viernes, 31 de diciembre de 2010

MI MORADA DE BARRANCO

                                                                        Hemos hallado una calle escondida...
                                                                                                     Martín Adán

   Se acaba el 2010. Con algo de tristeza espero el nuevo año, tristeza y esperanza, en realidad. Después de mucho tiempo he recorrido casi todas las calles de Barranco. Estos últimos días, Rita y Kathia han sido mis compañeras de búsqueda. Rita, mi esposa; Kathia, mi hija. ¿Búsqueda? Sí, búsqueda. Luego de once años debo abandonar el edificio donde he vivido tantas y tantas experiencias: aquí inicié mi entonces joven matrimonio, aquí creció mi hija, aquí maduraron mis libros, aquí es donde reafirmé mi amor por Rita, donde aprendí (y aprendo todavía) a ser padre, donde cada noche, antes de acostarme, echo un vistazo desde la ventana de mi cuarto la casa de mis padres, donde me animé a escribir todos estos recuerdos que he ido colgando en este blog que nació aquí, en este departamento de este edificio que en pocos días debo dejar.
   Tristeza, una sensación de perder algo que es tuyo, pero que materialmente es de otro. Esperanza, porque si algo termina lo que viene podría ser mejor y en ello me empeño. Caminatas, largas caminatas buscando un nuevo lugar y la confirmación, la certeza que el único lugar donde podría vivir es en Barranco. No podría ser ni en Chorrillos, ni en Surco, ni en Miraflores, que son tan cercanos. ¿Terquedad? No, raíces. Transitar por sus pequeñas calles, redescubrir su paisaje me hizo rememorar algunos aspectos de mi vida que iba contando, mientras caminábamos, a mi esposa e hija. Gran paciencia la de ellas: la casa donde me sacaron por primera vez una muela, el parque donde niño escondía mis chistes que luego perdí, el malecón que fue testigo de mis primeras experiencias con el cigarro o el alcohol... Calles, plazuelas, rincones donde pasé algunas aventuras con mis ex compañeros de colegio, de infancia, de adolescencia... en fin.
   Con la esperanza de que mi vida seguirá transcurriendo en Barranco, van como un humilde homenaje a este pequeño territorio donde he vivido toda mi vida estas doce fotos que saqué hace un tiempo atrás.


La Ermita y el parque a manera de andenes.


La Ermita vista desde atrás.

El Puente de los Suspiros.


El Puente de los Suspiros desde la plazuela de la Ermita.


Calle empedrada y cercana al puente y la Ermita.


Casona barranquina en el parque.



Ranchito en la Bajada de los Baños.



Puente y Ermita desde otro ángulo.


Palacio barranquino en la Av. Grau.


Camino al puente, a la Ermita, a la Bajada de los Baños.


Biblioteca Municipal en el Parque Central de Barranco.


Palacio de Osma (hoy museo) en la calle Pedro de Osma, camino a Chorrillos.


   A dos horas para que se inicie el nuevo año, desde mi morada en Barranco: ¡Feliz año 2011!

Continuará...

                                      Morada de Barranco, 31 de diciembre de 2010.

martes, 28 de diciembre de 2010

ALGO MÁS SOBRE LA "ROCHABÚS"

                                                                Hablo a mis amigos lejanos…
                                                                                                  César Moro

   A raíz de los recuerdos sobre una profesora de Inglés, la “Rochabús”, ayer recibí un correo de mi ex compañero Jaime Oshiro, Taqui, que me contó una anécdota de la que creo nunca me enteré nada, pero me provocó algo más que una sonrisa, diría mucho más.
   Me contaba Taqui que allá por los últimos días de clase de cuando cursábamos 5to año, un grupo decidió “hacerse la vaca”, “tirarse la pera”, era un grupo de seis o siete alumnos, entre los que se encontraba mi buen y entrañable amigo Taqui. Estaban en ese afán y se dirigían a la Bajada de los Baños para terminar en alguna playa de la Costa Verde. Caminaban mis amigos de lo más alegres y conversadores y casi llegando a la esquina de Pazos con la avenida Bolognesi (a sólo una cuadra del colegio) vieron que en sentido contrario venía la profesora de Inglés, la descomunal “Rochabús” con su atuendo de guerra, perdón, de clases: vestido negro suelto, zuecos igualmente negros (recuerdo que eran de esos que no tenían talones) que semejaban un par de ataúdes, collares, pulseras, cabello lacio, suelto, negrísimo, ojos enormes, piel blanca. Al verla tan cerca, casi sobre ellos, no atinaban a hacer nada: no podían ocultarse, tampoco escapar porque hubieran dejado evidencia de que algo malo estaban haciendo. Así que decidieron enfrentar la situación. Cuando ella estuvo frente a ellos, de lo más normales, ocultando su nerviosismo, la saludaron con mucho respeto sin detener su marcha. La profesora respondió y aquí es donde se suscita la desgracia (¿o gracia?): parece ser, Taqui no lo tiene claro, que en el momento de responder al saludo, la profesora se distrajo, giró el rostro y sin darse cuenta dónde posaba el ciclópeo pie, pisó un hueco (de los muchos que hay por la zona que entonces parecía suelo lunar) y la “Rochabús”, que nada pudo hacer, por más que intentó agarrase del aire se fue con toda su humanidad al suelo. Fue una cosa impresionante ver, lo comentaba Taqui, cómo el gigantesco cuerpo de la profesora fue a dar al suelo hasta casi hacer un forado, cayó tan pesadamente que prácticamente se descuajeringó en la vereda, yacía totalmente despatarrada por tierra y sus cosas estaban todas desperdigadas: costaba trabajo creer que en algún momento pudiera levantarse, tal era el tamaño y el peso de esta profesora.


                                    Camino a la playa por la Bajada de los Baños en Barranco.


   Una cosa que recuerdo claramente es que en esta profesora nunca vi un gesto de humanidad, recuerdo muy bien que nos trataba como si ella fuera un cachaco recontraestreñido: miradas duras, voz  altisonante y mandona, modales bruscos… nunca una sonrisa, jamás un gesto delicado, una palabrita mágica (una aunque sea), siempre déspota, como si su labor pedagógica fuera mantenernos a raya, siempre a la defensiva, antes de que supuestamente intentáramos algo ella enarbolaba el estilete de su ironía o te “regalaba” su mirada dura que era como arrojarte agua hervida en el rostro, no percibía (o tal vez no le interesaba en lo más mínimo) que con sus actitudes creaba miedo, rechazo y en lugar de motivar prácticamente nos castraba. Como lo dije en la oportunidad anterior, parecía que siempre andaba con la mierda revuelta. Debo reconocer que siendo varones (jóvenes adolescentes cargados de dudas, muchas dudas) le temblábamos. Hoy es una anécdota, pero entonces fue una tortura, un sacrificio aguantarla.
   El mensaje de Taqui termina así: “Nosotros, en el lapso de una fracción de segundo no sabíamos si reír o apelar a nuestro sentido de solidaridad con el prójimo desvalido, optamos por lo segundo y fuimos en su ayuda, con gran esfuerzo, se imaginarán ustedes. Al incorporarse vimos en su rostro compungido, al menos yo sí vi, la parte humana que toda persona tiene. Entre dolor y agradecimiento de parte de ella, no veíamos el momento de alejarnos para empezar a celebrar. Nos fuimos a la playa,  a llorar pero de la risa. Pensamos que tirarnos la vaca no había sido en vano”.  
   Sí, pues, era humana y pocos fueron los que vieron pinceladas de esa humanidad: Carlos Cuba cuando sucedió la anécdota del dibujo de su camisa, Javier Alvarado que le cayó en gracia y se daba el lujo de visitarla, y el pequeño grupo (entre los que estaba Taqui) que en uno de los últimos días de clase de 1979 decidió “hacerse la vaca”. Sí, pues, la "Rochabús" era humana. Lástima que ese rasgo estuviera tan oculto y sólo se pudiera ver algo de él a raíz de una caída.

Continuara…

                                      Morada de Barranco, 28 de diciembre de 2010.

lunes, 27 de diciembre de 2010

ANÉCDOTAS DEPORTIVAS EN EL COLEGIO

                                                                      Yo soy el que ha corrido.
                                                                          Juan Parra del Riego

   Una de las cosas que me llamó la atención cuando llegué al colegio Arnaez era su tamaño. Yo venía de la G.U.E. José María Eguren (donde se estudiaba en las mañanas a diferencia del Arnaez que era en las tardes), colegio de enormes dimensiones que tenía incluso una cancha oficial de fútbol con pista atlética. El Arnaez, comparándolo con el Eguren, era (y es) un colegio pequeño, sin embargo la rivalidad entre los dos era un asunto serio.
   En el único patio que tiene el Arnaez sólo se podía hacer algunas pruebas para el curso de Educación Física (o Psicomotriz, como algún tiempo se le llamó): gimnasia, por ejemplo. Pruebas de pista, lanzamientos y saltos teníamos que hacerlas en el Luis Gálvez Chipoco. Para ello teníamos que movilizarnos prestamente en la línea 2 de la Enatru, cuyo paradero inicial (o final, nunca supe) estaba al costado del colegio Indacochea.
   Las clases de Física eran de las más esperadas porque ellas significaban mayor libertad, despliegue físico, alegrías, risas, sobre todo. El primer año en el Arnaez tuvimos como profesor a un personaje a quien llamábamos "El ruso", un gordito coloradote, no muy alto, corte de cabello a lo militar, ojos achinados y claros que recordaba mucho a la imagen de un down, recuerdo que siempre usaba un pantalón de buzo, nunca truza, short o pantalón corto y unas impecables zapatillas blancas que parecían recién compradas. De las clases de este profesor sólo recuerdo su última evaluación: la prueba de Maratón, prueba por la que tenían que pasar todos si es que no querían reprobar el curso. Eran tiempos en que a todos metían a un mismo saco, no interesaba si alguno por allí pudiera tener algún mal cardiaco congénito: si un alumno hacía una prueba, todos tenían que hacerla. Así que había que correr nomás.
   La ruta era la siguiente: iniciabas dando una vuelta a la pista atlética del Chipoco, salías del campo deportivo y bajabas por la Quebrada de Armendáriz, continuabas por la Costa Verde corriendo a orillas del larguísimo charco que bordeaba a los barrancos (en ese entonces habían caídas de agua dulce donde los bañistas antes de retirarse se quitaban la arena y el agua salada del cuerpo), luego subías (¡oh, martirio de martirios!) por la Bajada de los Baños, pasabas por debajo del Puente de los Suspiros y trepabas por donde está la Ermita y agarrabas el Malecón de Barranco y te dirigías al Chipoco, una vez en el Chipoco, así como empezaste la terminabas, es decir, con una vuelta por la pista atlética. A la distancia lo recuerdo y me pregunto, ¿cómo es que nadie se murió?, porque la exigencia era mucha para chiquillos de doce y trece años.


                                                            La Bajada de los Baños en Barranco.

   ¿Cómo fue mi desempeño en la prueba? Pues fatal. Fui uno de los últimos en llegar, creo que llegué como a las 8:00 p.m., agotadísimo y llevando mi caja torácica como si fuera una mochila, más muerto que vivo: tenía todo el cuerpo maltratado, tan maltratado que hasta me podía sacar conejos de los parietales, mis piernas por el mucho esfuerzo temblaban como perro con distemper, vomité hasta la cena navideña del año anterior y una sed espantosa que me animaba a tomarme el agua de la piscina. Un dato que me olvidaba, cuando llegué al Chipoco, creo que "El ruso" ya se había quitado.


                                                         Debajo del Puente de los Suspiros.
   Una cosa que no olvido es que antes de que alguien lo hiciera, o se atreviera a pensarlo, el profesor nos advirtió: "Cuidadito con cortar camino por los barrancos, tengo vigías que están viendo a quienes se atrevan a hacerlo". Obviamente nadie arriesgó y todos corrimos respetando la ruta.


                                                          La subida frente a la Ermita de Barranco.
   Al año siguiente ya no estaba "El ruso". El profesor de Física era Huarachi, un profesor que ya para entonces su frente anunciaba una calvicie agresiva, bigotes gruesos y unos dientes desordenados, es lo que recuerdo de su apariencia. Hace poco lo he visto y su apariencia mucho no ha cambiado.
   Una de las primeras exigencias del nuevo profesor es que todos teníamos que tener suspensores porque, como decía él, el peligro de que se te descolgaran los testículos al hacer pruebas físicas eran grande, así que todos con esa advertencia, al toque lo compramos, no fuera que por desobedientes nos quedasemos sin ellos. Para entonces el uniforme de física era éste: polo blanco con cuello y bordes de la manga de color rojo, tres lineas rojas partían desde el cuello e iban por el hombro y terminaban en la manga, en el pecho estaba estampado el nombre del colegio con letras igualmente rojas. La truza tenía que ser azul (o azulino), zapatillas y medias blancas. El buzo debía ser de color azul.
   De las muchas anécdotas con Huarachi, ahora recuerdo dos: la primera es aquella donde antes de realizar la prueba de salto largo, Huarachi ve por primera vez la estampa del "Negro" Vera: delgado, alto, altísimo en realidad, gigantescas calancas, un prospecto de atleta. Aún recuerdo sus palabras: "Vera, yo te invito formalmente a que integres la selección de atletismo del colegio, tienes todo para ser un gran atleta". El "Negro" agradeció. Cuando llegó la prueba de salto, todos estábamos espectantes para ver la participación de Vera. Hasta que le tocó su turno. Grandísima decepción nos llevabamos todos, incluido Huarachi. El negro era delgado, alto, piernas larguísimas pero sus dos piernas eran izquierdas (o derechas), cuando corría parecía doña Huaraca; es decir, sus piernas se cruzaban entre sí, se trababan, armaban tamaño laberinto que parecía que terminaban haciéndose un nudo, en otras palabras: un desastre. Pero Huarachi tenía esperanzas, así que lo probó en fútbol, nada: el negro era más malo que mi abuelita. Lo probó en básquet, su alta estatura lo hacía ver como esos grandes basquebolistas norteamericanos, pero el negro era torpe no sólo con los pies sino también con las manos. Creo que Huarachi lo probó hasta en canicas, pero la realidad era que Vera estaba negado para los deportes, ya lo dice el dicho: "Lo que Dios no da, Salamanca no brinda". Una vez que que Huarachi comprobó que el negro no había sido signado para ser un grandioso deportista, se olvidó de él, practicamente lo ignoró y si por allí alguna vez lo miraba, lo hacía con una mirada despectiva que dificilmente lo podía disimular. Pero si Vera no pudo ser deportista, el negro si tenía voz y amaba la salsa: así que se convirtió en cantante de un grupo salsero de Barranco. Hoy no sé nada de él.
   La otra anécdota que recuerdo sucedió con un compañero en tercero de secundaria: Herrera, ése era su apellido. Todavía me cruzo con él (ahora lleva gafas con gruesos lentes) por alguna calle de Barranco. Como entonces, aún vive en la avenida Lima y se mantiene soltero. Herrera era (o es) un moreno atípico: callado, tímido, apocado y encima miope, extremadamente miope. Para colmo de males, en esa época no usaba anteojos, así que creo que lo único que podía ver era su nariz. Todo lo demás supongo que sería para él un mundo de incógnitas y misterios. Recuerdo que estábamos en el Chipoco, en una clase de lanzamiento de jabalina. Huarachi nos explico cómo debíamos lanzar, los cuidados que teníamos que tener cuando ejecutaramos un lanzamiento, etc, y etc. Entonces pasamos a la práctica. Cada uno ejecutaba su lanzamiento tratando de arrojarla lo más lejos posible para arrancar un comentario aprobatorio del profesor, pero he aquí que le toca a Herrera. Éste agarra, como pudo, la jabalina, se posisiona e inicia su pequeña carrera y la arroja con tan mala puntería que la jabalina fue a dar a la pista atlética (menos mal que ningún atleta pasaba entonces). Huarachi no dijo nada, total, a cualquiera le podía pasar. En la segunda oportunidad que Herrera lanza,  todo el mundo se desternillaba de risa, incluido yo, ¿qué había sucedido?, que Herrera, miope como era, había cogido la jabalina con la punta para atrás y así la había lanzado. Cuando Huarachi se percató de lo que había hecho, en lugar de preguntar, averiguar por qué la había lanzado así, lo miró con un desprecio como diciéndole: "Puta, que huevón que eres" (eran los aires de época: si eras varón, como tal te tenían que tratar, decían entonces). Pero Herrera que nada veía ni cuenta se dio de la situación. Creo que nunca (o muy tarde) se enteró que había lanzado la jabalina volteada ni menos se percató de la mirada con desprecio del profesor.

Continuará...

                                Morada de Barranco, 27 de diciembre de 2010.

domingo, 26 de diciembre de 2010

VIEJOS TIEMPOS DE HUELGAS Y DESÓRDENES

                                                               El mundo está demasiado feo.
                                                                                      Martín Adán

   Muchas veces me he llegado a preguntar, casi con reproche, si nosotros los jóvenes escolares del 79 tal vez vivimos de espaldas a la realidad social y política de nuestro país. Pero después, meditándolo bien, caí en la cuenta que no, que muchos de los jóvenes adolescentes de esa época estaban conscientes, unos más que otros, de los tiempos difíciles que se vivían. Claro que también hubo de los otros, es decir, muchachos que vivieron despreocupados de cualquier problema social. Pero estaban en su derecho.
   Nosotros somos producto de gobiernos dictatoriales de militares como Velasco y Morales Bermúdez, que fuimos testigos de las luchas para recuperar la democracia (los paros nacionales de la CGTP), las huelgas magisteriales (’78 y ’79), también eran años donde se cocinaba lo que en poco tiempo sería la lucha armada de Sendero y MRTA… Y sí, hubo jóvenes conscientes de esos problemas, gente que asumió, incluso una posición política, yo recuerdo mucho a Javier Alvarado como líder estudiantil, él era el puente entre nuestros profesores, que heroicamente luchaban por sus reivindicaciones, y los alumnos.
   Es necesario recordar que 5to “B” y “C” de nuestro colegio Enrique Arnaez Naveda de Barranco, estuvo conformado por alumnos cuyos padres tuvieron que volver a matricular a sus hijos porque no asistían regularmente a clases para concluir el año escolar, gente que de alguna manera apoyó (aunque tal vez sea excesiva esta afirmación, nosotros dependíamos de nuestros padres) esa huelga, aunque claro, hubo algunos que con tal de no ir al colegio hacían cualquier cosa. Gente que vio a sus profesores hacer lo imposible para sobrevivir a esa etapa dura. No se me borra la imagen de un profesor, “Chanchito” Ruiz, que hizo huelga hasta el final, "visitando" los salones del colegio donde trabajaba ofreciendo unos juguetes educativos para poder "parar la olla", eso más que denigrarlo lo pintaba entonces y ahora como persona comprometida y leal con sus principios.
   En cuanto a mis compañeros, recuerdo a Gustavo Salinas, a James “Átomo” Carbajal, a Adriano Varona, me incluyo en este grupo, que conversábamos mucho con Javier sobre la huelga y no entrábamos al colegio, nos quedábamos parados en la esquina de la Av. Lima y Pazos, ahí donde una “tía” vendía periódicos. Recuerdo muchísimo la capacidad política de Javier, su innata habilidad verbal, muchos lo seguimos y vimos en él una manera diferente de ser joven: estudioso, sencillo, leído, culto, comprometido. Me recuerdo hablando con él sobre el hecho de que algún día pudiera ser presidente del Perú, de fundar su partido en una línea católica-socialista: ASCLA  (no creo que lo hayan olvidado Gustavo, Adriano, Carlos Cuba, Poli, “Kike” Torres, Vegas Vaccaro, Luis Bustillos, Alfredo, Franklin...) no olvido aquellas conversaciones donde hablaba sobre la posibilidad de reconstruir la Lima colonial, tirándose abajo los edificios modernos y feos, una vez que fuera presidente (este año, como una constatación de sus sueños, se lanzó como candidato a la alcaldía de Barranco con FS). Desde siempre lo recuerdo maduro, crítico, lúcido, muy serio con sus convicciones, pero su seriedad no quería decir que no tuviera humor, era de los que al hablar deslizaba por ahí una ironía muy fina, como un estilete, lo recuerdo haciendo bromas, disfrutando de los chascarros de sus amigos y siempre hablador, no florero, hablador porque tenía mucho que decir y lo decía con propiedad y con precisión, pocos a esa edad poseían esa capacidad suya que no la ha perdido. Aprendí mucho con él y es algo que le agradezco. Así como él, recuerdo a algunos con claras convicciones políticas. Gómez del Prado era de tendencia comunista (él era sobrino nieto, creo, del mítico amigo de Mariátegui, Jorge del Prado), “Átomo” Carbajal (hoy dueño de las librerías "Crisol"), todavía lo recuerdo, entonces era partícipe de ideas marxistas (PSR). Inolvidable fue su enfrentamiento con un director de ingrata recordación que habló mal de nuestros profesores huelguistas y James, con sus 16 ó 17, valientemente se le enfrentó. Yo, y no me dejará mentir “Átomo”, le dibujé a J. C. Mariátegui en su camisa de colegio ( así como dibujé a un Cristo sombreado en la camisa de Javier, o un motivo musical de un disco de los Bee Gees en la camisa de Raúl Jarama, un águila alemana en la camisa de Alfredo Sosa…*). El mismo Gustavo Salinas (hoy gerente de un laboratorio) debió tener una posición política, él era muy cercano a Javier. Tengo el recuerdo de haber conversado con mi inteligente amigo Ricardo Nervi sobre algunos problemas sociales y hasta existenciales (permítanme la pretensión), yo mismo tenía una posición de izquierda, quizá un tanto endeble, pero ya manifestaba mis ideas marxistas con tintes cristianos o cristianos con tintes marxistas (¿Teología de la Liberación? Sería muy aventurado decir sí, yo todavía estaba en pañales, políticamente hablando), recuerdo que por ahí llegaron a mis manos varios ejemplares del diario cubano Gramma y por entonces, yo soñaba con viajar a Cuba y estudiar allá, eran pues los aires de esa época. Por esos años, si mal no recuerdo, Alfredo Sosa, ya expresaba simpatías por el APRA, Franklin Sosa, su hermano, ya esbozaba cierto interés por el PPC.

     "Kike! Torres, Adriano Varona, Javier Alvarado, Willy García, Gustavo Salinas, Poli, Raúl Jarama, "Kike" Vaca, yo, Miguel Vegas.


   En fin, hay tanto que hablar de esos tiempos que incluso se me viene a la memoria la imagen de varios de los “reemplazantes” (me acuerdo de un tal “Pepo” y de Kenti, joven y bella universitaria, que venía desde Chaclacayo a hacer clases, a quien hacíamos una suerte de coro celestial un puñado de alumnos, por allí hay algunas fotos con ella en el malecón de Barranco), estos personajes casi borrosos ya en la memoria eran alumnos, básicamente de la Villarreal, universidad de tendencia aprista, como aprista era un profesor que nunca apoyaba las huelgas, y era conocido como "Amarillo", me refiero al profesor de Lenguaje: Mogollón, el popular “Papi”, que años después fue director del colegio.  También recuerdo a un profesor bajito apellidado Cuzco y a quien le decíamos “Salchipapas” a raíz de un comentario suyo donde decía que esa actividad era un gran negocio; a una profesora de Inglés, jodida como un militar estreñido y que tenía por sobrenombre "Rochabús"... y algunos más que llegaron a raíz de esas huelgas, pero que ya los he olvidado.


Franklin Sosa, NN, Pablo Macías, Carlos Cuba, Luis Bustillos, yo.

   Épocas lejanas, en las que fuera de toda pretensión o intención grave,  sí hubo jóvenes preocupados de asumir una posición política, no digo madura, hay que recordar que éramos jóvenes de 15, 16 ó 17 años y muchas veces nuestra posición política fue intuitiva o simplemente deseosa de una justicia social ante tanta miseria que nos rodeaba. Pero, no podemos ni debemos negar que nosotros, como cualquier joven de cualquier época, también chongeábamos. Lo que pasó después con nuestras vidas y la política es ya otro cantar. De esa época es lo que recuerdo y he hablado sólo de los que conocí muy de cerca, o casi de cerca, estoy seguro que hubo otros que tomaron partido y a quienes no conocí. Por ejemplo, yo conocí muy poco, apenas si de vista a la gente de 5to “C”, salvo uno que otro, “Lito” Flores, por ejemplo, que era jefe de la banda y yo estuve en mi último año de colegio en la banda tocando napoleón, y es algo que yo le agradezco infinitamente; a Willy García, a quien en el campamento de 1979 bautizamos como “Pasmarote”; y a dos que siempre paraban juntos, muy juntiiiitos (¡je, je…!) y me jodían cada que me veían, me decían: “Ahí está el primo o el hermano de Javier Alvarado”, y se mataban de risa los malditos, supongo que la joda era porque paraba mucho con Javier. Yo recién hace poco los he identificado (por las fotos de la página de la promoción) y me acuerdo de ellos y me río también de sus ocurrencias, eran los primos, los inefables “Cachú” y “Cucho” (como dice en un correo: “Esos primos eran la cagada”).

Alumnos de 5to "C": Castillo, Linares, Aguilar, "Lito", Monteza, Portocarrero.

   Lo decía, seguro que hubo otra gente que en ese entonces asumió una postura política. Es más que probable, pero no se trata de aventurar juicios, he hablado sólo de lo que vi y viví.

Continuará...

                                 Morada de Barranco, 26 de diciembre de 2010.

sábado, 25 de diciembre de 2010

UNA PARTICULAR PROFESORA DE INGLÉS

                                                         He estado cerca de sus ojos.
                                                                             Enrique Peña Barrenechea

   Una tradición que se ha ido perdiendo es el de hacer dibujos en las camisa cuando se está terminando la etapa escolar.  Me refiero a la tradición de hacer dibujos primorosos, obras artísticas, auténticas joyas del arte, sinfonías de color y de trazos espectaculares: las camisas se transformaban en lienzos donde la imaginación, el buen gusto desplegaba sus alas. Hoy sólo observamos remedos: camisas que albergan algún dibujo hecho al vuelo, sin mayor exigencia, casi-casi como para cumplir con el deber de dejar cualquier garabato en la camisa del compañero como recuerdo.

Mi camisa de promoción: se observa el motivo central y a la derecha el dibujito de la "Rochabús"

                A la izquierda y debajo del motivo central, la caricatura de "Salchipapas" y a la derecha, un poco del de la "Rochabús".

   Entonces yo tenía una cierta fama, inmerecida por cierto, como dibujante. Recuerdo que dibujé en casi todas las camisas el motivo central en la espalda: retratos, escudos, caricaturas... y otros pequeños dibujos. ¿A quién no dibujé, por esos años, en su camisa?
   Justamente sobre un dibujo que hice en las camisas de casi todos mis ex compañeros de promoción hay una pequeña historia que quiero contar. A raíz de la huelga magisterial del 79, llegaron al colegio algunos profesores nuevos. Recuerdo que uno de esos profesores era un profesor apellidado Cuzco, bajito, cabello ensortijado, enseñaba Ciencias Narurales: "Salchipapas", ése era su sobrenombre, se hizo cargo del magnífico laboratorio, ante la ausencia del profesor Vásquez que se había ido a la huelga. Este laboratorio, que unos años antes se había inaugurado con bombos y platillos, pues la embajada de Alemania había donado todos los implementos para su funcionamiento, al poco tiempo sufrió las consecuencias del descuido de este profesor: algunos granujas la desmantelaron pues se llevaron todo lo que pudieron: los tubos de ensayo, las pipetas, los morteros, hasta los microscopios fueron pasto del saqueo. 
   En ese entonces, “Salchipapas” paraba en el laboratorio siempre acompañado de su brazo derecho, un alumno de 5to “C”, apellidado Tueros, Jaime Tueros. Recuerdo muy bien que en un recreo, a ambos los hicimos salir despavoridos del laboratorio, me parece que con “Kike” Torres o Luis Bustillos o tal vez con otro, no lo tengo claro, arrojamos un cohetón por una de las ventanas del laboratorio y el estallido retumbó como bomba atómica. La travesura no tuvo consecuencias, salvo el susto de ambos personajes y nuestras risas celebrando el hecho.
   Pero no quiero distraerme recordando más hechos de este tipo, porque de quien quiero hablar es solamente de una profesora, una que llegó como consecuencia de la huelga magisterial de ese año, me refiero a la profesora de Inglés. Carlos Antonio Cuba Aguilar, el popular CACA, la debe recordar, y muy bien. Esta profesora era una mujer gorda, alta, de mirada fuerte, voz dominante, movimientos y maneras contundentes. Recuerdo que hasta el más pintado le temblaba, era realmente una mole a quien llamábamos con el apelativo de “Rochabús”. Su nombre lo he olvidado.
   Pero si algo nos llamó definitivamente la atención sobre su apariencia, aparte de su tamaño y gordura, era su atuendo: se vestía siempre de negro y llevaba zuecos (que parecían dos ataúdes) del mismo color y que tenía un carácter más jodido que el de un sargento. Era una mujer de temer, de esas que se dicen "machas" y parecía que andaba siempre con la mierda revuelta. Renegaba de todo, refunfuñaba por todo, su agrio carácter la hacía impensable que se abandonara alguna vez a una sonrisa, menos a la risa o la carcajada: aún recuerdo cuando se enojaba, te miraba con una fijación tremenda, su miraba parecía tener temperatura porque fácil-fácil con ella te calcinaba, luego su piel blanquísima se tornaba roja por la ira mientras por su cuello aparecían en alto relieve sus hinchadas venas azules cual mangueras jardineras, inmediatamente abría su descomunal boca mostrando unos diente salvajes y emergiendo de una caverna oscura, una prolongación que se movía con una libertad que parecía querer latiguearte: era su lengua. El grito que soltaba era ensordecedor, el miedo que provocaba hacía que tu corazón quisiera salir despavorido para esconderse en alguna carpeta como un perrito asustado. Tal la descripción que puedo hacer, y creo que me quedo corto.
   Ella, si mal no recuerdo, vivía cerca a lo que hoy es Larcomar (en ese entonces ese lugar era conocido como el parque Salazar), en el edificio donde tenía su oficina Gastón Gamio, el notario de Augusto Ferrando.
   Algo que no olvido es que Javier Alvarado logró con ella algo que considerábamos una proeza: se hizo su amigo y... temeridad de temeridades, la visitaba, y según comentaba era una mujer agradable, con mucho humor, y extremadamente delicada en las formas, cosas que sólo él pudo ver porque nosotros siempre veíamos en ella a un gigantesco monstruo enviado al colegio para arrancar nuestras lenguas si no hablábamos bien el inglés. Supongo que esa simpatía entre ambos se reforzó porque Javier hablaba muy bien el inglés desde pequeño.
   Cuando ya nos jugábamos los descuentos en el colegio, mis compañeros me pedían que les dibujara en sus blancas camisas, aparte del motivo central, una caricatura que tuvo muchísimo éxito. Ese dibujito era el de la “Rochabús”, qué manera de hacerse famosa la sencilla caricatura, estaba en casi todas la camisas: sobre todo en las mangas, porque no era muy grande. Recuerdo cómo Cuba se cagaba de la risa con ese dibujo, tenía él (y tiene) una risa contagiosa que el sólo hecho de verlo y oírlo reír provocaba la risa de los que estaban junto a él. Hace algunos años, recordando los viejos tiempos de la escuela, me contó que en una oportunidad la “Rochabús” vio el dibujito en su camisa. Resulta que la gorda gigantesca se puso a revisar los cuadernos y cuando llamó a Carlos Cuba, éste que llevaba puesta su camisa con dibujos, se acerca a ella con su cuaderno. De pronto ella deja de mirar el cuaderno y observa la camisa, con detenimiento y curiosidad posó sus enormes ojos sobre los muchos dibujos que adornaban la camisa de Carlos,  sobre todo en uno de ellos, era el dibujo que la representaba. La profesora le preguntó a boca de jarro si esa caricatura era ella y Carlos le respondió con una vocecita temblorosa de querubín: "Sí". Cuando éste esperaba una reacción violenta, digamos, un manotazo en el esternón, un pisotón salvaje en la cabeza, un mordisco sanguinario en la yugular..., la “Rochabús”, cual ogro escandinavo, soltó una carcajada estridente. Le había gustado el dibujo con toda su irreverencia.

Continuará...

                                   Morada de Barranco, 25 de diciembre de 2010.

viernes, 24 de diciembre de 2010

JUVENTUD, DIVINO TESORO...

                                                                          ¡Alegraos de esta vida, que es mía!
                                                                                   Enrique Peña Barrenechea

   Revisando las pocas fotos que poseo de mi etapa escolar, me encuentro con dos que tienen algo en común: en ambas aparecemos los mismos jóvenes de entonces (Javier Alvarado, Gustavo Salinas y yo), claro que en años diferentes.
   La primera foto es del segundo campamento que hicimos en el año 1979. El primero de la fotografía, desde el lado izquierdo, es Javier, de quien recuerdo su madurez intelectual desde esas lejanas épocas escolares, su facilidad de palabra, ese don que le permitiera ser un activo líder y dirigente escolar. De esas cada vez más lejanas épocas recuerdo en él su amor por Lima, las largas conversaciones que sostuvimos sobre precisamente ese tema: Lima colonial; no olvido tampoco sus intenciones de fundar un partido que el llamaba ASCLA, sus deseos, algún día, de ser presidente. Justamente este año, Javier se lanzó como candidato a la alcaldía de Barranco, no ganó, pero los barranquinos de corazón tenemos la esperanza de que en futuras elecciones ocupe el cargo para el que está preparado como nadie. A continuación yo con quince años, cargando mi pesada mochila y con mi frazada "Tigre" en una mano. El último de la foto es Gustavo, viejo amigo a quien no veo hace muchos años. Él era integrante de la Selección de Atletismo del colegio Arnaez que campeonó varias veces en los Juegos Interescolares de Atletismo en Barranco y en Lima Metropolitana. Era velocista y no olvido sus intervenciones en los 100 metros planos. Compañero mío desde primero de secundaria. Recuerdo de él que era impetuoso,  extremadamente irascible, un fosforito. Hoy es gerente de un importantísimo laboratorio.



   Atrás de nosotros se ve un paisaje que incansablemente se repetiría en una marcha que fue toda una odisea, kilómetros de kilómetros caminando bajo un sol agobiante, sin agua y sin comida preparada para comer en el instante, salvo las manzanas que cogíamos de las chacras que rodeaban algunos sectores del camino, recuerdo que llegué a Huinco con las plantas de los pies desolladas.
   LLegar fue un triunfo, a pesar del martirio, sin embargo, a la distancia lo veo como una de mis experiencias más entrañables.
   Mencioné mi frazada, esa frazada Tigre sí me protegió del inclemente frío. Un año antes había llevado a otro campamento una vieja y delgada frazada que no abrigaba nada, no sé cómo es que no morí congelado, no puedo olvidar como temblaba mi mandíbula por el frío nocturno, la delgada frazada casi mojada y mi cuerpo más helado que un chup o "marciano". Por eso al año siguiente llevé la famosa frazada Tigre que fue bien efectiva. Recuerdo que para ese campamento también llevé un primus dorado, de ésos que ya no se ven, una grabadora antigua que parecía un pianito, pesaba como un yunque, lo recuerdo. ¡Ah!, y mucha alegría y algo de temor, éramos apenas unos mozalbetes liberándose del yugo de nuestros padres.
   La segunda foto es de 1980 y corresponde al tercer campamento. Nos encontramos en la campiña de Huaral. En realidad habíamos salido de Barranco para llegar a las Lomas de Lachay. Lo hicimos, pero no pudimos permanecer allí mucho tiempo, porque esas lomas, por entonces, estaban en trabajos de recuperación. Lo más notorio de la foto es mi melena. En la hamaca se encuentra Gustavo Salinas que sufría en esos momentos de una terrible resaca y con gorro y pelado, Javier Alvarado que acababa de ingresar por partida doble a San Marcos y la Agraria.



   Recuerdo que cuando llegamos a Huaral, recorrimos brevemente el pueblo y salimos de él, preguntamos a unos lugareños por las lomas. Nos dijeron que estaban muy cerca, que siguiéramos por la carretera una media hora y luego dobláramos a la derecha y que camináramos aproximadamente una hora. Todo aparecía como muy sencillo, pero ni cerca estaban las lomas y jamás nos dijeron que la caminata de una hora era en medio de un árido y calcinante desierto. Tener ante nosotros el típico paisaje costeño, nos llevó a pensar, recordando la experiencia de campamentos anteriores, que nuevamente se abría ante nuestros ojos el martirio. Con todo, nos adentramos en el arenal, llevábamos caminando una media hora, cansados más que nunca porque caminar en una superficie donde se te hundían los pies provocaban un agotamiento que te hacía sentir como que tus pulmones estaban hechos de polvo de yeso. Recuerdo que la carretera ya no aparecía ni como un hilo a la distancia, estábamos aparentemente extraviados en medio de dunas y con un sol que sancochaba todo. Y lo peor, no teníamos agua.
   Era mediodía y estábamos completamente extenuados, recuerdo que nos peleábamos por beber unas gotas de un tarrito de leche Gloria, que oportunamente había llevado Gustavo (aunque antes nos habíamos burlado del hecho que a un campamento se llevara leche y encima de ese tamaño). Cuando ya sentíamos que la muerte nos esperaba, a lo lejos y en medio del desierto divisamos un jeep, llamamos su atención, desvió su trayecto y se acercó a nosotros. Iban en él unos jóvenes ingenieros y biólogos que trabajaban en las lomas. Luego de recriminarnos por nuestra actitud que hubiera tenido terribles consecuencias si no hubiera aparecido el carro, nos invitaron a subir en el jeep y nos llevaron hasta las lomas. Una vez allí, nos guiaron muy gentilmente, nos explicaron que a determinadas horas había tal bruma que la gente se podía perder con facilidad, que en ese medio agreste había zorros, pumas, venados y hasta el cóndor se dignaba a visitar las Lomas de Lachay. Nos explicaron que no podíamos quedarnos y en el mismo jeep nos dejaron en Huaral (cosa que agradecimos) y de allí, caminando nos aventuramos por su campiña.
   Acampamos junto a un riachuelo y en medio de chacras de maíz amarillo. Luego de la primera noche donde bebimos alcohol, cantamos hasta quedar afónicos, nos acostamos a la intemperie totalmente cansados y a la mañana siguiente, arrastrando la resaca (sobre todo Gustavo), posamos para la foto.
   ¡Ah!, viejos tiempo en los que éramos jóvenes (más jóvenes, quiero decir) y sentíamos que éramos dueños del mundo, aunque a veces éste nos hiciera sentir que no era tanto así.
   Continuará...
                                        Morada de Barranco, 24 de diciembre de 2010.

jueves, 23 de diciembre de 2010

UN VIAJE DE APRENDIZAJE

                                                  Ahora recuerdo perfectamente mis años inocentes.
                                                                                           Martín Adán 

I.
   Aún no se desataba la fiebre por los Bee Gees y por Travolta, y ocho mozalbetes dispuestos a abandonar la urbe y aventurarse por la sierra de Lima hicimos un campamento, el primero: Jaime Paniccia, Javier Alvarado, Adriano Varona, “Kike” Torres, “Kike” Vaca Camargo, Gustavo Salinas, “Koki” Albán y yo. Estábamos en 4to “B”. Los preparativos y planes se hicieron a las pocas semanas de iniciadas las clases, un día, a la salida del colegio. Nos quedamos solos en nuestro salón (del tercer piso, frente al salón que fue de nosotros en 1ro) para ver cómo y cuándo viajábamos. Incluso se produjo un incidente gracioso conmigo. Estábamos a punto de iniciar la reunión cuando “Koki” me dice: “Ya, fuera, anda a joder a otra parte”, sucedió que como no nos conocíamos bien, pensó que era de un salón de segundo o tercero. Claro que después me pidió disculpas y simplemente nos reímos.
   El campamento se programó para las vacaciones de medio año. Recuerdo que un grupo tuvo que hablar con mi viejo para que me dé el permiso. Es una lástima, pero no hay fotos, ni grabaciones, nada, sólo el recuerdo de esa salida a Marcahuasi, lugar al que no pudimos llegar porque sólo llegamos a Huinco cansados, molidos.  Llegamos al atardecer, quizás 5 ó 6 de la tarde. El camino pedregoso, polvoriento, lleno de curvas interminables y Huinco que no aparecía. Aún recuerdo las plantas de los pies desolladas, el calor agobiante, la falta de agua, el agotamiento de “Kike” Torres y Javier y el martirio de cargar mi mochila. Llegamos con las cabezas y las ropas blancas por el polvo y prácticamente para dormir a orillas del río y cerca al pueblo. En la noche, alrededor de la fogata, Albán comentaba  sobre las “propiedades” del cactus San Pedro, las alucinaciones de “patas” suyos que luego de tomar San Pedro, alucinaban que estaban en Europa; también recuerdo los cuentos de terror de Javier, antes de intentar dormir (inolvidable ese del huaco felino que en las noches se transformaba y asesinaba a la gente), cuentos que nos pusieron muy nerviosos y que llevaron a que ninguno deseara dormir muy alejado del grupo.   
   En esa noche cerrada que daba miedo y el cielo salpicado de tantas estrellas, una cosa increíble, por más que se quisiera no se podía dormir: el frío nos hizo tiritar toda la noche, mi frazada, por ejemplo, amaneció casi mojada y yo estaba literalmente congelado. A la mañana siguiente, me parece verlo, nos lavábamos en el río. Temprano, en la parte de la sombra, un frío que ingresaba como cuchillo y en la parte donde daba el sol, un calor que caía como plomo derretido.  Al medio día no recuerdo bien si “Koki” o Adriano lavaba el arroz (creo que era arroz) cuando de pronto vimos que el río crecía y se nos venía encima con una furia que era de temer, con las justas si pudimos saltar entre las piedras a ambas orillas. Nosotros estábamos acampados para el lado del cerro, los que saltaron al frente tuvieron que cruzar en cadena por las aguas cargadas del río, el peligro de ser arrastrados era grandísimo, aún me parece escuchar los sonidos de las piedras arrastradas por la furia de las aguas. ¿Qué había sucedido con el río?, que más arriba había una represa y cada cierto tiempo soltaban las aguas y éstas se venían con una fuerza que arrastraba todo. Inolvidables las risas, el susto. Y en las noches el ron para combatir el frío y por el puro gusto de tomarlo, las canciones, las luciérnagas volando cerca de nosotros con sus lucecitas, pero sobre todo, el triunfo de sabernos libres.
   Todavía conservo, sin querer queriendo, un número (uno de los primeros números) de Teleguía (revista de espectáculos ya desaparecida) que llevé al campamento y que distrajo a todos, el mismo ejemplar, rotito, desgastado, testigo de esas experiencias. Una lástima que no haya fotos, como sí las hay del segundo y tercer campamentos adonde ya no fueron ni Paniccia ni Albán. El regreso a casa fue más cómodo: en un camión bien cerrado, pero antes de subir al camión caminamos algo y en el camino, de pronto, de entre las rocas salió una enorme tarántula que uno de nosotros mató de un “piedrón”. En esa ocasión escuchamos, varios, por primera vez una jerga graciosa: Paniccia llamó a una lugareña “ñorsa”, recuerdo las risas por la jerga que sonaba ocurrente. En fin, recuerdos de un campamento cuando éramos, parafraseando a García Márquez, jóvenes e indocumentados (más jóvenes, quise decir).
   De muchos no he vuelto a saber: a Javier (que fue candidato ahora último a la alcaldía de Barranco) lo veo muy de vez en cuando, y eso que vivimos cerca, siempre ocupado, yendo de un lugar a otro; a Paniccia le perdí el rastro desde que salimos del colegio (¿qué fue de él?, alguna vez alguien me dijo que era sacerdote o pastor, no sé);  a los dos “Kikes” los dejé de ver hace tiempo ("Kike" Torres es contador de una empresa, "Kike" Vaca vive actualmente en Estados Unidos); del piurano Adriano no sé absolutamente nada; de Gustavo Salinas sé que es gerente en un importante laboratorio; "Koki" Albán (terrible noticia) está pronto a ser operado del cerebro y espero que salga bien librado.  Son los derroteros de la vida, del tiempo inexorable que nos va trabajando.

II.
   Recuerdo  que en ese primer campamento (el de 1978) los mosquitos hicieron de las suyas con nuestras caras, brazos, piernas y torsos (como en los otros campamentos). Luego de la primera noche, a la mañana siguiente, nos descubrimos un sinfín de puntitos rojos en el cuerpo, sólo puntitos, nada de picazón. Recuerdo que conversamos intrigados con lugareños y nos dijeron que esa zona de Huinco era zona de uta, algunos se quedaron en la “calle” con la palabra uta, pero por coincidencia yo había leído en un viejo chiste, unos meses antes del viaje, una antigua leyenda mochica que contaba la historia de un personaje que fue picado por un mosquito en el labio superior y que le transmitió la uta y después empezó a caérsele la cara a pedazos. Cuando conté esta historia, todos estábamos palteados, porque para nuestra ingenuidad e ignorancia de la época, asumimos que la uta era una especie de lepra que en cualquier momento nos iba a mutilar el cuerpo. Se me dibujan en la memoria algunos rostros preocupados: El rostro de "Kike" Torres, todavía lo veo, asustado, nervioso, palteadazo. También recuerdo que a raíz de la uta nos parábamos jodiendo con esa enfermedad: “Que se te va a caer el rostro, o el brazo o la pierna”, cosas de esa laya, incluso después en el colegio. Yo todavía lo tengo claro, veo a Albán jodiéndome en el colegio, cada que me veía y se acordaba de mi historia, me agarraba del brazo y me decía con cara de asustado como para meterme miedo: “Granda, ¡la uta!, ¡la uta!...”. Un mate de risa. Visto a la distancia, un cague de risa, pero entonces, en Huinco, de verdad estábamos palteados.
   Ya en el colegio todos comentábamos lo de los mosquitos y lo de la uta, y como prueba ahí estaban nuestros brazos y piernas (y rostros) hinchados, porque parece que la picadura recién se “activaba” después de algunos días: y entonces teníamos los brazos y piernas calientes, con fiebre y parecía que nos habían metido debajo de la piel varios ollucos en la extremidades… y una picazón insoportable que nos duró varios días. Algo que también recuerdo, es que hicimos como una suerte de pacto de, a partir del campamento, no llamarnos por los apellidos sino por nuestros nombres, yo todavía recuerdo ese pacto, que hoy puede resultar ingenuo, pero ahora que lo pienso era una muestra, por las experiencias compartidas, de hermanarnos, de poner en práctica la libertad para escapar a la mecánica medio militar de llamarnos por los apellidos, o lo que es peor, la infame costumbre de llamarnos por número de orden, en fin, hoy puede resultar cosas de niños, incluso salir de campamento. Pero como dice mi amigo Ricardo Nervi, hoy hasta los niños de diez años hacen campamento, pero en 1978, era, como lo dice él: “Histórico”, y lo hicimos nosotros, unos mozalbetes que realizaban algunas primeras experiencias fuera de casa y lejos de los padres. Por ejemplo, en la tarde del segundo día de campamento, estábamos echados en el pasto y conversaba yo con “Kike” Vaca, y se me vino la nostalgia de la familia, era la primera vez que me separaba de mis padres y hermanos, la primera vez que dormía fuera de casa, para mí eso era algo nuevo y entonces, de pronto, mirando el cielo, percibí unas nubes impresionantes y empecé a ver en cada nube los rostros de mis viejos, y se lo dije a “Kike” Vaca, él sólo escuchaba, en eso siento que se me empañan los ojos y… pues a disimular, pues cuando tienes 15 ó 16 años te pueden decir cualquier cosa,  menos llorón, así que pasé a otro tema. Hoy, con este 2010 que se termina, puede resultar absurdo y quizá tonto ese hecho, pero… como decían nuestros viejos (¿nos estaremos volviendo “tíos”? o ¿ya somos “tíos”?): “¡Eran otras épocas!”.
   Estoy leyendo un libro y encontré esta cita que refleja un poco la situación de esa salida, de esa aventura adolescente: “… el riesgo de estar solo, lejos del calorcillo adormecedor del hogar, 'obliga a madurar'. Quien no ha sentido la angustia del miedo, difícilmente podrá crecer”, creo que estas líneas lo dicen todo, o casi todo. Con nuestros jóvenes años, sin querer, intuitivamente (si quieren) "empezábamos" la partida futura de nuestros hogares, "iniciábamos" simbólicamente la marcha para formar (con las excepciones del caso) nuevas vidas en un nuevo hogar, el nuestro. ¿Entonces ese campamento fue la metáfora del inicio de nuestra madurez? Pienso que de alguna manera sí. ¿Exagerado? Tal vez, pero en la exageración también hay un ápice de verdad. No se trata de hacer una épica, pero creo que ese campamento dejó marcas (y no lo digo por los mosquitos), por lo menos hay una marca (o marcas) en mi vida: y para empezar, nomás, puedo contar a mi hija o a mi esposa la gran aventura de haber salido de campamento a los 15 años, por tres días, con mis compañeros de salón, los patas de mi adolescencia que caminaron a mi lado (o yo al lado de ellos) a la ventura, sin saber qué nos esperaba a la vuelta de cada curva, en esa larga marcha (me parece ver, ahora que escribo, esa caminata como una película lejana) martirizados por el sol, el cansancio, la sed y el desconocido Huinco aparentemente cada vez más lejos, quizá pensando, en esos momentos, que Huinco no existía, quizá con los deseos de que esa “maldita” caminata terminara o no fuera más que un sueño porque considerábamos que el esfuerzo era demasiado para nuestra edad, esa marcha de horas  fue una pequeña odisea que hoy todos nosotros recordamos y llevamos como una pequeña luz en nuestros corazones, una pequeña odisea en la que cada uno de nosotros era un Odiseo o un Ulises buscando esa Ítaca lejana, lejanísima llamada Huinco.
   Tal vez todo lo que escribo ahora no sea más que producto de la nostalgia, tal vez sea así, sólo la nostalgia de un cuarentón que ve a su adolescencia cada vez más lejana pero muy presente en su corazón, y en el de sus amigos…creo. Pero con todo lo que se diga de ese “viaje de aprendizaje”, fue importante, tan así es que todavía lo recordamos vivamente. Por lo menos yo lo veo así, lo recuerdo así, treinta años después.

Continuará...

                                      Morada de Barranco, 23 de diciembre de 2010.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

DE MOTES, CHAPAS O SOBRENOMBRES

                                                                            Se prohíbe estar triste.
                                                                              Carlos Oquendo de Amat


   Es inevitable, siempre donde hay grupo, las chapas son de lo primero que se produce. Antes de la amistad, los sobrenombres; antes de la conversación, los apodos; antes de casi todo, los motes. El peruano es así, el limeño es así. En una oportunidad leí que hubo un compositor criollo que tenía problemas en la cintura y caminaba medio encorvado y las malas lenguas (que eran las de sus propios amigos) lo bautizaron como “A sus marcas”. Hace muchos años tuve una compañera de trabajo ya mayorcita, gustaba maquillarse a veces exageradamente, con típica crueldad limeña fue bautizada (sin que ella se entere) con el apelativo de “Muñeca antigua” (digamos que el más suave o poético, si se quiere) o "Sobaco de elefante" (sobrenombre extremadamente duro, pero efectivo, valgan verdades).
   Igual, en mis épocas de colegio hubo de todo, para todos los gustos.  Recuerdo que la chapa de Marcos Inca era “Gilligan” (el de la serie), y también por su estatura y lo parsimonioso de su juego en el fútbol le decían “Leguía”, pero estos motes quedaron en el olvido cuando descubrimos que su segundo nombre es Policarpio, y de allí nació el ahora famoso “Poli”, y así es conocido por todo el mundo hasta el día de hoy. Carlos Antonio Cuba Aguilar se le llamaba por obvias razones, y él se picaba (siempre fue picón, je, je, je…), “Condorito”, pero casi al terminar el colegio algunos le decían CACA, iniciales de sus nombres y apellidos. Carlos Silvera Reyes tenía un caminar muy particular, la cabeza parecía bailarle sobre el cuello, y viéndolo bien hacía recordar a un reptil, de allí su apelativo: “Lagartija”. Por el rostro alargado, a Luis Bustillos Oyanguren le decíamos “Cabazorro”, "Tiroloco" o simplemente “Caballo”. A Javier Alvarado se le decía “Javicho” o “Macrocéfalo” y en el campamento de 1979 lo bautizamos como “Mami” (porque tuvo dificultades para bajar por el camino entre San Pedro de Casta a Huinco). A Santiago Claus Contreras, el benjamín de la promoción, por el corte de pelo le decíamos “Huevo duro”, en alusión al amigo de Condorito. A Eduardo Lau Choy, de evidente ascendencia china, le decíamos “Care’plato” o sencillamente “Chino”. A mi gran amigo Ricardo Nervi Chacón recuerdo que Gustavo Salinas le decía “Nervioso”, por el apellido Nervi o jugando con su segundo apellido le decíamos Nervi “Chancón”, pero, si mal no recuerdo, le decíamos a nuestro “plumífero” amigo “Buitre”. A Adriano Varona, el piurano, le decíamos “Borracho”, ya no recuerdo por qué. A Héctor Patazca Osnayo, me parece que por sus orejas, le decíamos “Rata” o “Ratini”. Un año, creo 1978, Raúl Jarama se tiñó el cabello de rubio, suficiente, se le bautizó como “Jimmy Carter”. A Miguel Vegas Vaccaro se le decía “Choclón” o “Cholo”, no sé si porque choleaba a todo el mundo o porque cuando hablaba fallaba en la concordancia, pero tengo entendido que también le decían, por obvias razones "Cara de rata". A Víctor Madrid, que al caminar parecía que se sacaba virutas de los muslos, lo bautizó, un profesor de Historia, uno bajito y gordito, creo que se apellidaba Lozano, como “Pitito”. A Jhony Lezama Palma, admirador a muerte de los Bee Gees, le decíamos “Cholo Lezama”. A Jorge Milera que tenía un caminar como de robot se le decía “Maquinita”. Recuerdo a mis amigos “ponjas”: a Jaime Oshiro, si mal no recuerdo el segundo más veloz después de Gustavo Salinas, se le llamaba “Taqui”, y se le llamaba “Cocha” a Juan Carlos Tokumori (aunque esos son sus nombres japoneses y a los dos se les llamaba indistintamente “chinos”). A Ricardo Pacheco Arancibia, que en algunas oportunidades llevaba un tocadiscos con sus respectivos 45’s y los hacía sonar en el salón, se le llamaba “Huevo”. Franklin Sosa tenía como apelativo “Mono” y a su hermano Alfredo, que heredó la chapa con diminutivo, se le llamaba “Monito”, aunque fue una chapa sin mayor éxito. A Sandoval Palma (lo recuerdo leído, hábil, extrovertido) y a Vera Morón (flaco, grandazo y desgarbado, recuerdo que por su porte, Huarachi lo invitó públicamente a la selección de atletismo, pero él tenía dos piernas izquierdas o dos derechas, como se le quiera ver) se les decía indistintamente “Negros”. “Loco pan” era el apelativo de Santos Ríos, obviamente por la panadería de su viejo. Uno de los “puntos” del salón, desde primero, era mi amigo Lisandro Tovar a quien le decían “Cholo”, “Serrano”, “Eleuterio”, “Yamaha” y otras cosas más, cuántas veces tuvo que pelear para no “hacerse pisar el poncho”, como se dice (jajaja...). Recuerdo que a Ángel Zavala, que rengeaba a consecuencia de una poliomelitis, Carlos Cuba lo bautizó como “Cueto” o “Zurdo”, en alusión al “Poeta de la zurda”. A Herrera Baca, “Poli” lo bautizó como “Palero”, porque paraba contando historias un tanto exageradas. A Juan Carlos Coronado no recuerdo una chapa especial, pero nada raro sería que le hubiéramos llamado “Cuatrojos”, debido a los gruesos anteojos que usó desde que lo conocimos en primero. Por la delgadez de “Kike” Vaca Camargo, recuerdo que se le decía “Perro flaco” o “Fantasmagórico”. A Víctor La Rosa se le llamaba así de sencillo: “Chato”. A Jorge Neyra Quispe por su rebelde pelo parado se le llamó: “Clavillazo”, “Trinchudo”… A Wilder Zevallos se le llamaba “Muerto”, y al camarada James Carbajal le decíamos “Átomo”. Ahora bien, por su palidez, a Gustavo Salinas se le llamaba "Rata blanca" aunque bien pudo llamérsele "Fosforito" porque sus reacciones eran de temer. Hubo un grupo de quienes no recuerdo sobrenombres, son los casos de “Kike” Torres (a quien alguna vez puse una chapa que no tuvo pegada: “Ardilla gorda” porque en primero era gordito y dientón), a Mario Alcides Concha (de quien recuerdo que se jugaban con su apellido con cosas como: “¡Concha, qué tal c…!”), a Miguel Sánchez Cueto (mi buen amigo y compañero de carpeta por dos años), a Méndez Lupérdiga, a Ciro Quispe, al pequeño Jaime Paniccia (de quien alguien me comentó que era sacerdote o pastor de una iglesia).

Continuará...

                                           Morada de Barranco, 22 de diciembre de 2010.