martes, 1 de marzo de 2022

ALMAS MUERTAS

 



                                                    En la guerra todos son mis hermanos...

                                                                                                  Jorge Eduardo Eielson




   Conocida es la asombrosa tradición narrativa rusa. Hay un hilo de continuidad poderosa que parte desde la segunda década del siglo XIX con Aleksandr Pushkin y continúa con Mijaíl Lérmontov, Nikolái Gógol, Iván Turguénev, Fiódor Dostoievski, León Tolstói, Antón Chéjov, Máximo Gorki, Borís Pasternak, Mijaíl Bulgákov, Isaak Bábel… Junto a ellos o con ellos títulos bastante conocidos y leídos como La hija del capitán, Un héroe de nuestro tiempo, Almas muertas, Padres e hijos, Crimen y castigo, Guerra y paz, La madre, Doctor Zhivago, El maestro y Margarita, Caballería roja…, en fin, clásicos.





   Me detengo en Gógol, Nikolái Gógol. La primera vez que escuché su nombre, estaba en el colegio todavía (creo que en 3ro de secundaria). Un canal de televisión propaló la escenificación, con actores peruanos, de una obra teatral de este autor. Quedé gratamente sorprendido y recuerdo haber reído a mandíbula batiente con El inspector (también conocida como El inspector general). Esta obra teatral polémica, satírica, desarrolla una historia de confusión que es una feroz crítica a la clase pudiente, a la clase política y a la burocracia inoperante y corrupta que, viéndolo con ojos de estos tiempos, la crítica no solo es aplicable a la Rusia zarista decimonónica, sino a cualquier sociedad cargada con esos defectos; es decir, es una obra atemporal, por eso se me hace difícil comprender por qué no se han hecho nuevas versiones para la televisión de esta obra esencial, necesaria. Aunque lo intuyo.





   Pasaron varios años desde esa primera experiencia con Gógol. Ya en la universidad, compré en el centro de Lima Cuentos petersburgueses en la librería Germinal, la entrañable y pequeña librería de mi recordada amiga Virginia Vílchez. Leer cuentos (que el año pasado releí) como La nariz, La avenida Nevski, El retrato, Diario de un loco, El capote… sería la confirmación, para un adolescente que no dejaba de leer vorazmente, que estaba no solo ante un buen escritor, sino ante un maese genial cuyos cuentos inquietantes me mostraban esos profundos y misteriosos espacios de la conducta humana. No exagero. Se le atribuyen estas palabras a Dostoievski en torno a uno de esos cuentos: “Todos hemos salido de El capote de Gógol”. Se refiere a los narradores rusos posteriores al creador de El inspector. Contundente.





   “Frente a la puerta de la fonda de la ciudad provinciana de N. se detuvo un cochecillo de apariencia bastante grata, con suspensión de ballestas, como los que acostumbran a utilizar los solterones: tenientes coroneles retirados, capitanes, propietarios que tienen más de cien siervos, en resumen, todos aquellos a los que se da el nombre de señores de medio pelo. En el cochecillo viajaba un caballero que no era ni guapo ni feo, ni demasiado gordo ni flaco; no podía afirmarse que fuera viejo, aunque tampoco se podía decir que fuera muy joven...”, es el comienzo del libro que he empezado a leer hace unos días: Almas muertas, esa novela magistral de Gógol, considerada como la primera novela rusa moderna, que cuenta la historia de Pavel Ivanovich Chichikov, un personaje misterioso que realiza un largo viaje que parece a todas luces absurdo, pues quiere comprar almas muertas; o sea, campesinos (mujiks) ya fallecidos (¿no nos hace recordar esta situación absurda la obra de Kafka?). 





   Al escribir de esta obra, he recordado algunas cosas. Cuentan que Virgilio, ya enfermo y a punto de morir, pidió al emperador Augusto que destruyera los manuscritos de la Eneida, como sabemos su pedido no se cumplió. En su lecho de muerte, Franz Kafka pidió a su amigo Max Brod que quemara sus obras, su deseo quedó incumplido y así se salvaron El proceso, El castillo y otras obras suyas. Emily Dickinson, una de las aves mayores de la poesía mundial, pidió a su hermana que a su muerte calcinara toda su obra poética, su voluntad tampoco fue cumplida. Nikolái Gógol no pidió a nadie quemar nada, él mismo se encargó de hacerlo. Casi sumido en las tinieblas de la locura, Gógol arrojó hoja por hoja a las brasas de su chimenea el manuscrito de lo que hubiera sido Almas blancas, la continuación de Almas muertas. Unas tres semanas después Gógol moriría.





   Pienso en la continuación de Almas muertas y no sé por qué viene a mi memoria la sinfonía más famosa del músico romántico austriaco Franz Schubert: la Inconclusa, la Inacabada o la Incompleta, así conocida porque de los cuatro movimientos que suele tener una sinfonía, esta solo tiene las dos primeras. ¿Qué sucedió? No se sabe, se han tejido muchas hipótesis, leyendas. Se ha dicho que el músico se sintió incapaz de mantener el alto nivel logrado en los dos primeros movimientos, que la sífilis contraída desvió su atención y preocupación, que se puso a trabajar en otras composiciones, en fin, suposiciones. Lo cierto es que varios compositores y músicos desde hace muchos años han intentado “completar” la sinfonía, incluso apelando a computadoras.





   Augusto Monterroso, ese maravilloso especialista en miniaturas, publicó en 1959 un cuento titulado Sinfonía completa. En él, sorprendidos nos enteramos cómo un músico guatemalteco descubre en un convento los dos movimientos finales de la sinfonía de Schubert y… ahí lo dejo, no quiero poner en práctica la mala costumbre de adelantar lo que bien pueden enterarse a través de la lectura del cuento. Viéndolo bien, al final, lo que nos quedan son preguntas. ¿Qué sucedió para que Franz Schubert no terminara su afamada composición? ¿Qué llevó a Nikolái Gógol a quemar la continuación de su gran novela? No lo sabemos y tal vez no lo sepamos nunca, han quedado como dos grandes misterios.





   Por cierto, el ejemplar de Almas muertas que poseo es una traducción de Teresa Suero y forma parte de esa colección de obras literarias que editó la desaparecida editorial Oveja Negra de Colombia hace ya muchas lunas. Debo confesar que lo leo muy complacido pues, entre otras cosas, no es una novela para nada solemne, más bien está cargada de un humor que hace fresca y divertida su lectura y que me despertó la curiosidad por averiguar un poco más sobre la vida del autor, así descubrí que Nikolái Gógol, ese gigante de la literatura rusa, es ucraniano (como lo son Mijaíl Bulgákov e Isaak Bábel), Gógol es un escritor ruso (incluso con raíces polacas) nacido en Soróchintsy, Poltava, una región ucraniana.





   Casi como anticipándome, comentaba en los primeros días de diciembre que había terminado de leer El fuego con una sensación de profunda tristeza, porque esa novela, producto de la experiencia bélica del autor, nos muestra de manera descarnada la muerte de tantos jóvenes en una guerra absurda, infame (como suelen serlo todas ellas), preparada con mentiras y de manera conveniente, teñida astutamente de sagrados colores patrióticos cuando lo único que buscaban, los que la propiciaron, era mantener o ampliar sus intereses económicos mezquinos, egoístas, inhumanos, a toda costa y a cualquier precio.





   A pesar de los años transcurridos, esa novela es de gran actualidad, lo que demuestra que el hombre no ha cambiado o ha cambiado muy poco: las guerras continúan a pesar de que en algún momento se dijo que la Primera Guerra Mundial pondría fin a todas ellas. El fuego, que hoy casi nadie lee, es una cruenta novela sobre los padecimientos y miserias de quienes lucharon contra un enemigo que pasaba por las mismas penurias; es decir, a través de esos horrores, donde no hay sensiblería ni heroicidad y épica homéricas, la obra de Barbusse nos conduce hacia territorios de reflexión donde el hombre no queda bien parado: lo evidencia con cuánta aparente facilidad puede llegar a la estupidez y al fracaso. No es poca cosa y no deberíamos olvidarlo.





   Sin embargo... este empecinamiento absurdo por la destrucción no cesa en el hombre: estamos condenados a repetir los horrores de una nueva guerra. Esta vez es en la tierra del gran Nikolái Gógol, escritor del que se sienten orgullosos tanto rusos como ucranianos, sin embargo, sin embargo…





   Quiero parafrasear a un periodista y escritor colombiano a raíz de los bombardeos a Ucrania: Las bombas que caen de manera inmisericorde sobre ciudades ucranianas me parece que también caen sobre la memoria y la obra de Gógol. Ante estos hechos, creo, estoy seguro, la lectura es signo de vida y se torna en una forma de protesta, de resistencia ante la violencia, la destrucción y la muerte que se quieren imponer. La lectura como una forma de mantener ilesa, palpitante, viva la memoria y la obra de Nikolái Gógol, un escritor ucraniano que escribió su maravillosa obra en ruso. Aquí, en mi pequeño espacio de Barranco, continuaré habitando las páginas de Almas muertas.






   Continuará…



                                                       Morada de Barranco, 1 de marzo de 2022.



domingo, 6 de febrero de 2022

CINE EN CASA

 



                                         El panorama cambia como una película desde todas las esquinas.

                                                                                                   Martín Adán



   Una confesión: desde el año pasado Rita y yo visionamos, cual rito religioso, una película diaria. De lunes a viernes nos abandonamos a las imágenes de múltiples historias que nos transportan plácidamente a mundos paralelos que nos alejan momentáneamente de las preocupaciones cotidianas, como lo suele hacer, salvando las diferencias, la lectura (hablo de novelas, cuentos, por ejemplo); es decir, embarcados en nuestra imaginación nos permitimos vivir aquellas vidas que la realidad nos lo impide.





   Debo reconocer que para mí el cine es una religión como lo es la música de The Beatles (y en ciertos casos lo es el fútbol). Muchos de mis primeros recuerdos están relacionados con el llamado séptimo arte. Mi infancia y adolescencia están marcadas más que por libros por películas: me veo sentado frente al ecran, con los ojos “perdidos” en la pantalla, sin saber leer todavía y obligado a crear con esas imágenes que ante mis ojos desfilaban mi propia historia, mi propia película, no había otra: la imaginación sobre la imaginación.





   Fue Fernando Fernán-Gómez, ese entrañable actor de películas imprescindibles como El espíritu de la colmena o La lengua de las mariposas, quien en sus memorias llamó al cine con propiedad “la escuela de los domingos” y así nombró Daniel Domínguez, ese magnífico bloguero español a quien tanto extrañamos, a su bitácora. El cine fue para ellos y lo fue para mí en la infancia una escuela, la escuela de los domingos. Hoy lo sigue siendo, pero no solo de los domingos.





   Las tardes dominicales de mi infancia fueron tardes de cine, la matiné (que entonces se llamaba así a las funciones de las 4:00 p. m.) fue el espacio en el que yo me cobijaba con entusiasmo, con confianza, sin importar en el fondo lo que se proyectara. Con religiosidad iba todos los domingos al Raimondi, Balta o Zenit, los cines de barrio de un Barranco cada vez más lejano: lo importante era estar ahí, presenciar con el corazón latiendo al galope el inicio de la función, el momento ese en que se apagaban las luces y un solitario haz de luz escarbaba la oscuridad, se abría paso para derramarse sobre el ecran: pura magia, la magia de mis tardes de domingo: sobre todo, las infaltables “películas de vaqueros” (western) y “las películas de romanos” (peplum).





   Hablo de mi infancia y el recuerdo de un domingo especial me aborda. Eran casi las 3:30 de la tarde, mi padre estaba a punto de darme el dinero para la entrada al cine, lo buscaba en su bolsillo. Ansioso mis ojos se habían fijado en su mano... inesperadamente empezó a temblar la tierra, a moverse de manera espantosa. Mi madre con mi hermano recién nacido en brazos, mi hermana menor, mi padre con el dinero en la mano y yo abandonamos nuestra pequeña casa y asustados vimos en la calle cómo las paredes de muchas construcciones se rajaban, otras caían, la gente gritaba, rezaba, corrían como locos: era un terremoto, uno de los peores ocurridos por estas tierras pues provocó más de 70 000 muertos y casi 400 000 heridos. Una tragedia. Fue, como se comprenderá, uno de los pocos domingos en que no pude asistir al cine.





   Ya adolescente, el cine seguía siendo importante, pero junto con él, iban ahora de la mano los libros, la lectura, mejor diré. Primero fueron los chistes (que así se llamaban a los comics o tebeos), después los periódicos (sección Deportes, sobre todo) y una bendición: una colección española de más de 40 fascículos sobre mitología grecorromana que salía semanalmente. Esos fueron mis alimentos de esos años. Posteriormente llegaron los libros. Y el cine seguía ahí, como un templo que abría sus brazos para seguir recibiéndome con sus buenos aires.





   Junto con el cine, la televisión. Entonces los canales de televisión programaban no solo telenovelas o series, también muy buenas películas (aunque dobladas, cosa que hoy critico rotundamente). La televisión entonces me permitió ver otro tipo de películas: clásicos. Juegos prohibidos, El hombre quieto, Matar a un ruiseñor, Algo para recordar, Los pájaros, ¿Qué fue de Baby Jean?, El salario del miedo, El apartamento, Ser o no ser, Los viajes de Sullivan, Doce hombres sin piedad, La noche del cazador, El demonio de las armas, entre otros filmes, formaron el universo de imágenes que ampliaron, aunque suene muy serio el asunto, mi visión del mundo.





   Estos tiempos alterados por la pandemia me han llevado, como a Rita y a mi hija, y como a tantos otros, a enfrentar con un par de recursos efectivos las horas en casa cuando no se está trabajando (a distancia como es mi caso) o no se está dedicado a otros menesteres. En estos nuevos territorios de peligro, la lectura y el cine han sido sendos caminos para escapar (sobre todo el primer año) a esa sensación angustiante de encierro y de pérdida de libertad. Libros, muchos, como lo comenté en la entrada anterior. Películas, también muchas, sobre todo un género muy en boga en los años 40 y parte de los 50: film noir, cine negro. Nos apasiona.





   Algunas de esas películas inquietantes que hemos disfrutado, entre el nerviosismo y el suspenso, son: Cautivos del mal, Los sobornados, Alma en suplicio, Historia de un detective, Perdición, La casa del camino, Agente especial, Forajidos, Retorno al pasado, Almas desnudas, Cara de ángel, Sed de mal, La mujer del cuadro, Perversidad…, todas ellas joyas no solo del cine negro, del cine.





   Quizás, me digo yo, a través de esas historias violentas, de imágenes tenebrosas en claroscuro, muy influenciado por el expresionismo alemán, de personajes atormentados, cínicos, muchas veces corruptos, de mujeres al borde del abismo y la perdición (la famosa femme fatale), hemos venido descargando todo ese miedo y angustia contenidos ante una realidad en que tanto fuimos perdiendo, que casi a diario nos fue quitando tanto...





   Como en el pasado, en los cada vez más lejanos años de infancia, la cita con el cine es impostergable, religiosamente, cuando la noche ya nos gobierna, nos preparamos y frente a la pantalla nos disponemos a abandonarnos a esas impactantes imágenes en blanco y negro, esas metáforas de luz y sombra, como es en realidad, si nos ponemos pensar, la vida misma.





   Ah, el cine, mi escuela de los domingos en mi infancia, mi permanente escuela hoy, en el otoño de mi vida.






   Continuará…



                                                   Morada de Barranco, 6 de febrero de 2022.