lunes, 12 de noviembre de 2012

RECUERDOS DE LUCRE Y DE SU RÍO


                    



                    En las paredes agrietadas de desconsuelo, trepan la yedra y el tiempo.
                                                                                             Xavier Abril




   Si una casa recuerdo por estos días es la de mis abuelos. Casa a la que llegué desde Lima luego de cinco años y precisamente con esa edad. Fue una estadía corta de un par de semanas o algo más. Tiempo breve, sí, pero que me dejó algunas experiencias inolvidables: los diversos colores de la quinua alrededor de una de las chacras de mi  abuelo, el misterio de la laguna de Huacarpay, el descubrimiento cargado de miedo y asombro de los relámpagos y truenos. Hoy, mejor dicho, en estos momentos me habita el recuerdo de esa casa entrañable de paredes blancas y balconcito celeste, de cara al río y su eterno murmullo.






   ¿El recuerdo? Sí, nada más que el recuerdo. Ocurrió que en verano de 2010, la crecida del río Lucre la destruyó. Con las aguas, el lodo y las piedras se fueron la tienda y sus dulces magníficos, el pasadizo sombrío y breve, el  querido patio donde tantas veces corrí y dejé libre mi risa, el huerto donde parecía crecer el verde en todos sus matices, rincones amados que nunca más volveré a ver.










   Desde ese lejano viaje a las tierras antiguas del Cusco nunca más pude regresar. Hoy si lo hiciera sería para visitar la tumba de los abuelos y lo poco o nada que queda de su casa. En realidad nada. Es una pena. Mi hermano me contaba que unos meses antes del desastre (creo que octubre de 2009), el abuelo decía orgulloso a mi mamá y a mis hermanos: “¡Ah, mi casa!”. Los abuelos amaban su casa, allí habían hecho su vida desde 1939, allí habían nacido y crecido sus siete hijos… Hoy tengo que hablar de ella como un espacio o territorio lejano, lo peor, desaparecido.










   Los abuelos han partido. Una sensación de fragilidad y fugacidad me embarga, nos embarga, en realidad. Como lo escribí en la entrada anterior, ya jamás ocurrirá que llegue a Lucre y mis abuelos en su casa como esperando para compartir alguna conversación, algunas risas, algún pan preparado por las manos mágicas de mi abuela, la alegría, su amor inconmensurable. Ellos se han ido y Lucre es herida.










   En esta noche nostálgica, si algo más recuerdo de ese ya lejano viaje es cuando nos íbamos a dormir al segundo piso. Un balcón y una pequeña ventana miraban hacia el río, que entonces, no estaba canalizado. Su voz, diría mejor, sus voces insistentes e inquietantes lo invadían todo, incluso mis sueños. Entonces sucedía que en medio de la noche abría los ojos. Todos dormían, los únicos despiertos éramos el río y yo. Aguzaba el oído, intentaba descifrar sus mensajes hasta que ese rumor me llevaba nuevamente hacia el sueño. 










   Así fue todas las noches que dormimos en Lucre. Incluso alguna vez me atreví a levantarme y con sigilo me aproximé a una de las ventanas (ya no recuerdo cuál) en el afán de mirar el río, de descubrir su rostro nocturno. Imposible, la noche me lo ocultaba. Regresaba nervioso, entonces, a la cama con un extraño sabor a derrota por no haber columbrado su faz que se abría camino entre la noche, por no haber desentrañado su mensaje que era territorio prohibido para los que veníamos de lejos.










   Ese río Lucre que desde siempre recorrió el pueblo dejando el tajo de su cauce, ese río atravesado por un puente diminuto de piedra que es el orgullo de los lucreños, angosto río, cobijo de pecesillos que el abuelo gustaba saborear. Eterno mensajero cuyos murmullos me llenaban de asombro e inquietud por lo oscuro y misterioso de sus mensajes.










   Río Lucre, unas veces padre y otras verdugo.











   Continuará…


                                                Morada de Barranco, 12 de noviembre de 2012.



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Nota: Debo agradecer las fotos a mi hermano Arturo.

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