentes y niños sobreviviendo en medio de una urbe fragmentada, agresiva, violenta: Los olvidados arranca máscaras y nos muestra aquella faz terrible que la revolución mexicana no había solucionado. ¿Otras de Buñuel?: Él y Ensayo de un crimen.

7. Alfred Hitchcock filmó muchas películas, de todas ellas escojo una, Vértigo (podría agregar cuatro o cinco películas, pienso en La ventana indiscreta, Con la muerte en los talones, Psicosis, Los pájaros, Notorius o La sombra de una duda). Vértigo es una película que ofrece con precisión, el turbador mundo de un policía retirado y obsesivo: John Scottie Ferguson (James Stewart) en su relación con Madeleine (Kim Novak) y su posterior intento de reencarnar en una segunda muchacha al amor perdido. Intensa como pocas, Vértigo es la metáfora de la recuperación del amor de entre los muertos.

8. Krysztof Kieslowski, el gran director polaco, filmó un puñado de películas misteriosas, poéticas como Azul, Blanco, Rojo o El Decálogo, este último un proyecto de diez capítulos basado en los Diez Mandamientos (cada uno de aproximadamente una hora). Pero la película que quisiera ver es La doble vida de Verónica, filme donde la poesía visual de Kieslowski se despliega para contarnos la historia de dos muchachas (Irene Jacob en el doble papel de Weronika en Polonia y Veronique en París) que no solo guardan un físico idéntico sino gustos afines que las acercan a pesar de las distancias.

9. Las alas del deseo o también conocida como Cielo sobre Berlín, del alemán Wim Wenders, es una película donde un ángel rebelde renuncia a su inmortalidad por amor a una trapecista, pero la historia no solo es la de este ángel inconforme sino también aborda temas cuyo espectro es más amplio, los aspectos sociales y políticos sobre el destino trágico de una Alemania fragmentada, separada por un muro.

10. Probablemente el mejor western de todos los tiempos sea Río Bravo de Howard Hawks, este es un filme cuya historia sencilla indaga sobre el poder de la amistad y como esta se robustece para enfrentar el peligro constante: el asedio a la comisaría por parte de una gavilla de delincuentes que quiere liberar al hermano menor del jefe. A diferencia de las películas de John Ford, la historia de Río Bravo se desarrolla en escenarios mínimos (un pequeño pueblo de Texas, una calle, el hotel, la comisaría), suficientes para expresar a este gran western con plenitud.

11. La piel suave de Truffaut, es una de las películas que más he visto y cada vez me gusta más, su sencillez puede resultar engañosa, sin embargo, es de esas películas que expresa con madurez la ingobernabilidad del hombre por algunos anhelos y obsesiones. Jean Desailly y Francoise Dorléac en estado de gracia (sobre toda esta última: inolvidable su mirada cargada de tristeza) construyen con sus personajes (Pierre y Nicole) una historia de amor e infidelidad cuyo final terrible no deja nunca de asombrarnos.

12. Del cine negro escojo Perversidad de Fritz Lang, en esta película Joan Bennett se aprovecha de su belleza y del amor que ha despertado en un empleado honesto y destacado hasta hacerlo delinquir, ella es una de las "femme fatale" más despiadadas del "cine noir", ese cine de imágenes nocturnas en blanco y negro, con marcados contrastes de luz y sombra para crear una atmósfera opresiva, cargada de pesimismo y muchas suspicacias: una latente traición, el miedo paralizante, un amor trágico, una muerte sorpresiva. La fatalidad como destino. ¿Otras sugerencias?: La mujer del cuadro, Los sobornados, Laura, Retorno al pasado, entre otras.

13. Una película entrañable, quizás la mejor del director japonés Yasujiro Ozu: Cuentos de Tokio. La belleza indestructible, la profundidad y sabiduría de un film que nos hace reflexionar sobre el paso del tiempo y el deterioro que provoca en los cuerpos y en las relaciones. Con la cámara, colocada a unos 90 centímetros del suelo, la particular mirada de Ozu nos permite presenciar escenas de la vida diaria que nos involucran como si, a través de nuestros ojos, estuviéramos allí acompañando a esos personajes que nos conmueven (entrañables Sukichi y Tomi, los padres ancianos que son rechazados por sus hijos egoístas e insensibles).

14. Ernst Lubitsch estrenó en febrero de 1942 (en plena guerra) una joya definitiva del cine: Ser o no ser. La película nos muestra una serie de enredos que con inteligencia y un humor sutil, corrosivo, se van desarrollando y solucionando. Este bello largometraje es una comedia completamente alejada de aquellas ligeras y superficiales comedias que buscan la risa fácil del espectador, esta es una película donde el humor inteligente es empleado en los diálogos y situaciones para, a su manera, socavar una ideología, hablamos del humor y la sátira como armas para quitar autoridad a personajes e instituciones como Hitler y la Gestapo... ¿Curiosidades? Un jovencísimo Robert Stack (el de la serie de Los Intocables) intentando conquistar a Carole Lombard, actriz que no pudo gozar del éxito de esta cinta, ella murió trágicamente un mes antes del estreno. Ser o no ser, es de esas películas entrañables que te hacen amar más al cine.

15. Un clásico como ¡Qué bello es vivir! de Frank Capra se impone. Pocas películas como esta que me llevan a decir con absoluta seguridad que cada vez que la veo me gusta más, nos gusta más, la disfrutamos a plenitud: reímos con sus ocurrencias (la escena anterior a la muerte del padre del protagonista o la del baile de fin de año de 1927), nos conmovemos con las peripecias del entrañable George Bailey en su desesperación.

   Podría agregar algunas películas más a esta breve selección (películas sonoras, porque de las mudas, ese es otro cantar; o sea, otra lista), por ejemplo: Raíces profundas; Amarcord; Casablanca; Sed de mal; Viaje a Italia; El Gatopardo; Algo para recordar; Manhattan; La muchacha de la maleta; El doctor Zhivago; M, el vampiro de Düsseldorf; El séptimo sello, La noche del cazador y muchas más.

   Probablemente en otras ocasiones y bajo otras circunstancias los títulos seleccionados variarían y es que, como decía un personaje bastante conocido por estos lares, “las grandes películas nos hablan, pero no siempre las escuchamos con la misma actitud o interés”.





 

   Continuará…

 

 

                                      Morada de Barranco, 27 de noviembre de 2025

 


miércoles, 29 de octubre de 2025

DOS HISTORIAS DE AULA

 


                                                            Soy yo mismo perdido entre mis voces.

                                                                                                Xavier Abril

 

 

I. UNA LUCHA CONSTANTE


 



   Cuando escolar, nunca tuve la suerte de hallar en los colegios en que estudié (y fueron cuatro) a profesores que contaran historias. No tengo en la memoria la imagen de alguien contándome algún cuento, alguna leyenda, algún mito en un salón de clases. Cuando pienso en estas experiencias orales, inmediatamente viene a mi recuerdo mi casa. En casa sí se contaban historias, como lo he dicho en varias oportunidades. Mi padre aprovechaba algunas noches en que estábamos sentados en la mesa familiar y nos contaba apasionantes historias que nos hacían olvidar nuestro entorno y todo, milagrosamente, se convertía en escenario de esas aventuras.

   ¿Por qué cuento historias?, me han preguntado y me he preguntado. La respuesta a la que llego es porque busco que los alumnos se acerquen a los libros, a la lectura, sin temor, con la confianza y la convicción de saber que están pisando territorio amigo. Alguna vez, hace ya varios años, lo logré (y lo digo sin jactancia) con mi hermano menor: de tanto contarle historias, se convirtió en un lector, en un buen lector, así como mi padre lo logró con mi hermana y conmigo. Debo decirlo: Yo soy lector no por el colegio sino por mi padre.

   Es la casa donde debería empezar esta aventura de leer, son los padres quienes deben provocar esa primera chispa, la curiosidad por descubrir qué es aquello que provoca que el padre, que la madre se olvide de todo (o casi) y se embarque en ese silencio misterioso para el niño; es decir, los hijos deberían ver a sus padres leer y cuando el niño quiera agarrar un libro, no prohibírselo, más bien habría que facilitarle el contacto con ese objeto que despierta su curiosidad, realizar acciones que permitan relacionar al libro no con la prohibición ni con el castigo.

   Que un joven lea no como obligación es un grandísimo triunfo. Ha sido y es uno de mis constantes empeños. Jorge Eslava escribió en uno de sus libros esta idea: “Tratemos de que el estudiante asuma, desde el principio, la lectura como un acto de felicidad y comunicación”. Pero, la lectura, ¿para qué? No como fin, obviamente, sino como medio, como puente, como “herramienta de sociabilización” que permita el desarrollo de otras capacidades, la expresiva, por ejemplo.

   El mismo Jorge Eslava dice, unas líneas más adelante, de la cita anterior: “Lo que importa ahora es insistir en la necesidad de que los docentes, a pesar del maltrato social y económico, comprendan que leer no es solo un ejercicio para incrementar el vocabulario y exhibir una mayor cultura general, sino un arma de resistencia contra la animalidad y una auténtica conquista humana”. “Un arma de resistencia”, tamaña labor la que debemos enfrentar a diario con los jóvenes.

   Siempre lo tuve claro, hay que contar historias, pero también sugerir libros para que los jóvenes se animen a leer. No cualquier libro, hay que darse un tiempo y seleccionarlos, buscar libros que funcionen como ganchos, anzuelos para que se enamoren de la lectura, de los libros. Estos afanes brindan también experiencias agradables: interesantes conversaciones con mis alumnos. Qué grato es escuchar a las personas hablar de libros, más aún si estas personas son jóvenes. Justo el día de hoy conversaba con Yomi, una alumnita de 3.° de secundaria, sobre Aura, la nouvelle de Carlos Fuentes, escuchaba complacido sus percepciones y descubrimientos en ese breve libro salpicado de tantas ambigüedades: una conversación enriquecedora que le agradecí, mientras en mis adentros me decía: "No todo está perdido, resistencia, resistencia".

   En este plano de confidencias, recuerdo que hace poco unas alumnas me comentaron con entusiasmo sobre sus libros preferidos. Me alegró saber que todos ellos habían sido sugerencias mías. Estos fueron los títulos mencionados:  Carta de una desconocida y Novela de ajedrez de Stefan Zweig, La tregua de Mario Benedetti, El túnel de Ernesto Sábato, Siddhartha de Herman Hesse y Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez. Que jóvenes hablen de libros para mí es un gran logro y lo disfruto. Hablar de libros es hablar de la vida misma, no porque la reemplace sino porque brinda herramientas para enfrentarla, ofrece compañía, amplía horizontes, profundiza miradas, hace vivir la vida de otras maneras…

   Esa es la lucha diaria, conducir a los jóvenes alumnos hacia la lectura. La lectura, lo decíamos, como medio, como camino o posibilidad de vivir vidas paralelas, de abandonar momentáneamente la realidad real y sus preocupaciones, de informarnos y asimilar (si se vuelve hábito) los recursos verbales que emplean los escritores, de ampliar y enriquecer nuestro vocabulario que permitirá que logremos expresar de manera precisa y fluida lo que realmente queremos decir; o sea, la lectura como el medio que nos conducirá a desarrollar nuestra capacidad expresiva. En la medida que lo logremos, tendremos más seguridad y sin dudas ni temores nos relacionaremos de mejor manera con nuestro entorno, a final de cuentas, estamos hechos de palabras.


  



 

II. GRANDE, SÓCRATES





   Atenas, ciudad maravillosa de la antigüedad, signada por la leyenda y por la verdad histórica, cuna de grandes hombres que engrandecieron y dieron prestigio a la cuna de la cultura occidental. He aquí algunos nombres: los políticos Pisístrato, Milcíades y Pericles, el historiador Jenofonte, el poeta Píndaro, los dramaturgos Aristófanes, Eurípides y Sófocles, los filósofos Platón, Aristóteles y Sócrates. Toda una pléyade de luminarias que enriquecieron el mundo antiguo y cuya luz no se ha extinguido, a pesar de los siglos transcurridos.

   De ellos, en esta oportunidad, me interesa el misterioso Sócrates, de quien poco se sabe. Sabemos que era poco atractivo, veamos: gordito, bajito, calvo, ojos saltones. Lo que sabemos de él es gracias a sus discípulos, sobre todo por Platón, quien en sus diálogos nos lo presenta extremadamente agudo. Sabemos también que gustaba del arte de la conversación, que le gustaba dialogar con sus discípulos no en espacios cerrados sino al aire libre y que el recurso que empleaba fue el de la mayéutica que consiste en el diálogo a través del cual el alumno descubre la verdad por sí mismo.

   Sócrates parece ser que gustaba de fingir ignorancia (recordemos esa frase que se le atribuye: “Solo sé que nada sé”) y de ser un gran tonto, con la finalidad de dejar en ridículo a través de razonamientos al que más, y lo que es peor, ante los demás. Esta “ironía socrática”, le hizo ganar antipatías y muchos enemigos que después se lo cobraron con creces. Fue acusado de introducir nuevos dioses y de llevar por malos caminos a la juventud. Como se puede ver, el hombre muy poco ha cambiado: los que tienen el poder aplastan a quien pone en peligro sus intereses, para ello se valen de la mentira y de la prepotencia. Nada nuevo en verdad, pensemos sino en nuestro país.

   Jostein Gaarder publicó hace unos treinta años un libro que resulta un magnífico pie de inicio para el mundo de la filosofía, hablo de la novela El mundo de Sofía. En sus páginas encontramos pasajes que nos aclaran un poco más sobre el enigmático Sócrates, Gaarder apela a las comparaciones para saber algo más de este personaje, por ejemplo, compara a Sócrates con Jesucristo y nos dice que ambos se parecieron mucho a pesar de pertenecer a culturas y tiempos diferentes. Apelaré a mi memoria. Tanto Sócrates como Cristo fueron sabios y maestros, ambos prefirieron vivir en humildad y pobreza, gustaban de los espacios abiertos para compartir su sabiduría, jamás cobraron por sus enseñanzas, nunca escribieron obra alguna, de ambos sabemos por sus discípulos, incluso, los dos murieron siendo consecuentes con sus ideas: atrevidos y desafiantes con los poderosos, a quienes criticaban y denunciaban, esta actitud decidió sus destinos, la muerte, la cual encararon con valentía.

   Desde hace años, no solo desarrolló el área de Comunicación, también tengo una hora a la semana el curso de Filosofía (en estos días estamos enfrascados en las teorías del conocimiento de Platón, Aristóteles, Descartes, Locke, se vienen Berkeley, Hume, etc.). Tengo siempre en la memoria un par de anécdotas atribuidas al gran Sócrates, dos historias que empleo como motivación y que los alumnos escuchan y celebran. La primera le he puesto el título de "Las 500 dracmas" y la segunda, "La prueba de los tres filtros". Quiero en esta oportunidad trasladar este par de anécdotas a este espacio para que las disfruten y, por qué no, motivar alguna reflexión. Aquí va la primera.

   Cuenta la anécdota que Sócrates iba con sus discípulos caminando cuando de pronto un hombre se les atraviesa, era uno de los más ricos comerciantes atenienses. Se dirige a Sócrates y le dice entusiasmado: “¡Maestro, lo vengo buscando hace días!”. El sabio le responde: "¿En qué te puedo servir, buen hombre?”. "Necesito que te encargues de la educación de mi hijo y quiero saber cuánto me ha de costar tus servicios”, agitado le respondió el rico comerciante. Sócrates que nunca había cobrado por sus enseñanzas, para ponerlo a prueba le dice: “La educación de tu hijo te costará 500 dracmas”. El comerciante lo mira sorprendido y le dice al viejo filósofo: “¿500 dracmas?, pero eso es mucho, con 500 dracmas puedo comprar un burro para transportar mis mercaderías”. Sócrates lo mira y con suma tranquilidad le responde: “Entonces ve y compra ese burro, llévalo a tu casa, así tendrás dos burros”.

   La segunda anécdota cuenta que Sócrates y sus discípulos iban conversando amenamente por una plaza de la antigua Atenas, cuando de pronto un hombre extraño se les acerca y le dice al sabio ateniense: “¡Maestro, maestro, tengo algo que contarte, es sobre un amigo tuyo y recién me acabo de enterar!”. “¿Un amigo mío, dices?”, le respondió el viejo maestro. “En efecto y sé que te va a interesar”. Sócrates lo miró con desconfianza y le dice: “Antes que me digas algo sobre ese amigo mío, vamos a ver si eso que me vas a contar pasa por la prueba de los tres filtros”. Sorprendido el hombre mira a Sócrates y escucha que este le dice: “Veamos si pasa por la primera prueba que es el de la verdad, ¿estás completamente seguro de que lo que me quieres decir es cierto?”. El hombre mira a Sócrates y nervioso le dice: “Creo que no, pero se…”. “O sea, no sabes si es cierto o no, bien, entonces lo que me quieres decir no ha pasado el primer filtro. Pero quizás pase la segunda prueba que es el de la bondad: ¿Eso que me quieres contar sobre ese amigo mío es algo bueno?”. “No, definitivamente no”, respondió por segunda vez el lenguaraz. “Entonces eso que me quieres contar no ha pasado por el segundo filtro, tal vez pase la tercera prueba que es el de la utilidad: ¿Lo que me quieres contar me va a ser útil? “No creo”, respondió el hombre. Sócrates entonces miró al deslenguado y con absoluta seguridad le dijo: “Si lo que quieres contarme no es cierto, tampoco es bueno ni es útil, no quiero escucharlo”. Entonces el extraño hombre se retiró avergonzado. ¿Comentarios? Muchos, ahí se los dejo.





 

 

   Continuará…

 

 

 

                                          Morada de Barranco, 29 de octubre de 2025




 

domingo, 28 de septiembre de 2025

UNA TERCA ALEGRÍA

 



                                                          Nosotros desentornillamos todo nuestro optimismo

                                                                                    Carlos Oquendo de Amat

 

 

 

   Cuando el poeta Carlos Oquendo de Amat decidió publicar su mítico 5 metros de poemas tuvo serios problemas económicos para hacerlo. Para financiar el costo de la edición, recurrió a la venta de bonos literarios: su valor, según Rafael Méndez Dorich, era de 80 centavos. Una vez impreso el poemario, apenas si pudo retirar de la Editorial Minerva un número reducido de ejemplares de esa legendaria primera edición, de ahí que se conserven muy pocos y el valor de uno ellos hoy alcancen cifras astronómicas (entre la Biblioteca Nacional y la biblioteca de la Pontificia Universidad La Católica del Perú solo se conservan tres ejemplares que han sido declarados en 2024 por el Ministerio de Cultura como Patrimonio Cultural de la Nación). ¿Qué pasó con aquellos libros que no fueron retirados de la editorial? Probablemente fueron usados como material de embalaje o simplemente destruidos, algo bastante común en las imprentas hasta el día de hoy.






   Hace unos años, un amigo me contó una anécdota increíble sobre la suerte de uno de los pocos ejemplares de 5 metros de poemas que quedan de la edición príncipe de 1927 (tal como aparece en el libro). En una de las más importantes universidades del país, empleados de la biblioteca ordenaban y a la vez se deshacían de publicaciones antiguas (esto es algo que nunca he comprendido, pero ocurre y es bastante común en las bibliotecas de las universidades nacionales y particulares). Estos desinformados empleados hallaron en los anaqueles dos ejemplares de 5 metros de poemas: la primera edición bastante estropeada y una edición facsimilar reciente, probablemente la de 1980, en magníficas condiciones. Decidieron, como si le hicieran el más grande favor a la universidad para la que trabajaban, arrojar al tacho la vieja edición cuya conservación no se justificaba al contar con otro ejemplar nuevo. Hasta el día de hoy me resisto a aceptar que se pudiera cometer tamaño acto de ignorancia y de estupidez.       





   Luego de esa primera edición, ¿cuántas ediciones más se han hecho? Difícil respuesta. La segunda edición demoró unos cuarenta años en aparecer (1969): libro pequeño, no reproducía su carátula, aunque sí respetó el formato de cinta plegable, pero con errores lamentables como alterar el orden de los poemas. Después de esa segunda edición transcurrieron doce años, fue en 1980 que se editó por Petroperú de manera facsimilar, desde esa tercera edición se han publicado más de una treintena de ediciones, algunas de ellas fuera del país (España, México, Estados Unidos, Italia, Colombia, Grecia, Turquía, Rumanía) y en otros idiomas (inglés, italiano, asturiano, griego, turco, rumano). Es probable que a pesar del cuidado que he tenido se me haya escapado alguna edición, pero según mis pesquisas, son treinta y ochos ediciones las que se han publicado hasta el día de hoy.















   Ambas ediciones tienen que ver con la siguiente anécdota. La primera vez que vi este libro fue en la mítica librería El caballo rojo. Era la edición de Petroperú. Tomé el libro, lo revisé rápidamente y lo dejé en el mismo lugar: no lo compré. Ya después me arrepentiría, pues por más que lo busqué, nunca pude encontrar un ejemplar. Pasaron tres años, allá por el 83 hallé en la librería de viejo del señor Muñoz, que se encontraba en la cuadra 8 de jirón Azángaro, la edición de pasta blanca de la Editorial Decantar. Fue mi primer ejemplar de ese libro fundamental, con él inicié (aunque entonces no lo sabía) este afán de conseguir la mayor cantidad de ejemplares del libro de Oquendo.









   Quiero mencionar a tres personas que de una u otra manera se involucraron en estos afanes míos. Omar Aramayo, el gran poeta, me obsequió dos ediciones: un ejemplar del poemario editado por la Dirección Regional de Educación de Puno, junio de 2018 (pasta de dos colores: amarillo y blanco) y la que probablemente sea la edición más pequeña del libro (de apenas 8 cm X 8 cm) publicado por el Centro de Estudios Latinoamericanos Arturo PeraltaPuno, sin fecha de publicación: reproduce la carátula y el formato del libro. La segunda persona es mi hermano Paco, quien en la navidad de 2018 me obsequió un ejemplar publicado por Lluvia Editores. Una edición bella e impecable (salvo un error: en la solapa del libro hay un dibujo basado en una fotografía de alguien que definitivamente no es el poeta Carlos Oquendo de Amat), un error que se viene repitiendo. Pero es una bellísima edición. La tercera persona es la señora Ivonne Berrocal, mamá de una exalumna muy querida (Lucía Valverde). Fue la señora Ivonne quien realizó la compra a distancia y a través de ella pude conseguir la edición colombiana publicada en 2022 de 5 metros de poemas (Bogotá, Colombia. Editorial Enredadera. Ilustrado por Laura Barbosa Silva).












   En una suerte de terca alegría, sin quererlo al comienzo y queriéndolo ya mucho después, he logrado reunir diecinueve ediciones, o sea, la mitad de las ediciones que se han publicado de este mítico libro. Esta búsqueda me ha convertido, me parece, en el mayor poseedor de diversas ediciones del libro de Oquendo en el Perú. Producto de esta búsqueda, me ha llegado la última edición del poemario este martes 23 de octubre: 5 metros de poemas editado en 2024 por Visor Libros, editorial española (la pasta hace recordar el negativo de una foto: fondo negro, letras blancas). En estos afanes ando por estos días tras las ediciones italiana, griega y turca y espero pronto buenas noticias.





   Ya para terminar, quiero compartir esta alegría a través de una foto, una imagen de las diecinueve ediciones que poseo (entre ellas una colombiana, una norteamericana y una española, sobre la que comenté líneas arriba), esta imagen como evidencia de esta terca alegría que me acompaña desde hace varios años.




 

   Continuará…

 

 

                                           Morada de Barranco, 28 de setiembre de 2025