sábado, 27 de abril de 2013

EL URUGUAY DE MERCEDES






La niebla cerró su cortina 
en la ciudad
Mercedes Calvo



   Hace unos días recibí un correo que me emocionó mucho, eran unas líneas de la poeta uruguaya Mercedes Calvo, ganadora del prestigioso Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños 2008 con su bello libro Los espejos de Anaclara. En el mensaje me decía que estaría de paso por Lima rumbo a Colombia y también de regreso a su país. Lamentablemente, por un asunto de horarios, se me hizo imposible acercarme unos momentos por el aeropuerto en esas dos oportunidades. Una lástima. Me hubiera gustado conocerla y conversar largamente con la gran poeta uruguaya a quien siempre leo: bien sus poemas, bien su blog. 







   Uruguay, ese pequeño país tan grande siempre me atrajo. Muchas cosas unen a Uruguay y al Perú. Muchas cosas también nos diferencian. Me llamó desde siempre la atención el orden de Montevideo: las fotos que siempre vi la mostraban pulcra, ordenada y con un aire medio europeo. Mi hermana Gloria que estuvo por allá hace un par de años me confirmó algo que sospechaba: “Los uruguayos son muy gentiles, muy educados”, me decía, mientras en mis fueros internos me decía: "No podía ser de otra manera". Hay en casa, entre varias artesanías del Perú y de otros países, un plato de arcilla de Colonia del Sacramento, primer asentamiento europeo en territorio uruguayo, regalo de mi hermana.







   Pero en verdad hablando, tengo algunos motivos por los que quiero conocer Uruguay, desde hace mucho tiempo: por ejemplo, me gustaría transitar por aquellas calles donde pasearon sus sueños, alegrías y tristezas ese par de poetas peruanos que vivieron en Barranco (mi morada) en las primeras décadas del siglo XX: hablo de Juan Parra del Riego (“príncipe de las vanguardias”, como lo llamó Antonio Cisneros) y Xavier Abril (uno de los primeros superrealistas de América), cuyos restos descansan ahora en las tierras orientales del Uruguay, transitar esas calles, pero también visitar el cementerio  (¿o cementerios?) y llevarles flores y echar un poco de tierra peruana sobre sus tumbas.



Juan Parra del Riego

 
Xavier Abril

   Sé que Juan Parra se casó y tuvo un hijo con una bella poeta uruguaya llamada Blanca Luz Brum; que los uruguayos lo tienen a Parra del Riego como poeta propio; que la tumba de Parra está rodeada de once cipreses que simbolizan a un equipo de fútbol, en alusión al polirritmo que escribiera a Isabelino Gradín, jugador uruguayo; que una placita y una pequeña calle llevan su nombre. Gran honor para el cantor de los motores y las máquinas.













   Amante del fútbol uruguayo como soy (¡oh, cómo disfruté y sufrí con su participación en el último mundial!), me gustaría conocer el estadio Centenario, esa catedral del fútbol que fue inaugurado en el Mundial de 1930 con un partido entre el Perú y Uruguay, y que dicen conserva, fascinante, las huellas de las pisadas y de las manos de los asistentes de entonces en ciertos sectores del estadio que para entonces todavía estaban con cemento fresco. Pienso en esas huellas casi centenarias y se me viene al recuerdo un poema de José Watanabe que siempre releo y que se encuentra en, probablemente, su mejor libro, me refiero a El Huso de la Palabra.












LA RISA


Una cuadrilla de obreros
está desmontando una vieja casona de Barranco.
Con una venia de paseante les pido su consentimiento para mirarlos.
Desatan las paredes con barretas, ordenadamente,
hilada tras hilada
                        de adobe.
De repente un obrero llama a los otros
                        y señala
una larga hilada con profundas huellas de perro,
huellas fijadas por el sol de 1910
                        (según fecha en el frontis de la casa)
Todos acuden y ríen,
largamente ríen, incomprensiblemente ríen.
                        Es que ellos saben,
han recibido la imagen de la adobería de entonces:
tendales de adobes frescos y un perro distraído
caminando sobre ellos, imprimiendo sus patas,
y alguien, acertándole con un poco de barro: “¡Zafa, perro zonzo!”,
y perro zonzo huyendo, asustado y loco, dejando sus huella
en el barro fresco.
Y eso dio risa,
muy seguramente que dio risa en la adobería de entonces.
Hoy esa risa se oye aquí, en estas bocas,
como un eco que demoraba, hasta que vino.


   Me encantaría conocer Uruguay para visitar el museo del Club Atlético Peñarol, club  donde brillara hace más de cuarenta años un brillante jugador peruano llamado Juan Joya Cordero, el famoso “Negro el Once”, que ganó con el Peñarol casi todo: en seis oportunidades el campeonato uruguayo, la Copa Libertadores y las Copas Intercontinentales por partida doble en 1961 y en 1966, la Supercopa de Campeones Intercontinentales en 1969. Casi nada.




   Me gustaría visitar en Montevideo la casa (si todavía se conserva) y la famosa Torre de los Panoramas del gran y sensible Julio Herrera y Reissig, poeta modernista tan admirado por César Vallejo y a quien leí con devoción en mi adolescencia, en un tomo de Editorial Losada del año 1942 que reunía toda su poesía alucinada y alucinante: Yo sé que sus pupilas sugieren los misterios / de un bosque alucinado por una luna exótica…




   Cómo no visitar Uruguay, tierra de poetas, grandísimas poetas: Delmira Agustini, María Eugenia Vaz Ferreira, Amanda Berenguer, Idea Vilariño, Juana de Ibarbourou, a quien José Santos Chocano, el poeta novomundista peruano, bautizara como Juana de América, apelativo con el que fue conocida en todo el continente.






















   En fin, me gustaría conocer Uruguay para estrecharle la mano, ya que no se pudo antes, a María Mercedes Calvo, poeta y maestra, y confundirnos en un abrazo fraternal.



Voy por la orilla de un sueño 
un paso aquí 
y el otro allá.

Viajo en la rueda del tiempo 
que ya pasó 
que volverá.

Vuelo en el aire impreciso 
hacia la luz 
hacia la mar.

Retorno abriendo ventanas 
para que entre 
la realidad.






   Continuará…




                                                    Morada de Barranco, 27 de abril de 2013.




martes, 16 de abril de 2013

MAÑANAS CON ROHMER






                                             No hay nada tan hermoso como estar enamorado.
                                                                                            Rafael Alberti




   La temperatura por estos días está variable. Hay horas en que hace frío (sobre todo muy de mañana y en las noches) y el ambiente está cargado de brumas, tanto así que no se puede ver bien unos pocos metros más allá de tus ojos. En otros momentos, el sol despliega sus rayos invadiendo con su luz todos los rincones y hace improbable, con su intensidad, todo amago de sombra. Estamos en otoño y recién en dos meses estará instalándose el invierno en estos predios marinos de Barranco. Sin embargo, el invierno ya se anuncia con estos fríos matutinos y nocturnales.







   Justamente, aprovechando las bajas temperaturas de las mañanas, como en los viejos tiempos, he vuelto al cine de Rohmer, Eric Rohmer, el gran cineasta francés de la Nouvelle Vague. De sus más de veinte películas filmadas, reconozco que he visionado unas catorce o quince películas. Hace unos seis años, cómo olvidarlo, me embarqué en ellas. Nos embarcamos, diré mejor. El descubrimiento de cada una de sus cintas fue todo un acontecimiento para mí y para mi hermano Arturo.




   Luego de esa seguidilla de catorce o quince películas, hemos vuelto, cada cierto tiempo, a uno que otro film del director francés para reafirmar esa pasión por el cine sencillo y sabio de Rohmer que no ha de fenecer. Entonces desfilan en mi recuerdo algunas de sus películas que más amo: Mi noche con Maud; La rodilla de Clara; La buena boda; Pauline en la playa; El rayo verde; Cuento de invierno; Cuento de verano; Cuento de otoño, por mencionar algunas.
























   Desde hace unas tres semanas, en esas mañanas brumosas y de bajas temperaturas, como hace seis años, salgo de la cama como un sonámbulo y voy al televisor, película en mano y en absoluto silencio, acompañado de una humeante taza de café, me abandono a las imágenes del cine de Rohmer: ese cine sencillo que sabe aprovechar al máximo sus recursos, ese cine que se afinca en sus diálogos nada pretenciosos pero que con precisión van definiendo a los personajes, ese cine donde algunos rostros se repiten obsesivamente en sus amadas películas. Actores, actrices, sobre todo actrices. Diría yo que así como se habla de “las chicas de Almodóvar”, tendría que hablarse de “las chicas de Rohmer”, las chicas inteligentes y firmes pero también (aunque parezca contradictorio) frágiles y llenas de dudas de Rohmer: Marie Riviere, Beatrice Romand, Amanda Langlet, Arielle Dombasle, Francoise Fabian, son algunas de ellas. 
















   Incluso podemos verlas en diferentes etapas de sus vidas: niñas o adolescentes, jóvenes y ya maduras, es el caso, se me ocurre mencionar, por ejemplo a Beatrice Romand en La rodilla de Clara; La buena boda y en Cuento de otoño.













   O pienso en Amanda Langlet en películas como Pauline en la playa; Cuento de verano y en Triple agente.













   En otras oportunidades, no siendo protagonistas, a algunas de ellas las vemos en breves apariciones como en el sueño de Frederic en el film El amor después del mediodía: Laurence de Monahgan (Clara), Francoise Fabian (Maud), Beatrice Romand... o a Marie Riviere en Cuento de invierno.

















   Tres semanas ya y la comunión con el cine de Rohmer continúa. Y va para largo y uno agradecido. Apenas visiono nuevamente una de sus películas, casi inmediatamente voy a la casa de mis padres y hermanos y le dejo la película (como ha sucedido hoy con Triple agente, a pesar de que estoy algo enfermo) a mi hermano Arturo, amante de las novelas de Marcel Proust y Balzac, como yo de las de Stendhal, ese camaleónico observador del corazón humano.




   Lo que sucede con aquellos que amamos al cine de Rohmer es parecido, y perdonarán el atrevimiento por la comparación, a lo que ocurre con los amantes lectores de las dos novelas de Henry Beyle (me refiero a Rojo y Negro y a La cartuja de Parma): las amamos como realmente se ama, es decir, sin concesiones, pero aquellos que no… quién los aguanta: alguna vez un ex alumno mío, al enterarse de mi amor por las películas de Rohmer me soltó a quemarropa esta frasecita que no he podido olvidar: “No sé qué le ven a las películas de Rohmer, en ellas nunca sucede nada”. No las entendió, pero ese no es un problema del cine de Rohmer, es un problema suyo (me refiero al joven de marras de cuyo nombre no quiero acordarme).




   Espero con ansias las mañanas en que visione nuevamente El rayo verde; El amor después del mediodía; Cuento de primavera; La mujer del aviador; La coleccionista. Ya les llegará su mañana fría en que religiosamente, mientras Rita y Kathia duermen, navegue en las aguas aparentemente calmadas de Rohmer, aparentemente, pues tras de cada uno de sus personajes suceden terremotos emocionales que construyen las imágenes que invaden nuestros ojos con su sencillez cotidiana.  














   Ya después ocurrirán las agradables conversaciones en que nos embarcaremos mi hermano y yo comentando estas películas como si fuera la primera vez que las visionamos, conversaciones estas en que las cintas del gran Eric Rohmer se vuelven por la palabra, pequeñas fiestas de amor por su cine entrañable.







   Continuará…



                                         Morada de Barranco, 16 de abril de 2013.