Persiguiendo
a la luz, a su imponderable cristal…
Raúl Deustua
Estamos en
pleno invierno, en su apogeo. Son días definitivamente fríos, húmedos, de esos
que invitan a la intimidad de los espacios: bien abrigado, con una oportuna taza
de café y la compañía de un libro o quizás de una buena película. Pero son
también días de mi labor como profesor, por eso ando pensando qué películas deberán
visionar mis alumnos. Una de
las candidatas es una película que a mí me sabe a gloria. Hablo de M, el
vampiro de Düsseldorf, película en blanco y negro filmada en 1931 por el
director austriaco Fritz Lang. Guardo la esperanza de escuchar, después de que
la vean, buenos y entusiasmados comentarios, como ha sucedido con otros filmes
que han visionado como parte del desarrollo del Área de Comunicación.
Mencioné
el invierno y tiene una explicación. Tengo para mí que nada hay como ver una
buena película (si no se puede en el cine) encerrado en casa, bien abrigado y
premunido de una taza de café recién pasado para derrotar, en tanto dura el filme,
al frío. Las bajas temperaturas, crean para mí, una atmósfera ideal para
abandonarme al placer de las imágenes. Lo he comprobado innumerables veces, de
ahí mi aseveración. Está demás decir que junto a mí (o yo junto a ella) debe
estar Rita, imprescindible.
Justamente
una de las últimas películas que volví a ver por estos días fríos fue este
primer film sonoro de Lang. Nuevamente quedé conmovido por la historia cruel de
ese asesino en serie interpretado por Peter Lorre quien silba amenazadoramente
una melodía de Edvard Grieg. Entonces surgió una pregunta, ¿podrían ver esta
película mis alumnos? "Claro que sí", me respondí inmediatamente. Es
más, debo suponer que ya varios la deben haber visto (internet lo facilita) y
espero paciente sus opiniones. Lo mismo espero que suceda con películas como La noche del cazador de Charles Laughton; las neorrealistas
Alemania, año cero y Stromboli de Roberto Rossellini, Psicosis de Alfred Hitchcock y
por qué no intentar, me pregunto, con filmes del cine "noir" (pienso en Cara de ángel o Manos peligrosas) o del
"western" (pienso en Shane o en Río Bravo).
En la
labor educativa, como todos sabemos, el aprendizaje es mutuo, el intercambio es
enriquecedor. Los jóvenes con su energía y entusiasmos te contagian, te dan
otro ritmo. Si no se quiere quedar rezagado o aparecer cual resto arqueológico
destinado a algún museo, uno debe ir con los tiempos, conocer los gustos de los
más jóvenes, experimentarlos. El comentario viene a raíz de lo siguiente.
Preparaba clases sobre el Romanticismo y en la búsqueda de materiales, me topé
con unas hojas bond recicladas (más de doscientas hojas que yo titulé
"Bagatelas") donde hace más de veinticinco años pegué múltiples
recortes periodísticos de diversos diarios. De pronto, entre los muchos
recortes, apareció ante mis ojos un texto pequeño de un antiguo diario, me
refiero al "Ojo" (que en ese entonces era de contenido cultural). El
pequeño recorte, que supe conservar desde mi época escolar, informaba sobre
unas coincidencias históricas entre dos personajes como Napoleón y Hitler,
coincidencias que me asombraron y (¿por qué no?) me siguen asombrando. He aquí
el texto.
COINCIDENCIAS HISTÓRICAS
Napoleón nació en 1760 y Hitler en 1889, existiendo
una diferencia de 129 años. Napoleón tomó el poder en 1804, Hitler en 1933,
existiendo al igual 129 años de diferencia. Napoleón entró en Viena en 1809,
Hitler lo hizo en 1938 y nuevamente coincidieron en 129 años de diferencia.
Napoleón atacó a Rusia en 1812, Hitler atacó a la URSS en 1941, increíblemente
coinciden nuevamente en 129 años. Napoleón perdió la guerra en 1816, Hitler
perdió la guerra en 1945: 129 años de diferencia. Ambos tomaron el poder a los
44 años, atacaron Rusia cuando tenían 52 años y perdieron la guerra cuando
contaban con 56 años. Extraño, ¿no?
Por cosas
del destino, el empleo de este material quedó postergado. Pero desarrollé la
clase sobre el Romanticismo y hablé, entre muchas cosas, sobre la preferencia
que sintieron los románticos por la noche. Leímos, entonces, en voz alta el
famoso "Nocturno" de Manuel Acuña, poeta mexicano. Luego comenté
sobre unas piezas breves para piano de Chopin, precisamente titulados
"Nocturnos". Ese mismo día en la noche envié el enlace con una
selección de nocturnos del músico polaco. Casi inmediatamente, una alumna
comentó que por coincidencia acababa de ver un filme de Roman Polanski llamado El pianista, donde el protagonista (Szpillman) ejecutaba piezas
para piano de Chopin. Impulsado por el comentario de mi alumna, visioné por
cuarta vez esta película. A cambio (si cabe la expresión) yo le recomendé que
visionara La amada inmortal, un largometraje sobre el músico alemán
Ludwig Van Beethoven. Es así, en el proceso de aprendizaje el intercambio es
mutuo, bien porque llega a ti algo nuevo o porque te impulsa a visionar, como
en este caso, una película ya vista hace algunos años.
En este
afán porque los jóvenes amen el cine y no las películas (como decía alguien
cuyo nombre lamentablemente he olvidado), uno es testigo de ciertos momentos
que se tornan inolvidables, como aquellos en que mis alumnos intercambiaban sus
puntos de vista y aclaraban sus dudas cuando hablaban (así, voz en cuello)
sobre El gabinete del Dr. Caligari de Robert Wiene, Los
Olvidados de Luis Buñuel o sobre Los cuatrocientos golpes de
Francois Truffaut o comentaban con una alegría conmovedora Tiempos Modernos de Charles Chaplin. Yo sonreía complacido de que estos jóvenes ya no hablaran,
si se trataba de cine, solo de Rápidos y furiosos no sé cuántos y
otras películas de esa misma laya. Pequeños triunfos no del profesor sino de
estos adolescentes que se atreven a transitar por otros predios.
Debo decir
que, si alguien tiene éxito, y rotundo, con los jóvenes, con los niños (en
realidad con el público de cualquier edad) ese es Charles Chaplin. Aún resuenan
en mis oídos los comentarios entusiasmados sobre películas como El
Pibe, Luces de la ciudad, La quimera del oro y Tiempos Modernos. Una alumnita de 5. ° me dijo un día: “Profesor,
las películas de Chaplin son muy graciosas y hasta hacen llorar, ahora quiero
ver El Circo, la voy a buscar”. “Magnífico, hazlo”, decía en mis
fueros internos. Otra alumna me abordó y me soltó su comentario: “Profe, vi la
película de Chaplin con mis hermanitos (se refería a Tiempos
Modernos) y les ha gustado, no parábamos de reírnos”, para concluir con
lo siguiente: “Desde entonces estamos buscando para ver sus largometrajes y sus
cortos por internet”. Una cosa curiosa, nadie se ha quejado de que estas
películas sean mudas. Ni el más mínimo comentario o queja al respecto, solo las
disfrutaron. Bueno, se echó la semilla, ahora solo resta esperar.
Continuará…
Morada de
Barranco, 29 de agosto de 2025
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