Realidad, incierta realidad o sueño.
Xavier Abril
El verano aprieta. Las altas temperaturas, la
radiación que torna al Sol en un enemigo peligrosísimo. Pero a pesar del
sofocante verano, uno aprovecha estos días y se lanza a la aventura refrescante
que nos proporcionan las lecturas y la visión de películas.
Si de películas hablamos, todas las noches tenemos, Rita y yo, una cita con el cine. Han desfilado ante nuestros ojos, en estas noches incendiarias, películas de Ingmar Bergman (Un verano con Mónica, Detrás de un vidrio oscuro, Juegos de verano), de Agnes Varda (Cleo de 5 a 7, Sin techo ni ley), de William Wyler (La heredera y una película cuya visión nos hace amar más al cine: Los mejores años de nuestra vida), de Ernst Lubitsch (dos joyas del cine: Ser o no ser y El bazar de las sorpresas), de Luis Buñuel (Él, Ensayo de un crimen), de Éric Rohmer (Cuento de invierno, Mi noche con Maud), de Zhang Yimou (Amor bajo el espino blanco, El camino a casa), de Robert Mulligan (Verano del 42), entre otros directores y películas.
Como se puede
ver, clásicos. En algunos casos saldamos cuentas con nosotros mismos; es decir,
estamos visionándolas por vez primera. Otras las estamos visionando por segunda
o tercera vez. ¿La razón, el porqué? Siempre te dicen algo, siempre descubres
una arista antes no percibida. Es, digamos, virtud de los clásicos (ese rango altísimo al que no acceden todos) y cuando
hablo de estos, no solo me refiero a películas. También lecturas, libros.
Por estos
días, también ando enfrascado en la lectura de poesía, por ejemplo, estoy
leyendo profundamente sorprendido el primer tomo (de tres) de la poesía
completa de Emily Dickinson, un obsequio que nunca terminaré de agradecer a mi hermano Arturo. Releo complacido
una selección de poemas de Paul Celan, en traducción de J. Francisco Elvira
Hernández. Dos libros de poetas peruanos me acompañan en estos días
calurosos: El Huso de la Palabra de José Watanabe y Descubrimiento
del alba de Xavier Abril. Todos ellos leídos lentamente, sílaba a sílaba, paladeándolos. Lo diré en pocas palabras: ando en muy buena
compañía.
Hace unas semanas comenté que por estos tiempos mis preferencias se están inclinando por la narrativa corta; es decir, las novelas breves, ese “género a caballo entre el cuento y la novela”, según decía de ellas Julio Cortázar.
Si tuviera que recomendar algunos títulos, luego de forzar la
memoria para hacer una selección general de novelas breves, mi lista sería de
veinte obras (no son las únicas, varias quedaron fuera), todas ellas signadas por el gusto personal, en este caso, de la brevedad, intensidad y profundidad. Estas novelas son las siguientes:
1. Noches blancas de Fedor
Dostoievski.
2. Siempre hay caminos de Ciro
Alegría.
3. Novela de ajedrez de Stefan
Zweig.
4. Carta de una desconocida de
Stefan Zweig.
5. La metamorfosis de Franz
Kafka.
6. El túnel de Ernesto Sábato.
7. La sonrisa de la Gioconda de
Aldous Huxley.
8. Otra vuelta de tuerca de Henry
James.
9. Los papeles de Aspern de Henry
James.
10. Pedro Páramo de Juan Rulfo.
11. Seda de Alessandro Baricco.
12. El coronel no tiene quien le
escriba de Gabriel García Márquez.
13. La muerte en Venecia de
Thomas Mann.
14. Las batallas en el desierto
de José Emilio Pacheco.
15. El extranjero de Albert
Camus.
16. Las tribulaciones del estudiante
Törless de Robert Musil.
17. La vegetariana de Han Kang.
18. Bartleby, el escribiente de
Herman Melville.
19. El extranjero de Albert
Camus.
20. El baile de Irène Némirovsky.
Un par de preguntas vienen a mí, la primera: ¿Qué novelas breves de la literatura peruana podría mencionar? Me puse a recordar algunos
títulos de autores peruanos que un tiempo atrás habían pasado por mis manos y
mis ojos para nunca más abandonarme. Concluí que todas las que había leído eran
magníficas novelas, todas ellas sólidas en su brevedad: Siempre hay
caminos, de Ciro Alegría (que mencioné en la lista anterior); Los cachorros, de Mario Vargas Llosa; Los Ingar, de Carlos Eduardo Zavaleta; La
iluminación de Katzuo Nakamatsu, de Augusto Higa Oshiro; Diamantes y pedernales, de José María Arguedas; La
conciencia del límite último, de Carlos Calderón Fajardo; Duque, de José Diez Canseco. Para el que las ha
leído, no me dejará mentir, todas son obras maestras.
Pienso en los títulos mencionados en el párrafo anterior, pero hay algo que me intriga y esta es la segunda pregunta: ¿Por qué razón Julio Ramón Ribeyro no
escribió una novela breve? Me intriga y me parece raro que una obra suya no
figure en una relación de grandes nouvelles (novelas breves o novelas cortas en francés). La respuesta es
sencilla, obvia. Simplemente nunca escribió una. Lo lamento, estoy más que seguro que
si la hubiera escrito, esta sería magnífica, pero, en fin, son puras
especulaciones y allí lo dejamos.
Continuará…
Morada de Barranco, 5
de febrero de 2026